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Presa del algodón

Ilustración original de Irene Galera (IG: @tunatui) para El Orden Mundial.

De las plantaciones sureñas de EE. UU. al Mánchester industrial, pasando por Asia central, India y Australia, no hay artículo que dé empleo a tanta gente como el algodón. El valor añadido generado entre el agricultor y el cliente es sangre de vida para muchas comunidades, pero también mancha de injusticia las manos de empresas y Gobiernos.

En los albores de la Historia, cuando la escritura estaba en pañales, las civilizaciones del Indo, Mesoamérica y los Andes ya habían domesticado el algodón para aprovechar las mullidas fibras blancas que crecen en torno a sus semillas. Tras cardarlas e hilarlas, confeccionaban lujosas prendas para la exportación, puntal de su prosperidad económica. En el área andina aprendieron a hilar antes incluso que a cultivar maíz o dominar la cerámica.

Desde entonces, el algodón ha devenido el cultivo no alimentario más importante del planeta. El 2,5% de la superficie arable mundial se destina a producir 25 millones de toneladas anuales de esta fibra tropical, que, pese a la aparición de fibras artificiales, aún reina en la moda.

A pesar de la inocencia que sugieren sus blancos copos envueltos en un romance sureño que el viento no se llevó, la Historia del algodón está maldita por injusticias laborales, desigualdades económicas y desastres ecológicos que jalonan su periplo de la plantación a la pasarela. Pocas veces un vegetal había enredado a tantas personas a lo ancho del mundo entre sus tallos. Todas ellas son presa del algodón.

El desmarque anglosajón

La Historia moderna del algodón comenzó con la conjunción de tres inventos claves a finales del siglo XVIII: la máquina de hilar —la famosa hiladora Jenny—, circa 1764, que sustituyó a la rueca en la transformación de las fibras de algodón en hilo; la máquina de vapor, en torno a los 80 de ese siglo, que permitió que la hiladora funcionase con la energía de un motor en lugar de manualmente, y la desmotadora en 1794, cuya disputada invención facilitó la separación de la semilla del algodón de las fibras que se aprovechan en la industria textil. Estas tres patas formulan la ecuación técnica que dio lugar a la revolución textil. Pero hay más.

El algodón empieza a apreciarse en Inglaterra en el siglo XVI gracias a la internacionalización del comercio. Aunque preferido en verano sobre el cuero y la lana, el lobby de estos productos presionó hasta conseguir leyes que impidiesen la entrada de los productos de la milenaria industria india. Como justo entonces el subcontinente caía en las garras de la Compañía Británica de las Indias Orientales, fue posible robar el saber hacer que atesoraba su sector textil y reorientar su economía manufacturera hasta desindustrializarla —India producía casi un cuarto de las manufacturas mundiales en 1750 y menos de un 7% en 1830—.

La Corona consiguió hacer de India una colonia dependiente exportadora de materias primas —en el lapso de 23 años, las exportaciones de algodón sin procesar pasaron de representar el 4,9% del total al 21%— y un mercado donde colocar los textiles producidos en la región de Mánchester, ahora apodada Algodonópolis. Así, el pueblo colonizado tenía que vestir por ley ropas confeccionadas en la metrópolis.

Las fauces fabriles inglesas requerían más algodón que el que India producía, así que llamaron a las puertas del sureño cinturón negro estadounidense, llamado así por el color de sus fértiles tierras y de quienes las trabajaban. Con un clima suave y agua abundante, la desmotadora y la demanda inglesa eran lo único necesario para el despegue del algodón. Los blancos arrasaban bosques y desplazaban a la población en busca de terrenos; como esta planta agota rápidamente el suelo, se impuso una política de “ganar el oeste”, con hacendados que actuaban como si el país fuera infinito y no acabara en el Pacífico, 600 millas al oeste de Texas. El algodón se convertía así en caballo de batalla de la colonización estadounidense.

“Hombre y mujer negros en un campo algodonero con cestas de algodón”, de William Aiken Walker. Óleo sobre lienzo. Fuente: WahooArt.

Para 1860, el sur tenía cuatro millones de esclavos —un tercio de su población— que mantenían su pujante economía agrícola. Este sería uno de los detonantes de la guerra civil estadounidense, ya que entonces la mayor parte del norte había prohibido la esclavitud a la que el sur no renunciaba; sin ella, no se hubiera podido duplicar la producción algodonera cada década desde 1800 ni siete Estados acapararían el 75% de la producción mundial. Con semejantes credenciales nació la doctrina del rey algodón.

