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Amigos con intereses: España y el mundo árabe

Amigos con intereses: España y el mundo árabe
Fuente: Camila Parón

Durante años el régimen franquista defendió la tradicional amistad hispano-árabe para poder salir del aislamiento que le había impuesto la comunidad internacional, unas relaciones diplomáticas y económicas que se han desarrollado hasta hoy. A pesar de ello, no han estado exentas de pormenores, sobre todo en el caso de Marruecos y sus reivindicaciones sobre el territorio del Sáhara Occidental, Ceuta y Melilla.

Aunque las relaciones entre España y el mundo árabe tienen un carácter más presente, en cierta manera comienzan con la conquista musulmana de la Península en el año 711. La llegada de las tropas del Califato omeya, lideradas por Tariq ben Ziyad —de quien tomará el nombre la ciudad de Gibraltar (‘montaña de Tariq’ o Yabal Tariq)—, marcará el inicio de la expansión árabe por territorio hispano-visigodo y el establecimiento de relaciones con la población cristiana y judía. Debido a las divisiones que había en esos momentos en el liderazgo visigodo, la población no opuso ningún tipo de resistencia ante el avance del contingente arabobereber; de hecho, muchos de los dirigentes se convertirían al islam con el fin de mantener su poder y sus privilegios.

Durante esta etapa de la Historia, pese a las tensiones y enemistades con los reinos cristianos del norte, hubo cierta armonía en las relaciones, al menos entre los que vivían en territorio musulmán. Y, aun cuando se sucedieron diferentes revueltas cristianas y muladíes —nombre por el que se conocían a los cristianos convertidos al islam—, como las jornadas del Foso en Toledo (797) o del Arrabal en Córdoba (818), hubo una gran mezcla poblacional a través de matrimonios mixtos y una influencia de la cultura y el arte islámico en la lengua y la arquitectura. La toma del Reino de Granada en 1492 por los Reyes Católicos marcará el fin de la presencia musulmana en la Península.

Para ampliar: “La invasión árabe. Los árabes y el elemento árabe en español”, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Amor-odio magrebí

Las relaciones entre España y el norte de África estuvieron desde el comienzo marcadas por la inestabilidad y el enfrentamiento. Una de las secuelas que dejó la Reconquista fue el miedo a una nueva penetración musulmana desde el continente vecino, por lo que la política de los Reyes Católicos y sus herederos se basará en el establecimiento de posiciones fortificadas a lo largo del litoral africano para proteger el territorio español. En estas zonas no se sometía a la población, pero sí se producían diferentes enfrentamientos con los soldados destacados allí. A lo largo de la Edad Moderna, la cuestión tendrá un papel de gran relevancia para los pensadores, quienes creían que parte del territorio al norte del continente vecino pertenecía por derecho a la monarquía española, heredera del orbe romano. Esto quedará de manifiesto con la incorporación de Melilla (1556) y Ceuta (1668) al Reino de España; será la reina Isabel II quien establezca con Mohamed IV de Marruecos los límites fronterizos de las ciudades.

A finales del siglo XIX y principios del XX se producirán diversos enfrentamientos entre la población española y la marroquí que culminarán con la guerra del Rif, una sublevación de las tribus rifeñas contra las autoridades españolas y francesas. Pese a las bajas españolas durante el combate y, sobre todo, al trágico episodio del Desastre de Annual, se consiguió la pacificación de la zona y el establecimiento, con ayuda de Francia, del Protectorado de Marruecos. Será también durante estos años cuando se constituya el Ejército de África, compuesto por tropas españolas; la Legión Española, y una infantería marroquí conocida como los Regulares. Este ejército, profesional y eficaz, será utilizado por el general Franco durante la Guerra Civil para sublevarse contra la Segunda República e instaurar su dictadura.

Para ampliar: “Arabs on both sides of the Spanish civil war”, Nazanine Moshiri en The New Arab, 2016

Debido al aislamiento internacional que sufrió el régimen franquista tras la resolución de las Naciones Unidas de 1946 por la que se pedía la retirada de las legaciones diplomáticas extranjeras de territorio español, Franco comenzó a defender la idea de una amistad tradicional hispano-árabe y expandió su política exterior ya no solo al norte de África, sino también a los países de Oriente Próximo, hasta ese momento desconocidos. El objetivo de la retórica utilizada por el régimen era e salir de ese aislamiento al que se le había confinado y conseguir la entrada en la ONU, lo que significaría el respaldo internacional a su Gobierno y la consolidación del régimen. Para ello se centrará en defender un pasado común con el mundo árabe plasmado en el mito de Al Ándalus, una relación enfocada más al ámbito cultural, exceptuando Marruecos y el Sáhara Occidental, con quienes mantenía una relación política marcada por la lógica colonial.

