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“Alemania y Estados Unidos en la era Trump”, por María Paz López

Fuente: CNN

Las relaciones entre Alemania y Estados Unidos no viven su mejor momento. Atraviesan, quizá, el periodo más tenso desde la posguerra. Significativa de ese desencuentro es la escalada verbal que vimos a inicios de este verano cuando una frase de la canciller alemana, Angela Merkel, se vio multiplicada por un tweet del presidente de EE. UU., Donald Trump, lo que se convirtió en un quebradero de cabeza para la diplomacia y la economía de ambos países.

El domingo 28 de mayo, en un encuentro en Múnich con sus socios bávaros de la Unión Social Cristiana —el partido hermano de la Unión Cristiana Demócrata, que preside la canciller—, Angela Merkel dijo: “Los tiempos en los que podíamos contar completamente con otros quedan ya un poco lejos”, en alusión a aliados históricos como Estados Unidos y Reino Unido —el referéndum del brexit también ha dejado su impronta—.

Trump replicó a Merkel dos días después en los 140 caracteres de un tweet: “Tenemos un déficit comercial ENORME con Alemania, además de que pagan MUCHO MENOS de lo que deberían a la OTAN y al sector militar. Muy malo para EE. UU. Esto va a cambiar”.

En efecto, Alemania vende a Estados Unidos casi el doble de lo que le compra. En 2016 las empresas germanas vendieron a Estados Unidos bienes y servicios —sobre todo vehículos, maquinaria y productos químicos— por valor de 107.000 millones de euros. Al tiempo, Alemania importó de Estados Unidos productos valorados en 58.000 millones de euros.

Y, efectivamente, Alemania invierte en defensa el 1,2% de su PIB, aún lejos del 2% que los aliados acordaron alcanzar en 2024, un objetivo que poquísimos países europeos cumplen. La bronca que al respecto había echado Trump a sus aliados occidentales en Bruselas la semana anterior reflejó a un líder poco diplomático, tosco, centrado en contentar a sus votantes en casa.

Tras franceses, británicos y por supuesto estadounidenses, Alemania es el cuarto país de la OTAN con mayor presupuesto en Defensa. Eso sí, está lejos del 2% del PIB que reclama la organización y EE.UU. Fuente: The Economist

Sin embargo, la realidad es que Estados Unidos es un socio comercial clave para Alemania y para toda la Unión Europea y ese comercio es ventajoso para ambas partes. Merkel gobierna la primera economía de Europa, y eso también cuenta mucho ante las elecciones generales del próximo 24 de septiembre, en las que la líder democristiana aspira a un cuarto mandato como canciller. Los sondeos le sonríen: suelen otorgarle hasta 15 puntos de ventaja sobre el aspirante socialdemócrata a la cancillería, Martin Schulz, expresidente del Parlamento Europeo.

Para ampliar: “Schulz, seísmo alemán”, Javier López en El Orden Mundial, 2017

Schulz tiene igualmente presente la importancia de la cuestión estadounidense, también a la luz de la crisis de credibilidad de la industria automovilística alemana tras el escándalo de los motores diésel trucados de Volkswagen, destapado precisamente por la Justicia de Estados Unidos. La economía alemana, fuertemente orientada a la exportación, mira con inquietud a Trump, quien ha amenazado con poner aranceles del 35% a los vehículos importados, lo cual castigaría a los coches alemanes.

Pero quizá conviene retrotraerse a los días posteriores a la victoria electoral de Trump en noviembre de 2016 para enmarcar los derroteros que ha tomado la relación entre Alemania y Estados Unidos. La felicitación de Merkel a Trump por su elección resultó tan impecable como poco cálida, pero fue la más significativa.

Como en la mayoría de cancillerías de Europa, la noticia de que el deslenguado candidato republicano sería el futuro inquilino de la Casa Blanca no provocó en los palacios del Gobierno en Berlín un estallido de aplausos. Más aún, podría decirse que resultó particularmente penosa de digerir: en todos los asuntos relevantes para la canciller —valores transatlánticos, refugiados, contención de Rusia, acuerdos de libre comercio, cambio climático—, la postura de Trump había sido —y sigue siendo— antagónica o caricaturesca.

Así que, en una corta comparecencia en Berlín el 9 de noviembre de 2016, la democristiana Merkel ofreció al republicano una “estrecha cooperación”, pero le advirtió también de que eso solo sería viable sobre la base de valores compartidos. A modo de recordatorio, le enumeró esos valores, con lo que daba a entender implícitamente que algunos de ellos habían sido pisoteados por el candidato durante su feroz campaña electoral:

“Alemania y Estados Unidos están vinculados por valores como la democracia, la libertad, el respeto del Derecho y la dignidad de las personas, independientemente del color de su piel, su religión, su sexo, su orientación sexual o sus convicciones políticas.”

También recordó a Trump el lugar preeminente de Estados Unidos en el concierto de las naciones, subrayando que “asumirá una responsabilidad que se dejará sentir prácticamente en todo el mundo” dada “la enorme potencia económica, el potencial militar y la influencia cultural” del país. Aludió asimismo a que la relación transatlántica es un puntal en la política exterior germana.

Según Merkel, Alemania no posee con ningún otro país de fuera de la Unión Europea “una relación tan profunda como con Estados Unidos”. La cancillería alemana mantuvo una relación buena y estrecha con la Administración de Obama durante sus ocho años, a pesar del escándalo de espionaje protagonizado en su día por la Agencia de Seguridad estadounidense, que incluyó pinchazos al teléfono móvil de la propia Merkel.

