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Diamantes manchados de sangre: la historia de Sierra Leona

Mineros de diamantes en Sierra Leona. Fuente: DW

La guerra civil de Sierra Leona ha pasado a la posteridad como un episodio repleto de codicia, sangre y violencia. Diez años de conflicto que tan solo pudieron ser superados con la intervención directa de tropas extranjeras amparadas por las Naciones Unidas. La dimensión internacional de la guerra se completa, a nivel regional, con el apoyo de la Liberia de Charles Taylor a las tropas rebeldes del Frente Revolucionario Unido, que iniciaron el conflicto. La historia de esta guerra es la historia de los niños soldados y los diamantes de sangre. En la actualidad, Sierra Leona se enfrenta a una doble tarea: superar los fantasmas de su pasado y enfrentar los desafíos del siglo XXI.

Sierra Leona es uno de los países con mayor índice de pobreza de África occidental, con más del 70% de su población en esta situación. Su riqueza en recursos naturales, principalmente diamantes, ha sido paradójicamente uno de los motivos que han impedido su desarrollo, puesto que su extracción se ha visto salpicada por la codicia y la violencia, lo que lo ha convertido en una de las causas del conflicto armado que asoló el país durante la última década del siglo pasado.

El pasado reciente del país se encuentra manchado por una guerra civil que perdura en la memoria colectiva de su población y que en los últimos años ha tenido importantes consecuencias en lo político y económico no solo en Sierra Leona, sino en toda la región. El 23 de marzo de 1991 Foday Sankoh dirigió al Frente Revolucionario Unido (FRU) hacia un enfrentamiento armado contra el Gobierno del país con el objetivo de derrocarlo. Comenzó entonces una lucha sin cuartel que se cobró 50.000 vidas y mantuvo en vilo al país hasta el año 2002, cuando la intervención internacional dirigida por Reino Unido terminó con la insurrección armada.

Las dimensiones de lo que parece en primera instancia un conflicto trascendieron las fronteras del país. En el ámbito interno, asistimos a un enfrentamiento étnico y a una lucha por el poder cuyo origen lo encontramos en las dinámicas que se generaron tras la independencia del país. Por otro lado, la inestabilidad de Sierra Leona representaba una gran oportunidad para agentes extranjeros interesados en los recursos minerales del país. Desde la vecina Liberia hasta la antigua metrópoli, la intervención extranjera en el conflicto determinó el desenlace del conflicto.

El camino hacia la guerra

Ya hemos analizado en otras ocasiones la historia del dominio colonial en África. El apresurado y en ocasiones abrupto abandono de los territorios por parte de las autoridades metropolitanas dio lugar, en la mayoría de los casos, a procesos de reconfiguración de las estructuras de poder llenos de incertidumbre y fragilidad institucional.

El dominio del Imperio británico en el territorio que hoy conocemos como Sierra Leona comenzó en el siglo XVIII. El lugar fue escogido como lugar de destino para los esclavos liberados del imperio tras la abolición de la esclavitud en 1807; Freetown, su actual capital, fue el asentamiento que más población recibió. La colonia se consolidó a lo largo del siguiente siglo al convertirse en el lugar de destino de un amplio número de esclavos liberados y experimentó un rápido crecimiento demográfico. Los descendientes de los esclavos liberados, conocidos como criollos, jugaron un papel fundamental en la consolidación de la administración colonial; recibieron una educación occidental y se convirtieron en la élite del país.

Para ampliar: “Historia de Sierra Leona”, consulado de Sierra Leona en España

Mapa de Sierra Leona. Fuente: Vidiani

La pirámide poblacional está formada por diferentes etnias. Los grupos principales son los mendes, que ocupan la zona meridional del país, y los temnes, en el norte. Ambos representan cerca del 60% del total de la población, aunque los primeros son algo más numerosos. Su rivalidad histórica es una de las causas que explican los periódicos estallidos de violencia que han asolado al país desde su independencia. Otros colectivos minoritarios pero con especial relevancia son los limbas —8%— y los criollos —2%—.