En 1956, después de que Francia permitiese el regreso de Mohamed V y reconociese la independencia de Marruecos, España se vio obligada a reconocer igualmente la independencia de la zona norte del Protectorado; la región de Tarfaya pasaría a la soberanía marroquí en 1958 y, once años más tarde, Ifni. Sin embargo, pese a que en el plano internacional se defendía la amistad entre españoles y árabes, la realidad era otra en el norte de África: países como Libia mostrarían de continuo su desacuerdo sobre la presencia española en el Sáhara Occidental. Entre 1974 y 1975, el rey de Marruecos, Hasán II, enviará emisarios a las monarquías árabes para conseguir apoyo en sus reivindicaciones sobre este territorio. Ello culminará con la Marcha Verde en 1975, invasión marroquí respaldada por Estados Unidos que contará con el apoyo económico y militar de gran parte de los países árabes.

Para ampliar: “España ante el problema del Sáhara: por una solución magrebí”, Bernabé López García, 2014

En 1976 España se retiraría del Sáhara Occidental y cedería la administración de su territorio a Marruecos y Mauritania, pero no la soberanía, que reside en la población saharaui. Se trata de un problema de descolonización inconclusa a la espera de la celebración de un referéndum de autodeterminación. Marruecos, por su parte, mantiene sus reivindicaciones sobre las ciudades autonómicas de Ceuta y Melilla. Esto marcará en gran medida las relaciones entre ambos países durante el final del siglo XX y principios del XXI. Por ello, en las últimas etapas del régimen franquista se defendió la idea de un Magreb dividido por las rivalidades entre Marruecos y Argelia y el consiguiente establecimiento de relaciones con esta y Mauritania para, de esta forma, aislar las reivindicaciones marroquíes.

Una de las claves en la política exterior marroquí ha sido su búsqueda del Gran Marruecos.

 

La entrada de España en la Comunidad Económica Europea transformó las relaciones con los países del Magreb. Por un lado, se presentó como defensor de los intereses magrebíes ante Europa; por otro, se instauraba como país receptor de inmigrantes y dejaba de lado su política territorial para preocuparse por la estabilidad de la región. Para ello, a diferencia de lo que se hizo durante la etapa franquista, desde los 90 hasta la actualidad se ha apostado por un Magreb unido para reforzar tanto la seguridad de España como la de sus socios europeos. Esto se ha conseguido en gran medida a través de acuerdos multilaterales y bilaterales: se han impulsado las relaciones económicas con Argelia, Marruecos y Túnez —España es el principal socio económico de los dos primeros— y diálogos políticos a través de sucesivos Tratados de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación.

A pesar de estos acuerdos, la brecha económica existente entre ambas orillas no mejoró y las diferentes opiniones en cuanto a la inmigración ilegal, la delimitación de las aguas territoriales y la posición española sobre el Sáhara Occidental volvieron a ennegrecer las relaciones con Marruecos, lo que culminaría en el enfrentamiento por el islote de Perejil en 2002. Los atentados terroristas de Casablanca en 2003, en los que murieron cuatro españoles, fueron utilizados por el Gobierno español para mostrar su solidaridad e iniciar nuevamente un acercamiento al país vecino. Pero serán los atentados del 11M en Madrid los que terminen de consolidar esta posición. El hecho de que la mayor parte de los detenidos tuviesen nacionalidad marroquí reforzó la idea del potencial desestabilizador que tenía esta zona y la necesidad de actuar para prevenir la presencia de células de Al Qaeda y otros grupos terroristas que pudiesen avivar el radicalismo islámico y atentar en países europeos.

Para ampliar: “Los atentados de Casablanca de 2003: un punto de inflexión en el yihadismo marroquí”, Ignacio Fuente Cobo en IEEE, 2016 

A partir de ese año se da un impulso a la cooperación en materia terrorista entre España y Marruecos, sobre todo en el ámbito de las fuerzas y cuerpos de seguridad, a través del intercambio de información y operaciones conjuntas. Entre 2013 y 2014 se desarrollaron seis operaciones antiterroristas, que se saldaron con más de 40 detenidos. Además, Marruecos se encarga de la designación de imanes en las mezquitas de España, sobre todo aquellas a las que asisten en su mayoría marroquíes, para evitar discursos radicales. Estas ventajas que posee el Gobierno de Rabat en España en cuanto a la designación de las autoridades religiosas podrían ser utilizadas en beneficio propio para alcanzar sus intereses; sin embargo, es destacable la ayuda mutua entre ambos países para frenar el radicalismo, pese a las diferencias en cuanto a la cuestión del Sáhara o las ciudades de Ceuta y Melilla, que siguen formando parte del discurso marroquí.

