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La Francia del Corán

Fuente: Alejandro Maroño

La importante presencia del islam en los últimos debates presidenciales franceses, así como la creciente desconexión de los barrios periféricos de la sociedad mayoritaria, pone de manifiesto la difícil convivencia entre la laicidad gala y la religión del profeta. Este artículo aborda la Historia reciente de la inmigración musulmana a Francia tras la Segunda Guerra Mundial y el problema de la segregación urbana para tratar de explicar este fenómeno de aislamiento. 

Las recientes elecciones ejecutivas en Francia han estado marcadas por dos proyectos antagónicos para el país, encarnados por Emmanuel Macron y Marine Le Pen. El primero defiende que la Ley de 1905 —la cual establece la laicidad como principio de la República Francesa— es compatible con la presencia del islam en el país y no debe ser revisada. El candidato centrista habla de la laicidad como una “fuente de libertad: la libertad es la regla y la prohibición, la excepción”. Con esta premisa, las representaciones públicas de la religión, dentro de unos “límites razonables”, estarían protegidas por las políticas de En Marche!.

Marine Le Pen, por el contrario, apela a la identidad nacional y la defensa de una concepción laica más estricta para limitar así la presencia religiosa en la esfera pública. El debate sobre el burkini, el islamismo o las prácticas halal —conductas de vestimenta, dietéticas y de modales en consonancia con el dogma musulmán— ha centrado los debates entre ambos candidatos.

Esto pone de manifiesto la relevancia del islam en la sociedad francesa actual. Para un país tradicionalmente opuesto a los símbolos religiosos —especialmente musulmanes— y con un elevado número de combatientes islámicos, la integración de la religión del profeta en la sociedad no parece resuelta. Esta surge a raíz de la inmigración musulmana a Francia durante la descolonización, marcada por un período de promoción que duraría hasta los años 70 y cuyas consecuencias son visibles en cada una de las esquinas del Hexágono, apelativo de la Francia metropolitana continental.

Para las elecciones regionales de 2010, la juventud del Frente Nacional distribuyó panfletos con esta imagen, claramente xenófoba, en la que se puede apreciar la bandera argelina con la forma del país galo. Fuente: Daily Stormer

De Argel a París: el islam viaja a la metrópolis

La Segunda Guerra Mundial y la posterior reconstrucción del país galo desencadenaron la primera gran llegada masiva de inmigrantes musulmanes a tierras francesas. La necesidad de mano de obra llevó al Estado a crear en 1945 la Oficina Nacional de la Inmigración con el objetivo de encargarse de “todas las operaciones de reclutamiento y de introducción en Francia de trabajadores de territorios de ultramar y extranjeros”. El auge de inmigrantes argelinos —poseedores de la nacionalidad francesa hasta la independencia del país en 1962— se debe al derecho de libre circulación entre colonia y metrópolis. Este privilegio colonial, sumado a las políticas favorables a la inmigración, aumentó progresivamente la presencia argelina en suelo francés, que pasó de 210.000 emigrados en 1954 a 350.000 en 1962.

La guerra de independencia argelina constituye el primer ejemplo de enfrentamiento entre inmigrantes musulmanes y nativos franceses, aunque el motivo de disputa entre ambos no era de corte religioso, sino étnico. El Frente de Liberación Nacional (FLN) —grupo nacionalista argelino—, que reivindicaba la independencia del territorio a través de las armas y el terror, fue el principal movimiento contra la ocupación francesa. Pese a la represión francesa y el rechazo social provocado por el conflicto, los argelinos se desplazaban en masa hacia el Hexágono debido a la miseria y la violencia colonial, lo que provocó un importante dilema en el seno de la sociedad. El Estado, encabezado por el general De Gaulle, veía en la inmigración argelina el caballo de Troya del FLN. Para el patronato, en cambio, esta mano de obra joven y barata constituía el carbón necesario para mantener en funcionamiento la maquinaria económica francesa. Las necesidades del franco se impusieron finalmente a los recelos de la Francia gaullista y con los acuerdos de Evián se mantuvo la libre circulación entre la antigua colonia y la madre patria.

