Trenes AVE y Ouigo
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El laboratorio de la alta velocidad de España: de la liberalización al caos ferroviario

El país ha abierto como nadie el sector a la competencia, pero también ha sometido la red a un estrés inédito y ha dejado al descubierto el déficit de mantenimiento

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Fútbol, gastronomía, buen clima… y trenes. Del “España va bien” cuando el país convergía por fin con Europa en los años noventa al “soy español, ¿a qué quieres que te gane?” de 2010 tras la consecución del primer Mundial de fútbol y los éxitos de Rafael Nadal o Pau Gasol. Las veces que los españoles miran al mundo con orgullo son muy contadas y, cuando ocurren, suelen ser tímidas y fugaces. Hasta el reciente accidente de Adamuz, los trenes habían sido la gran excepción.

Con 4.000 kilómetros, España cuenta con la segunda red ferroviaria de alta velocidad más extensa del mundo, sólo superada por la china. La imagen del AVE —como se conoce popularmente al tren de alta velocidad— cruzando la península ibérica a 300 kilómetros por hora es motivo de orgullo nacional y envidia del mundo desarrollado. Por una vez, España era un ejemplo y no un alumno rezagado.

Sin embargo, siempre se le ha pedido más al AVE. El faraónico esfuerzo inversor —65.000 millones de euros, el 20% sufragado con fondos europeos— ha priorizado la expansión de la alta velocidad y ha descuidado la red convencional y el mantenimiento de las vías. 

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