Para ampliar: “La hermandad de los asuntos pendientes: España y las reivindicaciones territoriales de Marruecos”, Pablo Moral en El Orden Mundial, 2014

La terra incognita árabe

Aun cuando el Magreb ha sido uno de los ejes principales en los que se ha movido la política exterior española, a partir de la llegada de Franco y el aislamiento político que sufrió España por parte de la comunidad internacional, las relaciones con el mundo árabe cobrarán gran importancia. La amistad tradicional defendida interesadamente por ambas partes, basada sobre todo en el mito de un pasado común en Al Ándalus y el no reconocimiento del Estado de Israel, será utilizada para alcanzar los intereses de cada uno. Por una parte, los países árabes utilizarán la relación con el Gobierno español e Hispanoamérica como medio de legitimar su posición de no injerencia en asuntos internos dentro de la esfera mundial, además de recabar apoyos para la causa palestina. Franco, por su parte, buscará poner fin al aislamiento político apoyándose en estos países como medio para reconocer la legitimidad de su régimen, conseguir la entrada en las Naciones Unidas y liberar el peñón de Gibraltar, bajo soberanía británica desde la firma del Tratado de Utrecht en 1713.

Tras la derrota de los ejércitos árabes contra Israel en 1948, se dan una serie de cambios que permitirán la llegada y expansión del nacionalismo árabe a través de líderes carismáticos como Gamal Abdel Náser en Egipto o el general Qasim en Irak. Esto hará que la Liga Árabe se polarice con Gobiernos árabes prooccidentales y regímenes nacionalistas más favorables a la URSS. España, que necesitaba el apoyo de estas naciones, a pesar de la diferencia en las ideologías socialistas que algunos defendían, continuó con su retórica de amistad, sobre todo en el ámbito de la cultura a través de la apertura de centros de intercambio cultural en las principales ciudades de estos países y con la venta de armamento español, principalmente a Egipto y Siria. Estas relaciones resultarán igualmente favorables en 1973 con la crisis de la Organización de Países Exportadores de Petróleo, cuando los países exportadores de petróleo deciden subir el precio del crudo en un 70%. La posición española, favorable a los intereses árabes, permitió asegurar el suministro eléctrico durante los años más difíciles de la crisis y Arabia Saudí se comprometía a “corresponder con amistad la amistad demostrada en todo momento”.

Para ampliar: España-Israel: historia de unas relaciones secretas, José Antonio Lisbona, 2002

Los países con mayores importaciones de armamento español en 2015 fueron Alemania, Arabia Saudí y Reino Unido.

Lo cierto es que no se trataba de una relación verdadera de amistad, y a la hora de defender cada uno sus intereses se vio la brecha entre España y el mundo árabe. En 1975 se produce la Marcha Verde marroquí, auspiciada por Estados Unidos, pero con el apoyo económico de países como Arabia Saudí o Egipto, que hasta ese momento habían defendido su relación con el Gobierno español. Algo parecido pasará con Libia, la cual apoyará en 1970 ante la Organización para la Unidad Africana (OUA) la independencia de las islas Canarias como una parte de África aún no liberada.

En este contexto, se debe tener también en cuenta la posición propalestina defendida por España tanto a través del apoyo a diversas resoluciones de la ONU —la Resolución 242, sobre la retirada de las tropas israelíes de los territorios ocupados; la Resolución 3379, por la que el sionismo es considerado como una forma de discriminación racial, o el apoyo a la incorporación de la Organización de Liberación de Palestina (OLP) como observador en la ONU— como a no reconocer al Estado de Israel. Se buscará principalmente el reconocimiento de la personalidad y el derecho a la autodeterminación del pueblo palestino con una solución de dos Estados. De hecho, aumentará la presencia de población palestina en España e incluso se establecerá una oficina de la OLP en Madrid.

Reconocimiento internacional de Israel —en azul— y Palestina —en verde—. Los países en amarillo han reconocido ambos Estados.

