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No es el fin del mundo

Cada semana el equipo de El Orden Mundial analiza los temas que mueven la política internacional para intentar desentrañar cómo funciona el mundo.

Cómo el Imperio otomano cambió el mundo

Durante más de quinientos años, el Imperio Otomano dominó Oriente Próximo, los Balcanes y el Mediterráneo oriental. Pese a su enorme influencia, hoy es uno de los grandes desconocidos de la historia, especialmente en España, donde apenas se le recuerda más allá de la batalla de Lepanto. Sin embargo, sin entender este Imperio resulta imposible comprender conflictos tan actuales como la guerra en Siria, las tensiones en el Cáucaso o la política exterior de la Turquía de Erdogan. En este episodio de No es el fin del mundo, Eduardo y Blas, dos apasionados del mundo turco y otomano, recorren con Fernando más de seis siglos de historia para desentrañar cómo este coloso cambió el mundo.

Porque el Imperio Otomano no fue solo una potencia oriental, como se ha tendido a presentar desde Occidente. Fue también un poder europeo: conquistó Constantinopla en 1453, asedió Viena en dos ocasiones y mantuvo relaciones comerciales y culturales con Venecia, los Habsburgo y los reinos italianos. Su legado está en los mitos fundacionales de naciones como Serbia, Rumanía o Grecia, en la división suní-chií que define Oriente Próximo, en el origen del concepto de genocidio y, en cierta medida, hasta en el surgimiento del protestantismo.

Las claves para entender el Imperio Otomano

Para comprender qué fue y cómo funcionó este Imperio, el episodio arranca con sus elementos estructurales: el origen túrquico de la dinastía, llegada desde las estepas de Asia Central; el islam suní como eje legitimador, flexible en sus primeros siglos y progresivamente más rígido; y la ambición expansionista, casi considerada un deber divino por sus sultanes. A ello se suma un rasgo que distinguió a los otomanos de otros imperios de su época: la tolerancia pragmática hacia otras religiones y etnias, que les permitió gobernar un territorio enorme y multiétnico durante siglos.

Esta pluralidad tuvo su expresión más llamativa en instituciones como el devshirme, el sistema de reclutamiento forzado mediante el cual jóvenes cristianos de territorios conquistados eran convertidos al islam e integrados en la administración y el ejército, dando lugar al célebre cuerpo de los jenízaros. Una estructura que, como se explica en el episodio, funcionó durante siglos como columna vertebral del Estado otomano, hasta que acabó volviéndose contra él.

Del esplendor al colapso: la larga agonía del Imperio Otomano

El recorrido histórico que propone este episodio abarca desde la fundación de la dinastía en el siglo XIII hasta la proclamación de la República de Turquía en 1923. El periodo de máximo esplendor, que arranca con la toma de Constantinopla por Mehmet II y culmina con el reinado de Solimán el Magnífico, ocupa un lugar central en la conversación: un Imperio que participó del Renacimiento europeo, que influyó en las guerras de religión del siglo XVI y que introdujo en Europa productos como el café, el tulipán o los juegos de cartas.

Pero la segunda mitad del episodio se adentra en la lenta descomposición del Imperio a partir del siglo XVII, acelerada por el auge de los nacionalismos, las derrotas militares frente a Rusia y las potencias europeas, y la incapacidad de las reformas internas para frenar la desintegración. El genocidio armenio, el reparto colonial de Oriente Próximo tras la Primera Guerra Mundial y el surgimiento del nacionalismo turco que daría lugar a la República de Atatürk cierran un relato que, lejos de pertenecer solo al pasado, sigue explicando buena parte del presente. También el neootomanismo de Erdogan, que bebe directamente de ese legado para proyectar la influencia turca en la región.