¡Lanzamos nuestro crowdfunding! Apóyanos en Goteo ¡Apóyanos! Crowdfunding en Goteo

Suníes y chiíes en Kuwait: calma entre la tempestad

El emir de Kuwait, Sabah al Yaber al Sabah, se reúne con el líder supremo de Irán, Alí Jamenei, en enero de 2014. Fuente: Wikimedia

En la mayoría de los países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), los chiíes son percibidos como potenciales agentes extranjeros al servicio de Irán y sufren discriminación y represión. Kuwait, un emirato semidemocrático con un 30% de chiíes, es una de las excepciones más notables. Allí la dinastía gobernante, de confesión suní, se ha apoyado tradicionalmente en los chiíes para mantener el poder y el equilibrio entre los distintos sectores sociales, una clara muestra de que la narrativa de un conflicto irresoluble entre suníes y chiíes no se ajusta a la realidad de Oriente Próximo.

El último viernes de junio de 2015 un terrorista saudí se inmoló en una mezquita chií de Kuwait; causó una treintena de muertos y dos centenares de heridos. Aunque hay numerosos ejemplos de ataques similares en otros países del Golfo, el atentado no tenía precedentes en la Historia de Kuwait, donde históricamente las relaciones entre las distintas comunidades religiosas han sido pacíficas. El ataque, que cogió por sorpresa a la población, tenía como objetivo aumentar la tensión sectaria en el emirato, donde los chiíes constituyen aproximadamente un tercio de la población. Sin embargo, el país reaccionó con muestras de unidad y solidaridad entre miembros de ambas ramas del islam.

La relativa coexistencia interconfesional en Kuwait contrasta con la represión que sufren los chiíes en otras monarquías del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), como Baréin o Arabia Saudí. Aunque los chiíes kuwaitíes gozan de menos privilegios que los suníes, su apoyo es fundamental para la estabilidad de la dinastía Al Sabah, que, a pesar de ser suní, se ha apoyado a lo largo de la Historia en la minoría chií. Desde su independencia en 1961, Kuwait ha contado con un Parlamento con un poder legislativo democráticamente electo, donde las alianzas entre políticos de distintas confesiones e ideologías han permitido que la oposición ejerza cierto grado de control sobre el Gobierno. En un Gobierno que no promueve las tensiones sectarias, estas no han tenido en la política kuwaití el importante papel que suele atribuírseles.

Para ampliar: “Sectarianism, Authoritarianism, and Opposition in Kuwait”, Madeleine Wells, 2017

Equilibrio institucional en una semidemocracia

El sistema político kuwaití es habitualmente descrito como uno de los más desarrollados y democráticos del CCG, aunque esto no quiere decir gran cosa. Kuwait puntúa bajo en la mayoría de índices de libertades civiles y políticas, con restricciones severas a la libertad de expresión y de asociación. Sin embargo, en comparación con sus vecinos, el emirato de los Al Sabah sale bien parado, especialmente en cuanto a independencia judicial.

Kuwait destaca entre los demás países del CCG por su sistema parlamentario. La Asamblea Nacional de Kuwait cuenta con 50 miembros elegidos democráticamente, a los que se suman 15 ministros designados por el emir, usualmente de la familia real. Desde 2005 las mujeres pueden votar en las elecciones y presentarse como candidatas, aunque en las últimas elecciones solo una mujer ha sido elegida. La cámara aprueba leyes, puede anular el veto legislativo del emir si cuenta con una mayoría cualificada y, lo que es más importante, puede retirar la confianza a los miembros del Gobierno, lo que ha llegado a llevar a la dimisión de varios ministros para no enfrentarse al voto reprobatorio.

En 2006 el Parlamento kuwaití aprobó por unanimidad retirar el título de emir a Saad al Salim al Sabah, enfermo de cáncer, y designó al actual emir. Aunque la abdicación del emir y su sucesión fueron discutidas y aprobadas en el seno de la familia real, el hecho de que el Parlamento votase es una muestra simbólica del poder de la cámara legislativa kuwaití. El emir tiene el poder de disolver el Parlamento y convocar nuevas elecciones, aunque el Tribunal Constitucional puede revisar la decisión y declarar las elecciones nulas. Así sucedió en 2012 y 2013, cuando se celebraron tres elecciones generales tras la disolución del Parlamento por parte del emir a finales de 2011 y la anulación de los procesos electorales de febrero y diciembre de 2012. Todo esto indica que Kuwait no es una monarquía autoritaria al uso. Las dinámicas de poder dependen de equilibrios y pactos tácitos, y la familia real se ve frecuentemente obligada a realizar concesiones y alcanzar compromisos.

