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Estrellas de Oriente: la diplomacia deportiva en el golfo pérsico

Estrellas de Oriente: la diplomacia deportiva en el golfo pérsico
El jugador Xavi Hernández posando con jóvenes seguidores del Al Sadd durante su presentación en Doha. Fuente: Doha Stadium Plus Qata.

Dependientes del petróleo y el gas, Catar, Baréin y Emiratos Árabes Unidos, en su empeño por incrementar su proyección internacional y difundir una imagen positiva, han confiado en una forma de diplomacia poco tradicional: el deporte. A golpe de talonario, han conseguido organizar grandes eventos, comprar prestigiosos clubs y nacionalizar a deportistas de élite en una estrategia no exenta de críticas y suspicacias.

Baréin, Catar y Emiratos Árabes Unidos (EAU): si preguntásemos a cualquier transeúnte occidental qué es lo primero que se le viene a la mente al referirnos a estos países, no resultaría extraño que la respuesta tuviese que ver con rascacielos, petrodólares, lujos o jeques en su vestimenta tradicional. Si afinásemos un poco más en el tipo de encuestado, un apasionado del fútbol seguramente asociaría Catar y Emiratos a mandatarios y patrocinadores de clubs millonarios, del mismo modo que un aficionado a la Fórmula 1 recordará la primera victoria de Fernando Alonso con Ferrari en el circuito bareiní de Sakhir meses antes de perder el mundial en la carrera final de Abu Dabi, capital de los EAU.

Probablemente no hallemos a muchas personas que se atrevan a situar a estos Estados en un mapa o contestar con certeza cuál es la capital del tercer país más pequeño de Asia, Baréin —Manama—, o cuántos emiratos forman EAU —siete—. Sin embargo, puede que muchos más sepan dónde se celebrará el próximo mundial de fútbol tras el de Rusia. Sin darnos cuenta, estamos dentro del juego.

La jugada de estrategia

En las relaciones internacionales, como en el deporte, no basta con ser el mejor en alguna faceta; también se ha de tener una buena estrategia para poder destacar entre tanta competición. Esta máxima es especialmente relevante en el caso de aquellos países que no tienen suficientes capacidades —económicas y militares, principalmente— para competir de tú a tú con los gigantes. Es aquí donde salen a relucir técnicas menos convencionales para ganar reputación e influencia en sociedades extranjeras. Como también sucede con la gastronomía o la danza, el deporte a menudo es utilizado por los países como un elemento de diplomacia cultural con el que pretenden incrementar su poder blando o soft power, esto es, su capacidad para persuadir e incidir en el comportamiento de otros actores internacionales sin recurrir al uso de la fuerza o la coacción.

El conflicto entre las potencias de Oriente Próximo.

De hecho, gracias a su popularidad y capacidad de atracción mediática, el deporte resulta excepcionalmente efectivo como herramienta diplomática y promocional, y los pequeños países del golfo pérsico se han caracterizado por ser pupilos aventajados en este ámbito. Extraordinariamente ricos —Catar es el país con mayor renta per cápita en paridad de poder adquisitivo del mundo; EAU, el octavo, y Baréin, el decimoquinto—, basan el grueso de su economía en la exportación de unos hidrocarburos que no son eternos. Incrustados entre las dos potencias regionales, Arabia Saudí e Irán, lejos de resignarse a la irrelevancia internacional y conscientes de las limitaciones a largo plazo de su modelo rentista, estos países se han afanado en las últimas dos décadas por presentarse al mundo como un destino atractivo para la inversión y mano de obra extranjera, el comercio internacional y el turismo.

Si para muchos entrenadores la mejor defensa es un buen ataque, para los Gobiernos y empresas de estas naciones el incremento de la proyección internacional, la revalorización de la marca país y el posicionamiento como nichos financieros atractivos han sido la estrategia idónea para diversificar sus fuentes de ingresos y garantizar su supervivencia económica a largo plazo. Y en este sistema el deporte ha jugado un rol muy relevante, no solo en aras de incrementar las posibilidades de negocio; también a la hora de intentar difundir una imagen positiva del país al atraer el foco mediático mundial, posicionarse como marca en las principales competiciones y exhibir el talento nacional.

