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De la guerra al periódico: las cartas del corresponsal

Fuente: BBC

Ahora mismo más de una veintena de conflictos siguen activos en el mundo. Para entenderlos es fundamental la labor de una prensa, heredera de una larga Historia, que lucha por informar entre balas y trincheras. Militares y periodistas libran un combate en el que la censura, el patriotismo y la ideología se enfrentan con la libre información.

William Howard Russell está preocupado: le mandan a la guerra. Mañana temprano embarcará hacia Crimea, donde miles de jóvenes británicos luchan desde hace un mes para detener el avance ruso hacia el Mediterráneo. Pero, por el momento a Russell no le interesan demasiado los rusos; más bien pierde el tiempo revisando una y otra vez su maleta. Va a la guerra, pero no lleva armas; solo unas pocas camisas, una pluma y un par de libretas. Extraño equipo para un soldado.

No obstante, Russell no es militar, sino reportero del Times, diario que ha decidido cambiar de una vez por todas cómo se cuentan las guerras. Los lectores del periódico londinense ya no tendrán que conformarse con los partes militares o las cartas que los soldados logren enviar desde el frente; en esta ocasión, un reportero se encargará de seguir todos los movimientos de las tropas británicas en Crimea. Sin saberlo, Russell, como él mismo escribiría muchos años más tarde, se ha convertido “en el mísero padre de una desdichada tribu”: el joven periodista irlandés es el primer corresponsal de guerra.

Durante los dos años siguientes, Russell recorrerá día y noche el campo de batalla. Presenciará derrotas y victorias, conseguirá todo tipo de testimonios y, lo más importante, logrará hacer llegar todas esas historias a los lectores del Times. Sin embargo, Russell también descubrirá que la verdad es un trago amargo. Sus crónicas sobre las lamentables condiciones de los soldados o la sangrienta carga de la Brigada Ligera en noviembre de 1854 causarán consternación e indignación en Londres.

El ejército no quiere testigos y, tras varios meses de total libertad, Russell verá cada vez más reducidos sus movimientos. El propio lord Raglan, comandante de las tropas británicas en Crimea, llegará a ordenar a los soldados negar todo tipo de asistencia a Russell y los suyos. Aunque será sir William Codrington, sucesor de Raglan, quien en febrero de 1856 prohíba de forma explícita la publicación de cualquier información de valor para el enemigo. Si el Times había inventado al corresponsal de guerra, el ejército había creado al censor militar. Ningún reportero volvería a disponer de la libertad con la que trabajó Russell en los primeros compases de la guerra de Crimea. Cuando Reino Unido se vio involucrado en otros grandes conflictos, el alto mando ya estaba prevenido.

La primera víctima siempre es la verdad

Antes que Alemania y las potencias centrales, el primer gran derrotado de la Gran Guerra fue la prensa. Editores y periodistas fallaron en su misión de contar de una manera veraz lo que ocurría en Europa. Puede que los reporteros no temieran las balas enemigas o la vida en las trincheras, pero está claro que no supieron defenderse de sus propios ejércitos y Gobiernos. Bajo el influjo del patriotismo y la censura, se mintió a los lectores, ejerciendo más veces como soldados que como periodistas.

El reclutamiento masivo exigía enseñar a odiar al enemigo, y los grandes tabloides londinenses y berlineses asumieron con gusto el encargo. Buen ejemplo es el caso del británico Daily Mail, periódico que reclamaba regularmente a sus corresponsales vívidas crónicas de las atrocidades alemanas en el frente. Para la Historia del periodismo queda el trabajo de F. W. Wilson, hombre del Daily en Bélgica.

Wilson, presionado por sus editores pero sin pruebas concretas de dichas atrocidades, decidió inventarse sus propias masacres. En un alarde de mala praxis combinada con un gran talento literario, el ya veterano corresponsal escribió la historia del bebé de Courbeck Loo. Sin ni siquiera moverse de su hotel en Bruselas, Wilson no tuvo demasiados problemas para narrar cómo los alemanes habían arrasado la pequeña localidad; al ataque solo había sobrevivido un bebé.

