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La trata de mujeres: esclavitud en el siglo XXI

La trata de mujeres: esclavitud en el siglo XXI
Fuente: Blemished Paradise

La trata de personas —mujeres en su gran mayoría— para la explotación sexual forzada constituye un delito preocupante tanto por sus consecuencias en las víctimas como por la cantidad de leyes nacionales e internacionales que infringe. A pesar de que se trata de un negocio en continuo crecimiento, es un problema que no recibe atención suficiente por parte de los Gobiernos y medios de comunicación, y las víctimas y las atrocidades que sufren suelen quedar en el olvido. Son “las excluidas de las excluidas”.

Cuando hablamos de esclavitud y comercio de esclavos, lo primero que nos viene a la mente son los grandes barcos negreros europeos que cruzaban el Atlántico repletos de esclavos africanos para trabajar en todo tipo de plantaciones en América, allá por el siglo XVI. Parece que es un fenómeno que se quedó en el pasado, como la lucha con espadas o el transporte a caballo. Sin embargo, la realidad es muy distinta. Aunque la proporción sea menor, el número de esclavos actual es muy superior al de aquellos tiempos. Para hacernos una idea, durante los 700 años de mayor auge del comercio esclavista —entre los siglos XII y XIX— se comerciaron 12 millones de esclavos, mientras que solamente en las tres últimas décadas 30 millones de mujeres y niñas fueron forzadas a la explotación sexual, a las que habría que añadir los millones de esclavos presentes en otros sectores, como la agricultura o el trabajo doméstico.

Para ampliar: “La esclavitud: el mal que no se desvanece”, Daniel Rosselló en El Orden Mundial, 2016

La trata y tráfico de personas continúa siendo un negocio muy rentable por razones obvias: las víctimas trabajan completamente al margen de la ley, sin derechos laborales ni sanitarios, recibiendo poco o nada a cambio y sin tener otra opción. Se calcula que en muchos países mueve el mismo dinero que el tráfico de armas y drogas juntos, aproximadamente seis billones de euros al año, lo que supone el 1,5% del PIB mundial. El proceso que lleva a estas personas a verse atrapadas en esta situación es muy complejo y cambiante; para comprenderlo correctamente se deben analizar todos los factores y partes implicadas y evitar caer en clichés y prejuicios generalizados.

Fuente: Human Trafficking

Un viaje lleno de amenazas y promesas truncadas

Para evitar confusiones, es importante tener clara la diferencia entre trata y tráfico de personas. El tráfico implica introducir de manera irregular en un Estado a una persona que no es nacional o residente del mismo con el fin de obtener un beneficio, y en ocasiones se realiza por iniciativa de la futura víctima, mientras que la trata de personas puede ocurrir dentro del ámbito nacional —o comunitario— y supone que la víctima realice trabajos forzados por voluntad del explotador. De hecho, una de las nacionalidades más frecuentes en las mujeres explotadas de los países miembros de la UE corresponde a las rumanas.

Las férreas políticas migratorias de los países más desarrollados —y, por lo tanto, más atractivos para el resto del mundo—, como Estados Unidos o los países ricos de la Unión Europea, han hecho muy difícil acceder a ellos de manera legal. En estos casos, generalmente se recurre a la figura del facilitador, una persona u organización que se encarga de introducir de manera irregular a aquellas personas que quieran huir de su país por situaciones tan variadas y desesperadas como la pobreza extrema, amenazas personales o a familiares, persecuciones por motivos de raza, religión, sexo u orientación sexual o conflictos bélicos. En otras ocasiones, el contacto con las redes de explotación sexual se produce a través de personas que gozan de la confianza de la víctima, como parejas o incluso sus propias familias, que esperan que las víctimas les manden dinero desde el país de destino. La manera en la que las víctimas caen en los dominios de los proxenetas cambia mucho según su situación, por lo que no se puede generalizar: en ocasiones es voluntario; en otras se trata directamente de una venta de seres humanos. En lo que sí se suele coincidir es que nadie escapa de su hogar por apetencia.

