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Asia central: ¿el próximo feudo del yihadismo mundial?

Manifestantes en Estambul transportan una enorme bandera del Movimiento Islámico del Turkestán Este (2009). Fuente: CFR

Cuando la guerra contra el Dáesh en Oriente Próximo termine, comenzará una persecución internacional para evitar que cree nichos de poder en otros puntos del planeta. Asia central podría ser una de las opciones del grupo, por lo que vale la pena analizar qué posibilidades hay de que esto ocurra, qué pueden hacer las potencias regionales e internacionales para evitarlo y qué consecuencias tendría para la seguridad en el continente asiático.

El cerco se estrecha sobre las ciudades de Mosul y Al Raqa, los últimos grandes bastiones de Dáesh en Oriente Próximo. El grupo, que consiguió conquistar un territorio de 78.000 km2 y diez millones de habitantes en cuestión de meses —para vergüenza de las tropas iraquíes y ante la atónita mirada de la comunidad internacional—, se ve ahora al borde del precipicio. Tal vez, como Ícaro, los yihadistas volaron demasiado alto y su soberbia consiguió algo que nadie más había logrado hasta la fecha: poner a todos los actores en su contra. Pero ¿es este su fin? ¿Se acabó para siempre el sueño del Califato Islámico para Abu Bakr al Bagdadi y sus fieles seguidores? Todo apunta a todo lo contrario, y lo cierto es que, mientras los yihadistas apuran sus últimas cargas de munición en las calles de Mosul, sus dirigentes tienen seleccionados ya nuevos escenarios para el combate y para asentar su tan ansiado Estado Islámico.

Roma no se construyó en un día, ni tampoco el califato, y los estrategas del grupo llevan desde su creación en 2014 tejiendo alianzas y extendiendo sus redes por todo el planeta. Pakistán y Afganistán, Filipinas e Indonesia, Bangladés, Nigeria, Somalia… todos estos territorios han visto bien cómo grupos yihadistas locales juraban lealtad al grupo, bien cómo una nueva célula islamista filial del Dáesh se establecía en su territorio. Entre todas las opciones disponibles, el corazón de Asia es sin duda una de las más atractivas, y el grupo podría ser el primero en encender una llama que hasta ahora no había conseguido alzarse muy alto en la región. Ello convertiría lo que hasta ahora eran bandidos obligados a ocultarse en las montañas afganas en una amenaza internacional.

Las temidas hordas de Asia

Los combatientes de Asia central no son nuevos en la lucha yihadista y junto a los caucásicos se han granjeado el respeto del resto de muyahidines; son aclamados como guerreros de élite dentro del movimiento y su protagonismo va en aumento. El último atentado en Estocolmo, perpetrado por un hombre de nacionalidad uzbeka, al igual que la masacre en una discoteca estambulí en una fiesta de Nochevieja y el atentado en el aeropuerto Atatürk de meses antes —donde también estuvieron implicados un kirguís y un ruso—, son solo algunas pruebas de ello. También llevan muchos años ocupando cargos dentro de la estructura de Al Qaeda.

También entre los altos mandos del Dáesh se encuentran centroasiáticos. Entre ellos podemos contar a Gulmurod Jalímov, comandante de las fuerzas especiales de Tayikistán y entrenado por EE. UU. Se unió al grupo en 2015 como comandante en jefe de la ciudad de Mosul y se le consideraba el “ministro de guerra del Dáesh. La experiencia y formación de muchos de estos soldados es tal que algunos incluso se han convertido en formadores de expertos yihadistas, con lo que privatizan la lucha santa.

Gulmurod Jalímov, después y antes de unirse al Dáesh. Fuente: International Business Times

También la remota provincia china de Sinkiang, hogar de los uigures, una minoría musulmana cada vez más contestataria frente a los abusos y prácticas de asimilación desarrolladas por Pekín, podría ser el nuevo nicho para el califato. De hecho, ya es hogar del Movimiento Islámico del Turkestán Este (ETIM por sus siglas en inglés), vinculado con Al Qaeda y al que Dáesh ha robado ya algunos militantes.

Se calcula —pues los respectivos Gobiernos se niegan a dar cifras oficiales— que entre 2.000 y 4.000 centroasiáticos entre kazajos, kirguises, uzbekos, tayikos, turkmenos y uigures pueden haberse unido al grupo para combatir en Siria, con los uzbekos como principales aportadores a la causa, muchos de ellos procedentes del valle de Fergana. El hecho de que este país fuera el hogar de nacimiento del Movimiento Islámico de Uzbekistán (IMU por sus siglas en inglés), con fuertes vínculos con los talibanes y asentado desde hace años en Afganistán, es clave para entender la preponderancia de este grupo poblacional. Por otra parte, las buenas relaciones que mantienen tanto Rusia como Turquía con las repúblicas centroasiáticas explica la enorme facilidad que tuvieron estos combatientes para viajar a Siria.