Trifulca en la Asamblea Nacional (2011). Fuente: Vos Iz Neias?

En Kuwait no hay partidos políticos formales y la mayoría de candidatos al Parlamento se presentan como independientes. No obstante, la formación de bloques y alianzas es un elemento fundamental de la política kuwaití, con cambios de bando frecuentes una vez los políticos son escogidos. A pesar de ello, hay ciertas agrupaciones políticas informales más o menos consolidadas, incluidos laicos de izquierdas y liberales defensores del libre mercado. En los últimos años, no obstante, destacan las facciones islamistas, tanto suníes como chiíes. Uno de los grupos más importantes es Hadas, la rama kuwaití de los Hermanos Musulmanes, que a menudo ha colaborado con políticos no islamistas o incluso chiíes para obtener más fuerza parlamentaria. Sus principales oponentes son los miembros de la Alianza Salafista, un movimiento de corte quietista muy influido por Arabia Saudí, centrado en regular la vida moral de los kuwaitíes y opuesto a toda movilización política o colaboración con otros grupos políticos.

Las principales agrupaciones islamistas chiíes, por su parte, son la Alianza Nacional Islámica (ANI) y la Asamblea de la Paz y la Justicia. Los primeros tienen como marya —‘guía espiritual’— a Alí Jamenei, líder supremo de la República Islámica de Irán, y suelen oponerse al Gobierno kuwaití. Los segundos suelen apoyarlo y siguen las enseñanzas del gran ayatolá Sadiq Hussein al Shirazi, contrario a la doctrina del Gobierno clerical en Irán. Las divisiones internas entre islamistas de una y otra confesión son muy pronunciadas, de modo que a menudo se dan casos de cooperación entre islamistas chiíes y suníes. En general, la Historia política de Kuwait es una historia de alianzas, contrapesos, negociaciones y cooptación.

Para ampliar: “The Politics of Transgression in Kuwait”, Kristin Smith Diwan en Foreign Policy, 2013

Alianzas y contrapesos

Aunque nunca había sido un Estado independiente, Kuwait gozó de mucha autonomía bajo el dominio otomano. La familia Al Sabah, que había gobernado históricamente la ciudad de Kuwait y sus alrededores, tenía mucha libertad de maniobra y, al igual que muchos otros emiratos del golfo pérsico, desarrolló relaciones comerciales con los británicos. Tras la desaparición de los otomanos, los Al Sabah defendieron Kuwait del intento de anexión saudí. La familia gobernante se apoyaba en las clases mercantiles chiíes y suníes, pero tras el descubrimiento del petróleo en 1937 la lealtad de estas últimas comenzó a debilitarse.

La primera gran amenaza a los intereses de la dinastía gobernante se produjo en 1938, con una asamblea de notables que demandaban reformas en el Gobierno y simpatizaban con el incipiente nacionalismo árabe. La asamblea tenía cierto carácter antipersa y estaba apoyada por los iraquíes —que esperaban anexionarse Kuwait— y dominada por las familias acomodadas suníes, lo que hizo que los líderes chiíes recelaran del movimiento y apoyasen firmemente a los Al Sabah, quienes consiguieron neutralizar la amenaza. Hasta los años ochenta, los nacionalistas árabes fueron la principal preocupación de la familia real kuwaití, que a finales de los sesenta habían nacionalizado a numerosos beduinos para contrarrestar el peso y la influencia de los activistas urbanos, una decisión con interesantes consecuencias políticas en la década de los noventa.

Mapa físico de Kuwait. Fuente: Ezilon

La colaboración entre la élite chií y los Al Sabah continuó hasta los setenta, cuando muchos clérigos chiíes procedentes de Irak se exiliaron en Kuwait. Estos clérigos contribuyeron a la movilización de la comunidad chií kuwaití, que tradicionalmente se había mantenido al margen de la política. En las elecciones parlamentarias de 1975 los representantes chiíes obtuvieron un gran número de votos, lo que llevó a que por primera vez un chií fuera nombrado ministro. El Parlamento fue suspendido al año siguiente, en parte por miedo a la creciente movilización chií, y durante los siguientes años se dio una alianza inédita entre los políticos chiíes con los activistas liberales suníes, la primera alianza intersectaria en la oposición kuwaití.

