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El Tío Sam en el corazón del golfo pérsico

Reunión bilateral entre Donald Trump y el rey Salmán bin Abdulaziz al Saúd, en mayo de 2017. Fuente: Casa Blanca (Flickr)

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el golfo pérsico ha sido uno de los puntos de mayor interés para la política exterior de Estados Unidos. Durante décadas, la Casa Blanca ha mostrado una gran preocupación por la seguridad y estabilidad en esta área. Con Barack Obama se abrió una nueva etapa marcada por el repliegue estadounidense, que por el momento Trump no ha decidido cambiar. 

Era 4 de junio de 2009 cuando la comitiva del presidente de los Estados Unidos llegó a la Universidad de El Cairo. Millares de estudiantes y periodistas le esperaban dentro y fuera del vestíbulo principal, expectantes de cuáles iban a ser las palabras que Barack Obama iba a dirigir a Oriente Próximo y al mundo musulmán. Bajo el título de “Un nuevo comienzo”, el mandatario presentó su visión sobre la relación que debía mantener Washington con la región. Sus palabras implicaban una revisión profunda de lo que había sido la estrategia de George W. Bush. La nueva administración de la Casa Blanca quería desarrollar un nuevo tipo de política exterior, con un menor protagonismo en las dinámicas de la zona.

Pocos presidentes y monarcas de las naciones árabes parecieron tomar en serio estas palabras. Debido a los ochos años anteriores, marcados por sucesivas intervenciones estadounidenses en el Golfo y Oriente Próximo, pocos creyeron al principio que la gran potencia occidental fuera a desaparecer paulatinamente de esos enclaves. Sin embargo, la primavera árabe supondría un antes y un después en la confianza entre Estados Unidos y sus aliados locales. La caída de Mubarak en Egipto en 2011 hará crecer el nerviosismo entre las monarquías cercanas, quienes observaron con asombro e indignación cómo su principal garante internacional no movía ni un dedo para salvar la integridad de sus socios.

Donald Trump en su visita a Arabia Saudí. Fuente: Casa Blanca (Flickr)

Durante la campaña electoral de 2016, Donald Trump prometió una manera distinta de tratar estos asuntos. No obstante, en el fondo de sus discursos se escondía un sentido semejante al defendido por su antecesor. El líder conservador rechaza el pacto nuclear con Irán y apuesta por un mayor acercamiento con Israel y llevar a cabo acciones más contundentes contra el yihadismo, pero ha seguido manteniendo la esencia de la política de Obama al no inmiscuirse excesivamente en las crisis regionales. Sus mayores esfuerzos internacionales se centran en Asia-Pacífico y la amenaza nuclear norcoreana. Después de un año en el Despacho Oval, Trump parece confirmar que EE. UU. continúa replegándose del corazón del Golfo.

Para ampliar: The Oil kings. How the U.S, Iran and Saudi Arabia changed the balance of power in the Middle East, Andrew Scott Cooper, 2012

Una historia de alianzas y enemistades

El 20 de febrero de 1945 el monarca de Arabia Saudí, Abdulaziz bin Saúd, subía al barco estadounidense anclado en el canal de Suez para encontrarse por primera vez con el presidente estadounidense, Franklin D. Roosevelt. El dirigente occidental volvía de regreso de la conferencia de Yalta y hacía parada en Egipto para encontrarse con varios líderes locales. Su propósito no era otro que establecer las primeras alianzas en la zona, que se desarrollarían plenamente después de acabar la Segunda Guerra Mundial. Cuando el rey saudita estrechó la mano de Roosevelt, se daba inicio a una de las relaciones bilaterales más fructíferas y complicadas de la segunda mitad del siglo XX.