La primera oleada de guerrilleros de Asia central llegó en 2012, primero para formar sus propias unidades autónomas y luego para unirse a la Brigada Muhayirin —‘extranjeros’ o ‘inmigrantes’ en árabe—, integrada en el Frente Al Nusra junto al resto de rusohablantes. Posteriormente se fueron integrando en las filas del Dáesh. Todo ello puso en alerta a los Gobiernos europeos, que inmediatamente dirigieron su mirada al corazón del continente vecino, cuyos Gobiernos están pobremente preparados para hacer frente a una amenaza de este calibre. La extensión del yihadismo hacia Asia central significa, en definitiva, el nacimiento de un nuevo foco de inestabilidad en el continente en forma de base segura para yihadistas de todo el mundo, en frontera inmediata con Afganistán y con salida directa hacia Rusia —con cuya insurgencia islamista ya tienen vínculos los centroasiáticos— y China.

Combatientes de Asia central posan en Siria con una bandera del Frente Al Nusra al fondo. Fuente: The Line of Steel

Pobreza y cárcel, combustibles del islamismo

Como ocurre en el resto del mundo, las causas que llevan a estos individuos a unirse a la yihad son múltiples; sin embargo, sí que podemos enumerar una serie de factores importantes. En primer lugar, es notable que muchos de estos combatientes no fueron reclutados en sus países de origen, sino en Rusia y, en menor medida, Turquía, a donde emigran para la búsqueda de trabajo y donde soportan en muchas ocasiones condiciones de explotación y discriminación, lo que los lleva a caer en las redes de radicalización.

China también mantiene la provincia de Sinkiang altamente militarizada. Fuente: BBC

Por otra parte, las repúblicas centroasiáticas son, en mayor o menor medida y a pesar de que la mayor parte de su población es musulmana, intolerantes con la práctica del islam, algo heredado de la época soviética, y se caracterizan por ser Estados represivos y con pobres oportunidades económicas. Por todo ello, el valle de Fergana, una zona empobrecida, conservadora y víctima de atrocidades como la masacre de Andiján, dividida entre tres de estos Estados y enfrentada a la frontera afgana, donde confluyen las rutas de tráficos ilegales de toda la región y las redes terroristas tejidas durante los años de guerra en Afganistán, podría ser el lugar perfecto para el establecimiento del próximo califato, rodeado de los campos de algodón de Asia central y ajeno al control directo de ningún Estado fuerte. Además, las fronteras en la región son porosas, en ella abundan recursos como el algodón y el gas —lo que convierte el valle en una zona que vale la pena defender— y consta de una joven, numerosa y creciente población, lo que significa que es una excelente fuente de reclutas.

Densidad de población en el valle de Fergana. Fuente: Stratfor

La yihad contra los gigantes

A pesar de todo, lo cierto es que, al igual que grandes poderes han puesto todo su empeño en expulsar al Dáesh de Mesopotamia, si la mirada del grupo se posa en las estepas asiáticas, deberá combatir directamente contra los dos grandes titanes del continente, Rusia y China, cuyos intereses económicos, de seguridad e incluso su integridad territorial pasan directamente por Asia central.

En el caso del territorio chino de Sinkiang, como ocurrió en el Cáucaso con el movimiento checheno, si la insurgencia uigur se torna en un movimiento islamista violento, la posibilidad de negociación se reducirá notablemente, lo que hará escalar el grado de violencia del conflicto y transformará un movimiento más próximo a la defensa de los derechos humanos en una insurrección separatista.

Si nos centramos en Rusia, el interés del Kremlin en afianzar los vínculos con las repúblicas del corazón del continente es creciente, pues su inestabilidad es una amenaza directa a su seguridad e intereses. Además, más allá de la represión contra todo tipo de insurgencia islámica llevada a cabo por Rusia en el Cáucaso norte —con la política de tierra quemada como máxima—, el apoyo del Kremlin a los chiíes —más odiados si cabe que los fieles de religiones ajenas al islam— pone sin duda a Rusia como enemigo número uno que abatir.