La revolución iraní de 1979 y la posterior guerra entre Irak e Irán cambiarían radicalmente la situación de los chiíes en Kuwait. El apoyo de algunos islamistas chiíes al proyecto jomeinista y las protestas contra la alianza con Sadam Hussein hicieron que los Al Sabah comenzaran a cuestionarse la lealtad de los chiíes. Muchos activistas y manifestantes fueron encarcelados, el Gobierno dejó de conceder permisos para la construcción de mezquitas y oratorios chiíes y estos perdieron el acceso a puestos de trabajo en el sector de la seguridad y las relaciones internacionales.

La invasión iraquí de Kuwait en 1990 y 1991 dio a los chiíes la oportunidad de demostrar su lealtad al Gobierno y la familia real y contribuyó a mejorar ligeramente su situación, pero siguieron sin tener permiso para construir templos, abrir instituciones educativas o establecer cortes de la sharía propias. Sin embargo, la política local les brindaría nuevas oportunidades. Debido a la política de naturalización de beduinos en los años 70, el balance demográfico y electoral en Kuwait había cambiado. En las elecciones de 1992, los islamistas suníes de la oposición, apoyados por las tribus, obtuvieron una gran cantidad de votos y una mayoría parlamentaria muy ajustada. La familia real tuvo que recurrir una vez más a los chiíes para obtener apoyos parlamentarios y dos chiíes fueron nombrados ministros entre 1992 y 1993, una situación inédita.

Uno de los mayores desafíos parlamentarios al Gobierno de los Al Sabah se dio en 1999 con la formación del Bloque de Acción Popular (BAP), una alianza entre políticos de la oposición que superaba las dualidades tradicionales en la política kuwaití —islamistas o laicos, suníes o chiíes, población urbana o beduinos— y se centraba en asuntos concretos, como el acceso a la vivienda o los mecanismos de control institucional. No obstante, las invasiones estadounidenses de Afganistán e Irak hicieron que a partir de 2003 la geopolítica —y, en particular, el apoyo a EE. UU.— se convirtiera en un nuevo elemento de división en el Parlamento kuwaití. A grandes rasgos, los islamistas suníes recelaban de la creciente influencia de los chiíes en Irak y temían el ascenso regional de Irán.

Para contrarrestar la coalición entre beduinos e islamistas, los Al Sabah volvieron a designar a dos chiíes como ministros, incluida Massouma al Mubarak, la primera mujer en llegar al cargo. Aparte de estas concesiones políticas, se relajó la presión religiosa sobre los chiíes. Desde 2003, el festival de Ashura ha podido celebrarse públicamente y se han vuelto a conceder permisos para abrir espacios de culto. Sin embargo, estas prácticas solo sirvieron para cooptar a cierta parte de la población chií. Muchos jóvenes y activistas chiíes seguían apoyando al BAP, participaron en el Movimiento Naranja de 2006 contra la reforma de los distritos electorales y fueron parte activa de la oposición. Ese año, en el que las mujeres pudieron votar y presentarse a las elecciones por primera vez, fue uno de los más interesantes para la política interna kuwaití.

La ruptura entre los chiíes y la oposición no llegaría hasta 2008 por un hecho insólito: dos políticos de la ANI, Adnan Abdulsamad y Ahmed Lari, participaron en una ceremonia en conmemoración del asesinato de Imad Mugniyah, un integrante de Hezbolá acusado de participar en el secuestro de un avión kuwaití en 1988, que causó dos víctimas mortales. Hubo una intensa campaña de prensa contra los dos parlamentarios y la mayoría de los grupos políticos condenaron el asunto. Abdulsamad y Lari fueron expulsados del BAP, lo que causó incredulidad y condena entre los opositores chiíes. Paralelamente, el Gobierno defendió a ambos, lo que acabó causando que la ANI apoyase cada vez más a la familia real, con lo que se desvinculaba de la oposición y renunciaba a sus posturas proiraníes.

Para ampliar, “Sectarianism and the Arab Spring: The Case of the Kuwaiti Shiʿa”, Hamad Albloshi en Muslim World, 2016

Giro autoritario y tensiones sectarias

Como en la mayor parte del mundo árabe, 2011 supuso un punto de inflexión en la política interna kuwaití. La disolución del Parlamento y la nueva convocatoria de elecciones en 2009 sirvió como preludio a la situación política entre 2011 y 2013, con tres elecciones generales y varias anulaciones del Parlamento por parte del Tribunal Constitucional. El giro autoritario del emir, no obstante, se había empezado a producir antes de la primavera árabe, con arrestos a algunos disidentes. La diferencia fundamental la marcaron las manifestaciones y huelgas contra el Gobierno durante 2011 y 2012, en lo que representaba un nivel de activismo callejero no visto anteriormente y una exitosa alianza entre opositores islamistas, seculares, residentes urbanos, beduinos y jóvenes chiíes no vinculados a ningún partido.

