Política y Sociedad Europa

La Europa que no fue

La Europa que no fue
Manifestación en favor de la UE en Hyde Park (Londres). Fuente: Ilovetheeu

La crítica hacia el proyecto comunitario se ha convertido, en algunos casos, en un rechazo frontal a la Unión Europea. La amenaza a las soberanías estatales, unas regulaciones económicas que se sienten injustas, el deseo de algunos miembros de que exista una “Europa a dos velocidades” y una clase media transnacional que no se siente representada encuentran en la Unión Europea el escenario perfecto para dar voz a un movimiento que cada vez gana más fuerza.

El Estado nación, su aparición y desarrollo posterior, fue la consecuencia de un cambio en el paradigma internacional. Para algunos un paso lógico en lo que a Historia y geografía se refiere, el Estado nación surgió para buscar llenar los vacíos que habían dejado otros órdenes de origen feudal del Antiguo Régimen. Así, no buscaba solamente el desplazamiento de antiguas instituciones; perseguía a la vez la completa renovación de otras y su predominio en el nuevo panorama nacional e internacional que iba naciendo poco a poco.

Tras el Tratado de Westfalia, nace una organización del poder que cuenta con dos elementos básicos: un territorio geográficamente definido y una población dentro de ese territorio —en mayor o menor medida, homogénea, o esa era la pretensión— sobre la que gobernar, administrar y ejercer el monopolio de la fuerza. Esta transformación no fue instantánea, al contrario: la progresiva modificación y desaparición de las monarquías feudales necesitó su tiempo, sus desajustes, sus desequilibrios, sus conflictos internos. Con estos cambios profundos llegó también un concepto nuevo de la mano del racionalismo: el del ciudadano, que reconoce al Estado como su esfera de protección. Al mismo tiempo, un sistema de Derecho comienza a extenderse de manera uniforme por todos los territorios de estos nuevos entes políticos y administrativos bajo la idea de la igualdad legal.

No obstante, esta transformación no evitó las dos guerras mundiales, que se cobraron la vida de soldados y civiles por igual y que, en muchas ocasiones, resquebrajaban los límites territoriales de los Estados —en algunos casos, los eliminaba del mapa a través de conquistas e invasiones, como Polonia— o los modificaban, ante lo cual la existencia de infinitos vacíos legales y con respecto a derechos sobre los ciudadanos determinó que, de repente, pasasen de pertenecer a un Estado a otro. En el territorio europeo surgió una idea, un proyecto que buscaba la paz en todo el continente a través de la creación de unos organismos que controlaran y condenaran los excesos de aquellos países que no respetaran las fronteras de sus vecinos o atentaran contra los derechos humanos. Una institución que pretendía salvaguardar la calma en la zona con su mera existencia: la Unión Europea.

La Unión Europea también divide

Lo que hoy conocemos como Unión Europea no siempre se llamó así. En los años 50, tras una guerra que había dejado ahogado al continente en miseria, la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA) se alzó como un tímido intento de evitar que algo así volviese a ocurrir en un futuro. La idea era simple: colocar a disposición de un organismo superior y transnacional la producción del carbón y el acero de los países que quisieran adherirse, de manera que quedara controlada por un ente ajeno a los países y evitara a toda costa la supremacía de un país sobre otro. Sus fundadores —Alemania, Francia, Bélgica, Italia, Luxemburgo y Países Bajos— consideraron que esta era la mejor manera de conocer las posibles intenciones militares de los países vecinos. En 1957 se firma el primer tratado europeo: el Tratado de Roma, gracias al cual la CECA se convertiría en la Comunidad Económica Europea (CEE) y se crearía lo que hoy conocemos como el mercado común.

Durante la década de los 70 se produce la primera ampliación del bloque comunitario y el continente europeo queda aparentemente libre de dictaduras de derecha con la desaparición de los regímenes de Franco —en España— y Salazar —en Portugal—. En 1979 se elige por primera vez, a través de sufragio universal, al Parlamento Europeo —antes, Asamblea de la CECA—. Nuevos países entran a formar parte del club europeo y en 1986 se firma el Acta Única Europea, que busca favorecer, con un programa a seis años vista, la integración económica y monetaria de los países miembros tratando de eliminar los obstáculos a la libre circulación de mercancías a través de las fronteras de quienes integraban el mercado único. Este mercado único encuentra su mayor expresión en 1993, años después de la caída del muro de Berlín y la reunificación de Alemania; desde entonces, los europeos disfrutarían de las cuatro libertades de movimiento que, aún hoy, son una de las señas de identidad de la UE: servicios, mercancías, personas y capitales.

Países miembros de la Unión Europea en la actualidad, un total de 28. La salida de Reino Unido tras el brexit se prevé para 2019.

