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No es el fin del mundo

Cada semana el equipo de El Orden Mundial analiza los temas que mueven la política internacional para intentar desentrañar cómo funciona el mundo.

El conflicto en Colombia

Más de 220.000 muertos, ocho millones de desplazados y decenas de miles de personas aún desaparecidas. Las cifras del conflicto en Colombia bastan por sí solas para entender la magnitud de una guerra que duró más de cincuenta años y que dejó heridas profundas en la sociedad colombiana. Guerrillas, paramilitares, narcotraficantes y fuerzas del Estado formaron una tela de araña de alianzas y enfrentamientos que convirtió al país en uno de los escenarios de violencia más complejos del siglo XX. En el nuevo episodio de No es el fin del mundo, analizamos en profundidad este conflicto junto a José Manuel Cuevas, editor de El Orden Mundial y exmiembro del Centro Nacional de Memoria Histórica en Colombia.

Colombia no llegó a la guerra de los años sesenta desde la calma. El caldo de cultivo llevaba décadas cocinándose: la confrontación entre el Partido Liberal y el Partido Conservador desembocó en «La Violencia», un periodo que entre los años cuarenta y cincuenta ya había causado unas 200.000 muertes. El asesinato del candidato liberal Jorge Eliécer Gaitán en 1948, y el consiguiente «Bogotazo», marcó un punto de inflexión que anticipaba lo que estaba por venir. El posterior pacto de turnismo político entre los dos partidos, el llamado Frente Nacional, cerró las puertas del sistema a otros sectores de la sociedad y alimentó la frustración de campesinos y movimientos de izquierda que no encontraban cabida institucional para sus demandas.

Los orígenes del conflicto en Colombia: tierra, política y guerrillas

En ese contexto de exclusión política y desigualdad extrema nació, en 1964, la guerrilla más grande y longeva de América Latina: las FARC. Solo el 3% de la población controlaba entonces aproximadamente el 60% de la tierra, una brecha que explica por qué el programa inicial de la organización era, ante todo, una propuesta de reforma agraria. Ese mismo año surgió también el ELN, de inspiración cubana y base universitaria, y en 1967 el EPL, de orientación maoísta. Más adelante aparecería el M-19, una guerrilla urbana con vocación mediática y un estilo propio: sus acciones más sonadas incluyeron el robo de la espada de Simón Bolívar y la toma del Palacio de Justicia en Bogotá.

Comprender quiénes eran estos grupos, cómo se organizaban, cómo se financiaban y en qué diferían ideológicamente es clave para entender la evolución del enfrentamiento. En el episodio dedicado al conflicto, Cuevas explica con detalle el papel de cada actor: las guerrillas, los grupos paramilitares como las AUC, responsables del 80% de las víctimas civiles según la ONU, los carteles del narcotráfico y el propio Estado, que no estuvo exento de connivencia con algunos de estos grupos. La geografía del país, con amplias zonas selváticas y montañosas ajenas al control estatal, fue otro factor determinante que el equipo de No es el fin del mundo analiza con apoyo de mapas y datos.

Del acuerdo de paz de 2016 al conflicto persistente en Colombia

El punto de inflexión más reciente llegó en 2016, cuando el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC firmaron en La Habana un acuerdo histórico que ponía fin formal a más de cincuenta años de guerra. El proceso fue largo, secreto en sus primeras fases y estuvo a punto de descarrilar en varias ocasiones. El resultado fue un texto con seis puntos que abarcaba desde la reforma rural hasta la justicia transicional, pasando por la integración política de la guerrilla. Sin embargo, el acuerdo fue rechazado por un estrecho margen en un plebiscito marcado por la abstención y una campaña de desinformación. Finalmente se aprobó en el Congreso con ajustes, aunque su implementación ha sido irregular.

Porque la firma de la paz no significó el fin de la violencia. El ELN sigue activo en la frontera con Venezuela, las disidencias de las FARC no desmovilizadas continúan operando y grupos como el Clan del Golfo han ocupado los espacios que el Estado no ha logrado llenar. Colombia sigue siendo el mayor productor de cocaína del mundo, y mientras eso no cambie, los incentivos para sostener economías ilegales y defender territorios a través de la violencia persistirán. Con unas elecciones presidenciales de fondo, en las que el propio conflicto atraviesa la vida política del país, este episodio de No es el fin del mundo ofrece las claves para entender por qué Colombia todavía busca transformar décadas de guerra en una paz estable y duradera.