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“América, año uno”, por Jorge Tamames

“América, año uno”, por Jorge Tamames
Manifestación por la prohibición de entrada de musulmanes en EE.UU. Fuente: Ted Eytan (Flickr)

El 26 de noviembre de 2017 Slavoj Žižek emprendió el enésimo intento de incordiar a sus lectores. En un artículo sobre Estados Unidos publicado en The Independent, el marxista esloveno propuso una alianza entre la extrema derecha y los seguidores de Bernie Sanders, el senador socialista que estuvo cerca de desbancar a Hillary Clinton en las primarias demócratas de 2016.

Ante la victoria de Donald Trump y la erosión del establishment estadounidense, argumenta Žižek, “la lucha de clases ha vuelto como el principal factor determinante de la vida política”. Pero esa lucha no se expresa a través de la competición entre los partidos republicano y demócrata, sino en las tensiones internas que los recorren. Así, la alt right, supuesta ‘derecha alternativa’, compite contra los republicanos conservadores, mientras que en el campo progresista los liberales se enfrentan a una insurgencia socialista. A la izquierda le corresponde “explotar estas contradicciones sin escrúpulos”, teniendo en cuenta que “el enemigo es el capitalismo mundial, no la derecha populista”.

Cabe interpretar el artículo, plagado de errores, como un nuevo intento de Žižek por congraciarse con “la derecha populista”. Pero el texto es interesante en tanto revela una percepción extendida sobre Estados Unidos en la era de Trump. Los partidarios del presidente vivieron su elección como un hito, los estadounidenses centristas se consternaron ante la llegada de un “populista autoritario” a la Casa Blanca y gran parte de la izquierda interpretó la situación en clave antifascista. A pesar de sus diferencias, todo ellos coinciden con Žižek en que el 20 de enero de 2016 EE. UU. se adentró en tierra ignota. Una quiebra con el pasado que recuerda a la Germania, anno zero, de Roberto Rossellini, ambientada en las ruinas del Berlín de posguerra. En este caso, sin embargo, el cambio sería a peor.

Pero no es así en verdad. Trump no representa una ruptura dramática con sus antecesores ni responde a cambios recientes en la estructura de la sociedad estadounidense. Como la obra maestra de Rossellini, que ilustraba sutilmente la pervivencia de un pasado reprimido en el presente, el 45.º presidente estadounidense se explica, fundamentalmente, a través del continuismo. Al término del primer año de la era Trump, EE. UU. no ha cambiado radicalmente.

Feudos electorales en EE.UU. 

En vez de eso, el país asiste a la culminación de una deriva que se inició hace cuatro décadas. La transformación del Partido Republicano empezó con Richard Nixon y la estrategia del sur, cuando la derecha estadounidense se volcó en azuzar el resentimiento racial entre blancos pobres para ofuscar su agenda política, centrada en bajar impuestos, desregular la economía y privatizar las funciones que aún desempeñan los poderes públicos. El Partido Demócrata, que abandonó las políticas del New Deal con Jimmy Carter y apuntaló su viraje al centro con Bill Clinton, no ha estado en condiciones de ofrecer una alternativa ambiciosa; se contenta con ser el contrapunto benévolo de la derecha dura.

Ambos partidos conforman un sistema anquilosado, actualmente en proceso de degeneración. Esta decadencia es institucional, política y económica y ha terminado reproduciéndose en las actitudes de la propia sociedad estadounidense. Es así como el presidente, a pesar de su incompetencia manifiesta, mantiene el apoyo de un tercio de los votantes y la mayor parte de su base electoral. Si Trump es el síntoma del malestar que asola EE. UU., el origen del fenómeno hay que buscarlo en la involución de su sistema de partidos.

Ruido y furia en la derecha

Dos episodios ilustran a la perfección esta deriva, así como el papel continuista que Trump ejerce en ella. El primero es la reforma fiscal aprobada por el Congreso estadounidense. Actualmente en proceso de tramitación, se trataría, junto con el nombramiento del juez conservador Neil Gorsuch a la Corte Suprema, del único logro de Trump en su primer año en el poder. En ambos casos, ha sido la mayoría republicana en el legislativo, y no la supuesta pericia de Trump como negociador, la que ha permitido su aprobación.