El Tratado de la Unión Europea (TUE) entró en vigor en 1993 y cambiaría el nombre a la entidad a como la conocemos ahora: Unión Europea. El TUE unificó en un solo organismo los miembros de las preexistentes CECA, CEE y Euratom (Comunidad Europea de la Energía Atómica). De manera tímida y sutil, el TUE comenzaría a hablar de una posible unión política que se sumara a la ya existente económica, dado que con él también entraría en vigor el mercado único europeo. En 1995 entra en vigor otro acuerdo firmado diez años antes y que hoy es dado por sentado por los europeos, pero que supuso un esfuerzo titánico por parte de quienes lo apoyaron: la creación del espacio Schengen o, lo que es lo mismo, la eliminación de los controles fronterizos entre países europeos —incluidos algunos extracomunitarios, como Islandia— y la posibilidad de viajar por todo el territorio comunitario solamente con un documento de identidad nacional, sin ser necesario el pasaporte. El posterior Tratado de Ámsterdam reforzó la libre circulación de personas y aspectos relacionados con la seguridad y defensa comunes.

Aparte de la introducción del euro como moneda única en casi todo el territorio europeo —con excepciones como Reino Unido, Suecia o Dinamarca—, la Unión sufrió otro punto de inflexión en 2004 con la fallida Constitución europea, que puso de manifiesto el mayor síntoma y problema que enfrenta hoy el bloque comunitario: el euroescepticismo y, en algunos casos, una eurofobia cada vez más creciente en ciudadanos e instituciones nacionales. Este intento de Constitución desembocó en el Tratado de Lisboa, donde se ponían de manifiesto los valores comunitarios y creaba nuevas figuras, como el presidente del Consejo Europeo.

Nivel de confianza en las instituciones europeas de 2005 a 2015. Fuente: Tampereen Yliopisto

El fracaso constitucional colocó sobre la mesa un problema que aún sigue sin resolverse: la dirección de la Unión Europea. Su objetivo inicial la encadena a ser un mero actor en un panorama de resolución de conflictos internacional; ese es el papel que pretenden que siga teniendo muchos de sus miembros. Sin embargo, el propio desarrollo de la Unión ha provocado que, en ocasiones, se vista con ciertos tintes federalistas, lo que asusta a algunos y emociona a otros. Con un proyecto que integra en la actualidad a 28 países, la Unión Europea se enfrenta a la desafección de los ciudadanos a los que representa, la sensación de poca transparencia, la percepción de que está compuesta por unas instituciones demasiado complejas para el ciudadano de a pie y una ola de rechazo que se extiende por todo el continente.

Para ampliar: “Los Estados Unidos de Europa”, Álex Maroño en El Orden Mundial, 2018

Europa, nuevo clivaje nacional

No cabe duda de que la Unión Europea y el proyecto que integra es producto, en mayor o menor medida, de las pretensiones de sus países miembros. El camino que ha seguido a lo largo de estos años y los obstáculos a los que se ha enfrentado han sido, en gran parte, piedras en el camino que han colocado uno o varios de los países miembros en un intento por cambiar la dirección del proyecto europeo hacia algo que los beneficiara más. Sin embargo, también se ha dado el proceso a la inversa. La Unión Europea, su esencia, su idea y la postura frente a ella han modificado, a lo largo de todo el proceso de integración, la estructura más básica de los Gobiernos nacionales y su manera de hacer política. En algunos casos, ha transformado el proceso de toma de decisiones en algo más transparente y más cercano al ciudadano de a pie. En otros, la Unión Europea ha servido de cortina de humo y responsable de la implementación de ciertas políticas poco populares entre las poblaciones sobre las que se aplicaban. El uso de la Unión y su presencia en la vida diaria de los ciudadanos ha ocasionado, para bien y para mal, que la política nacional ya no se entienda si parte de ella no está relacionada con Europa.

Evolución del euroescepticismo en los Parlamentos nacionales. Fuente: La Vanguardia

Tanto es así que a los clivajes o escisiones tradicionales del voto —como la religión o la clase social— podríamos añadirle uno nuevo: la postura con respecto a Europa. Como novedad, esta división no tiene por qué adherirse a una ideología concreta y supera la dicotomía izquierda-derecha. Sin embargo, puede resultar decisiva en algunas campañas electorales, como ya se demostró en Grecia y, en general, en las campañas nacionales de la mayor parte de los países europeos en los últimos años. Este efecto no solo provoca que partidos políticos ya existentes tengan que modificar algunas de sus promesas o centrar sus campañas en el aspecto europeo; la aparición de nuevos partidos es otra consecuencia de ello y, en este caso, la Unión Europea casi nunca sale bien parada. Los nuevos partidos —y algunos antiguos— con presencia en las instituciones europeas hacen tambalearse un equilibro ya de por sí delicado.

