Economía y Desarrollo Oriente Próximo y Magreb

Cuando los inmigrantes son mayoría: los Emiratos Árabes Unidos

Cuando los inmigrantes son mayoría: los Emiratos Árabes Unidos
Fuente: Wikimedia

Las políticas migratorias de los países del Golfo son habitualmente consideradas como únicas y excepcionales, influidas por las costumbres islámicas y las prácticas autoritarias de la región. Sin embargo, el régimen fronterizo de estos países no es tan diferente como habitualmente se piensa y tiene muchas similitudes con el de otros Estados económicamente prósperos. El elemento distintivo de los países del Golfo es el elevado porcentaje de inmigrantes, que en los Emiratos Árabes Unidos (EAU) llegan a representar cuatro quintos de la población total. Tomando EAU como ejemplo, analizamos las diferencias y similitudes entre la migración en el Golfo y otros países.

Emiratos Árabes Unidos es el Estado con mayor porcentaje de población inmigrante del mundo. El 80% de la población de los EAU no ha nacido ni morirá allí y solo se encuentra en el país de forma temporal, ya que los visados de trabajo son temporales y el acceso a la ciudadanía es prácticamente imposible para los extranjeros. La distribución de la población, por tanto, es bastante peculiar: la mayoría está en edad laboral y hay aproximadamente tres hombres por cada mujer. El mayor grupo nacional no son los emiratíes, sino los indios, que conforman poco más de un cuarto de la población.

Estas particularidades, no obstante, son un fenómeno relativamente reciente, ligado al desarrollo del país gracias al petróleo. Aunque las comunidades extranjeras siempre han existido en los Emiratos, los trabajadores extranjeros comienzan a aumentar dramáticamente a raíz del boom del petróleo en los años 70 y la escasez constante de mano de obra. Desde entonces su número, ha seguido aumentando, pues resultan mucho más baratos que los ciudadanos emiratíes, que además suelen rechazar el trabajo manual en el sector privado. Sin embargo, los más de seis millones de migrantes en los EAU no forman una comunidad homogénea. Existen enormes diferencias entre los trabajadores extranjeros dependiendo de su ocupación, nacionalidad y sexo. Al mismo tiempo, a pesar del carácter excepcional del país, su política migratoria está muy relacionada con la de otras economías ricas.

La proporción de inmigrantes en EAU es una de las más altas del mundo, por encima del 80%.

El régimen kafala

La relación entre los inmigrantes y los empleadores nativos en los EAU y otros Estados árabes está regulada por el sistema kafala. Se suele asumir que los trabajadores extranjeros están protegidos por un ciudadano que actúa como su patrocinador —kafil— y se hace cargo de su bienestar y protección. A cambio, los trabajadores no pueden cambiar de trabajo o abandonar el país sin la autorización de su protector. La kafala ha sido descrito a menudo como un sistema arcaico próximo a la esclavitud.

Sin embargo, el sistema es de hecho bastante complejo y existen muchas prácticas y situaciones diferentes. Para los ciudadanos del Consejo de Cooperación del Golfo, la kafala es una fuente de ingresos sencilla que no depende de sus habilidades comerciales, sino de su pasaporte. En los Emiratos, algunos ciudadanos obtienen ingresos actuando como padrinos intermediarios y conectando migrantes con empresas que necesitan mano de obra; otros facilitan visados libres, que ligan a los migrantes al kafil, pero no a un puesto de trabajo, de forma que pueden cambiar de empleo libremente. Por su parte, algunos emiratíes patrocinan las inversiones de emprendedores extranjeros, puesto que el acceso a la propiedad y las oportunidades de negocio están muy limitadas para las personas sin ciudadanía. Al menos el 51% de todas las empresas que operan en el país deben estar en manos de ciudadanos, de modo que los inversores extranjeros deben asociarse con emiratíes, a veces mediante acuerdos irregulares.