Una vez estas personas se ponen a disposición de los facilitadores, se inicia un proceso que muestra la verdadera naturaleza de muchas de estas organizaciones, que no es otra que captar gente con el fin de explotarla sexualmente en el país de destino. Este proceso, en unas ocasiones sutil y en otras todo lo contrario, tiene como objetivo minar la autoestima de la víctima y aumentar sus sentimientos de culpa, vergüenza y, sobre todo, miedo, de manera que la posibilidad de escapar o denunciar la situación en la que viven sea vista como utópica e incluso se nieguen a hacerlo cuando las organizaciones que luchan contra esta situación les ofrecen su ayuda.

La estigmatización de las prostitutas es uno de los factores que más hace mella en la resistencia de las víctimas de explotación sexual. A pesar de haber sido forzadas, la sensación de culpa y vergüenza por haberse convertido en una puta se convierte en una de las principales barreras a la hora de denunciar lo sucedido a las personas de su alrededor o a las autoridades. Además de ello, sufren amenazas, deudas que no terminan, violencia física y verbal, tratos vejatorios, intoxicaciones con drogas y sedantes…; todo vale con tal de garantizar el control total de las víctimas y su sumisión. Ello resulta en que la mayoría de las víctimas jamás son identificadas. La ONU afirma que solo el 1% de las víctimas de trata sexual salen a la luz, por lo que es complicado saber con exactitud la cantidad de afectadas. Aun así, se calcula que la trata de personas con fines de explotación sexual es el negocio criminal con mayor crecimiento de todos. Y nada de esto sería posible sin la otra cara del negocio: los clientes.

Para ampliar: “A pie de calle. Actuaciones con menores víctimas de trata”, APRAMP, 2016

Sin demanda no hay oferta

Al hablar de la prostitución, la gran mayoría de los prejuicios y estigmas se centran en las prostitutas, mientras que los clientes se mantienen en un segundo plano. Esto no solo pasa en las conversaciones a pie de calle; también se aplica en las legislaciones de la mayoría de los países que prohíben la prostitución. Así, en Egipto se condena a las prostitutas a ir a la cárcel —incluidas las menores de edad—, pero al cliente no se le imputa ningún delito; es más, generalmente es uno de los testigos principales en el juicio posterior. Sin embargo, nada de esto cambia el hecho de que sin clientes no funcionaría el mal llamado “oficio más viejo del mundo”; un oficio deja de serlo cuando, en países como España, el 90% de las prostitutas son en realidad víctimas de trata y tráfico de personas. Además, muchas de estas víctimas son prostituidas cuando todavía son menores de edad; la ONU calcula que el 62% de las prostitutas fueron forzadas a prostituirse siendo menores. Ni es trabajo sexual ni son mujeres que han optado por este camino; es simple y llanamente explotación sexual y esclavitud.

Fuente: La Razón

Muchos clientes afirman saberlo, pero no lo denuncian por miedo a ser descubiertos por sus familias o las mafias que controlan a las prostitutas o simplemente por indiferencia. Algunos de estos puteros —como se los conoce coloquialmente— reconocen abiertamente que, en el momento en el que se convierten en prostitutas, da igual si es de manera forzada o voluntaria, las mujeres pasan a ser objetos para su disfrute y sus penurias y traumas no suponen nada que no se merezcan, otro exponente de la cosificación que las mujeres sufren en la mayoría de las sociedades. En muchas ocasiones, esto no es lo peor que hacen los clientes: las prostitutas se encuentran entre las ocupaciones más peligrosas del mundo, ya que están expuestas a palizas, violaciones, enfermedades sexuales y todo tipo de abusos que no se denuncian la mayoría de las veces, ni siquiera cuando suceden en el ámbito de la prostitución legal. Las prostitutas tienen una tasa de mortalidad 200 veces mayor que la media de mujeres de su misma edad y el 95% de ellas afirma haber sufrido un acoso sexual que en otros sectores llevaría a acciones legales.

Posiblemente motivados por estos hechos, varios países han decidido cambiar el enfoque con el que intentan combatir la trata de mujeres y las agresiones que sufren. En países como Suecia, Islandia, Canadá, Francia o Noruega no se criminaliza a las prostitutas, sino a quien busca este servicio, lo que ha llevado a una reducción significativa de la prostitución callejera y la explotación sexual. Este resultado contrasta con el de aquellos países que optan por la criminalización de las prostitutas, donde la trata de mujeres y la explotación sexual ha ido en aumento, motivada por la creciente demanda de sexo por dinero, ya sea local o de los denominados turistas sexuales, personas que viajan a países donde la ley —o su aplicación— es débil e ineficaz con la intención de usar servicios sexuales que muchas veces incluyen menores de edad o prácticas abusivas. Los informes más recientes afirman que en estos países hay 50 prostitutas en la cárcel por cada usuario preso.