En octubre de 2012, el parlamentario opositor Musallam al Barrak criticó públicamente al emir por primera vez en la Historia reciente de Kuwait, un acto que le costó la pérdida de la inmunidad parlamentaria y su encarcelamiento hasta abril de 2017. Desde entonces, las críticas contra Kuwait se han sucedido en la prensa y las organizaciones internacionales. Varios kuwaitíes han sido condenados por criticar al emir en público o en blogs. En 2014 el Gobierno anunció una política de “puño de hierro” contra los disidentes: aumentó el número de encarcelados y llegó a privar a algunos de los acusados de la nacionalidad kuwaití.

Los políticos chiíes, debido a su distanciamiento con el BAP y las alianzas opositoras y a la retórica sectaria de algunos islamistas suníes, se han mantenido por lo general leales al Gobierno. Los pocos que han participado en el movimiento opositor han sido denostados por sus correligionarios e ignorados por los suníes. Un ejemplo es Hassan Jawhar, parlamentario durante 16 años, pero incapaz de lograr la reelección en 2012 tras ser acusado de traición y acosado por otros chiíes durante su campaña, además de objeto de una fetua de un clérigo suní que prohibía votar por él.

Fuente: El Orden Mundial.

Los acontecimientos regionales han contribuido a dividir a suníes y chiíes. Curiosamente, los opositores al Gobierno apoyan la intervención del CGC en Siria y Yemen y alaban la política de represión en Baréin, mientras que los chiíes, leales al Gobierno, critican sus acciones en Yemen y Siria y su apoyo al régimen de los Al Jalifa. Sin embargo, esta división no está totalmente capitalizada por el Gobierno. Criticar a los aliados de Kuwait es delito, de modo que muchos activistas y blogueros —chiíes y suníes— han ido a la cárcel. La experiencia compartida de la represión ha contribuido a relajar las tensiones sectarias entre los opositores, pero muchos medios están siguiendo una retórica sectaria que puede causar problemas a largo plazo.

Los Al Sabah están interesados fundamentalmente en conservar el poder y mantener a la oposición dividida. Para ello, favorecen alternativamente a políticos de distintos signos en función de sus cálculos políticos. La censura y la represión, comunes en la región, se complementan con ciertas concesiones políticas, en lo que se conoce como una estrategia de palo y zanahoria. En general, salvo que se crucen determinadas líneas rojas —críticas al emir, a los aliados de Kuwait o al islam—, los medios kuwaitíes pueden publicar lo que quieran, incluidas difamaciones sobre los chiíes. Esto genera un clima de desconfianza mutua entre suníes y chiíes, lo que beneficia a la Casa Real, que puede mostrarse como árbitro entre la mayoría suní y la minoría chií. No obstante, la sociedad kuwaití no está polarizada, como ejemplifican las muestras de solidaridad y el apoyo que los chiíes disfrutaron tras los atentados de 2015.

Parece que el supuesto conflicto entre suníes y chiíes no es tal si no es fomentado y promovido desde el Estado. Kuwait, situado a medio camino entre Irán y Arabia Saudí y obligado a coexistir y entenderse con ambos, no gana nada con la sectarización en clave geopolítica. Al mismo tiempo, la Historia ha enseñado a los Al Sabah que la minoría chií puede ser un poderoso aliado en tiempos de inestabilidad.

Para ampliar: “The Political Underpinnings of Kuwaiti Sectarian Polemics”, Lindsey Stephenson en Jadaliyya, 2011

Acerca de Alejandro Salamanca 4 Articles

Madrid, 1992. Grado en Historia por la UAM y máster en Estudios Islámicos por la Universidad de Edimburgo. He trabajado como profesor de inglés y guía turístico. En 2017 he sido becado por la UE para realizar el Máster Europeo en Migraciones en Oldenburgo (Alemania) y Stavanger (Noruega). Me apasionan la Historia contemporánea y la divulgación. Creador del blog Desvelando Oriente

Be the first to comment

Si tienes algo que aportar o comentar sobre este artículo no dudes en hacerlo!