Economía y Desarrollo Asia-Pacífico

Sri Lanka, una joya por explotar

Sri Lanka, una joya por explotar
Fotografía del parque nacional de Yala (Sri Lanka). Fuente: Patty Ho (Wikicommons)

Cuatro grandes religiones, dos etnias diferenciadas, altas montañas y playas paradisíacas, una guerra civil reciente y el tsunami de 2004 son algunas de las características que convierten a Sri Lanka —antigua Ceilán— en una amalgama de culturas apasionante. Con una Historia que se remonta a varios siglos antes de Cristo, en la actualidad es una pieza importante del comercio este-oeste gracias a su localización geoestratégica en el océano Índico, además de un destino turístico en auge. Pero hay muchos intereses puestos en la isla que opinan que todavía puede dar mucho más de sí.

Hace varios siglos, Sri Lanka no era el grupo de islas aislado que es en la actualidad; existía un puente de tierra, el puente de Adán, que conectaba Tamil Nadu, al sur de la India, con el noroeste de Sri Lanka. Este puente, que todavía es visible en algunas zonas, posibilitó la presencia de seres humanos desde muy pronto e incluso, según algunas fuentes, la visita de algún personaje ilustre como Alejandro Magno. En la Historia de Sri Lanka se sucederían varios de los reinos más importantes de Asia, primero hindúes y posteriormente convertidos al budismo, que dejaron un gran legado cultural aún muy presente en los esrilanqueses.

El puente de Adán. Fuente: Wikimedia

Los siglos de gobierno autóctono acabaron bruscamente con la llegada de los portugueses en el siglo XVI, que serían sucedidos por los holandeses y finalmente por los británicos, quienes tomaron el control de toda la isla a partir del año 1800. Bajo su mandato, los británicos usaron la isla básicamente como su huerto exótico particular; llenaron las partes montañosas de plantaciones de té y el resto de la isla de árboles cocoteros y de caucho, hecho que alteró de manera importante la flora local y definió el que iba a ser el papel más relevante de la Sri Lanka independiente en el mercado mundial: productora de materias primas.

Independencia y guerra civil

Tras más de un siglo de gobierno colonial, en 1948 se proclamaría una nueva Constitución que garantizaría la soberanía de Ceilán frente al Imperio británico, aunque el nuevo país independiente pasó a formar parte de la Commonwealth. Los sucesivos Gobiernos independientes nunca estuvieron especialmente consolidados, aunque destacó el Gobierno de Solomon Bandaranaike, asesinado en 1959 y sucedido por su esposa, Sirimavo Bandaranaike, quien se convertiría en la primera jefa de Estado del mundo. Estos Gobiernos no lograron consolidarse, ya que los británicos, antes de marcharse, habían preparado el caldo de cultivo del que luego sería el principal conflicto de la isla: la confrontación entre las dos principales etnias del país, los cingaleses y los tamiles.

Con el objetivo de dividir a la población local y fomentar el enfrentamiento entre ellos y no con la metrópolis, el Gobierno colonial otorgó mayores ventajas —mejor educación o puestos de mayor importancia en las Administraciones locales— a la minoría tamil, presente principalmente en el norte y este del país. Esta maniobra, común en otras colonias europeas, como Ruanda o Sudán, generó rencor hacia los tamiles en la población cingalesa, y cuando estos últimos consiguieron la mayoría en el nuevo Parlamento comenzaron a aprobar leyes que directamente colocaban a los tamiles en un escalafón inferior. Esto fue especialmente duro con todos los tamiles traídos por los británicos desde el sur de la India para trabajar en las plantaciones, que no fueron reconocidos como ciudadanos esrilanqueses. El cingalés fue reconocido como el único idioma oficial del país, mientras que el tamil fue excluido.