Para ampliar: “The politics of migration”, Abdulhadi Khalaf en Transit States: Labour, Migration and Citizenship in the Gulf, 2014

Aunque la kafala es habitualmente descrita como una característica única de los países del Golfo relacionada con las tradiciones y la cultura locales, lo cierto es que es un producto del capitalismo mundial. El sistema tiene muchas semejanzas con el régimen migratorio de Singapur y con los “trabajadores desplazados” ―trabajadores de la construcción empleados en un país distinto al lugar donde se encuentran trabajando, a menudo alojados en campos de trabajadores— de la Unión Europea. El régimen kafala es una variante estricta del sistema de permisos de trabajo temporal presente en muchos países, donde la estancia legal del migrante depende bien del patrocinador, bien del contrato de trabajo. Esto pone a los migrantes en una posición de inferioridad respecto a sus patrocinadores, lo que lleva a muchos abusos, sobre todo en el sector del trabajo doméstico.

El espectacular crecimiento de Dubái no hubiera sido posible sin la mano de obra inmigrante.

Las mujeres migrantes son especialmente vulnerables. Según la legislación emiratí, las extranjeras empleadas mediante el sistema kafala no pueden tener relaciones sexuales. Si resultan embarazadas, aunque sea como resultado de una violación, son encarceladas o deportadas acusadas de zina —relaciones sexuales ilegales—. Los niños que nacen de mujeres migrantes también se enfrentan a enormes barreras: no tienen derecho a la ciudadanía y son separados de sus madres, en prisión o enviadas a la fuerza a sus países de origen. Sin pasaporte o derechos ciudadanos, se ven condenados a sobrevivir en la economía irregular. El sector informal es de hecho bastante amplio en los Emiratos y otros países del Golfo. Muchos inmigrantes se encuentran cómodos participando en él, ya que, aunque se arriesgan a ser detenidos y deportados, sus condiciones laborales son a menudo mejores que las de los trabajadores legales al no estar sometidos a la voluntad de un patrocinador.

Para ampliar: Skilful Survivals: Irregular Migration to the Gulf, Philippe Fargues y Nasra M. Shah, 2017

La otra cara de la moneda son los inmigrantes adinerados, a menudo residentes prácticamente permanentes que llegan a formar familias. Aunque no poseen la ciudadanía, disfrutan de los privilegios asociados a su clase social y son una parte esencial del sistema económico de emiratos como Dubái. Los inmigrantes más prósperos, al contrario de lo que se pueda pensar, no son occidentales, sino pakistaníes, indios y árabes, que actúan como intermediarios entre las empresas locales y los inmigrantes procedentes de sus países de origen, de cuyos reclutamiento y gestión se encargan. Esta élite migrante no se mezcla con los locales, no reclama derechos ni desea acceso a la ciudadanía para sí o para sus hijos. Para ellos, Dubái es una tierra de oportunidades, un lugar lleno de libertades —para aquellos que se las pueden permitir— preferible a sus países de origen.

Para ampliar: “Business Elites, Unofficial Citizenship, and Privatized Governance in Dubai”, Neha Vora en Viewpoints: Migration and the Gulf, 2010

Fronteras externas e internas

El régimen fronterizo de los Emiratos no difiere mucho del de otros países ricos. Los EAU han erigido una verja militarizada en su frontera con Omán y Arabia Saudí, vigilada por más de 5.000 soldados. A esto se le suman 200 embarcaciones que patrullan las costas, así como medidas biométricas como escáneres de iris en todos los puntos de entrada al país por tierra, mar y aire. Aun así, cientos de inmigrantes indocumentados tratan de acceder al país cada año en embarcaciones precarias o escondidos en lugares insólitos.

Estas medidas de control han sido acompañadas por una segurización del discurso que también guarda similitudes con lo que ocurre en los países occidentales. Durante los últimos 20 años, las autoridades emiratíes se han referido a la población migrante como una “amenaza” o un “riesgo para la seguridad” del país. De hecho, los cambios en la composición de la fuerza de trabajo extranjera en las últimas décadas están relacionadas con esta noción de riesgo. Durante los años 70 y 80, la mayoría de los inmigrantes en los EAU venían de países árabes como Palestina, Egipto o Túnez. Sin embargo, el temor de que estos migrantes pudieran difundir ideales socialistas o antimonárquicos entre la población local, así como sus demandas de reunificación familiar y acceso a la ciudadanía por sus lazos lingüísticos y culturales, hizo que las autoridades restringieran el número de permisos de trabajo e importasen inmigrantes del sur de Asia, que no hablan árabe y no pueden exigir derechos basándose en lazos históricos o culturales con el país. En 1975 los inmigrantes árabes constituían más de un cuarto de la población foránea emiratí; a principios del siglo XXI su presencia se había reducido al 10%.

