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La revolución tras Jeremy Corbyn

Seguidores aplauden durante un acto de Jeremy Corbyn. Fuente: The Nation.

Al día siguiente de las elecciones generales en Reino Unido, Jeremy Corbyn entraba exultante a las oficinas centrales del Partido Laborista en Londres entre los vítores y aplausos de sus seguidores y los viandantes. No había sido capaz de ganar a los tories de Theresa May, pero nadie dudaba de que el verdadero triunfador de esa noche había sido él. Meses después, el veterano político se ha convertido en una especie de icono pop, símbolo de una revolución cada vez más numerosa, que no solo está transformando el laborismo, sino toda la política y la sociedad británicas.  

En una típica mañana londinense de verano en la que se entremezclan las nubes grises y una débil llovizna, el colegio St. Mary’s de Hornsey, al norte de Londres, acoge un encuentro entre militantes y simpatizantes del Partido Laborista con algunos de sus representantes de la Cámara de los Comunes. El objetivo del acto es esclarecer las principales líneas de actuación del partido para los próximos meses en una especie de rendición de cuentas ex ante, un encuentro muy característico de la cultura política británica en que los políticos y expertos invitados se enfrentan cara a cara a las preguntas de los asistentes. Como era de esperar, los puntos centrales que tratar serían el liderazgo de Jeremy Corbyn, la oposición al Gobierno de Theresa May, la economía, el brexit y el terrorismo.

Al entrar al gimnasio del centro, los asistentes que llegan son recibidos con un pequeño desayuno, folletos sobre los puntos claves del programa laborista y algunos periódicos gratuitos de izquierdas. Comienzan a crearse círculos y animadas discusiones entre café y café; la impresión inicial al entrar allí y empezar a hablar con el resto de personas es que uno no está ante un mero encuentro partidista, sino que ha empezado a conocer de primera mano un movimiento que transciende las siglas del laborismo. Muchos de ellos son miembros del partido, otros tantos pertenecen a infinidad de colectivos, asociaciones o sindicatos de profesionales, algunos simplemente son afines al discurso que actualmente defiende Corbyn. Lo que se deja entrever en estas conversaciones es un ambiente de entusiasmo e infrenable optimismo que no ha sido mitigado ni por los resultados electorales de junio ni por los primeros meses de Gobierno tory. Parece que la marea que hay detrás del viejo político inglés no va a desaparecer por el momento.

El coordinador del acto comienza a hablar con una frase que alienta hasta los espíritus más fríos: “Cada vez está más cerca el número diez de Downing Street”. El público se enciende y empieza a vitorear y aplaudir mientras algunos jóvenes inician el cántico más popular durante las últimas semanas en Reino Unido y que se ha convertido en la banda sonora de todos los actos públicos del líder laborista: Oh, Jeremy Corbyn, una versión de la famosa canción Seven Nation Army, del grupo de rock estadounidense The White Stripes. Todo el público está en pie y corea al ritmo de la melodía. Una señora mayor a mi lado que lleva una camiseta con las iniciales de Jeremy Corbyn a imitación del emblema de Superman me puntualiza: “Esto va más allá de Corbyn. Esto es mucho más grande que un solo hombre. No lo van a poder parar”.

Para ampliar: Comrade Corbyn: A Very Unlikely Coup, Rosa Prince, 2015

Acto de Jeremy Corbyn en Liverpool (agosto de 2016). Fuente: Birmingham Mail.

Del belicismo de Blair al pacifismo de Corbyn

Aunque existen diferencias notables entre el Partido Laborista y sus socios socialdemócratas del Viejo Continente, lo cierto es que sus caminos a finales del siglo XX y la primera década del XXI han sido enormemente parejos. Acercarse a conocer las vicisitudes del laborismo británico es adentrarse en los dilemas que le presentan las formaciones hegemónicas de la segunda mitad del XX, que se consagraron con la puesta en pie del Estado de bienestar, pero comenzaron a palidecer cuando abrazaron los postulados del liberalismo económico durante los noventa. La crisis económica que golpeó a la mayor parte de los países de Europa tuvo una repercusión directa sobre la vida política nacional y la polarización y fragmentación de sus sociedades. En el espectro de la centroizquierda europea, los partidos clásicos fueron incapaces de dar una respuesta convincente y alternativa, lo que supuso su desplome electoral, con el caso más representativo del PASOK griego.

En Reino Unido los laboristas soportan sobre sus espaldas las pesadas losas de la gestión realizada por Tony Blair, primer ministro entre 1997 y 2007, y Gordon Brown (2007-2010). El segundo estaba marcado como el hombre que había sido incapaz de resolver la crisis económica; el primero tenía un bagaje protagonizado por algunos éxitos significativos, pero unas cuantas sombras. Blair fue el responsable de que el Partido Laborista consiguiera la mayoría más aplastante de su centenaria historia en 1997 y se consagrara así como uno de los políticos internacionales de moda. Reino Unido encaminó entonces una serie de reformas económicas y sociales con el propósito de modernizar el país; al mismo tiempo, el joven dirigente se encargó de recuperar para Londres un papel notorio en la escena internacional, sobre todo del brazo de la Administración de George W. Bush. No obstante, sus diez años de Gobierno fueron un sucesivo declive que se fue trasladando paulatinamente a las urnas y a las voces críticas dentro de su propio partido.