El impacto de la historia fue inmediato. Las ventas del Daily Mail se dispararon, aunque lo más espectacular para los trabajadores del periódico debió de ser la oleada de cartas que llegó a la redacción con el único propósito de adoptar al niño. Los editores, antes tan exigentes con Wilson, estaban encantados y no tardaron demasiado en reclamar al corresponsal que regresara a Londres con el bebé. Pero, además de buen escritor, Wilson era un tipo tranquilo: en poco más de una tarde, ya tenía escrita otra gran crónica en la que narraba la trágica muerte del bebé de Courbeck Loo. Un falso certificado de defunción sirvió para cerrar la historia.

Muchos otros periodistas cometieron los mismos fallos que Wilson durante el conflicto, aunque es justo decir que no todos se dejaron presionar por sus redacciones o cayeron presas del patriotismo. Para aquellos que seguían empeñados en ejercer su profesión, quedaba la censura. Desde agosto de 1914, británicos, franceses y alemanes tuvieron muy claro que debían alejar lo más posible del frente a los incómodos periodistas. Los Gobiernos, amparados todos ellos en leyes anteriores a la guerra, aplicaron un férreo control de la información. El todavía ministro David Lloyd George resumiría el sentir de las élites cuando confesaba al editor del Manchester Guardian que, “si la población supiera lo que ocurre en las trincheras, la guerra acabaría inmediatamente”. Incluso la que probablemente fue la mayor batalla de todo el conflicto sufrió los efectos de la censura.

Durante el primer día de batalla, entre muertos y heridos, los británicos perdieron más de 57.000 efectivos, frente a los menos de 12.000 alemanes. El cómputo se revertiría al término de la batalla. Fuente: Statista

El 1 de julio de 1916 murieron 20.000 británicos en el Somme. Los periódicos tomaron dos alternativas: el silencio o la mentira —al considerar la sangrienta ofensiva como una victoria—. Solo los heridos que volvían a casa traían consigo una visión diferente de los combates. El patriotismo empezaba a escasear en primera línea, y fue precisamente en ella donde aparecieron otras formas de contar la guerra. Los soldados, hartos de la prensa, decidieron editar los llamados “periódicos de trinchera”. Wipers Times o Le Rire aux Eclats fueron muestras de este otro periodismo de guerra. Como escribiría Ernest Hemingway, en aquel momento conductor de ambulancias en el frente italiano, “la Primera Guerra Mundial fue la matanza más colosal, asesina y mal gestionada que jamás se haya producido en la tierra. Cualquier escritor que dijera otra cosa mintió. Así, los escritores o escribieron propaganda, callaron, o pelearon”.

España y el corresponsal militante

El conductor de ambulancias ya no conduce; ahora, unos cuantos años más tarde, escribe. Hemingway, enviado a España por la North American Newspaper Alliance, llega con el encargo de cubrir la Guerra Civil. El ilinoisiano tiene la oportunidad de desquitarse con los malos escritores de la Primera Guerra Mundial. Aunque pronto queda claro que no ha venido a eso.

Hemingway, y la mayoría de sus compañeros llegados a la Península, se vio involucrado en la causa de uno de los bandos. Bien es cierto que esta vez no fue presa del patriotismo o la censura. Esta, aunque existente, era mucho más rudimentaria que los grandes aparatos de las potencias de la Gran Guerra. El problema de los corresponsales fue que entendieron España como un lugar donde luchaban sus propias pasiones políticas. La objetividad —o, por lo menos, el respeto a los hechos— dio paso al compromiso. Martha Gellhorn, una de las mejores corresponsales de todo el siglo XX, no pudo ser más sincera a la hora de explicar su posición: “¡A la mierda la objetividad! ¡Aquí lo que está en juego es la derrota del fascismo!”.

Ernest Hemingway, el periodista Herbert Matthews y el general Enrique Líster durante la batalla de Teruel. Fuente: ICP

Durante el conflicto hubo muchos errores en el manejo de las fuentes. Hemingway, por ejemplo, siempre confió en Mijaíl Koltzov, a sueldo de los medios soviéticos, lo cual le llevó en última instancia a escribir apasionadas crónicas sobre el inminente triunfo de la república mientras esta colapsaba militarmente. Grandes escritores demostraron ser malos corresponsales. George Orwell, también en España —aunque en funciones de soldado— recordaría amargamente cómo la mayor parte de lo que decían los periódicos no guardaba ninguna relación con los hechos . De nuevo, la prensa había fracasado en la guerra.