Para ampliar: “Rumbo al sur: el turismo sexual de las mujeres”, Inés Lucía en El Orden Mundial, 2018

Un problema de derechos humanos

Una de las principales reclamaciones de las asociaciones que luchan contra la trata de personas con fines de explotación sexual es que el problema se trate siempre como una violación de los derechos humanos y no como un problema de inmigración. Este enfoque, presente en la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (1979) o en el Protocolo de Palermo (2000), se ha incluido progresivamente en las leyes de los principales países destinatarios de tráfico y trata de mujeres, aunque todavía está muy lejos de ser aplicado consecuentemente. Cuando las autoridades se encuentran con un caso, la atención se centra mayoritariamente en la situación irregular de la víctima. Por ello, la situación generalmente desemboca en cárcel y posterior deportación de la víctima, que posiblemente volverá a quedar atrapada en las redes de explotación sexual una vez regrese a su país; el caso se cierra sin perseguir a los culpables detrás de la trata. En palabras de una víctima de trata, es el único caso en el que la persona abusada es puesta entre rejas.

Otro de los obstáculos al que se enfrentan las víctimas es conseguir que las identifiquen como tales, ya que la ley encierra varios trucos —que los proxenetas conocen— que hacen muy difícil probar que una mujer ha sido forzada, encerrada y sometida a la voluntad de sus explotadores. Por otro lado, prácticamente solo aquellas que han entrado en contacto con asociaciones de apoyo a las víctimas de trata conocen la totalidad de sus derechos, lo que hace que muy pocas los reclamen cuando son descubiertas por las autoridades.

Por su parte, las autoridades muchas veces pecan de los mismos prejuicios que la sociedad civil tiene contra las víctimas de trata, lo que incluye racismo y discriminación por sexo. La falta de empatía y cercanía que sus historias personales producen en los responsables de protegerlas hace que no se persiga con la determinación necesaria a los culpables, quienes en ocasiones también corrompen a las fuerzas de seguridad del Estado para asegurarse su silencio y permisividad. Si las víctimas normalmente desconfían de las autoridades por su situación irregular, estas actuaciones no hacen más que dificultar su colaboración.

Fuente: Cepaim

Cómplices por inacción

Resulta sorprendente que, ante un crimen de semejantes magnitudes, tanto por volumen de víctimas como por la cantidad de violaciones de derechos humanos cometidos, ni la sociedad ni los Estados ofrezcan una respuesta efectiva y contundente. En todos los países la prostitución forzada está prohibida, pero no es perseguida activamente en casi ninguno y la asistencia a las víctimas casi siempre recae en asociaciones particulares cuando debería ser una responsabilidad estatal. En ello seguramente tenga que ver mucho la procedencia de las víctimas y el racismo. La alarma social que genera una menor rumana o nigeriana que ha sido forzada a convertirse en esclava sexual en un país occidental es prácticamente inexistente si la comparamos con los casos de menores desaparecidos nativos de países occidentales —como el famoso caso de Madeleine McCann— que ocupan los titulares de la prensa durante meses.

Si unimos el racismo a la estigmatización de las prostitutas, el resultado es que, en vez de mostrar solidaridad y apoyo continuo a todas las víctimas, estas perciban rechazo e indiferencia por parte de una sociedad que les ha dado la espalda. La mayoría de ellas enfrentan grandes dificultades no solo para escapar, sino para conseguir reinsertarse adecuadamente en la sociedad. Las consecuencias físicas y psicológicas de la trata suelen ser devastadoras, especialmente si la víctima fue forzada siendo menor y estuvo en cautiverio por un largo período de tiempo. Conseguir que vuelvan a tener confianza en sí mismas y en los demás es el paso más complicado y pocas veces se logra; muchas de ellas, ante la falta de apoyo estatal y social, se resignan a una vida que “ya está arruinada” y recaen en la prostitución como único modo de vida que conocen. Al final, “los moretones se van, pero lo que se rompe adentro es más difícil de curar”.

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