La reforma representa, por decirlo llanamente, un intento de volar por los aires la sociedad estadounidense en beneficio de los donantes multimillonarios del Partido Republicano. Con cláusulas para recortar regulaciones medioambientales y las escasas prestaciones de la reforma sanitaria de Obama, así como rebajas de impuestos a grandes fortunas y empresas multinacionales, se trata de un proyecto para redistribuir la riqueza hacia arriba —un “Robin Hood a la inversa”, en palabras de Sanders— en una sociedad lastrada por la desigualdad, la precariedad y el paro, en la que el racismo y el aumento de la drogodependencia están causando estragos. El principal analista económico del Financial Times, poco sospechoso de ser un leninista encubierto, resume el proyecto como “una reforma tributaria para plutócratas”.

Lo peculiar de esta medida no radica en su contenido, sino en su similitud con reformas tributarias anteriores, como la aprobada por George W. Bush en 2001. Desde la llegada de Ronald Reagan al poder, el Partido Republicano ha encontrado en las bajadas de impuestos el vehículo idóneo para forzar a sus oponentes a gestionar presupuestos cada vez más exiguos. Son los demócratas quienes normalmente se ven obligados a aplicar políticas de austeridad cuando llegan a la Casa Blanca y descubren que las reformas de los republicanos fuerzan al Gobierno a acumular déficits insostenibles. No cuadran las cuentas volviendo a subir impuestos —en la opinión, tal vez errónea, de que supondría un suicidio político—, sino recortando el gasto público. Así ocurrió con Obama, que en 2010 mantuvo la bajada de impuestos promovida por Bush.

Que Trump acoja con entusiasmo estas medidas, tras una campaña en la que prometió subir impuestos a los fondos de Wall Street y mantener prestaciones sociales, muestra que su agenda viene dictada por el mismo partido al que hace un año amenazaba con cambiar radicalmente. También ilustra el error de los analistas que se empeñan en atribuirle una visión del mundo brutal, pero coherente, o incluso lúcida. Si algo ha demostrado el presidente en su primer año en el poder es una incapacidad congénita para formar opiniones propias y una tendencia malsana a replicar las de quienquiera que lo adule. Un recordatorio de que la estupidez es a menudo más peligrosa que la maldad.

Después de un año de mandato la mayoría de estadounidenses puntúan negativamente a Donald Trump. Fuente: Common Dreams

El segundo episodio, algo más mundano, tuvo lugar en febrero. A finales de ese mes se reveló que la primera cena de Trump como presidente consistió en un solomillo de 54 dólares tirando a churruscado y con kétchup. Nada nuevo en la dieta de un tipo que engulle Big Mac de dos en dos, pero un pecado carnal a ojos de la progresía estadounidense: “¡Hay que ser cafre para no apreciar el solomillo poco hecho! ¡Y echarle kétchup, dios mío! Esto con Obama no pasaba”.

Los seguidores del presidente no tardaron en responder acusando a sus detractores de ser unos esnobs insufribles. Muchos de ellos inundaron las redes sociales con fotos en las que engullían filetes achicharrados y empapados en kétchup para “escandalizar a los progres”. En la lista de cosas que los incondicionales de Trump han llegado a hacer con este propósito se incluye un amplio repertorio de actividades desagradables o humillantes, como comer sushi con leche, pasearse en pañales o reventar sus propias cafeteras. Se trata de provocar a los progres, incluso a costa de la salud o dignidad personales.