Territorio reclamado por los Tigres Tamiles. Fuente: Quora

Ni que decir tiene que esto indignó a los tamiles, pero no fue hasta 1983 cuando esta indignación se plasmó en una insurrección armada, que enfrentó por un lado al Gobierno central de Sri Lanka y a los Tigres Tamiles por otro. La guerra estuvo dividida en tres fases, las llamadas guerras Eelam —Tamil Eelam era el nombre del Estado independiente que los tamiles pretendían crear al norte y este de Sri Lanka—, cada una más sangrienta y violenta que la anterior.

A pesar de ser ampliamente superados en número, los Tigres Tamiles consiguieron poner en jaque al ejército cingalés gracias a la combinación de atentados terroristas y guerra de guerrillas, además del apoyo recibido por parte de otras regiones tamiles del exterior e incluso de la primera ministra de la India, Indira Gandhi. El conflicto duró 26 años (1983-2009) y terminó de manera abrupta con la aniquilación de prácticamente cualquier persona cercana a los Tigres Tamiles en los últimos meses de guerra. En total, se calcula que murieron más de 100.000 civiles y aproximadamente la mitad de soldados de ambos bandos y se cometieron innumerables crímenes humanitarios que probablemente queden sin juzgar.

Las heridas creadas por la guerra tardarán mucho tiempo en cerrarse por completo, pero la normalidad parece haber vuelto al país. Los tamiles han regresado al Parlamento a través de su partido, Alianza Nacional de Tamiles, y los combates por una mayor autonomía de las regiones con más presencia tamil se libran dentro del Parlamento y no fuera, con la palabra en vez de pistolas y bombas.

Una mirada hacia adelante

Finalizada la guerra, Sri Lanka ha resultado ser un ejemplo de convivencia en un mundo cada vez más dividido por las religiones y los nacionalismos. Tras los abusos llevados a cabo por los Tigres Tamiles y el Gobierno esrilanqués durante la guerra, la creación a finales de 2015 del Ministerio de Convivencia, Diálogo e Idiomas Oficiales ha supuesto un gran paso adelante en el camino de la integración y promoción de todas las identidades culturales del país. La aprobación en mayo de 2017 de la “política de reconciliación nacional y convivencia” consolidó el proceso de reconciliación, gracias al cual está prohibida cualquier tipo de discriminación por raza, etnia, religión o política y los cingaleses y tamiles están presentes en la gran mayoría de instituciones públicas, mientras que dentro de la sociedad civil conviven en armonía y sin mayores problemas.

Otro punto en el que Sri Lanka se ha convertido en referente mundial es en la integración religiosa. En casi cualquier región del país se puede encontrar un templo budista junto a una mezquita o una iglesia cerca de un colorido templo hindú, sin que ello afecte a la coexistencia normal de la población. De hecho, es común que algunas religiones, como el budismo —mayoritaria en la población cingalesa— y el hinduismo —mayoritaria entre los tamiles—, se entrelacen y budistas confesos adoren también a diosas hindúes. Se trata, en fin, de un ambiente generalmente bueno, propenso al respeto y a la multiculturalidad —aunque no siempre sea así— que debería favorecer el desarrollo social y económico del país, sin lugar a duda el principal desafío de Sri Lanka en los próximos años.

Porcentaje de creyentes por religión. 

Si Sri Lanka quiere conseguir estabilidad en los próximos años, solo hay una receta —universal y comprobada a lo largo de la Historia— para que sea duradera y sostenible: satisfacer las necesidades de su población. Tras el tsunami de 2004 y la guerra civil, estas pasan por garantizar lo más básico: trabajo digno, pan y techo. Pero, para conseguirlo, los destrozos del tsunami y la guerra no son los únicos problemas a los que se enfrenta la ex colonia británica.