Entre los reproches más habituales a Blair y posteriormente a Brown está su apoyo decidido a la agenda internacional de los neocon de Washington y sus medidas económicas, que en algunos aspectos poco tenían que envidiar a la revolución neoliberal de la denostada Margaret Thatcher. Sorprendentemente, entre los principales opositores a los Gobiernos de Blair y Brown estuvo siempre Jeremy Corbyn, que pronto se granjeó la fama de ser de los diputados más de izquierdas y rebeldes de la Cámara de los Comunes; en repetidas ocasiones llegó incluso a votar en contra de las medidas propuestas por sus propios compañeros de filas. Pero el inconformista pacifista no era un mero eslabón perdido en la cadena electoral del Partido Laborista: tras su conducta se escondía un intenso debate ideológico que iba arañando los cimientos de la izquierda política británica.

Tony Blair (izquierda, detrás), Jeremy Corbyn (izquierda, delante) y Theresa May (derecha, delante) durante el Día de Conmemoración de 2016. Fuente: Mail Online

En el trasfondo de todo ello, una corriente dentro del partido cuestionaba severamente la idoneidad de la “tercera vía” de Blair, seña de identidad de la presidencia de Gerhard Schroder en Alemania. Intelectuales y políticos tachados por los sectores más conservadores de la formación y por los grandes medios como radicales no entendían que la modernización de la economía británica o su adaptación a la globalización fuera a costa de renunciar a ciertas políticas sociales o abandonar a la clase trabajadora de sectores como la minería, el textil o el ferroviario. Tampoco veían con buenos ojos que desde el laborismo se abrazara sin tapujos la desregulación financiera ni mucho menos que se fomentara la desestatalización de empresas y sectores claves en Reino Unido.

Además, dentro del Partido Laborista existía una poderosa vertiente pacifista e internacionalista que nunca vio con buenos ojos el asociacionismo de Blair con la beligerante Administración estadounidense. Cuando los malos resultados se produjeron en el año 2010, muchas bases manifestaron su descontento con la deriva que había tomado el partido, pero no fueron escuchadas. Los principales dirigentes del partido entendían que el fracaso en los comicios y la victoria de David Cameron habían sido producidos por errores coyunturales, ya que la gestión de la crisis económica había pesado demasiado entre sus votantes tradicionales. Corbyn seguía representando esa lucha interna que enfatizaba que los problemas eran ideológicos y estructurales, lo que requería de soluciones mucho más profundas.

Para ampliar: Corbyn: The Strange Rebirth of Radical Politics, Richard Seymour, 2016

De Occupy London al verano de 2015

En octubre de 2011, centenares de jóvenes se echaron a las calles londinenses con sacos de dormir y tiendas de campaña. Su propósito era establecer un campamento provisional en el corazón de la City emulando lo que ya había sucedido con el 15M en España o el movimiento Occupy Wall Street en Estados Unidos. Su manifestación iba encaminada a poner sobre la mesa una indignación contra los poderes económicos y políticos y exigir una profunda reforma del sistema, que consideraban extremadamente injusto. Muchos de ellos eran jóvenes universitarios o parados que sentían una gran desafección hacia la clase política del país. Una muestra civil sin precedentes en Reino Unido, lejos de las estructuras de partido y de los sindicatos, que no todos llegaron a entender.

El movimiento Occupy London frente a la Catedral de St. Paul (2011). Fuente: Occupy London

Al contrario de lo que ha ocurrido en otros países europeos, como Francia, España, Italia, Grecia o Portugal, donde la coyuntura económica y política abrió las puertas al auge de nuevas formaciones de izquierdas que postulaban una revisión profunda del sistema político nacional e incluso cambiar algunos preceptos esenciales de la Unión Europea, en el caso de Reino Unido este fenómeno no se ha producido, tal vez porque los indignados de 2011 encontraron en el veterano parlamentario Corbyn a su particular Pablo Iglesias, Alexis Tsipras o Jean-Luc Mélénchon, es decir, quien fue recogiendo muchas de las demandas que se presentaron hace ya más de un lustro para hacerlas suyas y del programa de su partido.

Cuando las elecciones llegaron en 2015, los principales dirigentes del partido estaban convencidos de que el joven Ed Miliband tenía serias opciones de batir a Cameron. El diputado laborista había liderado una oposición dura y aparentemente convincente contra el Gobierno de coalición de los tories y liberales, pero seguía representando para otros tantos sectores de la izquierda una línea continuista con las políticas maestras de Blair y Brown. En las últimas filas de la Cámara de los Comunes, Corbyn continúa sin ver con buenos ojos ese predicamento que dominaba las esferas más elevadas del laborismo, consciente de que muchos militantes y simpatizantes esperaban un cambio en sus propuestas.