El episodio no pasaría de ser otro de tantos escándalos absurdos de la era Trump, de no ser porque refleja hasta qué punto el debate político estadounidense a menudo gira en torno a rencillas absurdas, en las que lo único que está en juego es la posibilidad de fastidiar al prójimo a través de significantes culturales. Este nivel abismal de debate hay que atribuirlo al éxito de cadenas como Fox News, que han invertido las últimas décadas en azuzar a su audiencia —predominantemente blanca y mayor— con sucesos a cual más intrascendente que el anterior e ignorar problemas sociales clamorosos, como la desregulación de las armas de fuego, un gasto militar estratosférico o la ausencia de un Estado del bienestar en un país rico.

Con Fox News sobrepasada por canales aún mas estridentes, como el conspiracionista Infowars o el ultraderechista Breitbart, el paisaje mediático de EE. UU. empuja a sus ciudadanos a desgastarse en debates estériles. Es por eso que, a pesar de sus múltiples promesas rotas —en política fiscal, sanidad, política exterior o la construcción del famoso muro fronterizo—, Trump retendrá la lealtad de la mayoría de su base. Su función principal consiste en “escandalizar a los progres”, y en eso resulta insuperable.

Una izquierda atrofiada

Dos no pelean por nimiedades si uno no quiere. Una parte considerable del Partido Demócrata se siente cómoda en este reparto de papeles, que le asigna el rol de urbanita inteligente y le permite reírse de sus rivales paletos. Detrás de esa condescendencia se esconde un problema inmenso: el hecho de que los demócratas apenas ofrecen alternativas económicas al proyecto republicano y se ven obligados a competir en el terreno cultural, donde defienden posiciones menos intolerantes y cerradas que las que propugnan sus rivales. En resumen, una sociedad algo más ilustrada, pero no radicalmente distinta.

Para ampliar: “El Partido Demócrata y la clase media”, Alana Moceri y Astrid Portero en El Orden Mundial, 2016

Esta situación refleja una transformación profunda de la centroizquierda. Los demócratas han dejado de ser la fuerza que defendía a las clases trabajadoras a través de programas como el New Deal de Franklin Roosevelt o la Great Society de Lyndon Johnson para convertirse en representantes de los intereses de profesionales liberales. Médicos, abogados, ingenieros… grupos demográficos que entre los 40 y 70 eran predominantemente republicanos hoy se cuentan entre el principal respaldo de un partido progresista en lo social y liberal en lo económico.

El ejemplo más claro de esta deriva se produjo en julio de 2016 durante la convención que aupó a Clinton como candidata a las elecciones presidenciales. Ante un Trump que parecía imposible de embridar, los demócratas decidieron usurpar el papel de sus rivales. En una serie de ponencias que tocaron todas las vacas sagradas de la derecha —familia, libre comercio, defensa nacional—, los demócratas se dedicaron a apropiarse del discurso republicano y revestirlo con un barniz progresista, una apuesta que no pasó desapercibida entre muchos conservadores, pero que difícilmente moviliza a un electorado progresista.

El problema de fondo es que EE. UU. no es el país uniformemente conservador que los demócratas, aún acomplejados por la hegemonía republicana que estableció Reagan, consideran que es. Desde el fin de la Guerra Fría, la derecha solo ha ganado el voto popular en las elecciones generales de 2004; son las distorsiones de un colegio electoral antidemocrático las que les permiten ganar —en el caso de Trump, con casi tres millones de votos menos que Clinton—.

El miedo a una potente reacción conservadora hace que los demócratas rebajen sus propuestas de manera recurrente. Sirva como muestra la reforma sanitaria, que se presentó como el gran logro de Obama: pacata, enrevesada y basada en una propuesta del think tank conservador Heritage, se presentó —en un momento en que Obama gozaba de supermayorías en ambas cámaras del Congreso— como alternativa de mercado a la sanidad pública. Pero hoy los estadounidenses apoyan abrumadoramente políticas socialdemócratas, como una sanidad pública y universal, en tanto que rechazan medidas como la reforma fiscal de Trump —respaldada por solo un tercio del país, frente al 54% que apoyaba prolongar las bajadas de Bush en 2010—.

Porcentaje de estadounidenses sin seguro médico en 2015. 