Organización de eventos y fichajes de renombre

La celebración de eventos deportivos puede ser un escaparate para mostrar las virtudes de la cultura, el patrimonio, la sociedad o la economía anfitriona, y en el Golfo llevan décadas apostando por atraer los principales acontecimientos internacionales. En el caso del fútbol, un precedente exitoso en la región fue la organización en Arabia Saudí de la novedosa Copa Rey Fahd en 1992, 1995 y 1997, que enfrentaba a los campeones de las principales confederaciones internacionales de fútbol, un torneo que a partir de la última edición fue acogido por la FIFA bajo su denominación actual: la Copa Confederaciones. Catar, futura sede del mundial de 2022 tras su polémica designación, ya organizó un mundial sub-20 en 1995 y la Copa de Asia en 2011. EAU también fue anfitrión de un mundial sub-20 en 2004 y de la Copa Mundial de Clubes en 2009, 2010 y 2017 —volverá a serlo en 2018—.

En el mundo del motor, Baréin y Catar albergan desde 2004 una prueba del mundial de Fórmula 1 y otra de Moto GP, respectivamente, mientras que Abu Dabi se incorporó en 2009 a la Fórmula 1 con el lujoso circuito de Yas Marina. Los grandes premios del Golfo se caracterizan, además, por ser de los más pomposos. Con la excepción del Gran Premio de Singapur de Fórmula 1, son los únicos que se celebran bajo luz artificial y a ellos suelen acudir celebridades de todo el mundo. Por su parte, el Gran Premio de Abu Dabi es la carrera más importante de la temporada de Fórmula 1: es la última y vale el doble de puntos que el resto. También es una de las más caras de organizar: solo el canon que la Fórmula 1 exige para poder albergar la carrera asciende a 50 millones de euros.

Catar es sin duda el país que más ha apostado por albergar eventos deportivos; no en vano, Doha fue ciudad candidata para albergar los Juegos Olímpicos de 2016 y 2020. Otras candidaturas se saldaron con mayor éxito, y en los últimos años destacan la celebración del mundial de balonmano en 2015 y el campeonato mundial de ciclismo en ruta en 2016. Junto a ello, próximamente la península catarí albergará, además del de fútbol, el mundial de gimnasia artística en 2018, el de atletismo —también salpicado por una polémica designación— en 2019 y el de natación en 2023. Además, tanto este país como los emiratos de Abu Dabi y Dubái albergan anualmente campeonatos de golf pertenecientes al circuito europeo. Dubái destaca además por ser sede, como Catar, de un torneo anual de tenis, mientras que Abu Dabi alberga desde 2015 una vuelta ciclista que poco a poco crece en atención mediática y prestigio.

Precisamente por atraer el foco mediático y generar posibilidades de negocio, no es nada infrecuente que clubs de fútbol de estos pequeños Estados paguen cifras millonarias en salarios para hacerse con los servicios de estrellas que se encuentran en la postrimería de su carrera deportiva. A razón de diez millones de euros anuales, en la liga de Catar juega actualmente el excapitán del FC Barcelona Xavi Hernández y por ella han pasado cracks como Gabriel Batistuta, Romario, Raúl González, Pep Guardiola, Fernando Hierro o los hermanos De Boer. Por su parte, en la liga emiratí han jugado campeones del mundo como Fabio Cannavaro o David Trezeguet, y el astro argentino Diego Armando Maradona se encuentra dirigiendo un club de segunda división.

Patrocinio y compra de clubs

No obstante, la llegada con cuentagotas de estrellas a sus ligas, muy modestas en lo deportivo y con una competencia creciente proveniente de China y Estados Unidos, no alcanza para generar una presencia mundial y apuntalar la marca país. Para este cometido, Catar y Emiratos se han lanzado en los últimos años a por el patrocinio de los clubs de fútbol y eventos deportivos más populares a escala mundial.

En 2008 el Abu Dhabi United Group, cuyo propietario es miembro de la familia real del emirato, adquirió el Manchester City, que a partir de 2011 comenzó a ser patrocinado por Etihad, aerolínea perteneciente al Gobierno abudabí. Mismo grupo y mismo patrocinador de por medio, en 2013 se creó la réplica al otro lado del océano: el New York City FC. Por su parte, el Gobierno del emirato vecino, Dubái, también se ha proyectado hacia el mundo a través de su aerolínea, Emirates, cuyo patrocinio está presente en camisetas de varios clubs de las ligas más competitivas y populares de Europa y en las vallas publicitarias de los mundiales de rugby, torneos de tenis como el US Open o Roland Garros y más de una docena de torneos de golf, carreras de caballos y competiciones de críquet.

