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La revolución nepalí: maoísmo y guerra a los pies del Himalaya

Manifestación promaoísta en Katmandú (junio de 2012). Fuente: NBC News

Nepal fue el primer país del mundo en el que un movimiento comunista llegó al poder por las urnas. Analizamos la historia del movimiento maoísta nepalí con el propósito de identificar los elementos claves que lo hicieron posible, cuáles fueron sus faltas y qué ha significado para el país asiático ¿Será al otro lado de la cordillera del Himalaya donde triunfen finalmente las ideas de Mao?

Nepal es uno de esos pequeños Estados que pasa desapercibido políticamente en el escenario internacional. Lo poco que sabemos del país surasiático procede de las fotografías de las nevadas cumbres del Himalaya, la magnificencia de sus estupas budistas y, en el peor de los casos, las catástrofes derivadas de terremotos, aludes e inclemencias climáticas. Sus gentes aparecen durante unos segundos en las pantallas de nuestros televisores para desaparecer tras los sucesos de países más relevantes. Sin embargo, tras la imaginaria calma de elefantes y leopardos de las nieves se escondió un crudo conflicto bélico que se cobró en una década, según cálculos diversos, entre 13.000 y 17.000 vidas, desplazó a otras 100.000 y derrocó a una monarquía de más de 240 años. Asimismo, fue escenario de un evento aún más llamativo: la llegada al Gobierno nacional de un partido maoísta, el primero en conseguirlo por las urnas en toda la Historia.

La nación del Himalaya

Nepal es la nación más antigua del sur de Asia, producto de la campaña de conquistas de la dinastía de los Shah en la segunda mitad del siglo XVIII. Procedentes de las regiones altas del territorio, su expansión solo se detuvo al norte por el poderío chino y al sur por el Imperio británico, lo que daría lugar a los límites del Nepal actual. En su seno quedarían acogidas multitud de identidades diversas, algunas con más conexión con las planicies indias del sur que con la nación recién nacida al pie de las montañas.

Los nuevos gobernantes impondrían un régimen semejante al feudalismo destinado al control de la producción agrícola —ocupación de la mayor parte de la población—, en manos de una élite de realeza, militares, clérigos hinduistas y mercaderes. En este proceso se impondría además un estricto sistema de ordenación social en el que los grupos fuera del sistema hinduista de castas quedarían relegados a los eslabones más bajos. Además, el nepalí se fijó como lengua única, con la marginación e incluso la prohibición de las demás. Se iniciaba así una larga historia de autocracia que la dinastía de los Ranas proseguiría a partir del siglo XIX.

Con más de un 70% de la población viviendo de la agricultura y más de tres cuartos de población rural, el contexto era el ideal para que las ideas de Mao Zedong sobre la guerra popular y la vanguardia campesina arraigaran con fuerza, lo que daría a luz a uno de los movimientos revolucionarios más exitosos de la región, que terminaría recluyendo al Gobierno de Nepal dentro de la capital, Katmandú, tras haber empezado como una pequeña revuelta en las zonas montañosas del oeste del país. Tras la puesta del sol, el país entero caía bajo su control y un anuncio de una huelga por la organización bastaba para paralizar a sus más de un millón de habitantes. No obstante, para entender las raíces de este movimiento debemos remontarnos a sus orígenes.

Los orígenes del maoísmo nepalí

El maoísmo nepalí se entrelaza en sus orígenes con la oposición a una monarquía de más de dos siglos y al férreo sistema de clases impuesto por ella. También se alimentó de unas profundas y marcadas desigualdades económicas y de los conflictos étnicos que convirtieron en antagonistas a los pobladores de las llanuras —el Terai— con los de las zonas altas del país. Sería además la primera gran insurgencia contra los poderes oligárquicos en toda la Historia del país y la primera en situar la cuestión étnica en el centro de la política.

A principios del siglo XX, las poblaciones del sur nepalí se verían fuertemente influenciadas por el movimiento independentista de la India, y algunos grupos incluso operarían en territorio indio para intentar derrocar a los Ranas. Serían concretamente los gurjas, los nepalíes integrados dentro del Ejército británico como cuerpo de élite, los que más se empaparon de los ideales revolucionarios, así como las comunidades nepalíes del ámbito universitario. Aunque de estas semillas surgirían diversos grupos dispuestos a derrocar a la dinastía de los Ranas y a sustituirla por un régimen constitucional, la brutal represión terminaba siempre con los intentos de insurrección. Además, los movimientos —en parte por falta de medios, en parte por la política aislacionista de los Ranas— jamás consiguieron hacer sus ideas virales.