Esta moderación demócrata luce mal en la era de Trump. Durante 2017, el establishment demócrata se ha obsesionado con denunciar la colusión del presidente con Vladímir Putin y promover un sinfín de investigaciones que difícilmente lograrán el impeachment de Trump. En el terreno de la oposición tradicional, el partido ha mostrado muy poca iniciativa, y esa desidia se salda en una marcada pérdida de popularidad entre votantes jóvenes.

¿Hay alternativas?

Volvamos a Žižek. Su defensa de la extrema derecha estadounidense como contrapeso en el Partido Republicano no se tiene en pie. La derecha alternativa está perennemente fragmentada y carece de una base social capaz de hacerla relevante fuera de foros y redes sociales. Acumula un año de frustración en el que su supuesto paladín se ha dedicado a absorber la ortodoxia republicana como una esponja. Los conservadores moderados, por su parte, critican a Trump en el plano cultural descrito anteriormente: consideran al personaje demasiado vulgar como para encarnar adecuadamente las virtudes de la presidencia estadounidense. El contenido de sus políticas, sin embargo, no les disgusta demasiado.

La situación en el Partido Demócrata sí se parece a la que describe Žižek. Tras el tirón inesperado de la campaña de Sanders y la victoria de Trump, la izquierda socialista está experimentando un resurgimiento sin precedentes. Organizaciones como los Socialistas Democráticos de América, hasta hace poco en fase de hibernación, han crecido exponencialmente, propulsadas principalmente por jóvenes. Su estrategia pasa por desplazar al Partido Demócrata a la izquierda a través de primarias y exigencias programáticas, como el apoyo a una sanidad pública universal y el aumento del salario mínimo. Las cuestiones que enfrentan a liberales y socialistas tienen que ver fundamentalmente con la redistribución de riqueza en el país, es decir, que aquí la clase social es el “factor determinante” que señala Žižek.

Regiones físicas, sociales y productivas de EE.UU.

Presionando al Partido Demócrata se puede desarrollar una alternativa creíble a Trump. Los socialistas tendrán que continuar compitiendo contra el aparato demócrata, que hasta ahora se ha mostrado hostil a sus exigencias, a pesar de que representan la única forma de oxigenar a un partido atrofiado. Que el éxito de candidaturas municipales socialistas haya tenido lugar en bastiones republicanos sugiere que el país no es irredimiblemente conservador. Pero también muestra que, donde el Partido Demócrata es fuerte, vuelca una parte considerable de sus esfuerzos en contener a su ala izquierda.

Los retos principales para la izquierda son pasar de gobernar municipios a estados, consolidarse dentro y fuera del Partido Demócrata y mantener a su público movilizado contra la agenda de Trump. Este último detalle es clave, porque la participación electoral se mantiene en mínimos históricos. Se trata de un proyecto ambicioso, pero más factible hoy que en ningún otro momento de los últimos 40 años. De cara a 2020, no es impensable una segunda campaña presidencial de Sanders, esta vez partiendo como un favorito para la nominación demócrata.

Germania, anno zero termina con su protagonista deambulando sin rumbo por un paisaje en ruinas, en busca de un final trágico. Es el riesgo que corre la sociedad estadounidense ante la degeneración de un proyecto político agotado, que con Trump ha entrado en fase terminal; un sistema donde lo viejo no termina de morir, pero lo nuevo no termina de nacer. La alternativa pasa por una profunda transformación social y política, pero no la que propone Žižek.

 


El Orden Mundial en el Siglo XXI no se hace responsable de las opiniones vertidas por los autores de la Tribuna. Para cualquier asunto relacionado con esta sección se puede escribir a [email protected]

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Jorge Tamames

Jorge Tamames

Madrid, 1989. Graduado en Relaciones Internacionales por Brown University, Máster en Economía Política y Comunicación en Fletcher (Boston). Vive entre EE. UU. y España; escribe sobre el primer país en Política Exterior y sobre el segundo en Jacobin Magazine.

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