Catar, antiguo patrocinador del FC Barcelona mediante Qatar Airways —actual patrocinador de la FIFA y de múltiples eventos deportivos—, se ha hecho un hueco en el fútbol internacional con la adquisición del Paris Saint Germain a través del grupo Qatar Sport Investment, protagonistas en verano de 2017 de los dos fichajes más caros de la Historia: Neymar Jr. y Kylian Mbappé. De esta manera, Catar daba muestras de su solvencia económica ante el bloqueo iniciado por Arabia Saudí, Egipto, Baréin y EAU, que finalmente fue el dominador del mercado estival merced a los 853 millones de euros invertidos en la plantilla del Manchester City. Otra muestra del pulso diplomático fue el veto de estos Estados a la cadena catarí Bein Sports, del grupo Al Jazeera, que se ha consolidado como retransmisor de las principales competiciones en múltiples países —los aliados del Golfo planean el lanzamiento de un canal alternativo—.

Para ampliar: “Moneyball, el negocio del fútbol moderno”, Javier Esteban en El Orden Mundial, 2017

Nacionalización y producción de talento deportivo: las petromedallas

Si bien patrocinar y organizar eventos puede hacer que la proyección internacional de estos países aumente, en el deporte, a fin de cuentas, lo importante es participar y, a poder ser, brillar con luz propia. No obstante, la escasa población y falta de tradición deportiva de estos países hacía complicado que pudiesen competir en los principales acontecimientos deportivos con ciertas garantías de éxito. La solución a este problema se encontró, de nuevo, en la chequera. Desde que en los noventa Catar nacionalizara a todo el equipo búlgaro de halterofilia para competir en Sídney 2000, docenas de estrellas han cambiado de bandera a cambio de un mayor salario, entrenamiento y residencia en los países del Golfo. Las actuales reglas del reglamento olímpico son laxas para este tipo de práctica: solo requieren que el deportista nacionalizado resida tres años en su nuevo país para poder competir.

No exenta de polémica, la nacionalización de deportistas puede convertirse en un lastre para sus países de origen. En una suerte de imperialismo deportivo, los países ricos del Golfo —que no son los únicos que recurren a esta práctica— compran talento en países sin recursos suficientes para retener a sus estrellas, lo que a su vez redunda en menores posibilidades de retribuciones económicas y prestigio en forma de medallas, premios, patrocinios, salario u oportunidades de formación en los países de origen.

Quizá los casos más ilustrativos —que no los únicos— son los equipos olímpicos de los tres países y la selección de balonmano catarí, subcampeona del mundo en 2015. En ella, solo dos de los 16 jugadores habían nacido en Catar y la mayoría había jugado previamente con la selección de su país de origen, como Bertrand Roiné, campeón del mundo con Francia en 2011. A estos subcampeones no les faltó apoyo en las gradas: Catar desembolsó más de un millón de euros para que 60 aficionados españoles animaran a la selección local durante el torneo.

En cuanto a las expediciones olímpicas, EAU, que compitió en Río con 13 deportistas, tuvo en sus filas a dos corredores etíopes y a tres excomponentes del equipo moldavo de judo, entre los que se encontraba Sergiu Toma, que con su bronce consiguió la segunda medalla emiratí de la Historia. Por su parte, Baréin compitió con una histórica delegación de 35 deportistas de los que 29 nacieron fuera del pequeño archipiélago, incluyendo todo el equipo de atletismo. Baréin consiguió en Río la mejor actuación de su Historia con dos medallas de las atletas keniatas nacionalizadas Eunice Kirwa —bronce en maratón— y Ruth Jebet —oro en 3000 metros obstáculos, justo por delante de Hyvin Jepkemoi, keniata que sí corría para su país de origen—. El éxito bareiní fue repetido en los mundiales de atletismo de 2017, en los que obtuvo un meritorio undécimo puesto en el medallero final, por delante de potencias como Jamaica.

En el caso de Catar, 23 de sus 39 participantes olímpicos —entre los que había solo dos mujeres— tenían otra nacionalidad de origen; entre ellos, 13 de los 15 balonmanistas, un tenista de mesa chino, un voleibolista de playa brasileño y tres atletas sudaneses. No obstante, la única medalla fue conseguida por un atleta nacido en Doha, el saltador de altura de ascendencia sudanesa Mutaz Essa Barshim, que también logró el bronce en Londres 2012.