Sin embargo, con la llegada de la democracia, no habrá una única corriente en cuanto a la posición que se debe tomar ante este conflicto. Los liberales defenderán un acercamiento a Israel, mientras que las corrientes que rechazaban el modelo liberal —tanto de la izquierda como de la derecha— prosiguieron con el discurso franquista de la tradicional amistad árabe, aunque dándole un tinte algo más progresista. Para estos últimos, el mundo palestino representaba los valores que debían defenderse: el rechazo al orden mundial hegemónico, la supremacía estadounidense y el proceso de globalización, así como la defensa del uso de la fuerza por parte de grupos revolucionarios. Ante estas dos corrientes, se planteaba una serie de problemas de especial relevancia para España: si el Gobierno estableciese relaciones con Israel, podría acarrear la imposición de sanciones y el recorte de suministro de crudo por parte de los países árabes y las reivindicaciones marroquíes sobre Ceuta y Melilla, así como las reivindicaciones sobre la descolonización de las islas Canarias en el seno de la OUA, podrían tener trágicas consecuencias.

La posición de rechazo al reconocimiento del Estado de Israel será mantenida hasta 1986, cuando finalmente se producirá el establecimiento de relaciones diplomáticas entre ambos países con el visto bueno de los árabes, algunos de los cuales —Egipto— ya habían firmado tratados de paz y mutuo reconocimiento. El reconocimiento propiciará el papel de España como intermediaria en las crisis palestino-israelí, plasmado en la Conferencia de Paz de Madrid, la cual fue auspiciada por Estados Unidos y aceptada por ambas partes y desembocaría en los Acuerdos de Oslo de 1993. En la actualidad, Palestina sigue siendo de gran importancia para el Gobierno, tal y como refleja la labor humanitaria en Gaza y Cisjordania, donde España promueve, a través de organismos internacionales, la lucha contra la pobreza y el fortalecimiento de las instituciones y la democracia en la zona.

Tras los atentados del 11S y el 11M, la percepción española —tradicionalmente propalestina— se verá en cierta medida condicionada por el rechazo al terrorismo islamista. En este contexto se producirá la intervención en Irak durante el Gobierno de Aznar en apoyo al Gobierno de Estados Unidos. Durante el mandato posterior de Zapatero, las tropas serán retiradas y se firmará junto a Erdoğan la Alianza de Civilizaciones, cuyo objetivo es la fomentación del diálogo y la cooperación entre diferentes pueblos y culturas para prevenir conflictos y fomentar la paz. Igualmente, hay que destacar la labor de las Fuerzas Armadas españolas desplegadas en Líbano tras el enfrentamiento con Israel en 2006. La presencia española en el país ha fomentado el desarrollo de diversos proyectos para la comunidad libanesa, así como clases de español, lo cual ha favorecido el acercamiento y la amistad entre ambos países. De hecho, tras los atentados en Cataluña en el verano de 2017, las Fuerzas Armadas libanesas exhibieron una bandera española después de conquistar uno de los bastiones del autodenominado Estado Islámico en la frontera con Líbano.

En cuanto a los países del golfo pérsico, cabe destacar las buenas relaciones económicas que se han mantenido, sobre todo, durante el reinado de Juan Carlos I. Se puede mencionar, por ejemplo, el proyecto multimillonario de la línea de alta velocidad Meca-Yeda-Medina, inaugurada en diciembre de 2017, en el que han participado diversas empresas públicas y privadas españolas. Además, la participación del país árabe en el conflicto de Yemen y Siria ha acarreado un aumento de la demanda de material armamentístico español, que se ha visto reflejado en el acuerdo de cooperación de defensa firmado en septiembre de 2017, uno de los mayores contratos de exportación militar de la industria española. En este mismo sentido, España mantiene relaciones comerciales de
exportación armamentística con numerosos países árabes.

Exportación de material armamentístico español a Oriente Próximo.

Es posible que en numerosas ocasiones la amistad entre España y el mundo árabe respondiese a intereses propios y que el pasado común solo sea utilizado como retórica para justificar el acercamiento. Sin embargo, las relaciones con los países árabes siguen siendo uno de los ejes principales de la política exterior española, proyectadas incluso en el ámbito de la Unión Europea. Y lo más probable es que esta amistad, interesada o no, continúe durante muchos años.

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Camila Parón

Madrid, 1993. Graduada en Historia y Periodismo. Máster en Liderazgo, Diplomacia e Inteligencia. Cursos, seminarios e investigaciones sobre Oriente Próximo. Interesada en cuestiones de seguridad y defensa y, sobre todo, en la geopolítica de la región MENA.

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