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Mohamed bin Salmán, el rey del desierto

Fuente: Bloomberg

El poder en el reino de Arabia Saudí ha recaído históricamente en manos de los octogenarios patriarcas de la familia Saud. En 2015 emerge la figura de Mohamed bin Salmán, hijo del actual rey Salmán, que asume las responsabilidades de ministro de Defensa con tan solo 31 años. En apenas dos años, el joven político ha sido nombrado príncipe heredero y se ha encargado personalmente de la política exterior y la modernización de la economía del país con el firme propósito de consolidarlo como líder regional de Oriente Próximo. 

Entre Riad y La Meca se extiende el inhóspito desierto árabe, una barrera natural que separa la capital del reino y la ciudad santa. Solamente los autóctonos del lugar saben cómo salir de esas tierras, que hasta los peregrinos intentan evitar en su viaje. El joven Mohamed no ha olvidado el momento en el que, con ocho años, su padre le llevó a pasar varios días al interior de las tierras áridas, lejos de la cómoda y lujosa vida de la ciudad portuaria de Jeda, donde residía la familia. Aún recuerda lo que le dijo mientras le enseñaba la inmensidad de la nada:

Alá nos ha dado una bendición y una responsabilidad. Nos ha regalado el oro negro que todo lo compra, pero nos exige a cambio que protejamos los santos lugares del profeta. Mi padre, tu abuelo, construyó un reino en medio de este mismo desierto. No olvides de dónde venimos, no olvides la historia de la familia Saud y nuestra misión en el mundo. Algún día tú serás el rey del desierto.

En su despacho en el palacio real de Riad, Mohamed bin Salmán, de tan solo 31 años, recuerda una y otra vez las palabras de su padre, el actual rey de Arabia Saudí Salmán bin Abdulaziz. Es junio de 2017 y, en un hecho sin precedentes en la Corona saudita y ante la sorpresa de familiares y analistas políticos, el rey de 82 años acaba de nombrar a su joven hijo príncipe heredero. Mientras los rumores sobre el delicado estado de salud del monarca aumentan, su hijo predilecto ha asumido las principales responsabilidades del Estado y se ha convertido en la figura clave de la política saudita. Aunque este meteórico ascenso le ha granjeado la enemistad de algunos de sus familiares —entre ellos su primo Mohamed bin Nayef, destituido como príncipe heredero en su favor—, ya no hay dudas de que este misterioso príncipe será el que liderará a la conservadora nación sunita en las próximas décadas.

Para ampliar: A History of Saudi Arabia, Madawi al Rasheed, 2010

No son pocos los retos que tiene sobre la mesa: la guerra en Yemen y en Siria, su enfrentamiento con Irán, las tensiones con Catar, su maltrecha alianza con Estados Unidos, el terrorismo yihadista o las rencillas dentro de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). A escala nacional, tiene que hacer frente a una economía frágil, altamente dependiente del petróleo, y a una desigualdad social y desempleo elevados mientras crecen las denuncias de corrupción de miembros de la familia real. Lo mismo cabe decir de la situación de los chiitas sauditas de la provincia del este, las crecientes voces que reclaman mayores libertades y derechos y las facciones religiosas conservadores que le exigen justamente lo contrario. Por si fuera poco, las últimas decisiones de su padre han provocado un importante cisma dentro de la dinastía, lo que le ha llevado a ser objeto de críticas y miradas recelosas dentro de los círculos de la corte.

Mural en las calles del centro de Riad. Fuente: Amr Nabil (AP Photo)

La casa Saud en el siglo XXI

El veterano oficial se acerca al príncipe Mohamed bin Nayef mientras este da de comer a su halcón de caza:

—Mi señor, perdone que le moleste, pero creo que es la hora de marcharnos. Tenemos varias llamadas desde Riad.

El hombre sigue acariciando al animal mientras le responde:

—¿Sabes por qué me gusta venir tan lejos a cazar? Porque este desierto es mucho más tranquilo que el de casa. Aquí no tienes que preocuparte de quién viene por la espalda. —Levanta la vista y mira al militar a través de sus oscuras gafas—. Sé que me están apartando mi propio tío y su hijo. No cuento nada para ellos. Soy una pieza más en su maldito plan y me he dado cuenta tarde.