Para ampliar: “La geopolítica de los Juegos Olímpicos”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2014

Este éxito tampoco es casual. La estrategia deportiva catarí no se basa exclusivamente en el fichaje de deportistas de élite, sino en el reclutamiento y la formación de jóvenes talentos. Piedra angular de este cometido es la vanguardista y multimillonaria academia polideportiva Aspire. Fundada en 2004, su pilar central es el desarrollo del fútbol catarí en aras de lograr una participación digna en su mundial, para lo cual cuenta con antiguos ejecutivos del Real Madrid y entrenadores de La Masía. Alrededor de 500.000 adolescentes son probados en 18 países —la mayoría subsaharianos—, de los cuales solo una veintena son seleccionados para la academia principal de Doha o para la satélite, ubicada en Senegal.

Una vez en la academia, los mejores jugadores optan a entrenar varias semanas en clubs europeos de primer nivel, como la Real Sociedad o el Schalke 04. Asimismo, para dar salida a sus promesas, Aspire se hizo con la propiedad del KAS Eupen —que ha ascendido a la primera división belga— y la Cultural y Deportiva Leonesa —ascendido a la segunda división española— y recientemente ha desembarcado en el fútbol inglés de la mano del Leeds United. La rama futbolística de la academia, que cuenta con Messi, Pelé, Raúl o Xavi entre sus embajadores, ya ha dado sus primeros frutos: la selección sub-19 catarí ganó la Copa Asia y se clasificó para el mundial sub-20. Sin embargo, la reválida definitiva para estos jóvenes solo tendrá lugar en 2022.

Puntos de flaqueza: el contragolpe

Tras lustros de empeño en el deporte, los países del Golfo se están haciendo veteranos en la disciplina de la diplomacia deportiva y han visto cómo otros aspirantes —caso de Singapur o Azerbaiyán— los han emulado. Sin embargo, la experiencia no hace que la estrategia sea infalible y, a menudo, lo fijado en la pizarra no se traslada a la acción. A pesar de su esmero y gran inversión, los países del Golfo no han podido ocultar algunas de las vergüenzas que lastran su proyección internacional. De sus eventos y participaciones, inevitablemente, han trascendido la desigualdad a todos los niveles —incluida de género, como muestra el irrisorio número de mujeres nacionales participantes en los JJ. OO.— y las violaciones de derechos humanos que se producen sistemáticamente en sus territorios.

Los ejemplos de mala reputación debida a la visibilidad que genera el deporte son numerosos. En Baréin el Gran Premio de 2011 fue cancelado, en el contexto de la primavera árabe, ante las críticas de la opinión pública occidental y de la propia Fórmula 1. El llamado fútbol moderno, cuyos baluartes más prominentes probablemente sean el Manchester City y el PSG, cosecha multitud de escépticos y, en lo estrictamente deportivo, no siempre repercute en el éxito deseado; ilustrativo es el fiasco del PSG en las dos últimas ediciones de la Champions League.

Más allá del descrédito que ha generado la concesión del mundial, la inversión millonaria de Catar no ha servido para esconder los abusos a unos trabajadores que en muchos casos provienen, paradójicamente, de los mismos países subsaharianos que los deportistas de élite que Catar nacionaliza. Desprovistos de diversas facilidades administrativas, los obreros foráneos sí son tenidos en cuenta a la hora de llenar los estadios: son remunerados y disfrazados para que ocupen las gradas fingiendo ser cataríes ante la falta de público local. La corrupción no parece escapar ni siquiera de la formación. A pesar de su supuesta misión humanitaria, hay acusaciones de que Aspire recluta a jóvenes con la intención de nacionalizarlos para el mundial, y cinco países donde estos son seleccionados tenían delegados en el comité de la FIFA que designó el mundial catarí, lo que también ha levantado sospechas.

Está por ver si estos efectos secundarios generados por la estrategia deportiva del Golfo pueden llegar a tener una repercusión positiva en el seno de sus países. El hecho de que queden bajo la lupa mediática también puede servir de pretexto para el impulso de mejoras sociales, como la reciente decisión de permitir a las mujeres asistir a partidos de fútbol en Arabia Saudí. Que estas medidas se produzcan, no sean puro maquillaje y generen un calado transformador dependerá en buena medida de dónde ponga el foco el espectador internacional, si dentro o fuera del terreno de juego.

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