El gran conflicto bélico había confirmado a EE. UU. y la Unión Soviética como las grandes potencias del mundo. Inmediatamente después de caer el nazismo, se echó el telón de acero y comenzaron más de 40 años de Guerra Fría. Washington necesitaba asegurarse recursos y posiciones geoestratégicas que le permitieran dominar gran parte del mundo. Según la perspectiva desarrollada años después por Henry Kissinger, siempre preocupado por la importancia estratégica de Oriente Próximo, “quien controla el centro del cinturón musulmán, que va desde Indonesia hasta Marruecos, controlará el mundo”. Para la Casa Blanca resultaba fundamental tener bajo su influencia el Golfo y alrededores e impedir que cualquier poder extranjero interfiriera en ellas.

Para ampliar: “Teoría del Heartland: la conquista del mundo”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2013

Hasta la revolución iraní de 1979, Irán y Arabia Saudí fueron para Estados Unidos lo que el presidente Nixon bautizó como “los dos pilares gemelos”. Las dinastías del sha y los Saúd se convirtieron en el apoyo fundamental para dominar las vicisitudes dentro de Oriente Próximo. Fueron enormemente útiles para contener el influjo socialista y panarabista que se difundió bajo el liderazgo de Náser, garantizarse grandes suministros de petróleo y gas y situarse en el centro geográfico mismo del tránsito entre África, Asia y Europa.

En 1971 los pequeños emiratos del Golfo consiguen su independencia de Reino Unido. La presencia británica es rápidamente sustituida por el poderío estadounidense. La potencia anglosajona se encargará de garantizar la defensa y seguridad de estas dinastías a cambio de que sus aliados mantengan la estabilidad interna y le proporcionen los recursos energéticos necesarios. Las dinastías de Kuwait, Baréin, Catar y Emiratos Árabes Unidos se unirán al paraguas protector de la quinta flota estadounidense mientras destinan los ingresos del petróleo y gas en modernizar sus países.

En 1979 Sadam Huseín llega al poder en Irak y el ayatolá Jomeini hace lo propio en la República Islámica de Irán. A una orilla del Golfo estarán las monarquías amigas de Estados Unidos; al otro lado, dos regímenes erigidos en los principales enemigos de la Casa Blanca. La guerra del Golfo en 1991 marcará el punto más álgido de la fuerte vinculación de EE. UU. con las monarquías árabes. El ejército estadounidense saldrá en defensa del emirato kuwaití con el respaldo del resto de capitales vecinas. Al final del siglo XX solamente la cuestión palestina separaba a la Administración estadounidense de sus homólogos árabes, que siempre le echarán en cara su apoyo decidido al Gobierno de Tel Aviv.

El secretario de Estado John Kerry y el ministro iraní de Relaciones Exteriores Javad Zarif durante las negociaciones del acuerdo nuclear en Ginebra. Fuente: Departamento de Estado de EE. UU. (Flickr)

El 11 de septiembre de 2001 y la intervención en Irak en 2003 suponen una profunda brecha en la relación entre Estados Unidos y sus aliados. Las sospechas sobre las vinculaciones de países como Arabia Saudí o Catar y grupos radicales religiosos o incluso terroristas, junto a la campaña de la guerra mundial contra el terror lanzada por la Administración Bush, hacen que la desconfianza crezca a ambos lados. Este recelo estalla con la caída de Sadam Huseín, una operación militar que la mayoría de países árabes no habían avalado por los riesgos que suponía para la frágil estabilidad de Oriente Próximo.

Para ampliar: “U.S.-Saudi Relations”, CFR, 2017

Cuando Obama llega a la Casa Blanca, muchos líderes árabes esperaban poder reconducir las relaciones. Sin embargo, las intenciones del presidente demócrata chocarán con los intereses de los miembros del Consejo de Cooperación del Golfo. La primavera árabe y los conflictos de Libia o Siria son la muestra de que Estados Unidos no actuará tan resolutivamente como antes y contendrá mucho más sus acciones en esos territorios. El acuerdo nuclear con Irán supone la máxima expresión de que Washington quiere dejar atrás la polarización y conflictividad de décadas pasadas para pasar a tener un papel más secundario y conciliador.