Así pues, el movimiento comunista como tal no aparecería en Nepal hasta 1947, en una huelga de los trabajadores de una procesadora de yute en Biratnagar. El líder de la protesta, Man Mohan Adhikari, formaba parte del Partido Comunista de la India (PCI). A su vez, Pushpa Lal Shrestha, miembro del Parlamento nepalí por aquel entonces, abandonaba la política institucional convencido de la necesidad de iniciar un movimiento comunista en el país, y fue el que tradujo el Manifiesto Comunista al nepalí en 1949. Ese mismo año Adhikari y Shrestha fundarían junto a otro pequeño grupo de hombres el Partido Comunista de Nepal (PCN). Su principio fundacional no podía ser más caro: “Libertades civiles para todas las clases”, y desde los inicios la lucha armada formaría parte de sus principios básicos.

Una bandera comunista ondea durante una manifestación promaoísta en Katmandú (junio de 2012). Fuente: NBC News

La fundación del partido coincidió con un momento clave para la Historia de Nepal: el levantamiento popular contra la oligarquía de los Ranas en 1950. En él confluyeron todos los movimientos que rechazaban la dinastía de los Ranas, que se habían ido configurando en territorio indio durante las décadas previas, articulados en un movimiento masivo de desobediencia civil desde la huelga de 1947.

Aunque las Ranas fueron expulsados y se promulgó una nueva Constitución, que estableció un sistema de monarquía parlamentaria dirigida por el rey Tribhuvan, el PCN consideraba que su labor revolucionaria no terminaba ahí. En su primer congreso estableció el principio de la movilización de masas permanente para terminar con las tareas que la revolución había dejado pendientes, principalmente el mantenimiento del sistema feudal, dominado por las élites de Katmandú.

En 1960 el rey Mahendra, aprovechándose de sus poderes especiales, disolvió las Cortes e impuso un sistema de democracia guiada y el sistema de jerarquización social del panchayat. A partir de entonces, las actividades políticas de todo tipo pasarían a la clandestinidad, en cuyas sombras se forjaría el movimiento comunista. Los partidos políticos fueron totalmente prohibidos y en 1962 vio la luz una nueva Constitución que establecía Nepal como un Estado hinduista. En este contexto comenzarían las primeras escisiones y divisiones internas dentro del movimiento comunista entre aquellos más moderados, apoyados desde Moscú, y los prochinos, que se negaban a aceptar los movimientos del monarca al considerar que el sistema resultante no hacía sino mantener un régimen militar. Como ocurría en todos los puntos el planeta, la Guerra Fría y la ruptura sino-soviética repercutían en el desarrollo político de Nepal. Durante la siguiente década, los principales cuadros del partido permanecerían exiliados en India o encarcelados, sin poder articular actividades políticas de verdaderas repercusiones al estar internamente divididos.

Un guerrillero maoísta saluda durante una concentración. Fuente: Libcom.org

El siguiente punto de inflexión llegó con un nuevo movimiento revolucionario: el levantamiento de Jhapa en 1971. Motivados por la creación del PCI pocos años antes y por el alzamiento de los naxalitas en el vecino estado indio de Bengala occidental, un grupo de activistas lanzaría una guerra de clases contra los señores feudales de esta provincia remota del extremo oriental del país. La insurgencia fue brutalmente reprimida, pero dio lugar a la organización comunista más grande del país, el PCN (Marxista-Leninista Unificado), en cuyo seno nació en 1978 el PCN (Marxista-Leninista) —PCN(ML). El partido fomentaría la integración de todos los pequeños grupos revolucionarios y para 1990 contaba ya con delegaciones en 50 distritos, lo que la convertía en la organización comunista más grande del país.