—Mi señor, las cosas no se cambian desapareciendo y yéndose tan lejos de nuestra tierra —le contesta, desesperado, el oficial.

—Tengo una gran admiración por los halcones —prosigue Bin Nayef acariciando al animal—. No solo por su forma de atrapar a la presa y sobrevivir en entornos hostiles, sino por su manera tan digna de encarar la muerte. Escúchame, viejo amigo: solo me queda la dignidad, y no voy a permitir que nadie me la arrebate—. Lanza de nuevo el halcón para que retome el vuelo.

Es junio de 2016 y el príncipe heredero lleva desaparecido de la vida pública varias semanas. La versión oficial es que está en una residencia oficial de la familia Saud en Argelia descansando por unos problemas de salud que nadie se atreve a precisar. La realidad es que Mohamed ha decidido apartarse durante un tiempo de las conspiraciones palaciegas de Riad, harto de que su tío, el rey Salmán, no le dé audiencia y que su primo Bin Salmán, ministro de Defensa, actúe como el verdadero jefe de Gobierno y asuma todas las grandes responsabilidades. La operación militar en Yemen, el anuncio del plan económico Saudi Vision 2030 o el distanciamiento con la Administración Obama son decisiones tomadas personalmente por su primo y su tío sin ni siquiera haberle consultado a él. Cada vez son más los murmullos dentro de la capital que afirman que Bin Nayef solo es un títere en manos de los Salmán y que antes o después lo quitarán de su camino.

El rey Felipe VI de España con Mohamed bin Nayef en su visita a Arabia Saudí. Fuente: EFE

El 23 de enero de 2015 llegó al trono de Arabia Saudí Salmán bin Abdulaziz, de 81 años, tras el fallecimiento de su hermano Abdalá bin Abdulaziz a los 91 años. La costumbre había marcado que fuera entre los hijos directos del fundador del reino, Abdulaziz bin Saud, entre los que se sucediera la Corona. Este hecho había provocado que la monarquía saudita se caracterizara por la longevidad de sus gobernantes. Sin embargo, el nuevo monarca decidió romper con la tradición y nombrar a su sobrino Mohamed bin Nayef, de 57 años, ministro de Interior y príncipe heredero y a su joven hijo Mohamed bin Salmán, de 31 años, ministro de Defensa y príncipe heredero sustituto. Este gesto, que fue tomado por muchos como un simple cambio generacional, escondía mucho más.

En la práctica, quien ha realizado las labores de jefe de Gobierno y Estado ha sido Mohamed bin Salmán, siempre con el beneplácito de su padre y pasando por encima de su primo, quien supuestamente ostentaba el primer puesto en la línea sucesoria. Bin Salmán era un gran desconocido para la opinión pública hasta que a partir de 2015 se ha convertido en uno de los líderes más relevantes de Oriente Próximo. Ha sido el principal propulsor de todas las reformas políticas y económicas aprobadas por el Gobierno saudita y el máximo valedor de la intervención militar en Yemen, que está teniendo catastróficos efectos humanitarios. Asimismo, no ha dudado en prodigarse en entrevistas en medios occidentales y visitas oficiales a otros países con el firme propósito de darse a conocer internacionalmente en un intento de presentar una imagen amable del reino. Arabia Saudí es el hogar del wahabismo, una interpretación sunita rigorista del islam acusada desde capitales occidentales y países vecinos de ser el origen de muchas de las facciones radicales y grupos terroristas que han emergido en los últimos tiempos.

Los Saud se ven a sí mismos como una providencia divina, llamados a proteger los santos lugares del profeta y liderar a los musulmanes. Bajo la visión wahabita, los príncipes sauditas entienden Oriente Próximo como su zona preferencial de influencia, donde no solo hacer llegar sus ideas religiosas, sino imponer su autoridad con el adoctrinamiento y la fuerza. Mohamed bin Salmán no ha dudado en aprovechar los primeros años del reinado de su padre para llevar a cabo sus propios planes políticos. Su deseo es el de transformar Arabia Saudí y llevarla al siglo XXI sin perder algunos de los rasgos más tradicionales y represores de la nación. Quiere reformar la economía y administración sauditas de arriba abajo apostando por reducir su dependencia del petróleo e invirtiendo en sectores tecnológicos y energías renovables. Busca mejorar el funcionamiento de los estamentos estatales y del mercado laboral saudita expandiendo las inversiones sauditas en otros mercados, así como fortalecer sus fuerzas armadas para aumentar su autonomía con respecto a Estados Unidos capacitándose con los medios necesarios para actuar en su vecindario en cualquier momento.