Para ampliar: “L’immigration algérienne en France. De la fin du XIXè siècle à 1962”, Peggy Derder

En el contexto de la guerra de independencia, es necesario destacar el rol de los harkis, argelinos musulmanes que tuvieron que ser repatriados al fin de la guerra, al ser tachados de traidores por sus propios compatriotas. 100.000 harkis huyeron junto con sus familias de Argelia tras sufrir una violenta represión. A pesar del abandono de Francia a un alto número de voluntarios —François Hollande fue el primer presidente en pedir disculpas por el comportamiento francés con los harkis—, lo cierto es que gracias a este flujo se formó la primera comunidad de franceses musulmanes. Los harkis, primer colectivo musulmán que no acudía a Francia por motivos económicos, fueron repatriados con los llamados pies negros, franceses —en su mayoría católicos o judíos— originarios de Argelia. Asentados en centros de acogida al sur del país, se integraron paulatinamente en la sociedad mayoritaria, y los campos, cuyas condiciones de habitabilidad han sido cuestionadas a lo largo de los años, cerraron de forma progresiva. La falta de reconocimiento público de la cuestión harki ha marcado la Historia reciente de la comunidad, relegada a la posición de meros inmigrantes y obviando su decisivo rol en la Francia colonial.

Para ampliar: “Quelques réflexions sur la question des harkis”, Chérif Lounès en Planet.fr, 2016

El colectivo de pies negros muestra su solidaridad con los harkis y acusa al Estado de crímenes contra la humanidad por el traslado forzoso de población durante la descolonización de Argelia. Fuente: Le Figaro

A pesar del importante número de expatriados argelinos —en la actualidad constituyen todavía el mayor grupo de inmigrantes por nacionalidad—, Argelia no es el único país del cual procedían los migrantes musulmanes tras la descolonización francesa. El efecto llamada provocado por la elevada demanda de mano de obra aumentó los flujos de hombres jóvenes. La industria química y metalúrgica fueron las más favorecidas por la presencia de inmigrantes de países musulmanes, cuatro veces superior a la de nativos en Lyon. La facilidad de las empresas para devolver a los trabajadores a sus países de origen y su falta de raíces por ser mayoritariamente solteros o con familia en su lugar de procedencia fueron claves para el desarrollo económico de Francia durante los Treinta Gloriosos. George Pompidou, presidente de la república, llegó a afirmar que “la inmigración es una manera de crear cierto alivio en el mercado de trabajo y resistir la presión social”.

Tasa de población magrebí y turca sobre el total de la población inmigrante. Fuente: Cartografía EOM.

La luz del período glorioso comenzó a apagarse con la llegada de los años 70, que se llevaron por delante al presidente y sus políticas proinmigración. La frontera gala será cerrada el 3 de mayo de 1974 a inmigrantes económicos extracomunitarios. La reagrupación familiar y el problema de la integración de inmigrantes, especialmente musulmanes, se comienzan a perfilar entonces como prioridades para la nueva Administración.

La media luna enraíza en el Hexágono

La creación de una secretaría de Estado para los trabajadores inmigrantes, encabezada por André Postel-Visnay, tiene lugar el 7 de junio de 1974 a consecuencia de la elección de Valéry Giscard d’Estaing como sucesor de Pompidou tras su muerte. La secretaría es la encargada de proponer la suspensión temporal de la inmigración —medida que ha durado más de 30 años— a causa de los problemas económicos ligados a la crisis del petróleo.