Los maoístas consiguieron movilizar a los sectores más pobres del país hasta tomarlo casi por completo. Fuente: medianp.com

A finales de los 70 y a lo largo de los 80, las manifestaciones y protestas en contra del panchayat se sucedían y los comunistas no se quedaron atrás: pasaron al uso de atentados con bomba en diferentes ciudades. En 1990 el PCN(ML) conseguiría unificar a todos los grupos comunistas del país en el Frente Unido de Izquierda, que se uniría al Partido del Congreso para intentar poner fin al panchayat y establecer un sistema pluripartidista. La organización resultante, el Movimiento Nacional Popular, conseguiría poner fin al sistema panchayat en abril de 1990. Se impuso entonces una nueva Constitución basada en los principios de la democracia liberal.

Aunque lo consideraban incompleto, pues el nuevo orden seguía favoreciendo a una pequeña parte de la sociedad nepalí —las castas urbanizadas de las zonas altas— con sus políticas de corte neoliberal, los maoístas fueron obligados a aceptar el proceso de reformas. Finalmente, durante las elecciones legislativas de 1994, las facciones radicales del grupo se hicieron fuertes y en 1995 fundaron el PCN (Maoísta).

Desde su fundación como partido, los maoístas iniciaron una ofensiva contra el Gobierno y las oligarquías atacando a funcionarios del Gobierno y terratenientes. No obstante, sus actividades estaban más centradas en el ámbito ideológico que en el militar. La severa respuesta del Gobierno, que mandó desde Katmandú hasta 1.500 policías y realizó cientos de detenciones arbitrarias y torturas, hizo escalar la violencia hasta que los maoístas lanzaron la guerra popular apelando al “derecho a la rebelión”. El secularismo, el republicanismo y la cuestión de los derechos de las minorías se convirtieron en el centro de su discurso, así como la autonomía de las diferentes etnias, con las reivindicaciones puramente económicas relegadas a un segundo plano. Con ello, la casta y la etnia se convirtieron en los principales ejes de movilización del maoísmo nepalí.

La llama de la revolución prende en las llanuras

Más allá de las desigualdades determinadas por la jerarquía social, la discriminación que los maoístas pusieron en el centro de sus reivindicaciones era de carácter territorial. Además de imponer el liderazgo de las etnias hinduistas de las zonas altas —un territorio en el que conviven más de cien grupos—, los oligarcas nepalíes habían favorecido durante años un sistema económico extremadamente centralizado en la capital y que negaba a las empobrecidas zonas rurales de la periferia la oportunidad de acceder a los recursos del Estado o a las ayudas internacionales, algo que ha condenado a Nepal a permanecer a la cola en el índice de desarrollo humano. Los maoístas fueron los primeros en denunciar esta situación y abogar por una reforma agraria radical que restableciera una propiedad equitativa de la tierra; asimismo, reivindicaron autonomía política para las provincias y derechos igualitarios para sus habitantes y lucharon por su representación equitativa en las instituciones. Así, el movimiento se convirtió en portavoz de la gran masa de desposeídos del país.

La división religiosa en Nepal. Fuente: Al Jazeera

Sería precisamente desde estas regiones desde las que el 13 de febrero de 1996 los maoístas iniciaron su ofensiva rebelde y tomaron por sorpresa a todo el país. El levantamiento fue dirigido por una facción escindida del PCN en 1994, a la cabeza de la cual se situaba Pushpa Kamal Dahal, más conocido por su alias: camarada Prachanda, el Feroz. Durante muchos años, Katmandú ignoraría el reto de los maoístas considerándolos un anacronismo guerrillero y, simple y llanamente, terroristas. Sin embargo, mientras los diferentes partidos y facciones políticas se entretenían en sus guerras intestinas por el control de la política nepalí, los rebeldes iban ganando progresivamente apoyo y control fáctico de las extensas zonas rurales nepalíes y atrayendo hacia su causa a las numerosas masas empobrecidas. La guerra civil y la llegada de la precaria democracia abrieron simultáneamente los primeros espacios de participación política para estas poblaciones, que se unirían a la lucha para ganar oportunidades de representación en las instituciones como garantía de defender sus derechos y con la esperanza de acabar con la pobreza económica. Los maoístas consiguieron así poner en jaque a un ejército excelentemente armado por la India y EE. UU —en su mayor parte, con las propias armas que les habían arrebatado— hasta controlar el 80% del país.