La noche del 7 de mayo el partido conservador británico conseguía una victoria holgada, lo que daba un espaldarazo al Gobierno de Cameron, que ya no necesitaría apoyarse en terceros partidos. Por su parte, los laboristas habían obtenido uno de los peores resultados de su historia; Miliband dimitía como líder del partido y se abría el periodo para elegir a un nuevo dirigente. Era el momento esperado por Corbyn durante tanto tiempo: el laborista creía que era la ocasión idónea para sacar a la luz un debate que fuera más allá de nombres y ahondase en cuestiones ideológicas y sobre cuál debía ser el camino que seguir para los próximos años. También era una buena oportunidad para saldar cuentas con el pasado y dejar atrás la alargada sombra de Blair.

En aquel verano de 2015 se presentaban cuatro candidatos a la dirección del Partido Laborista: Liz Kendall, Andy Burnham, Yvette Cooper y Jeremy Corbyn. Sin duda alguna, en el inicio de la campaña pocos analistas hubieran dado un penique por que el radical parlamentario pudiera ganar. Sin embargo, por primera vez la elección se realizó en un proceso abierto a todos los militantes, a miembros de los principales sindicatos del país y a cualquier simpatizante que se inscribiera con anterioridad. Esto amplió las posibilidades de aquellos que no contaban con el respaldo del aparato. Pero a favor de Corbyn hay que decir que supo atraer para sí toda la atención, tanto de las inmensas críticas como de sus seguidores: llevó sus actos a la calle, recogió las demandas de muchos colectivos y se presentó como el candidato de todos aquellos que no habían sido escuchados antes.

Para ampliar: Visual Media and Culture of ‘Occupy’, Pamela Odith, 2011

“Mi abuela y mis padres se hipotecaron para que yo pudiera hacer una carrera. Corbyn ha entendido las injusticias que sufrimos los jóvenes en este país. Él me representa”. Chelsea, una joven licenciada en Ciencias Políticas, ahora trabaja a jornada completa como camarera para sacar un máster los fines de semana. Junto a ella, otros tantos jóvenes acuden a este encuentro del Partido Laborista, en el que participan activamente e interrogan ferozmente a los representantes políticos. Hablan con entusiasmo del líder laborista, pero más aún de todo ese movimiento que desde 2015 se ha creado en torno a su figura. “Era un poco escéptico a todo esto, pero después de lo ocurrido en abril estoy convencido de que algo grande va a ocurrir”, comenta Ian, un empleado del metro de Londres que llevaba años sin votar ni participar en un acto de ningún partido.

Jeremy Corbyn se dirige a sus seguidores en septiembre de 2015. Fuente: New Statesman

En el Partido Laborista se han ido imponiendo en los últimos tiempos las tesis de Corbyn y de los sectores más izquierdistas, si bien no ha sido hasta el buen resultado de junio cuando las críticas del laborismo más conservador se han acallado. La actual dirección expone la necesidad de combinar las esencias más primigenias del laborismo, como su defensa de las clases trabajadoras, el Estado del bienestar, más control político de la economía y unas políticas sociales garantes, con otras demandas más novedosas, como el ecologismo, medidas integradoras para los inmigrantes, la defensa de la industria nacional y limitaciones de una globalización y un libre mercado de los que muchos se sienten perdedores. Aunque no consiguió derrocar a May, las encuestas posteriores reflejaban que la marca Corbyn vive un plácido momento, con constantes lucubraciones que afirman que los laboristas ahora sí podrían arrebatarle el Gobierno a los conservadores.

No obstante, tanto él como quienes le siguen saben perfectamente que solo es la figura que ha puesto nombre y cara a un movimiento que está atrayendo a sectores muy dispares de la sociedad británica. El reto es saber si tanto el político como los ciudadanos de a pie que participan de esta inusual revolución serán capaces de aguantar el paso del tiempo. La larga jornada en el colegio St. Mary’s del barrio de Hornsey acaba con un espontáneo canto al himno del partido, The red flag. La mayoría de los asistentes abandonan rápidamente el lugar mientras los más jóvenes se dirigen al pub de enfrente, donde entre pintas de cerveza y sidra inglesa vuelven a tararear los acordes del cántico de moda en las islas: “Oh, Jeremy Corbyn…”.

Para ampliar: Speak for Britain!: A New History of the Labour Party, Martin Pugh, 2011

Acerca de David Hernández 11 Articles

Madrid, 1991. Doctorando en Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Máster en Economía Internacional y Desarrollo (UCM). Especialista en geopolítica, comunicación y estrategia política y gobernanza.

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