El acceso a la independencia de Sierra Leona se produjo el 27 de abril de 1961. La emancipación comenzó con unas elecciones libres en las que Milton Margai, de origen mende, se hizo con el gobierno del nuevo país. Los mendes, que mantuvieron el control del Estado durante toda la década de los años sesenta, favorecieron a su propio colectivo y propiciaron la desigualdad entre los diferentes grupos étnicos. Frente al dominio mende, los criollos apoyaron a Siaka Stevens, de origen limba, dirigente del Congreso de Todo el Pueblo (APC por sus siglas en inglés). El APC alcanzó el poder en 1968, pero no fue hasta 1971 cuando pudo ejercerlo de manera efectiva como consecuencia de sucesivos golpes de Estado. Una vez se hizo con el control, lo mantuvo durante casi quince años. Si la década de los años sesenta se cerró con varios intentos de golpe de Estado que evidenciaban la fragilidad institucional del país, durante los años ochenta y noventa fueron la crisis económica y el autoritarismo los gérmenes de la inestabilidad.

Fue precisamente durante las dos décadas de gobierno del APC cuando las posiciones entre los diferentes grupos étnicos alcanzaron una equidistancia insalvable. Una hipotética alianza entre mendes y temnes frente a la minoría limba fue rápidamente frustrada, principalmente, por las desigualdades y la rivalidad que seguía existiendo entre ambos. Aunque los mendes ya no ostentaban el gobierno, eran la parte mayoritaria de las fuerzas armadas, mientras que los temnes, que representaban un tercio de la población, no tenían peso en la agenda pública —a pesar del nombramiento, más bien simbólico, de uno de ellos como vicepresidente del país en 1978— y tenían peor acceso a los servicios, porque la zona norte fue menospreciada de forma sistemática durante los diferentes Gobiernos mendes.

El régimen limba tornó al unipartidismo en 1978, lo que alimentó las suspicacias entre los diferentes grupos. Joseph Momoh sucedió a Stevens en 1985. Fue él quien tuvo que lidiar con las consecuencias, primero regionales y luego nacionales, que tuvo el estallido de la guerra civil en la vecina Liberia. Sierra Leona jugó un papel fundamental en la formación de un destacamento militar internacional bajo el mando de la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental (Cedeao). La actuación de las tropas de la Cedeao impidió a Charles Taylor, líder rebelde, tomar Monrovia, capital liberiana. Como consecuencia, Taylor planeó el derrocamiento de Momoh con el objetivo de forzar la retirada de las tropas internacionales e incentivó el nacimiento del FRU, dirigido por Foday Sankoh, un antiguo conocido suyo de origen temne.

La guerra civil de Sierra Leona comenzó en el sur del país, pero pronto se expandió por la práctica totalidad del territorio. Durante casi diez años, la violencia asoló el país en un contexto de profunda inestabilidad. Se sucedieron diferentes Administraciones y golpes de Estado mientras la lucha contra los insurrectos se recrudecía y la injerencia extranjera, primero de Liberia y luego por parte de una misión internacional de las Naciones, se convertía en un factor determinante.

Los fantasmas de la guerra: diamantes y niños soldados

La guerra civil de Sierra Leona ha perdurado en el imaginario colectivo como un periodo de violencia en el que se recurrió a todo tipo de prácticas para enfrentarse al enemigo. Las mujeres y los niños, los grupos de población más vulnerables, fueron quienes se llevaron la peor parte. El reclutamiento masivo de niños soldados se convirtió en una dura realidad que ha tenido consecuencias hasta la actualidad. Por otro lado, los recursos naturales del país, sobre todo la venta de diamantes, se convirtió en el principal motor de la guerra.

El verdadero interés de Taylor en expandir el conflicto a Sierra Leona no era únicamente derrocar a Momoh por haber impedido su avance y ampliar el campo de movimiento de sus tropas. La riqueza en recursos naturales de Sierra Leona, concretamente las grandes cantidades de diamantes que se encuentran en su territorio, añadieron valor a la cuestión y Sierra Leona se convirtió en un campo de batalla con repercusiones regionales. La llegada al poder de Taylor en Liberia en 1997 fortaleció al FRU, puesto que su principal fuente de suministros y de armamento era la venta de ingentes cantidades de diamantes a su principal valedor, convertido entonces en presidente.

