De todos los objetivos que tiene la República Popular China para su futuro más cercano, probablemente ninguno figure de forma tan indeleble en su imaginario nacional como la anexión —o reunificación, según a quién se pregunte— de la isla de Taiwán. Desde Pekín, este territorio, donde se refugiaron los nacionalistas tras la derrota en la guerra civil de 1949, es considerado como una “provincia rebelde”. El anhelo por volver a ser una sola China es uno de los propósitos esenciales para lograr el Sueño Chino de Rejuvenecimiento Nacional, una suerte de plan estratégico de cara al centenario del triunfo de la Revolución en el año 2049. Taiwán es la última pieza del puzle.
Los principales mandatarios de la potencia asiática han expresado en varias ocasiones que el país se reserva el uso de la fuerza para lograr este objetivo. Y así lo han demostrado: las incursiones de cazas en la zona de identificación, el perímetro aéreo que Taiwán monitoriza para evitar acciones hostiles, se han multiplicado en los últimos años, mientras que el presupuesto militar de República Popular de China se ha duplicado con creces desde la llegada de Xi Jinping al poder. Para el país, la ansiada “reunificación” solo es la consecuencia lógica de una inercia histórica que volverá a poner las cosas en su sitio. Los únicos grandes interrogantes de esta doctrina de lo inevitable son el cómo y el cuándo.
Sobre el cuándo, de momento el plan de Xi Jinping es que para el año 2027 sus Fuerzas Armadas tengan la capacidad militar de invadir Taiwán. Detrás de esta ambición aparece la reciente purga en la cúpula militar china, que se llevó por delante a decenas de generales y a Zhang Youxia, el hasta el momento “segundo hombre” en el Ejército Popular de Liberación (EPL).
Esto no significa que una invasión esté planeada para el año que viene, aunque el actual contexto internacional, inestable y cada vez más volcado hacia el uso de la fuerza, ha abierto la puerta a la especulación sobre una posible i...
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