El cierre fronterizo supuso un punto y aparte respecto a la Historia de inmigración económica que había acompañado a Francia desde la Segunda Guerra Mundial. La restructuración empresarial vino acompañada de una reducción en la demanda de empleos no cualificados, lo que afectó principalmente a inmigrantes. En 1977 incluso se instauró una ayuda para aquellos que voluntariamente consideraran volver a sus países de origen: el millón Stoléru. Los inmigrantes que se quedaron en Francia pasaron a ser interés político de primera línea y su destino fue marcado de forma decisiva con el decreto del 29 de abril de 1976, que instauró el derecho a la reunificación familiar. Tras esta decisión, se forman las primeras grandes comunidades de musulmanes en Francia y, debido a su separación de la sociedad mayoritaria, también comienzan a fraguarse los problemas identitarios. La mala situación de los barrios de inmigrantes, así como su aislamiento de la comunidad francesa, son las causas principales de este fenómeno.

Tras el cierre de fronteras, el número de mujeres inmigrantes aumenta y el de hombres desciende progresivamente a causa de la política de reagrupación familiar. Respecto al número total de inmigrantes, se puede observar cómo se estabiliza a partir de 1974 a causa de la suspensión de la inmigración. Fuente: Cartografía EOM

La llegada masiva de inmigrantes a las grandes metrópolis francesas como París o Lyon provocó una gran escasez de viviendas, lo que empeoró las ya precarias condiciones de vida de los inmigrantes. Esta segregación espacial comenzó a gestarse en los años 50 con la construcción de los bidonvilles, poblados chabolistas a los márgenes de las grandes ciudades. Uno de los más poblados era el bidonville de Nanterre, a las afueras de París, que alcanzó una población máxima de 14.000 personas en 1964, en su mayoría argelinos.

Si bien el asentamiento de Nanterre es uno de los más relevantes de ese período, estos poblados chabolistas no eran exclusivos de los argelinos. El sur de Europa sucumbió también bajo el magnetismo francés y, de esta manera, españoles y portugueses se asentaron rápidamente cerca de los principales focos de industrialización, donde crearon sus propias villas miseria. Los españoles se instalaron en Cornillon, Aubervilliers o Saint-Ouen, entre otros, y sus barrios recibieron el nombre de pueblos negros. Los portugueses, por su parte, se asentaron principalmente en Francs-Moisins, cerca del actual Saint-Denis. Al contrario que los trabajadores magrebíes, los del sur de Europa eran vistos como “inmigración positiva”, lo que, sumado a la similitud cultural y religiosa, favoreció su integración en la sociedad mayoritaria.

Para ampliar: “Les bidonvilles, lieux d’exclusion et de marginalité en France durant les trente glorieuses”, Yvan Gastaut, 2004

Las respuestas estatales para frenar el fenómeno de los bidonvilles fueron lentas e ineficaces al principio. La más relevante fue la creación de Sonacotral (Sociedad Nacional de Construcción de Alojamiento para Trabajadores Argelinos, por sus siglas en francés), que comenzó a construir residencias para trabajadores no por el mero hecho de mejorar las condiciones de los inmigrantes, sino con la intención de evitar la creación de “frentes internos” a favor de Argelia en suelo metropolitano. Estas residencias recibieron el nombre de ciudades de tránsito y consistían en construcciones móviles y de materiales prefabricados pensadas para ser habitadas durante un corto período de tiempo.

Esta solución, a priori provisional, se prolongaría hasta los años 80 y llegaría a su fin tras el asesinato de un residente de una ciudad de tránsito en Nanterre. No obstante, el proceso de segregación urbana, por el cual un grupo étnico o social es aislado en un terreno delimitado, no termina con la destrucción de las ciudades de tránsito, y con el aumento de la inmigración familiar adquiere una nueva nomenclatura: banlieue.