Aquellos diamantes extraídos y vendidos en el marco de un conflicto con el fin de financiar a uno de los bandos son conocidos como “diamantes de sangre”. Su precio es inferior al que podrían alcanzar los diamantes extraídos de forma legal. Durante la guerra civil y como consecuencia de que las fuerzas del FRU controlaban el 80% de los yacimientos, comenzó un movimiento internacional que solicitaba la prohibición del comercio internacional de diamantes manchados para la financiación de la guerra.

El tráfico de diamantes se prohibió a principios de los noventa para evitar este tipo de financiación. No obstante, su procedencia era blanqueada con el objetivo de limpiar su pasado y eran vendidos en todo el mundo, con certificados de origen diferentes, a muy alto coste. Las medidas contra los diamantes de sangre de Sierra Leona se endurecieron a principios de los 2000 con el proceso de Kimberley, que configuraba un sistema de certificaciones destinado a evitar la financiación de grupos armados.

Para ampliar:Los diamantes de conflicto: el Proceso de Kimberley”, Blanca Palación en IEEE, 2011

En lo que se refiere a la faceta más oscura del conflicto de Sierra Leona, se calcula que más de 12.000 niños fueron armados y preparados para el combate. Las niñas, además, eran usadas como esclavas sexuales. Despojados de su infancia y de cualquier entorno estable y familiar en el que crecer, aquellos que pudieron escapar o sobrevivieron al conflicto tuvieron que enfrentarse a las secuelas psicológicas y a la estigmatización frente al resto de la sociedad.

La reacción de la sociedad internacional frente al conflicto fue endureciéndose conforme los acontecimientos se recrudecían, y todo intento de acuerdo de paz quedaba en papel mojado. En 1999 Naciones Unidas lanzó la misión Unamsil y ese mismo año fue firmado el acuerdo de paz de Lomé, bajo el cual el conflicto parecía reconducirse hacia una resolución ordenada y pacífica. El Gobierno y el FRU acordaron una hoja de ruta que incluía el cese de las hostilidades y el reparto del poder. No obstante, los rebeldes no cumplieron con lo acordado y volvieron rápidamente a la lucha armada. Ante la reactivación de los enfrentamientos y dada la posibilidad real de que los insurrectos tomaran Freetown, las tropas británicas lanzaron una operación a gran escala que no solo impidió la caída del Gobierno de Ahmed Kabbah, sino que asestó un golpe definitivo al FRU en el 2000.

Foday Sanko (izquierda) y Tejan Kabbah (derecha) en la firma del acuerdo de Lome (1999). Fuente: (A/P Wide World)

La construcción de la paz: el camino hacia el desarrollo

Con la derrota del FRU, el fin de la guerra dio paso a un lento proceso de reconciliación nacional con vistas a la consolidación de un régimen democrático en el que los antiguos rebeldes también tuvieran cabida. Durante los primeros años de posguerra, las tropas de la Unamsil se mantuvieron en el terreno como garantes de la paz. En 2005 la presencia de Naciones Unidas se redujo a una oficina de representación, mientras que la salvaguarda de la estabilidad pasó a manos de las Fuerzas Armadas de Sierra Leona, entonces en proceso de profesionalización. Fue en 2014 cuando la misión de Naciones Unidas se retiró por completo de un país que había cambiado.

En la Sierra Leona actual los desafíos del nuevo milenio se entremezclan con los recuerdos de la guerra. El país se enfrenta hoy al doble reto de, por un lado, emprender el camino hacia el desarrollo y, por otro lado, cerrar el capítulo más oscuro de su pasado. En este sentido, la justicia internacional ha logrado hacer memoria honrando a las víctimas y condenando a los verdugos. El tribunal especial de La Haya dedicado a Sierra Leona, que estuvo activo entre 2002 y 2013, fue encargado de juzgar a varios de los protagonistas del conflicto por crímenes de guerra y de lesa humanidad, incluido el expresidente liberiano. Taylor se exilió a Nigeria tras su derrocamiento en 2003 y ese mismo año fue señalado por el tribunal. Pasó varios años en busca y captura hasta que finalmente fue detenido y extraditado en 2006. Su juicio resultó muy mediático en parte con motivo de la testificación de Naomi Campbell, a quien Taylor en persona regaló un gran diamante.