La seguridad y defensa pasan por el petróleo

Tras la Primera Guerra Mundial, Reino Unido y Francia se repartieron áreas de influencia en Oriente Próximo. La península arábiga y las dos orillas del Golfo quedaron bajo autoridad británica. Los embajadores de Londres solamente mostraron interés por los principales puertos de la costa, desconocedores aún de la inmensidad de petróleo y gas que se escondía bajo sus pies. En la década de los treinta, se produce el verdadero contacto de Estados Unidos con estas tierras, mucho antes del encuentro entre Roosevelt y Abdulaziz. Mientras seguía el tutelaje británico, algunos inversores estadounidenses pusieron sus ojos en el desierto arábigo y en el interior de la antigua Persia. He aquí los orígenes de empresas como Saudi Aramco o Bahrain Petroleum Company, fundadas por estadounidenses y canadienses, pero que en la década de los setenta pasarían a ser mayoritariamente de propiedad estatal.

La crisis del petróleo de 1973, promocionada por los Estados árabes para boicotear a los aliados internacionales de Israel en la guerra del Yom Kipur, le dio un cariz totalmente distinto al petróleo. Los barriles se convirtieron en una herramienta política más en el tablero internacional. Las monarquías del Golfo comprobaron que tenían una capacidad asombrosa para influir en los mercados internacionales y en la economía de terceros países. Además, aprovecharon el boom del petróleo para transformar aceleradamente sus países dando a su economía y a la estructura de sus Estados una forma acorde a los nuevos tiempos, pero sin alterar la naturaleza política de sus regímenes.

El Golfo es la región del mundo donde mayor número de barriles de petróleo se produce al día. Rusia y Arabia Saudí se encuentran en la cúspide seguidas por Estados Unidos. Pero Irán y Catar, gracias a compartir la explotación del mayor campo de gas del mundo, son un referente en la exportación de este tipo de recursos, al igual que sus vecinos Irak, Kuwait, Omán o Emiratos Árabes. Exceptuando Irán por la revolución de 1979, EE. UU. ha mantenido durante décadas fructíferos acuerdos en estos campos y sus inversores han compartido la propiedad de las empresas con los Estados.

Fuente: Cartografía EOM

La relación entre Washington y la mayor parte de los países del Golfo se ha resumido habitualmente en un intercambio de petróleo por protección militar. Existen oficialmente más de 35.000 militares estadounidenses desplegados en la zona. Estados Unidos tiene bases militares para fuerzas terrestres, aéreas y marítimas en Kuwait, Baréin, Catar, Irak, Emiratos Árabes y Omán. Paradójicamente, los únicos países donde no se reconoce que exista personal de sus Fuerzas Armadas son Arabia Saudí e Irán. Lógicamente, las tensiones históricas con Teherán han impedido que se llegara a algún tipo de alianza militar, aunque en los últimos tiempos, debido a la inestabilidad en Irak y la guerra de Siria, se ha abierto la oportunidad de vías de colaboración entre ambos.

El reino saudita siempre ha tenido una fuerte presión religiosa en su interior. La promoción desde el Gobierno de una versión tan rigorista como el wahabismo ha dado lugar a episodios de radicalismo religioso y terrorismo como el asalto a la Gran Mezquita de La Meca en 1979. En la guerra del Golfo, Arabia Saudí permitió el paso de tropas estadounidenses por su territorio, pero esto generó un malestar sin precedentes entre las autoridades religiosas, que criticaron la presencia de tropas extranjeras a pocos kilómetros de las ciudades sagradas. Desde ese momento, la Casa Saúd decidió no permitir nunca más la llegada de soldados foráneos a su país, por lo menos de manera pública, preocupados de perder el respaldo del discurso wahabita.