De Ceilán a Sri Lanka

Aunque el nombre oficial del país sea República Democrática Socialista de Sri Lanka, difícilmente podría decirse que Marx o Lenin estarían orgullosos de las políticas llevadas a cabo por los diferentes Gobiernos esrilanqueses. Sri Lanka tiene el PIB per cápita más alto del sudeste asiático y, sin embargo, el salario mínimo más bajo de toda la región —menos de 60 dólares al mes—, lo que habla a las claras de la distribución desigual de la riqueza nacional, en lo cual el Gobierno tiene mucha culpa.

Desde su independencia, Sri Lanka ha visto cómo se desarrollaba un bipartidismo muy fuerte en su Parlamento formado por el Partido por la Libertad de Sri Lanka (SLFP en inglés), de tendencia socialdemócrata, y el Partido Nacional Unido, liberal conservador. Desde 1994 gobierna el primero, que comenzó declarándose un partido socialista a todos los efectos para posteriormente integrar el país en el movimiento de los países no alineados durante la Guerra Fría y finalmente acabar convirtiendo al país en uno de los miembros fundadores de la Organización Mundial del Comercio, una de las mayores instituciones liberalistas del mundo. Actualmente la política económica del Gobierno es marcadamente capitalista: fomenta la inversión extranjera y exporta los principales recursos del país en pos de un desarrollo que la población local no acaba de ver muy claro.

Un potencial sin aprovechar

Sri Lanka dispone de una cantidad de recursos económicos moderada, entre los que destacan la producción de té —cuarto productor mundial—, gemas y textil, además del incipiente turismo presente en la isla. Sin embargo, como sucede a muchos países en su situación, no posee una industria significativa que genere riqueza y, económicamente hablando, sigue estancada en la posición primaria y desigual en la que la dejaron los británicos.

La propiedad de los principales recursos de la isla está concentrada en unas pocas manos. Las plantaciones de té, por ejemplo, fueron expropiadas en 1950, durante el primer Gobierno del SLFP, a los colonos británicos para posteriormente devolvérselas a los pocos años. Actualmente son propiedad de grandes compañías teteras, como Unilever (Lipton), Dilmah o los omnipresentes Rothschild, que disfrutan de beneficios millonarios mientras pagan menos de cinco dólares al día a sus trabajadoras, descendientes de la población tamil traída de la India por los británicos en la época colonial.

Otro mercado importante para Sri Lanka es la producción textil; de hecho, es el que más beneficios genera dentro del país. Entre los importadores de ropa esrilanquesa se encuentran casi todas las marcas de ropa importantes a nivel mundial, que han encontrado en el sudeste asiático un filón donde producir su ropa a muy bajo coste. En Sri Lanka el sector emplea al 15% de la población, aunque se calcula que va a aumentar debido a las crisis salariales producidas por las protestas de los trabajadores textiles en los principales países productores, como China o Bangladés, que reclaman un salario digno, lo que los convierte en menos competitivos a ojos del mercado. En Sri Lanka todavía no ha habido movilizaciones masivas en protesta, aunque en muchos casos los trabajadores se ven obligados a trabajar siete días a la semana para llegar a fin de mes, con un salario medio de 80 dólares al mes —o 115 si trabajan los siete días—.

Para ampliar: “Made in Bangladesh”, Inés Lucía en El Orden Mundial, 2016

La economía de Sri Lanka ha crecido exponencialmente desde el final de la guerra, algo normal tras esta situación, pero sigue careciendo de industria que haga progresar realmente al país. Esta falta de producción nacional, además de no generar trabajo de calidad para los locales, provoca que Sri Lanka tenga que depender de las importaciones en muchos productos vitales, que por lo general son más caros y de peor calidad. El mayor ejemplo está en el sector automovilístico: al no tener prácticamente ninguna fábrica en el país, tiene que comprar coches usados provenientes de India o Japón a un precio inasequible para la mayoría de la población y que además presentan niveles de contaminación muy altos.