Todo esto hizo que algunos analistas en Europa y Estados Unidos concluyeran que Alemania, con Angela Merkel a la cabeza, estaba llamada a asumir un papel decisivo en la defensa del orden liberal internacional, el forjado en comandita por Norteamérica y Europa occidental a partir de 1945. Algunos incluso señalaron a la mandataria germana como nueva líder mundial de esos valores de los que Trump —o, al menos, el Trump que hasta ahora conocemos— parecía haber abdicado.

Para ampliar: “La metamorfosis de Donald Trump: del personaje al político”, Fernando Arancón en El Huffington Post, 2017

El caso es que, tres meses antes del exabrupto tuitero de Trump de este verano, Angela Merkel viajó a Washington para conversar con el presidente estadounidense, investida ya de esa aureola internacional de defensora del vínculo transatlántico, embajadora de la Unión Europea y adalid del libre comercio.

Pero, sobre todo —y legítimamente, por supuesto—, Merkel puso pie el pasado marzo en la Casa Blanca para proteger los productos made in Germany de la furia proteccionista, hasta ahora más retórica que real, que ha aireado su actual inquilino. Estados Unidos es el mercado de exportación más importante para Alemania, que podría verse perjudicada si Trump abunda en su lema “America first” aplicado a la economía.

Alemania y Estados Unidos son socios de primer nivel de manera recíproca. Con el tiempo, la balanza comercial se ha ido decantando en favor de los germanos. Fuente: Statista

Es tradición que los cancilleres alemanes de viaje oficial a países extranjeros de peso se lleven a bordo a directivos de empresas. Así, Merkel viajó a Estados Unidos acompañada de altos directivos de tres empresas alemanas: la ingeniera Siemens, la automovilística BMW y el fabricante de componentes industriales y de automoción Schaeffler. En ese momento, Merkel recordó que las empresas alemanas dan trabajo a unas 810.000 personas en Estados Unidos y prometió una “situación win-win”, en la que ambas partes ganases. Muchos de esos trabajadores viven en estados sureños en los que Trump triunfó en las elecciones.

En puridad, lo que irrita a la Administración Trump es un asunto que siempre ha sido motivo de fricción entre Alemania y Estados Unidos, tanto con Administraciones republicanas como demócratas: el continuado superávit comercial alemán respecto a su país. El pasado enero, en una entrevista con el diario alemán Bild y el británico The Times poco antes de tomar posesión como presidente, Trump se quejó en concreto de la abundancia de coches alemanes Mercedes Benz en la Quinta Avenida de Nueva York.

Hace dos años, con la crisis de la deuda griega, Alemania se presentaba al mundo como guardián de las normas comunitarias en materia financiera, una imagen de dureza que se suavizó tras la audaz decisión de Merkel de permitir la entrada de refugiados en  el verano de 2015.

Ahora, Alemania parece encarnar todas las esencias del orden liberal vigente desde la posguerra, un orden tutelado por Estados Unidos y basado en intereses comunes, como el sistema de seguridad transatlántico —la OTAN, a la que ahora Trump mira con reticencia— y el libre comercio —en cuestión ante su retórica proteccionista—.

Ese orden incluye también la democracia, los derechos humanos y el respeto de la ley y pluralismo como valores de marca, aunque no siempre hayan resplandecido en el trato a terceros países cuando se trataba de proteger los intereses comerciales y de seguridad del mundo occidental. Esto se plantea para Alemania en parte también porque el anunciado brexit impide de facto que el Reino Unido asuma ese rol en representación de Europa.

Aunque halagados por el papel que algunos están atribuyendo a Alemania, personas con responsabilidades en el Gobierno de Merkel han alertado de que ese rol mundial no corresponde a este país. Esgrimen, entre otras razones, que la primera economía de Europa no es una superpotencia militar que pueda apuntalar a la OTAN y que su convulsa Historia del siglo XX, con el régimen nazi y el Holocausto en la memoria, aún le dificulta pronunciarse demasiado como líder mundial. De hecho, la mera apuesta por un liderazgo alemán mundial genera incomodidad en buena parte de la clase política germana.

Alemania se muestra, pues, reticente a asumir ese papel hegemónico, y además la razón práctica se impone. Angela Merkel considera a Estados Unidos el socio más importante de Alemania a nivel mundial: sin Washington no existiría en el ámbito occidental un contrapeso para Rusia o Asia, y tampoco habría un país con el suficiente liderazgo mundial para encabezar la lucha contra el terrorismo internacional.

Merkel y Trump se vieron a inicios de julio en la cumbre del G20 en Hamburgo, en la que Trump estaba más pendiente de su encuentro con el presidente ruso, Vladimir Putin, que de la cumbre en sí, y en la que reiteró sin ambages su decisión de sacar a Estados Unidos del acuerdo de París contra el cambio climático, otro disgusto para la canciller.

En la tradicional rueda de prensa de verano de Merkel, celebrada este año el martes 29 de agosto, en más de hora y media de preguntas y respuestas no hubo ninguna sobre Trump. Ni sobre el brexit. Da la impresión de que Alemania apunta en otras direcciones, a la espera de que se suavicen los fondos y mejoren las formas.


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Acerca de María Paz López 1 Article
Periodista de La Vanguardia, actualmente corresponsal en Berlín. Ha sido corresponsal en Italia y Vaticano (2003-2009) y antes jefa de Internacional en la redacción de Barcelona. Anteriormente, también enviada especial a varios países y redactora de temas sociales y religiosos. Licenciada en Ciencias de la Información por la UAB (1990) y máster en Periodismo por la Universidad de Columbia, Nueva York, como becaria Fulbright (1997). Representante de Europa en la junta directiva de la Asociación Internacional de Periodistas de Religión (IARJ).
Contacto: Twitter

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