La proporción de no emiratíes en el país no ha hecho más que crecer en las últimas décadas. Fuente: Gulf Research Center

La Unión Europea controla la migración mediante una externalización de sus fronteras, es decir, a través de acuerdos con terceros países para que aumenten la vigilancia y la presión sobre los grupos migrantes. Los EAU, por el contrario, han decidido externalizar su clase trabajadora con permisos de trabajo temporales y revocables. Dependiendo del contexto económico, pueden ajustar el número de trabajadores importando migrantes cuando las condiciones son favorables o deportándolos en épocas de recesión. Los EAU no tienen que financiar la educación o sanidad de sus trabajadores; son desechables y reemplazables. Dado que los contratos de trabajo y los visados son temporales, los inmigrantes no solo compiten entre sí, sino también con millares de trabajadores en sus países de origen dispuestos a aceptar sus empleos. De esta forma, los EAU disponen de una reserva de trabajadores lejos de sus fronteras que contribuye a mantener los salarios bajos.

Para ampliar: “National Security and the Management of Migrant Labor: A Case Study of the United Arab Emirates”, Noora Lori en Asian and Pacific Migration Journal, 2011

Las fronteras no son solamente externas. Los trabajadores inmigrantes en los EAU están enormemente fragmentados. No solo están segregados de la sociedad local, sino que también se encuentran compartimentados y aislados entre sí. Los obreros de la construcción suelen estar alojados en barracas alejadas de los núcleos urbanos —práctica que también se da con los trabajadores desplazados en Europa—, mientras que los trabajadores del sector servicios suelen alquilar pisos en las ciudades. Los migrantes no solamente están divididos según su origen: muchos de ellos reproducen las jerarquías y divisiones sociales presentes en sus sociedades de origen, como es el caso de la élite mercantil que se encarga de contratar y gestionar los trabajadores migrantes.

El sexo también es un factor de división. Los casi dos millones de mujeres migrantes suelen encargarse de tareas domésticas y provenir del sudeste asiático o del Cuerno de África. Los hombres, mucho más numerosos —algo menos de seis millones—, proceden por lo general del sur de Asia y trabajan en la construcción o el comercio. Los inmigrantes en los EAU, así, no son un grupo homogéneo, sino una suma de personas de distintos países y clases sociales con ocupaciones muy diversas. Lo único que la mayoría de ellos tienen en común es la temporalidad de su estancia, que por lo general no supera la década.

La población no emiratí se encuentra menos representada entre las profesiones liberales y no forma parte del Ejército. Sus principales ocupaciones son como dependientes y en los sectores primario y secundario. Fuente: Gulf Research Center

Resistencia y acción

A pesar de las limitaciones y las divisiones entre los migrantes, estos no son meras víctimas de un sistema económico injusto o actores pasivos. Los migrantes que permanecen en el país tras caducar su visado, los que se convierten en ilegales al abandonar a su patrocinador y buscar otro empleo o los que entran al país de forma irregular son ejemplos de resistencia, aunque de un carácter individual. Como colectivo, las huelgas laborales son las acciones más destacadas de la comunidad. Pese a la posibilidad de ser deportados, los trabajadores extranjeros han sido capaces de organizarse y actuar para mejorar sus condiciones de vida.

Las huelgas más prominentes se han dado en el sector de la construcción. El hecho de que los obreros se alojen juntos en barracas contribuye a que desarrollen fuertes lazos y elaboren estrategias de acción conjunta, a pesar de las posibles represalias. El principal motivo de conflicto, además de los salarios, han sido los horarios de trabajo: en EAU es ilegal trabajar al aire libre entre las 12:30 y las 16:30 dadas las altas temperaturas, pero muchas empresas quebrantan estas leyes y fuerzan a los obreros a trabajar. Dado que no existen mecanismos legales de queja o negociación colectiva, las huelgas y protestas son la única forma que los trabajadores migrantes tienen de expresar su descontento.