Para ampliar: “Cités de transit”: the urban treatment of poverty during decolonisation”, M. Cohen y C. David, 2012

 

A la izquierda, el bidonville argelino de Nanterre en 1966; a la derecha, una ciudad de tránsito lionesa en el año 1985. A pesar de la visible mejora de infraestructuras, la vivienda sigue siendo precaria. Fuentes: France Inter y 40 Ans Grand Lyon

Musulmán de periferia, musulmán sin patria

Los banlieues, regiones administrativas autónomas a las afueras de centros urbanos como París o Lyon, no son un producto exclusivo del país galo: guardan similitud con los suburbs estadounidenses. Aunque ambos se conciben como ciudades dormitorio, los franceses albergan clases populares próximas a las fábricas de las afueras de la ciudad, mientras que los estadounidenses estaban orientadas a ser habitadas por la clase media. Tras la eliminación de los bidonvilles y la degradación de las ciudades de tránsito, los inmigrantes —y sus familias tras 1974— son reubicados en viviendas sociales a las afueras de la ciudad. La propuesta de establecer cuotas del 15% para evitar así la formación de comunidades étnicamente homogéneas resulta un fracaso a la larga y da lugar a la configuración de guetos. De esta manera, en banlieues como Minguettes las familias magrebíes se vuelven mayoritarias a partir de los años 70, y en 1992 el 74% de ellas residen en viviendas de protección oficial.

Para ampliar: “Les banlieues populaires ont aussi une histoire”, Annie Fourcaut, 2007

El aislamiento de las comunidades de extranjeros musulmanes y la ineficacia de la Administración se tradujeron en un aumento de la violencia y la inseguridad en los banlieues. La situación empeora con el paso de los años —en La Corneuve un niño argelino de diez años fue asesinado en 1983— y, tras multitud de disturbios, en 2005 la crisis social y los propios banlieues se ven envueltos en llamas.

Fuente: Cartografía EOM

Debido a la muerte por electrocución de dos menores —Bouna Traore y Ziad Benna— en una subestación eléctrica a las afueras de París mientras huían de la policía, la situación en los banlieues explota. Esa misma noche, las afueras de París son iluminadas con el fuego de 23 vehículos en llamas y los jóvenes de estos barrios periféricos se enfrentan a policía y bomberos. La situación empeora el 30 de octubre tras el lanzamiento de una granada por parte de la policía dentro de una mezquita, lo que muestra la cara más oscura del sueño francés: la integración y aceptación de su población musulmana toma la forma de una pesadilla.

Pese a los intentos de lavado de imagen de los banlieues con el acondicionamiento de sus infraestructuras, los problemas sociales persisten. La segregación urbana y la desconexión con la sociedad francesa han forzado a un gran número de jóvenes de segunda generación —de padres extranjeros pero nacidos en Francia— a elegir entre sus identidades. Francés o musulmán, patriótico o creyente, dos caracteres a priori complementarios que con el paso de los años —y la deficiente gestión de la inmigración y su integración— se han vuelto antagónicos y, a ojos de muchos, irreconciliables.

Esta alienante situación —no sentirse parte de la identidad francesa ni de la musulmana que heredan— expone en mayor medida a los descendientes de inmigrantes musulmanes a una versión del islam más conservadora, entendida como purista: el salafismo. Esta concepción islámica —que no musulmana— ha ganado peso en los banlieues franceses, cuya exclusión de la vida francesa terminó tras los atentados en la capital francesa en noviembre de 2015, lo que los devolvía al centro del debate político. Los atacantes de origen francés procedían en su mayoría de banlieues de la Ciudad de la Luz, lo cual supuso la máxima expresión de lo que muchos autores ya habían definido como su transformación en “sociedades islámicas separadas”.