Mientras el conflicto se alargaba y los maoístas iban conquistando poco a poco el país, hasta doce Gobiernos distintos se sucedieron, ninguno de ellos capaz de manejar la compleja situación del país ni llegar a acuerdos suficientemente sólidos con el resto de las fuerzas políticas. En este contexto, en 2001 el príncipe Dipendra, ya en el trono, asesinaría a casi toda su familia antes de quitarse la vida. Su hermano Gyanendra sería el sucesor y, poco después de llegar al poder, puso fin al corto experimento democrático nepalí reinstaurando la monarquía absoluta con ayuda de los militares y aislando al país del resto del mundo.

El golpe de Estado supuso un giro de 180 grados en la política nepalí: los partidos políticos, al ser ilegalizados, se aliaron con los maoístas contra el poder dictatorial del monarca. Así, a la lucha armada de los guerrilleros se uniría de repente un poderoso movimiento popular que llenaría las calles de Katmandú clamando por la reinstauración de la democracia parlamentaria. En abril de 2006 el rey se vio obligado a ceder ante la presión social y en noviembre las fuerzas maoístas y las parlamentarias llegaron a un acuerdo de paz que puso fin a la guerra.

A partir de entonces, un Gobierno interino —en el que también estaban integrados los excombatientes— comenzó a trabajar para la celebración de unas elecciones destinadas a formar un Parlamento constituyente. En 2008 la primera asamblea constituyente democráticamente elegida de la Historia de Nepal quedó establecida y en ella los maoístas, pocos años antes considerados una organización terrorista, se alzaron con la mayoría.

La revolución inconclusa

A pesar de todo, la llegada de los revolucionarios a las estructuras de poder no fue ningún camino de rosas. Es cierto que se lograrían grandes victorias, como la reintegración de los excombatientes en la sociedad y el desarme del grupo. Sin embargo, dos cuestiones siguieron, hasta nuestros días, dividiendo a las fuerzas políticas y a la sociedad: la reestructuración territorial del Estado y la forma de gobierno que adoptar.

Composición étnica de Nepal. Fuente: Al Jazeera

El proceso constituyente se prolongó durante cinco años —tres más de lo estipulado— y no produjo los resultados esperados. Los madhesis y los tharus, principales representantes de los habitantes de las llanuras del sur nepalí —donde se concentra hasta un tercio de la población del país, de los cuales el 40% carece de ciudadanía— seguían sin ser tenidos en cuenta. Cuando se celebraron las elecciones generales tras la redacción constitucional, en 2013, los maoístas se llevaron el duro golpe del voto de castigo, relegados al tercer puesto. Inmediatamente, el partido protestó levantando acusaciones de fraude y amenazando con boicotear todo el proceso electoral. La inestabilidad volvía al país y ponía en peligro el arduo y delicado proceso democrático.

En 2015 se redactó una nueva Constitución y de nuevo las movilizaciones estallaron en el sur. Los excluidos seguían excluidos y Katmandú seguía ignorando las reivindicaciones procedentes de las provincias del sur, deseosas de autonomía y una representación política proporcional a su peso poblacional. Aún hoy, las movilizaciones persisten.

Aunque en constante mejora, los principales conflictos del país siguen sin resolverse, con el sistema de castas fuertemente intrincado en la estructura social, grupos como las mujeres, los intocables y los musulmanes tremendamente excluidos y persistentes desigualdades. Nepal sigue siendo uno de los países más pobres de la región, con una esperanza de vida que no supera los 70 años y una tasa de alfabetización que no llega al 60%. Por todo ello, si bien no hay grandes probabilidades de que un conflicto a gran escala estalle pronto, el país aún precisa verdaderas reformas de tipo territorial y social, contra la corrupción y en pro de la gobernabilidad y los derechos humanos, reformas que hagan que los sueños de revolución que tantas vidas se llevaron puedan por fin cumplirse.

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Acerca de Daniel Rosselló 21 Articles

Daniel Rosselló. Palma de Mallorca, 1992. Graduado en Relaciones Internacionales por la UCM. Actualmente cursando el Máster de Estudios Árabes e Islámicos contemporáneos de la UAM. Interesado en temas de conflictos religiosos y territoriales, en migraciones y en movimientos sociales.

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