Taylor, a la izquierda, durante una de las sesiones del juicio. Fuente: El Mundo

En los últimos años, antiguos yacimientos y poblaciones mineras se han convertido en focos de desarrollo. Su propiedad se encuentra principalmente en manos de inversores extranjeros, pero parte de los beneficios revierten en el desarrollo de las infraestructuras del país. Por otro lado, son varias las organizaciones que trabajan por la reinserción de los niños que fueron obligados a matar. Sus testimonios se han convertido en una parte fundamental del relato de la guerra, de la historia del país.

Durante la última etapa bélica, el país se encontraba al borde del colapso económico con una deuda exterior pública que constituía en torno al 130% del PIB. Tras superar las incertidumbres de posguerra, se abrieron nuevas oportunidades en el horizonte. El Gobierno del presidente Ernest Bai Koroma trabaja actualmente en la Agenda para la Prosperidad (2013-2018), que apuesta por diversificar el modelo económico para no depender únicamente de los recursos minerales y las tierras fértiles, así como invertir en capital humano para situar al país en primera línea del comercio internacional regional.

Es un proyecto ambicioso que, de llegar a buen puerto, daría paso a la Sierra Leona del siglo XXI. No obstante, las todavía frágiles instituciones la falta de tradición democrática son una seria amenaza para el país. Recientemente hemos asistido a un intento por parte del actual presidente de permanecer en el poder reformando la Constitución. En cualquier caso, la cohesión social y el fortalecimiento institucional se vuelven imprescindibles si consideramos que el desarrollo económico no es el único desafío que debe abordar Sierra Leona. De entre las epidemias y enfermedades que han asolado al país desde hace décadas, en 2013 un brote de ébola azotó el país con casi 15.000 enfermos, la mitad de los casos en toda la región. La ayuda internacional resultó fundamental en un contexto en el que la estabilidad social se tambaleó y fue necesaria una acción contundente y coordinada.

 Una esperanza de futuro

La historia reciente de Sierra Leona encuentra similitudes con otros conflictos de la región. El camino hacia la guerra comenzó a fraguarse en la propia independencia del país. Un territorio con todas las potencias objetivas necesarias para convertirse en una gran fuerza económica se adentró en una senda de rivalidad étnica y transfronteriza que terminó por estallar. El conflicto no se explica sin la intervención extranjera, ya fuera en apoyo de un bando u otro, y ello remarca el importante papel geopolítico que ocupa el país.

No son pocas las ocasiones en las que el posconflicto no termina de consolidar la paz y el país se ve abocado a una espiral de violencia recurrente. En esta ocasión, parece que se ha hecho justicia: los señores de la guerra fueron juzgados y la asunción de lo ocurrido, en vez de su ocultamiento, puede ayudar a que su sociedad se cohesione. Sin embargo, Sierra Leona aún tiene que plantearse qué modelo de país quiere. Si su potencialidad económica revirtiera en su propio desarrollo, el progreso del país sería imparable. No obstante, el riesgo de expolio sin beneficio para la sociedad local sigue existiendo y adoptando nuevas formas.

Como elemento añadido, el fantasma del ébola sigue reciente y amenaza con rebrotar. El país fue capaz de contener la amenaza con un alto coste y gracias a la ayuda internacional. La epidemia causó estragos al llevarse cantidad de vidas e hipotecar el futuro de gran parte de la población. Conviene considerar, no obstante, que cada amenaza puede convertirse en un punto de encuentro, en un aliciente para la cohesión nacional frente a un problema que atañe a todos. Sierra Leona se está jugando su futuro en varios frentes. Cómo responda será decisivo en el devenir del país.

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Madrid, 1994. Graduado en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid. Interesado en desarrollo, cooperación y resolución de conflictos, especialmente en África y América Latina.

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