Todos estos avances económicos chocan directamente con sus nulas preocupaciones sociales; el hijo del rey no ha dado muestras de tener interés por cambiar la estructura del régimen y atender las demandas de los sectores más progresistas. Durante estos dos años, la represión y la coacción han sido la tónica habitual con la que el Gobierno ha solucionado los atisbos de levantamientos populares. A las mujeres se les sigue negando derechos fundamentales, los chiitas sauditas son discriminados por su confesión y los disidentes son rápidamente encarcelados o perseguidos. A medio plazo, el joven príncipe no planea romper con la férrea estructura absolutista de la monarquía saudita. La máxima de Bin Salmán es llevar a Arabia Saudí a ser una potencia tanto regional como mundial sin sacrificar los pilares sobre los que se ha cimentado el poder de la casa Saud: la religión, la tradición y la espada.

Para ampliar: “Arabia Saudí, el reino del Corán y la espada”, Adrián Albiac en El Orden Mundial, 2016

Las últimas tres generaciones de los Saud. Fuente: The Wall Street Journal

El guardián de los santos lugares

El día después de haberse hecho oficial el anuncio de que Mohamed bin Salmán pasaba ser príncipe heredero, este llegaba como todos los días al palacio real de Al-Yamanah, residencia oficial del rey en Riad, para su encuentro diario con su padre. Cruza los pasillos del lujoso palacio junto a sus asesores cuando se detiene en la antesala a los despachos del monarca. Se queda observando indignado un cuadro e inmediatamente pregunta enfurecido a uno de sus acompañantes:

—¿Qué hace esto aquí? ¿Por qué no se ha quitado ya?

—No lo sé, señor. Hablaré inmediatamente con el servicio para que lo retiren —contesta compungido uno de los asistentes.

—No solo quiero que quiten este. Quiero que desaparezcan inmediatamente todas estas imágenes de los palacios, oficinas y las calles de Arabia Saudí. Esto forma parte del pasado.

Mohamed bin Salmán retoma su marcha decididamente dejando atrás el cuadro donde aparecían su padre y su primo Bin Nayef. Está claro que Arabia Saudí tiene un nuevo príncipe heredero, y no quiere que quede constancia del breve paso de su antecesor.

A lo largo de estas semanas, los rumores sobre las tensiones dentro de la familia real no paran de crecer. El vertiginoso ascenso de Mohamed bin Salmán y, sobre todo, sus decisiones de apartar a todos aquellos miembros de la dinastía que no congenian con sus ideas no está generando el clima más propicio dentro del Gobierno. Se calcula que la familia Saud está compuesta por entre dos y cinco mil personas, que ocupan los principales puestos del Estado y de las grandes empresas del país. Por décadas, la máxima preocupación de los reyes sauditas ha sido mantener la fidelidad y lealtad de sus súbditos, principalmente de sus familiares, de los clanes y tribus del país y de los representantes religiosos. Tal vez por el ímpetu de la juventud, el príncipe heredero parece estar siendo mucho menos cuidadoso a la hora de tratar estas sensibilidades.

Dentro de los estamentos de poder de Arabia Saudí y en la propia familia real existen diferentes grupos de presión y corrientes políticas. Aunque el secretismo con el que siempre se tratan estas cuestiones en Riad hace complicado adivinar la verdadera situación política del país, aumentan las especulaciones de que distintas ramas familiares han comenzado a organizarse para desarrollar una oposición en la sombra al hijo del rey. Las sospechas de golpe de Estado comienzan a llegar a oídos del viejo monarca y de su sucesor. Todo parece indicar que cuando Salmán bin Abdulaziz desaparezca la cuestión de la sucesión va a quedar en entredicho.

