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Así ha cambiado el apoyo en Europa a la política exterior de Merkel

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Dieciséis años después de su nombramiento como canciller, Angela Merkel no solo dejará de ser la persona más poderosa de la República Federal Alemana. La líder democristiana también abandonará tres lustros, más o menos explícitos, de reinado en la Unión Europea, donde ha logrado imponer de forma meridiana —en momentos con gran cintura, en otros con puño de hierro— los intereses de su país. 

El fin de la era Merkel supone, de esta manera, el cierre de un ciclo comunitario especialmente convulso, arrinconado entre dos crisis económicas galopantes —cada una con causas y gestiones muy distintas— y en el que por lo general la mandataria ha logrado salir con buen pie de la mayoría de los atolladeros. 

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Para los libros de diplomacia europea queda, eso sí, un perfil con tantas luces como sombras, especialmente para algunos vecinos del sur: durante sus cuatro mandatos, Merkel se ha deslizado desde la aplastante ortodoxia económica que estranguló a varios Estados tras la crisis del euro hasta un pragmatismo liberal muy aplaudido a la hora de abordar las sucesivas crisis migratorias y el ascenso de la extrema derecha.

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Pero ni siquiera el ultraliderazgo que la canciller asumió en la Unión Europea durante todo su mandato ha evitado que la percepción de su forma de gestionar los asuntos internacionales, fundamental para entender la realidad comunitaria de los últimos quince años, haya pasado por momentos delicados tanto dentro como fuera del país. 

En 2011, y tras varios años de caída en las encuestas, el nivel de confianza de la población alemana en la forma en la que Merkel estaba gestionado los asuntos internacionales alcanzó uno de los porcentajes más bajos de su dilatado mandato, un 69%, según un estudio de opinión realizado por el Pew Research. Siendo una cifra todavía muy alta, esta merma coincidió con la incipiente recesión que acechaba a la unión monetaria, primero con el estallido de la burbuja financiera en 2008 y después con la llegada de la crisis del euro un par de años después.

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En Francia, donde el apoyo a la gestión internacional de Merkel ha sido incluso más elevado que en su propio país, ocurrió algo similar: su valoración cayó a su punto más bajo en 2012. Por aquellas fechas, un 70% de los franceses decía tener confianza en Merkel, dando buena cuenta del relativo aguante del eje franco-alemán aún en tiempos de recesión. 

Sin embargo, en otros países comunitarios la opinión sobre la canciller dibujaba un escenario bastante alejado de la imagen de unanimidad que se ha terminado construyendo alrededor de la líder conservadora. En el sur, donde los halcones germanos —de la mano de la Troika— ya llevaban tiempo acechando las cuentas públicas, la aceptación de Merkel siempre fue más baja, pero alcanzó su peor punto en 2014.

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Así, en España, donde en 2012 se consumó el rescate bancario y donde el paro y la exclusión llegaron a subir al 27%, apenas un tercio de la población se mostraba conforme en 2014 con la forma de proceder de la canciller. En Italia, donde el pulso con las instituciones europeas y económicas se alargó durante varios años y se cerró de mejor forma gracias a su habilidad diplomática y su mayor fuerza en Bruselas, solo un 32% de la población apoyaba la política exterior de Merkel en 2014.

Pese a esto, el momento más crítico para la canciller llegó en 2016, después de que el año anterior se desataran en apenas un par de meses el caos financiero griego y la crisis de refugiados. Merkel encabezó ambos episodios, pero ni la mano dura con el país heleno ni la acogida de un millón de personas que llegaban desde Siria y otros lugares en conflicto lograron equilibrar el descrédito. En Alemania y Francia, el apoyo a su política exterior obtuvo en 2016 su segunda peor nota, mientras que en España e Italia siguió por debajo del 40%.

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No obstante, a partir de ese momento la aceptación de la gestión de Merkel empezó a mejorar, a pesar de un brexit que acaba de arrancar y de una crisis migratoria todavía estancada. Según el Pew Research Center, en 2017,  y después de años de percepción tibia sobre la canciller, el 68% de la británicos mostraba confianza en la forma en la que Merkel gestionaba los asuntos internacionales.

Con la llegada de la pandemia, la mandataria, que siempre ha destacado por un afilado sentido de la oportunidad, tomó el camino inverso al de otras crisis: ni dilató tanto la toma de decisiones ni apostó por el rodillo de la austeridad, denostado tiempo atrás por las mismas instituciones que lo fomentaron. Esto explica, posiblemente, que la antigua líder de la CDU obtuviera en 2020 algunas de las cifras más altas de aprobación internacional de su mandato: un 72% en España, un 76% en Reino Unido, un 81% en Alemania y un 50% en Italia, donde llevaba sin aprobar desde 2007 —aunque no existen datos para varios años—.

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