Por otro lado, la Guerra Civil también trajo el auge de un nuevo formato periodístico en el frente. Por primera vez, la radio tuvo una importancia capital. Ambos bandos la usaron de manera masiva e incluso los alemanes experimentaron en España con lo que posteriormente se conocería como “propaganda negra”. Al servicio del Ministerio para la Ilustración y Propaganda del Reich, los sublevados disfrutaron de varias emisoras republicanas falsas que solo buscaban crear confusión en las filas enemigas.

La guerra mejor contada de la Historia

Cuando los estadounidenses desembarcaron en Vietnam, hacía años que el fascismo había dejado de ser un problema. Incluso la radio, protagonista en otra época, había cedido su trono a la televisión. El mundo ahora llegaba en imágenes, y puede que solo así fuera creíble aquello del peligro rojo. La nueva guerra iba a ser televisada, y eso a la larga tendría consecuencias en la cobertura del conflicto.

La prensa no siempre sostuvo un enfoque crítico respecto a la intervención en Vietnam. En los primeros sesenta, las principales cabeceras informativas apoyaron sin fisuras la política del Gobierno. Kennedy aún era bastante popular y no tenía ningún reparo a la hora de telefonear a editores y directores para aconsejarles sobre la orientación de sus crónicas. En Washington no había casi ninguna voz relevante en contra de la guerra. Solo así puede explicarse cómo el presidente logró negar los combates cuando se produjo la primera baja estadounidense en Saigón.

Quizá el único problema del Gobierno fue el tiempo. La prensa podía aceptar la versión oficial cuando Vietnam era un asunto lejano, pero si más de 500.000 soldados estadounidenses llegaban al país había que dejar trabajar a los corresponsales. Ruidosa e implacable, una desaliñada tropa de reporteros, cámaras y fotógrafos aterrizó al sur de la península de Indochina. ¿Era posible aplicar una rigurosa censura sobre todos ellos? El ejército estadounidense entendió que no. Más bien, en este conflicto se jugaría a la seducción. Los corresponsales tuvieron amplia libertad de movimiento e información constante por parte de personal castrense especializado. La labor de ambos debía estar basada en la cooperación. Aunque, como más tarde comprenderían los militares, la prensa no estaba en Vietnam para ayudar a ganar la guerra.

La ruptura definitiva se produjo con la ofensiva del Tet, cuando 84.000 combatientes del Vietcong atacaron por sorpresa a los estadounidenses y a las fuerzas del sur. Durante ocho meses, los norteamericanos presenciaron escabrosas imágenes por televisión en las que incluso se llegaron a ver combates en la propia embajada de los Estados Unidos en Saigón. Era casi imposible seguir sosteniendo el discurso gubernamental de la victoria inminente. La credibilidad resultó tan dañada que, cuando los militares lograron expulsar por fin a los guerrilleros del norte, la opinión pública estadounidense ya había cambiado radicalmente. Grandes manifestaciones pedían en Washington el fin de la guerra y las crónicas de los corresponsales abogaban abiertamente por la retirada. Acosado por las críticas, Lyndon Johnson tuvo que aceptar la suspensión de los bombardeos en Vietnam del Norte, aunque sería Richard Nixon quien anunciaría el fin de la intervención.

La desinformación sobre el Atlántico sur

Es 2 de abril de 1982. Tropas argentinas han desembarcado en Isla Soledad y el Reino Unido se prepara para la guerra. Tras varios meses de tensión, los diplomáticos son sustituidos por los militares. Thatcher y la junta militar resolverán por las armas la soberanía de las islas Malvinas. De nuevo, los periodistas deben prepararse para cubrir un conflicto, aunque en esta ocasión tienen delante a dos excepcionales aparatos de censura.