Putin estrecha la mano al ya fallecido presidente de Uzbekistán Islam Karimov (2016). Fuente: The Jamestown Foundation

En resumen, ambos Estados verían surgir una nueva y peligrosa amenaza que no pueden de ninguna forma tolerar. Así pues, si Moscú y Pekín encuentran en el Dáesh un enemigo común, no dudarán en poner en marcha toda la fuerza de sus aparatos militares para combatirlo. Si lo unimos a que tanto China como Rusia gozan de unos estándares de respeto por los derechos humanos verdaderamente laxos, la respuesta violenta está asegurada.

Mientras tanto, los Estados de la zona ya se han puesto manos a la obra y han situado la lucha contra el yihadismo como una prioridad en sus agendas. No obstante, las respuestas a la amenaza no se han integrado en una estrategia común, lo que plantea serias dudas acerca de su viabilidad frente a un enemigo cuya principal característica es, precisamente, su capacidad para trascender —y su voluntad de romper— las fronteras de los Estados nación. Así, mientras que Kazajistán ha fomentado una mayor tolerancia de las minorías étnicas y religiosas, otros han optado por la represión —especialmente los tres que comparten el valle de Fergana, donde se ha localizado la mayor parte de la actividad terrorista—.

El poder blando como seguro de éxito

Los conflictos en los que el islamismo combatiente ha estado implicado han demostrado ser obras en dos actos: el primero, la guerra en sí misma, y el segundo, el protagonizado por los supervivientes, que han marchado a exportar lo aprendido a otros conflictos. Para comprobarlo no hay más que observar las conexiones existentes entre los muyahidines afganos con los bosnios, chechenos, argelinos o con los miembros de Al Qaeda en la década de los 90. Un peligro similar se plantea ahora entre los centroasiáticos, muchos de ellos sino- y rusohablantes, que combaten ahora en Siria e Irak y que servirán de embajadores al resto de nacionalidades. La diferencia de los actuales guerrilleros de la yihad radica en que su número es aún mayor y en que sus redes y métodos de reclutamiento, financiación, comunicaciones y transporte están mucho más evolucionadas tras más de 20 años de yihad mundial y de desarrollo de las tecnologías de la información.

Aunque Afganistán se postulaba como el heredero de las llanuras de Nínive para dar cobijo al Califato Islámico, lo cierto es que las propias dinámicas internas del conflicto y del islamismo afgano, dominados por los talibanes y su proyecto de tintes nacionalistas, no ofrecen muchas expectativas para el Dáesh. No obstante, este ha sido uno de los desencadenantes del desarrollo de grupos uzbekos en Siria, lo que les ha permitido crear redes internacionales. Esto, sumado al conocimiento adquirido en el pasado en Asia central y Afganistán, servirá sin duda de utilidad al Dáesh y puede suponer una excelente opción para no renunciar a su proyecto de la provincia de Jorasán. Además, los guerrilleros que han viajado a Siria no solo se han limitado a integrarse en grupos ya existentes, sino que han formado los suyos propios, lo que demuestra su capacidad de retorno y la longitud de las redes trazadas por todo el continente.

Un grupo de fieles en el momento de la oración, en la provincia de Sinkiang (China). Fuente: Get Religion

Por todo ello, está claro que la amenaza es suficientemente importante como para que el apoyo de los grandes actores internacionales esté asegurado. A pesar de todo, es también evidente la necesidad de un cambio en el tratamiento de los derechos humanos en la región, que deje de empujar a los centroasiáticos a los brazos del yihadismo y les permita recuperar la confianza en el Estado, algo que, combinado con un mayor pluralismo político e inversiones en infraestructuras y desarrollo en las regiones más pobres, como el mencionado valle de Fergana, servirá como sistema de contención del islamismo en la región. Un proceso de cambio que debería, sin duda, ser promocionado por las grandes potencias y que serviría para resolver esta amenaza de manera más sencilla y con una menor cifra de muertos.

Acerca de Daniel Rosselló 21 Articles
Daniel Rosselló. Palma de Mallorca, 1992. Graduado en Relaciones Internacionales por la UCM. Actualmente cursando el Máster de Estudios Árabes e Islámicos contemporáneos de la UAM. Interesado en temas de conflictos religiosos y territoriales, en migraciones y en movimientos sociales.

3 comentarios en Asia central: ¿el próximo feudo del yihadismo mundial?

  1. Una duda , en la zona de Xinjiang me suena que publicasteis ya un artículo donde poníais que habia un grupo terrorista , llamado MITO, es un grupo yihadista? Tiene conexión con DAESH o Al Qaeda?

    • El MITO (Movimiento Islámico del Turkestán Oriental o Movimiento Islámico del Turkestán Este) es el ETIM (por sus siglas en inglés) que se cita a principios de este artículo y que, efectivamente, tiene conexiones con Al-Qaeda.

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