Para ampliar: “The GCC-U.S. Relationship: a GCC perspective”, Abdullah K. al Shayji, 2014

Durante décadas, Estados Unidos tuvo el monopolio de los acuerdos de petróleo y armas con estos países. Con el paso del tiempo y, sobre todo, a partir de la década de los noventa, estos regímenes se preocuparán por diversificar sus relaciones internacionales. La doctrina de Obama para Oriente Próximo los ha reafirmado en la necesidad de buscar nuevos apoyos y China ha sabido aprovechar estas circunstancias para extender su peso en estas latitudes. Pekín ha ido en busca de recursos energéticos para su creciente economía a cambio de cuantiosos acuerdos, que también recogen la venta de armas. La diferencia entre la diplomacia asiática y la de los occidentales es que los primeros no suelen interferir en las cuestiones internas. En los últimos tiempos, el hegemón chino se ha vuelto un socio mucho más cómodo para este tipo de monarquías, ya que nunca reclama más aperturismo político para cerrar negociaciones.

Tropas estadounidenses desplegadas en Oriente Próximo. Fuente: Forbes

Recientemente, algunos de los países del Golfo, como Kuwait, Catar o Arabia Saudí, han anunciado ambiciosos programas de reformas económica. Todos ellos comparten algunas características comunes: diversificar su tejido productivo, reducir la dependencia del petróleo y gas, favorecer la formación de la mano de obra nacional, apostar por otro tipo de fuentes de energía y mejorar las infraestructuras. En esos planes también se recoge la necesidad de aumentar el peso de la industria militar nacional para mejorar las capacidades propias y pasar de compradores de armas a productores de sus propios equipos. Implícitamente, se reconoce que la responsabilidad de la defensa propia ya no recaerá únicamente en Estados Unidos, entendiendo que la supervivencia debe depender de los medios de cada uno.

Regresando al punto de partida

A finales de noviembre de 2017, la cadena de televisión oficial de Corea del Norte presenta otra prueba exitosa del lanzamiento de un misil balístico con capacidad para alcanzar territorio estadounidense. A las pocas horas, el presidente Donald Trump anuncia vía Twitter sanciones más duras contra el régimen comunista mientras la diplomacia de su Gobierno endurecía sus advertencias hacia el máximo dirigente norcoreano. Hace exactamente diez años el Gobierno de Bush ponía su atención en el programa nuclear de Irán, con lo que generaba un clima de enorme tensión en Oriente Próximo, pero mucho ha cambiado desde entonces. Pese a la sangrienta guerra en Siria o la reciente crisis política en Líbano, las preocupaciones estadounidenses miran más hacia el mar de China.

La primera visita oficial de Trump al extranjero fue a Arabia Saudí en mayo de 2017. Recibido con toda la ostentación con la que la dinastía Saúd intenta granjearse la amistad de sus invitados, el rey Salmán y el presidente estadounidense dedicaron más tiempo a cerrar negocios comerciales que a tratar los principales problemas políticos de la región. Al paso de la comitiva estadounidense por Riad se anunciaba un acuerdo de venta de armas al reino saudita por valor de más de 110.000 millones de dólares. En la carrera armamentística que existe dentro del Golfo, Estados Unidos y otros países occidentales —como el Estado español— han encontrado una mina de oro en los deseos de estos regímenes por desarrollar grandes capacidades militares y de seguridad. Como la mayoría de inquilinos de la Casa Blanca, Trump deja a un lado las preocupaciones por los derechos humanos y la democracia a la hora de sentarse con los emires árabes.

Desde la política exterior de Bush, pasando por Obama y hasta nuestros días, se observa un distanciamiento en la relación entre EE. UU. y las monarquías del Golfo. Poco antes del final de la Segunda Guerra Mundial, los estadounidenses llegaron a aquellas tierras buscando el preciado oro negro. Con el paso del tiempo pasaron a tratar cada vez más temas, con lo que transformaron una relación meramente económica en otra de mayor calado político. Ahora la tendencia va en dirección opuesta: la agenda diplomática se vacía de temas y retoma un cariz más comercial. Pese a ello, mientras en el Golfo siga habiendo un marine estadounidense, no se podrá decir que el Tío Sam haya abandonado la región.

Acerca de David Hernández 12 Articles
Madrid, 1991. Doctorando en Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Máster en Economía Internacional y Desarrollo (UCM). Especialista en geopolítica, comunicación y estrategia política y gobernanza.

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