Las huelgas en la construcción comenzaron a ser prominentes en 2005, cuando un millar de obreros se negaron a seguir trabajando en la isla artificial de Palm Jumeirah. Un año después, 2.500 trabajadores que construían el Burj Khalifa organizaron disturbios en protesta por el impago de sus salarios. En 2007 el número de trabajadores implicados en huelgas rondaba los 70.000 y en 2008 se sucedieron los incidentes violentos y los arrestos. Aunque al principio las autoridades respondieron con dureza, poco a poco el Gobierno emiratí fue adoptando una actitud más conciliadora ante el miedo de que las imágenes de abuso policial dañaran la reputación del país. De este modo, aunque continúan los arrestos y deportaciones, se permiten manifestaciones y protestas dentro de los campos donde viven los trabajadores. Este intento de llevar los conflictos laborales al ámbito privado no ha tenido el éxito esperado y las huelgas y manifestaciones públicas continúan, si bien a menor escala.

En 2015 centenares de obreros indios y pakistaníes salieron del edificio donde trabajaran y ocuparon las calles del centro de Dubái. La policía disolvió la manifestación por medios pacíficos, prometiendo a los trabajadores que se atenderían sus reclamaciones. Del mismo modo, las autoridades comunicaron que se trataba de un malentendido entre los trabajadores y la empresa, una respuesta que contrasta con la firmeza de la década anterior, en la que la policía actuaba violentamente y el Gobierno no se molestaba en dar explicaciones. Aunque de forma precaria, parece que los trabajadores migrantes han conseguido ciertas mejoras en la negociación colectiva. Sin embargo, la duración limitada de los visados y la existencia de una reserva de millares de trabajadores en el sur de Asia hace que los logros de los obreros no sean permanentes y que cada hornada de migrantes deba aprender a negociar sus condiciones laborales desde cero.

Para ampliar: Production Politics and Migrant Labour Regimes: Guest Workers in Asia and the Gulf, Charanpal Singh Bal, 2016

La externalización de la clase trabajadora

Con particularidades, las condiciones de los trabajadores migrantes en los EAU no difieren en exceso de las de sus pares en Arabia Saudí, Baréin o Catar. El régimen migratorio de los países del Consejo de Cooperación del Golfo se basa en la riqueza relativa de los países gracias a los ingresos derivados de los hidrocarburos y a la enorme demanda de empleo en los países de emigración. Esto permite a los Gobiernos jugar con visados de trabajo temporales y a las empresas establecer sueldos relativamente bajos que les permiten amplios márgenes de ganancia. Dada la disparidad salarial entre las economías del Golfo y los países de su periferia, los inmigrantes —sobre todo los hombres— consiguen ingresos que les permiten ayudar a sus familias y ahorrar para su jubilación. A pesar de las situaciones de abuso y explotación que sufren muchos migrantes, en particular las mujeres, todo indica que las monarquías del Golfo seguirán recibiendo cada año decenas de miles de inmigrantes.

Los ciudadanos de los EAU y demás monarquías árabes, por su parte, continuarán disfrutando de los ingresos fáciles que les permite el sistema kafala y de unos excelentes servicios públicos —sanidad, educación, ayudas económicas, asistencia legal—, que contribuyen a que la oposición política sea mínima. Cuando solo el 15% de la población tiene derecho a la ciudadanía y a la residencia permanente y además disfruta de enormes privilegios, mantener un régimen autoritario resulta extremadamente sencillo: tan solo hay que silenciar a los pocos que protestan.

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Alejandro Salamanca

Alejandro Salamanca

Madrid, 1992. Grado en Historia por la UAM y Máster en Estudios Islámicos por la Universidad de Edimburgo. He trabajado como profesor de inglés y guía turístico. En 2017 he sido becado por la UE para realizar el Máster Europeo en Migraciones en Oldenburgo (Alemania) y Stavanger (Noruega). Me apasionan la Historia contemporánea y la divulgación.

2 comentarios

  1. Otro ejemplo más de que la superpoblación agrava todos los problemas. África y el sudeste asiático seguirán incrementando su población a ritmos alarmantes, lo que generará un mar de gente desesperada por encontrar un futuro mejor, carne de cañón para explotadores de las monarquías del Golfo y cualquier país que ofrezca trabajo.

    Solo hay que ver las previsiones demográficas de países como Nigeria o Egipto.