Para ampliar: Inside the Kingdom, Robert Lacey, 2009

En su ambicioso camino hacia el trono, Mohamed bin Salmán se ha convertido en un líder enormemente popular y carismático entre los sauditas, gracias en parte al apoyo mediático de los medios oficiales. Esa apreciación de los conciudadanos sauditas choca directamente con las críticas veladas que empiezan a verterse desde su entorno más cercano. El príncipe heredero está tan centrado en realizar sus grandes planes que está olvidando atender y cuidar los pilares más elementales sobre los que se ha apoyado la Corona saudita. Llegado el momento, si el sucesor al trono no cuenta con el respaldo mayoritario de sus familiares y de los clérigos wahabitas, tendrá muy difícil poder afianzarse en la jefatura del Estado. El problema no es que no compartan sus medidas, sino que no ven con buenos ojos que un joven como él esté acaparando tal cuota de autoridad en un país donde el poder ha estado repartido entre los diferentes miembros de la familia real y representantes religiosos.

Visita oficial del príncipe heredero saudita a la Casa Blanca. Fuente: Al Arabiya

El príncipe que soñaba con reinar en el desierto

Mohamed bin Nayef se prepara en su palacio en la ciudad de Yeda para pasar un día relajado con su familia en el mar. De repente, uno de los miembros del servicio le llega con la siguiente noticia:

—Señor, tenemos órdenes expresas del palacio real de no dejarle salir de aquí.

—¿Cómo que no puedo salir de aquí? ¡Esta es mi casa! —exclama enfurecido el príncipe mientras agarra del brazo al oficial y se lo lleva a otra sala para que sus hijos pequeños no escuchen la discusión—. ¿Qué esta pasando? ¿Qué orden estúpida es esa?

—Esta mañana hemos recibido una llamada del Gobierno. Los guardias de este palacio tienen orden de no dejarle salir hasta nuevo aviso —comenta el uniformado mientras Bin Nayef se sienta.

—¿Estoy arrestado en mi propia casa? ¿Qué he hecho para ser tratado como un vulgar delincuente? ¿Quién ha dado esa orden? —pregunta resignado.

—Quien estaba al otro lado del teléfono era el príncipe heredero, Mohamed bin Salmán, su primo. Él nos ha ordenado explícitamente no dejarle salir de aquí, reforzar la seguridad del palacio e informarle de cualquier visita o reunión que tenga.

—¡Se ha vuelto loco! Se quiere llevar por delante a toda la familia y a este reino —responde el sobrino del rey llevándose las manos a la cabeza.

A finales de junio de este año se difundió la noticia de que Mohamed bin Nayef estaba confinado en su propio palacio, sin poder salir y sin apenas tener comunicaciones con el exterior. Aunque los hechos han sido negados oficialmente de manera reiterada, parece que las escasas informaciones que consiguen salir del país señalan que en estos momentos se vive un clímax de máxima tensión dentro de los palacios gubernamentales. Mohamed bin Salmán comienza a ser consciente de que su liderazgo no está sentando bien en algunos sectores, lo que le ha llevado a tomar medidas para acabar con cualquier punto de crítica, incluso dentro de su propia familia. El joven príncipe parece decidido a lograr ser rey a toda costa y moldear el Gobierno y el Estado según su singular visión. No obstante, debería detenerse a escuchar a los viejos del lugar cuando dicen “La historia de estos pueblos está repleta de sueños que se secaron en el desierto”.

Para saber más: The Oil Kings: How the U.S., Iran, and Saudi Arabia Changed the Balance of Power in the Middle East, Andrew Scott Cooper, 2012

Acerca de David Hernández 11 Articles
Madrid, 1991. Doctorando en Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Máster en Economía Internacional y Desarrollo (UCM). Especialista en geopolítica, comunicación y estrategia política y gobernanza.

1 comentario en Mohamed bin Salmán, el rey del desierto

  1. Esta dispensacion asistira a la caida de la gran babilonia. Y al cumplirse su destruccion, por parte de sus mismos creadores. Jesus vendra a reinar.

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