De un lado, el Gobierno argentino es una dictadura desde 1976. En Buenos Aires ya están acostumbrados al control de la información, así que los periodistas no tienen que cambiar demasiado su forma de actuar; de hecho, la prensa lleva varios meses colaborando con la campaña propagandística del Gobierno. Los redactores de la revista Siete Días han llegado a narrar una invasión ficticia de las islas.

Para ampliar: Los ojos de la guerra, Manuel Leguineche y Gervasio Sánchez, 2001

Portadas de revistas argentinas el 2 de abril de 1982. Fuente: La Mula

En Reino Unido las cosas son un poco más complicadas. El país es una democracia y las autoridades no pueden coaccionar y censurar tan impunemente. Los militares, con las lecciones bien aprendidas de Vietnam, tendrán que ser un poco más ingeniosos. Para empezar, en esta ocasión no habrá libertad de movimiento para los periodistas, cosa bastante fácil de conseguir por la remota situación de las islas. Los medios que quieran acceder al conflicto tendrán que hacerlo a través de la Marina, la cual seleccionará, de una manera supuestamente aleatoria, quién puede ir a las Malvinas.

De todas las solicitudes recibidas, solo 17 serán aceptadas, con estrictas condiciones de trabajo. Todos los corresponsales tendrán que cumplir las normas de la censura militar; de no hacerlo, no podrán utilizar los indispensables buques de guerra británicos para enviar sus crónicas a Londres. Durante los tres meses que durará la guerra, el Gobierno de Thatcher manejará a la perfección las imágenes y noticias que llegarán al mundo.

Para ampliar: Periodismo de guerra, A. Pizarroso, M. González y P. Sapag, 2007

Fuente: Víctor Abarca (La Tercera)

Nunca dejes que la verdad estropee una buena historia

Hasta hace bien poco, en las guerras se daban encarnizadas batallas entre los medios y los ejércitos por la información. Estos últimos, además, vivieron un proceso de aprendizaje y en cada nuevo conflicto aplicaban mejores técnicas de control. Por ejemplo, el modelo de pool, tan útil para los británicos en las Malvinas, fue convenientemente adaptado por los estadounidenses en las guerras del Golfo e Irak. Estos, en una nueva vuelta de tuerca, incluso llegaron a popularizar la figura del periodista “empotrado”, el cual, integrado en una unidad militar, acompañaba a los soldados durante sus operaciones.

Sin embargo, hubo un momento en el que la prensa cayó en una guerra contra sí misma. La transición al digital y, sobre todo, las sucesivas crisis económicas en Europa y los Estados Unidos pusieron contra las cuerdas los balances de los antes rentables periódicos en papel. La publicidad ya no servía como único sustento y, con un enfoque cortoplacista, directores y accionistas decidieron hacer recortes.

El problema es que la información internacional siempre ha sido y será cara. Las guerras, que tampoco entienden de balances, se llenaron de lo que hasta entonces había sido una rara avis en el oficio: el freelance. Este, periodista por cuenta ajena que cobra por pieza a los medios, resulta terriblemente más barato, aunque por el camino se precarice la profesión.

El freelance corre con todos los costes y asume todos los riesgos. Los seguros y equipos necesarios en un conflicto no son precisamente baratos. ¿Cómo compensar la inversión? Vendiendo, y necesitar vender mucho significa arriesgarse para llegar más lejos que nadie, encontrar las noticias más llamativas… En definitiva, diferenciarse en un entorno en el que siempre manda la competencia a la baja. Es por ello que actualmente de los conflictos nos llegan sobre todo crónicas sangrientas e imágenes espectaculares. Periodistas y editores saben que el morbo es rentable y compensan la falta de contexto con imágenes que nos dejan sin aliento. Pero ver nunca ha sido sinónimo de comprender.

Con los medios actuales, es posible exigir información más rigurosa desde los distintos escenarios bélicos del mundo. Para ello, se impone apoyar a medios y profesionales que apuesten por la crónica y el análisis. Que William Howard Russell pueda dejar de ser por fin aquel “mísero padre de una desdichada tribu”.

Acerca de Adrián Albiac 26 Articles

Madrid, 1992. Graduado en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid. Estudiante de Ciencias Políticas en la UCM. Participante en proyectos de cooperación en Serbia, Armenia y Marruecos. Twitter: @AdriHickey

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