Pese a no ser representativos de los jóvenes musulmanes de periferias, la radicalización de estos terroristas, gestada en suelo galo y perfeccionada en territorio sirio, pone de manifiesto la difícil convivencia entre franceses musulmanes y franceses étnicos. Los dos candidatos presidenciales —Macron y Le Pen— se vanaglorian de sus propuestas para favorecer la convivencia entre religiones, pero la realidad pone de manifiesto cuán débiles son sus proyectos integradores. Con un débil plan por bandera, el barco del nuevo presidente se dirige a la deriva en lo que a integración e igualdad respecta. Sin embargo, la islamización de Francia, como muchos temen, no parece probable en un futuro próximo. El desarrollo de una Francia islámica solo resulta plausible tras los muros invisibles que separan el centro de la periferia, las ciudades de sus áreas metropolitanas empobrecidas. El otro París, el musulmán, el excluido, el empobrecido y segregado, construido a imagen de la distópica arquitectura de Le Corbusier, se asemeja a la Ciudad de la Luz casi tanto como esta a Argel. Tras una Historia reciente anclada en la inmigración musulmana, la república da la espalda a los hijos de los extranjeros que, tras una devastadora guerra, la hicieron grande de nuevo.

¿Resulta correcto hablar de sumisión de los valores franceses ante la presencia musulmana? ¿O quizás sería más acertado achacar el problema al histórico desprecio de la madre patria hacia sus enfants terribles?

Acerca de Alejandro Maroño 5 Articles
A Coruña, 1995. Graduado en Relaciones Internacionales e interesado en temas de género, inmigración y minorías. La mayor parte del tiempo me expreso mejor a través de mi cámara.
Contacto: Twitter

5 comentarios en La Francia del Corán

  1. Gracias por tu columna Alejandro, pero debo hacerte una pregunta. Cuál es el estilo que se está planteando Francia ante los inmigrantes, principalmente musulmanes; ¿los está asimilando voluntariamente, forzosamente o mantienen su cultura dentro de la cultura francesa?

    Adiós

    Francisco Martínez

  2. Buenas tardes Francisco,
    Tradicionalmente Francia ha seguido una política asimilacionista con los inmigrantes, como consecuencia de la Revolución Francesa y la defensa de la igualdad entre ciudadanos. Este modelo se contrapone con el llamado anglosajón o multiculturalista, por el cual se reconocen las diferencias entre grupos étnicos. A causa de esta política, en Francia está prohibido realizar de forma oficial encuestas que reconozcan diferente origen —se puede tener en cuenta la variable francés vs extranjero, pero no francés de segunda generación—. En Estados Unidos por ejemplo sí se reconocen estas diferencias —latino, afroamericano…— lo que en teoría ayuda a tener un conocimiento real sobre los problemas de los diferentes grupo, aunque los críticos sostienen que solo lleva a favorecer la racialización.

    El cierre de fronteras de los años 70 propició una crisis del modelo aislacionista francés y la progresiva aceptación de un modelo más integrador que asimilacionista. A día de hoy, los diferentes modelos son defendidos por diferentes partidos políticos: la derecha de Sarkozy ha defendido tradicionalmente la asimilación, y lo mismo ocurre con el Frente Nacional. Macron en ese sentido es más pragmático y no habla de un modelo concreto, aunque en diversas ocasiones ha defendido la discriminación positiva, propia de un modelo integracionista.

    Por si quieres leer más al respecto:
    http://theconversation.com/the-long-troubled-history-of-assimilation-in-france-51530
    https://migrationvoter.com/2017/04/27/macron-v-le-pen-on-immigration-asylum-and-integration/
    https://www.reforme.net/actualite/politique/migrants-politiques-migratoires-et-integration-le-constat-demmanuel-macron/

    • Discriminación positiva…vamos, lo normal en una sociedad en la que se supone que todos somos iguales con independencia de nuestro origen, sexo, religión y demás. Con políticos defendiendo estos valores, solo nos queda preguntarnos: ¿para cuándo el derecho de pernada?

      • La discriminación positiva está pensada para que los grupos más discriminados obtengan mayor presencia en círculos donde de otra manera no tendrían tanta presencia. Un ejemplo es el caso de las cotas mínimas de mujeres para romper así el llamado “techo de cristal”, que impide su participación en política o dirección de empresas. Esta medida lleva años implantada en Estados Unidos, y, hasta donde llegan mis conocimientos, no se plantea en ningún círculo democrático la aprobación del derecho de pernada.

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