Cartografía Economía y Desarrollo

La percepción de la corrupción en Europa

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Si hablamos de corrupción en el mundo, es poco probable que el continente europeo sea lo primero que nos venga a la cabeza. De hecho, es en términos generales la región con menor percepción de corrupción del mundo, pero lo cierto es que también hay, y no poca. Transparencia Internacional elabora cada año un índice que suele ser utilizado como referencia en cuanto a corrupción a lo largo y ancho del mundo. Porque, ya avanzamos, la corrupción, como hecho objetivo, es imposible de medir ni cuantificar al ser en muchos casos un fenómeno escondido.

En el Viejo Continente encontramos dos zonas claramente diferenciadas: por un lado la Europa occidental, con menores percepciones de corrupción, y por otro buena parte del espacio postsoviético, la Europa del este y Turquía.

Los porqués de estas diferencias van mucho más allá de lo que a menudo suele entenderse por corrupción, que es una reducción al mal uso de fondos públicos o el enriquecimiento personal a través de los recursos del Estado, sino que sus raíces se hunden de forma más profunda que de un simple comportamiento de los individuos.

La corrupción, en definitiva, suele ser un buen indicador del funcionamiento del sistema democrático y de la salud institucional y política que tiene un país. Un Estado corrupto no deja de ser un sistema en el que los poderes no se controlan entre sí —porque no existen herramientas o porque un poder campa a sus anchas—, donde no hay una rendición de cuentas ante la ciudadanía —y la ciudadanía, a menudo, tampoco las exige o hace la vista gorda— y en el que en muchos casos no existe una conciencia de qué significa e implica el correcto uso de los recursos públicos para el bienestar general.

Así nos encontramos con que la Europa occidental, de mayor trayectoria democrática y con regímenes políticos más asentados, presenta menores percepciones de corrupción, frente a una Europa del este que todavía se encuentra en muchos aspectos en transición a regímenes plenamente democráticos. Así, su debilidad institucional y sus a menudo lógicas oligárquicas siguen pesando en una mayor percepción de la corrupción.

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