“Without firing a gun […] we could bring the whole world to our feet… What would happen if no cotton was furnished for three years? … England would topple headlong and carry the whole civilized world with her save the South. No, you dare not to make war on cotton. […] Cotton is King”

“Sin disparar una pistola […] podríamos poner al mundo entero a nuestros pies… ¿Qué pasaría si no abasteciéramos de algodón durante tres años?… Inglaterra se derrumbaría precipitadamente y arrastraría con ella a todo el mundo civilizado para salvar al sur. No, no os atreváis a hacerle la guerra al algodón. […] El algodón es el rey”

James Henry Hammond, senador por Carolina del Sur

Cuando la guerra empezó, el sur efectivamente paralizó sus exportaciones y los sectores manufactureros de Inglaterra y la Europa industrial entraron en crisis. Sin embargo, la Confederación sobreestimó la importancia del algodón, ya que, aunque en Inglaterra el sector textil fuese dependiente del sur estadounidense, un cuarto de sus suministros de alimentos provenían del norte.

Para ampliar: “Lincoln’s great debt to Manchester”, Jason Rodrigues en The Guardian, 2013

El Imperio británico respondió a la doctrina del rey algodón con la diplomacia del algodón, utilizando su influencia mundial para que aumentara la producción en nuevas regiones a medida que la escasez del producto deprimía su economía. Las víctimas de esta política, como Egipto —oficialmente, no un protectorado, pero bajo influencia británica— o Argentina —donde el diario británico The Standard convenció a los agricultores para aumentar la producción—, sufrieron un revés económico al término de la guerra en 1865. La Corona volvió al algodón estadounidense y se produjeron catástrofes como la de Berar (India), donde 143.000 personas murieron de hambre en un año a pesar de que sus fértiles suelos exportaban toneladas de algodón y grano.

Descolonizando la fibra

El siglo XX postró a los Goliats que gobernaban el feudo. En los 20 Gandhi lanzó el movimiento Khadi, que buscaba la autosuficiencia en las artes de confección indias y el boicot a las ropas británicas. Declarado subversivo, causó el cierre de 74 factorías inglesas en cuatro años. Aun así, Time le proclamaba “hombre del año” en 1930 y la Corona se vio obligada a invitarle a la metrópoli y reconocerlo como interlocutor legítimo. Allí Gandhi le explicó a Chaplin que, aunque no rechazara los métodos industriales ni la modernidad per se, se posicionaba en contra del sistema por la ruina en que había sumido a India. Cuando, tras entrevistarse con el rey, la prensa le preguntó si se sentía “poco vestido”, respondió que “el rey ya llevaba puesto suficiente como para ambos”.

Gandhi confeccionaba sus propios ropajes con una rueca tradicional. Esta imagen removió algo en cada indio: el Gobierno provisional de la India libre exhibía una rueca en su bandera y estuvo a punto de aparecer en la versión definitiva. Fuente: LeisureMartini

Entretanto, los japoneses aprendieron a coser durante la Gran Guerra y en 1933 se convertían en el primer productor mundial con la producción 24 horas. La nación anglosajona pasaría a importar ropa en 1958, y en los 60 y 70 el condado de Lancashire habría de cerrar una factoría semanal; para los 80, la industria era Historia. El otro coloso, Estados Unidos, sufrió un varapalo en su producción casi tan fuerte como la guerra de Secesión: la plaga del gorgojo del algodón. Se perdieron 22.000 millones de dólares en cosechas y hasta los 70 el sector no comenzaría a levantar cabeza.

Copos en el desierto

Mientras el bloque capitalista vivía este revés, la bipolarización pos Segunda Guerra Mundial obligaría al comunismo a producir y transformar su propio algodón. La antigua Rusia zarista no disponía de terrenos con un clima apto para su cultivo, pero cuando conquistó las futuras repúblicas socialistas soviéticas de Uzbekistán, Tayikistán y Turkmenistán todo cambió, pues en unos años devendrían la versión comunista del sur de EE. UU. En torno a 1960 se comenzó a utilizar masivamente el agua del Sir Daria y el Amu Daria, los dos ríos principales de Asia central, y sus afluentes. Esto posibilitó que el desierto floreciera: cereales, melones, arroz y, muy especialmente, algodón. Como contrapartida, el nivel del cuarto lago del mundo, del tamaño de Irlanda, descendía.