A menudo se trata de organizaciones electorales cuyo éxito y extensión se encuentran en las crisis que la Unión Europea no ha sabido enfrentar como institución: la financiera desde 2008 y la crisis de los refugiados que llegaban —y siguen llegando— desde Siria, Libia y otros países en guerra. Esta última puso en evidencia la división interna en el proyecto comunitario y la visión que muchos de ellos tienen de la Unión como mero mediador de conflictos sin ningún poder real y un organismo del que beneficiarse, no un ente que emita normas de conducta internacional. Este tipo de partidos no suelen considerarse eurófobos, pero sí críticos con el proyecto. Encuentran su fuerza en haber sido votados directamente por los ciudadanos de sus respectivos países de origen y, dependiendo de su corte ideológico, luchan en distintos frentes. Algunos de ellos critican la teórica política de puertas abiertas hacia los inmigrantes y refugiados de la Unión Europea —casi ningún país miembro de la UE ha cumplido con la cuota de recepción de refugiados—. Otros recuerdan todas aquellas promesas de integración que no se han materializado, y la gran mayoría critica la ruptura entre el norte y el sur, especialmente desde 2008. Partidos como el de la Independencia del Reino Unido, campañas electorales como la francesa y la italiana o rupturas tan radicales como el brexit demuestran que el euroescepticismo es un movimiento que ha llegado para quedarse.

Para ampliar: “‘Eurofobia’ en el corazón de Europa”, El País, 2012

Este discurso cala muy bien entre las clases medias de toda Europa, que comparten una característica: haber sido golpeadas muy duramente por la crisis financiera. Sin seguridad económica ni perspectivas de futuro, culpan en gran medida a la Unión Europea y sus políticas económicas de las consecuencias personales que sufren ahora. Un movimiento con un amplio espectro de crítica al proyecto comunitario, pero con un mismo origen: el rechazo a la Unión Europea. El terreno lo ha ido ganando poco a poco con la introducción de diversas medidas que manifiestan este rechazo; la más radical es la salida completa del club. Otras vertientes rechazan políticas comunitarias concretas, como la migratoria —de las más rechazadas—, el euro, la energética, etc., y otros rechazan el sistema político comunitario o su posición dentro de la Unión, deseosos de más presencia o poder.

Es un movimiento que configura su discurso en un pasado nacional glorioso, que defiende la soberanía estatal y que ve en la Unión Europea una amenaza al paradigma existente. Un movimiento que busca luchar por sus intereses económicos nacionales más que por los comunitarios y que, en algunos casos, apoya una “Europa a dos velocidades” porque no considera adecuado tratar a todos los países por igual partiendo de unas características tan diferentes. Un movimiento que rechaza, en algunos casos, el enfoque neoliberal de la Unión Europea o que tacha al proyecto de “imperialista”, que exige de Europa paquetes de políticas más sociales u orientadas a la cohesión de todos los países. Un movimiento, en definitiva, que critica todo lo que esperaban que el proyecto comunitario fuera y ha terminado no siendo. El euroescepticismo y la eurofobia parten de unas promesas que creen incumplidas, de un proyecto con el que no se ven representados y de un escenario, el europeo, donde creen que se diluyen todas las soberanías estatales.

La Europa que debe ser

El último Eurobarómetro, publicado en otoño de 2017, muestra una tendencia que se da casi desde el inicio del proyecto europeo: aparte del poco conocimiento que existe sobre las instituciones europeas y su funcionamiento —dato que sufre muchas variaciones dependiendo del país miembro—, un 48% de los europeos encuestados desconfía completamente de la UE, frente a un 41% que confía plenamente y un 11% que no sabe o no contesta. Esta desconfianza es a lo que tienen que hacer frente los partidos políticos nacionales, nuevos y no tan nuevos, en sus programas electorales. Y es esta desconfianza la que se va instalando en las instituciones europeas, incapaces de hacer frente a los conflictos que se plantean. La Unión Europea se muestra incapacitada, en el momento actual, de definir su identidad y el origen de su legitimidad. El euroescepticismo, de momento, no ha elegido una ideología como bandera, pero puede hacerlo. Y, llegado ese momento, mejor que elija una que sepa gestionar este descontento de una manera adecuada para todos.

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Astrid Portero

Astrid Portero

Gran Canaria, 1988. Licenciada en Ciencias Políticas y de la Administración, especializada en Relaciones Internacionales y Análisis Político. Cursando el Máster de Política y Democracia de la UNED. Interesada en geopolítica, conflictos territoriales y Unión Europea.

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