Intereses en el país: turismo y transporte

Una vez confirmada la paz y la seguridad en el país, la competitividad derivada del poco valor de la rupia esrilanquesa y la fuerza de trabajo de su clase trabajadora ha atraído a diferentes actores del mercado internacional. Las grandes compañías textiles y del té no han perdido el tiempo para aprovechar el abaratamiento de costes, pero no son las únicas. El transporte de bienes se está erigiendo como otra de las principales actividades del país aprovechando su localización privilegiada.

Duración de los principales trayectos marítimos desde Colombo, su capital comercial. 

Al sur de Colombo se está fraguando un proyecto de dimensiones faraónicas con la construcción de una especie de Singapur en miniatura, el proyecto Port City, que, además de ampliar el puerto de Colombo para convertirlo en uno de los mayores y más modernos de Asia, contará con miles de oficinas, resorts, instalaciones deportivas, viviendas de lujo, centros comerciales y centros médicos privados en la que será la mayor inversión extranjera de la Historia de Sri Lanka con un valor total aproximado de 15.000 millones de dólares.

¿Y quién está detrás? La empresa estatal China Communications Construction, o, lo que es lo mismo, el Gobierno chino —otro país autodenominado socialista que parece no serlo tanto—. El proyecto debería estar terminado en 2019, aunque será complicado que termine a tiempo: aún no ha terminado la primera fase de las cinco planeadas, lo que seguro conllevará sobrecostes considerables en la operación. Más allá del Port City, la inversión china ha financiado la construcción de otros grandes puertos en el país, enmarcados dentro del megaproyecto chino “One Belt, One Road”, que pretende crear una nueva Ruta de la Seda entre China y el mundo desde la cual transportar de manera barata y eficaz toda la diversa producción china.

Para ampliar: “La nueva Ruta de la Seda: iniciativa económica, ofensiva diplomática”, Sandra Ramos en El Orden Mundial, 2016

Central Park, dentro del proyecto Port City. Fuente: Roar Media

Pero hay vida más allá de China, o eso cree el Gobierno de Sri Lanka. En Dedduwa, a una hora de Colombo, pretende construir una réplica del complejo mexicano de Mayakoba, lo que se convertirá en el mayor proyecto turístico del país. El objetivo no es otro que convertir la zona en uno de los tres principales destinos turísticos de Asia. Todavía falta por ver quiénes serán los principales inversores de la obra, pero a buen seguro habrá una gran competencia por la adjudicación y posterior licencia.

Un futuro enigmático

A ojos del gran capital mundial, resultaba cuando menos curioso que Sri Lanka, con una localización geoestratégica tan privilegiada y un atractivo turístico innegable, no estuviese tan aprovechada como debería. Por ello, han tardado muy poco tiempo en llenar el país de dinero, que muy seguramente transformará el país poco a poco, aunque muchos esrilanqueses no tengan muy claro cómo va a mejorar sus vidas.

Con la ampliación del puerto de Hambatota, por ejemplo, se va a desahuciar a miles de lugareños, lo que ha generado multitud de protestas en la zona. Otro colectivo que ha convocado manifestaciones masivas recientemente son los pescadores, uno de los oficios más comunes en Sri Lanka y probablemente el más perjudicado por estas nuevas construcciones, ya que verán afectado el que siempre ha sido su coto de pesca sin que vayan a recibir ningún tipo de compensación por ello. Este es el mayor miedo que tiene la población: ver cómo les arrebatan los mejores lugares de la isla para el comercio o el disfrute de los extranjeros mientras los nativos se quedan con menos recursos todavía para sobrevivir.

El país aún tiene que cerrar algunas heridas de la guerra, pero al Gobierno se le empieza a acabar esa excusa para justificar la pobre inversión en servicios sociales, y más mientras destina miles de millones de dólares a proyectos faraónicos. Lo último que quiere la población de Sri Lanka es otra confrontación, pero el Gobierno tendrá que empezar a devolver parte de las inversiones a su pueblo si quiere garantizar la paz, la estabilidad y el verdadero progreso del país.

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