Los soviéticos citaron frecuentemente las ideas del climatólogo ruso Voeikov, que consideraba el mar de Aral un “error de la naturaleza”, cuando condenaron al mar y a la industria pesquera ribereña. Foto: @mrhicks46 (Flickr)

A medida que las ineficientes canalizaciones —en Uzbekistán se pierde el 70% del agua— desangraban el lago, la población aumentó: de 13,8 millones de habitantes en la cuenca en 1950 se pasó a 33,2 en 1988. Al consumo de agua de regadío se sumó el consumo humano, y las aguas descendían aún más rápidamente. Cuando el lecho empezó a quedar al descubierto, se liberaron a la atmósfera químicos tóxicos procedentes de los productos empleados en la agricultura. A continuación, las tormentas de arena y sal —que pueden llegar hasta el Ártico y Afganistán— los dispersaron, y en la cuenca lacustre se generó una enorme crisis de salud. Si en España la tasa de mortalidad infantil es de tres decesos por cada mil niños nacidos, en la región uzbeka de Karakalpakia, epicentro de la crisis, mueren 75 de cada mil; de ser independiente, entraría en el top 10 mundial, por encima de Sudán del Sur.

Para ampliar: “Uzbekistan’s policy of secretly sterilising women”, Natalia Antelava en BBC, 2012. Obsesionados con las clasificaciones internacionales, los dirigentes uzbekos han ideado un retorcido modo de mejorar la mortalidad infantil: disminuir la natalidad con una campaña secreta de esterilizaciones forzadas

Pero el problema va más allá. En Karakalpakia la incidencia de cáncer de esófago es 25 veces mayor que la media mundial; un tipo de tuberculosis resistente a muchos medicamentos también es persistente, así como infecciones, parásitos, tifus o hepatitis. Además de la contaminación atmosférica e hídrica, el ántrax, la peste o la brucelosis aparecen regularmente, ya que en la isla Vozrozhdeniya —ahora una simple colina rodeada del fondo seco del lago— el ejército soviético experimentaba con armas biológicas.

En Uzbekistán no solo los que viven cerca del Aral sufren a causa de los excesos en nombre del algodón. Cada otoño, en esta nación dictatorial de 30 millones de habitantes, entre uno y dos millones son movilizados para cosechar manualmente algodón: de funcionarios, médicos y enfermeros a menores en edad escolar e incluso personas mayores. En teoría voluntarios, no presentarse supondría perder el empleo y prestaciones sociales, castigos físicos o el arresto. Cada año, un número indeterminado de voluntarios muere debido al contacto con productos químicos, las condiciones higiénicas del alojamiento en las plantaciones, la falta de agua potable o las enfermedades respiratorias causadas por el algodón, como la fiebre del lunes.

En el pasado, se movilizaba a niños de solo diez años. Unicef y el Banco Mundial han recibido críticas por ayudar a financiar un sistema educativo que incluye dos meses al año sin colegio debido a que alumnos y profesores están en la cosecha. Aunque la situación haya mejorado, todavía se obliga a menores de más de 16 años a que trabajen el algodón, y más y más adultos son llamados para suplir la ausencia de niños.

El Estado ata a sus ciudadanos en una espiral de pobreza al obligarlos a venderle toda su producción a precios muy inferiores del precio de mercado internacional. Esto impide que los agricultores obtengan los beneficios necesarios para poder comprar tractores con los que mecanizar la producción y poner fin a la leva. El beneficio desaparece en un fondo secreto que administra la élite uzbeka conocido como Selkhozfond —‘Fondo Agrícola’—.

Con este panorama, 274 empresas han firmado el Compromiso del Algodón, consistente en no utilizar conscientemente algodón uzbeko en sus productos, como protesta. Sin embargo, el 83% de la producción importada por China y Bangladés, lo que dificulta la transparencia en la cadena de producción. En estos países, más allá de la fase de producción de la materia prima, el algodón sigue ligado a injusticias laborales.

Para ampliar: “Made in Bangladesh”, Inés Lucía Orea en El Orden Mundial, 2016

La trampa del genoma

Fuera de opacas dictaduras centroasiáticas, otras fuerzas operan en la mayor democracia del mundo. Entre 1995 y 2013, un agricultor indio se suicidaba cada media hora, una tragedia cuya explicación es un poliedro de muchas caras.

La agricultura ya es un oficio difícil de por sí: a diferencia de muchas profesiones modernas, no provee un salario mensual, sino –las más de las veces– un ingreso anual, y requiere planificar recursos cuidadosamente; las inversiones, repartidas anualmente, son elevadas. Diez millones de familias indias cultivan el algodón, y el cambio climático, que ha hecho la temporada de monzones en el subcontinente menos predecible tanto en duración como en intensidad, les afecta terriblemente. Un mero episodio de granizo en el momento equivocado puede arruinar los ingresos de un año.

Con semejante fragilidad presupuestaria, la llegada de un nuevo comensal a la mesa pone en peligro el equilibrio. Monsanto, dedicada a la ingeniería genética, lo destruyó al crear una semilla de Bt.Cotton —algodón genéticamente modificado— resistente al gorgojo del algodón, a pesar de que la ley india, como muchas otras, no admite patentes sobre la vida. Tras dedicarse a infiltrarla en el país mediante acciones ilegales presentadas como pruebas a gran escala, la empresa no realizó ninguna investigación posterior para conocer los resultados de estas pruebas. Esto sugiere otra hipótesis: Monsanto introdujo en el país organismos biológicos no permitidos para que hubiese polinización cruzada, es decir, para que el algodón natural y el transgénico de Monsanto se hibridaran en la naturaleza. De este modo, el gen modificado se hizo presente en todas las variedades de algodón disponibles en el mercado y Monsanto pudo demandar a las empresas vendedoras de semillas por infringir la propiedad industrial.

Con la competencia perdiendo la batalla legal y en retirada, los agricultores tenían que comprar semillas nuevas constantemente, porque el algodón de Monsanto solo resiste el gorgojo los 120 primeros días para luego desaparecer cual bombilla programada para su obsolescencia. Hoy un 93% del algodón indio es transgénico y sus semillas tienen un precio tan elevado que muchos agricultores pierden dinero cultivando algodón. Pero no tienen alternativa. La vergüenza familiar y consiguientes suicidios son el plato final de esta refección.

Para ampliar: “How Monsanto wrote and broke laws to enter India”, Vandana Shiva en Seed Freedom, 2015

Esperanza por necesidad

La maldición del algodón indio afecta incluso a quienes no tienen, aparentemente, nada que ver con él. En primer lugar, el algodón transgénico introducido clandestinamente en el país nunca fue adecuadamente testado en contacto con el hombre. Dado que esta planta penetra en la cadena trófica —a través del forraje de los animales o de aceite de algodón—, 1.300 millones de indios se ven expuestos al riesgo alergénico de incorporar algodón transgénico sin controlar en sus organismos.

Por otra parte, el agua que se utiliza para producir las exportaciones de algodón de India podría abastecer al 85% de su población con cien litros de agua anuales en un momento en el que cien millones de indios no disponen de un acceso seguro al agua. La nación consume tanta agua —mucho más de los habituales 2.700 litros por una camiseta— porque hace un uso ineficiente de sus recursos hídricos, aunque ejemplos no le faltan. Australia consigue el mayor ahorro de agua utilizando software avanzado para predecir el tiempo antes de plantar y estimar la cantidad que se puede cultivar, seleccionando variedades resistentes a la sequía, midiendo la humedad del suelo para saber cuándo regar y utilizando drones para detectar brotes de plagas o automatizando la cosecha… Sin embargo, toda el agua ahorrada se emplea en un aumento de la producción a la larga insostenible, así que probablemente la solución pase por otras fibras naturales o sintéticas, cuya huella hídrica puede llegar a ser tan solo el 0,1% de la del algodón.

La otra alternativa es el cultivo orgánico, al que se está inclinando África occidental. Percibido como un producto de calidad, tiene la ventaja de venderse a un precio un 20% superior al del algodón convencional, además de la promesa de futuro que un cultivo más benigno con el suelo puede ofrecer.

Ilustración original de Irene Galera (IG: @tunatui) para El Orden Mundial.

Los lugareños de este rincón del África subsahariana, ampliamente analfabetos, componen canciones y danzas en las que se enseñan mutuamente y de generación en generación cómo cultivar el oro blanco. Quizás un día no muy lejano nuestros bolsillos occidentales, cansados de días grises entre hormigón, busquen refugio en una camiseta de algodón cultivado al son de melodías exuberantes. Quizás sea así, entre cantos y ofrendas florales, como se rompa el ciclo maldito del algodón.

Acerca de Marcos Bartolomé 8 Articles

Oviedo (Asturias), 1995. Estudiante de Relaciones Internacionales y Periodismo entre Madrid, Copenhague y Rabat. Me gusta hablar de: feminismos, la región mediterránea, minorías étnicas, sexuales y religiosas y la gentrificación. Twitter: @markhorchata

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