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La diplomacia de las seis cuerdas: rock contra la URSS

Fuente: Haiku Deck

La confrontación entre el bloque capitalista y el comunista también se dio en el plano musical. Entre los años sesenta y ochenta, el rock sirvió como una poderosa herramienta para permear la cultura soviética, un factor fundamental en la ola de reclamaciones políticas que propiciaron el fin del bloque oriental.

Aquel 25 de marzo de 2016, con la noche ya cerrada sobre La Habana, los acordes de Jumpin’ Jack Flash empezaron a atronar en la Ciudad Deportiva de la capital cubana. Los Rolling Stones salían al escenario en un momento histórico para el país caribeño ante cientos de miles de personas que presenciaban aquel concierto. En su carrera de más de medio siglo, era la primera vez que la banda británica recalaba en Cuba. Reducir aquella visita a una simple actuación musical es quedarse corto en el diagnóstico, ya que Sus Satánicas Majestades, como otros muchos grupos o artistas, han sido fundamentales en la diplomacia pública de distintos Estados en las últimas décadas. Acoger un concierto de estos primeros espadas del rock significó durante muchos años —y todavía hoy ejerce una poderosa influencia— colocar un país, e incluso un régimen, dentro o fuera de la escena internacional.

Bien es cierto que este tipo de situaciones cada vez son menos habituales, aunque no es extraño presenciar de vez en cuando vetos estatales a determinados artistas por algunas declaraciones o boicots de músicos a algunos territorios por políticas o afirmaciones que consideran reprobables. Sin embargo, el caso de Cuba tiene cierto halo de romanticismo. En pleno 2016, Estados Unidos y la isla caribeña intentaban descongelar una situación más antigua que la existencia de los propios Stones. Quién sabe si ante la fragilidad de semejante maniobra en la esfera política hayan preferido solucionarlo a guitarrazos. A problemas de la Guerra Fría, soluciones de la Guerra Fría.

Para ampliar: “¿Quién ha pagado el concierto de los Stones en La Habana?”, Mando Cruz en El Conflidencial, 2016

Durante los últimos tres decenios de vida de la Unión Soviética, tanto el gigante comunista como los países de la Europa oriental se vieron expuestos a una ofensiva cultural constante a través del rock —complementado también con otros estilos musicales— procedente de Estados Unidos y sus aliados europeos. El lento goteo que podía suponer permear la cultura y la estructura soviética era vital en aquella confrontación que también se daba —y de qué manera— en el plano ideológico y cultural. Es evidente que ningún país del bloque oriental cayó por culpa de los Beatles, los Rolling Stones, Pink Floyd o Bruce Springsteen. Sin embargo, sí fueron actores decisivos a la hora de establecer nexos entre aquellos dos mundos. Actuaron como cartas de presentación para intentar romper la idea del decadente y peligroso mundo capitalista con el que se insistía desde Moscú y sus aliados —mensaje prácticamente idéntico al empleado para definir al bloque comunista en el oeste— y a la postre fueron una poderosa herramienta de seducción y, sobre todo, de abrir nuevas perspectivas culturales y políticas.

¿Alguna vez se fueron los Beatles de la URSS?

A finales de 1968 salía publicado un nuevo sencillo de la banda de Liverpool con una curiosa canción en una de sus caras: Back in the USSR (‘De vuelta en la URSS’). A pesar de los enfados de una parte del conservadurismo europeo y especialmente estadounidense, aquel tema compuesto por John Lennon y Paul McCartney no tenía mayor misterio que una alabanza a la belleza de las mujeres del lugar. Bien es cierto que en los lugares de los que hablaban —Georgia o Ucrania, además de la propia Rusia— no tuvo, oficialmente, impacto: los discos de los Fab Four no eran publicados allí y sus canciones no se retransmitían. Ahora bien, para la juventud soviética la banda británica no era ni mucho menos desconocida.

En aquellos años, nadie en el bloque capitalista dudaba del poderoso terremoto cultural y social que había supuesto la irrupción del rock and roll. Décadas atrás, géneros como el blues, el jazz o el rhythm and blues (R&B) se habían convertido en partes fundamentales de la identidad de la comunidad negra, y aquel nuevo retoño venía a sacar de la marginalidad musical a un género dirigido especialmente a una juventud que culturalmente había saltado un abismo respecto a la generación anterior.

Como era de esperar, semejante quiebro en la normalidad cultural, social y política de la época fue visto por muchos sectores como una amenaza, una desviación de los valores tradicionales. No es de extrañar, por tanto, que los sectores conservadores de la sociedad persiguiesen a aquel endiablado rocanrol que tanto corrompía a sus hijos.

Rechazar las tentaciones del capitalismo y del enemigo occidental era una máxima en la construcción del socialismo. Sin embargo, con el rock la propaganda no surtió efecto. Fuente: Culture Trip

Sin embargo, desde las estructuras políticas se tomó buena nota de la convulsión social que había generado esta explosión cultural, y, en vista de que era imposible su control, qué mejor que canalizar en la medida de lo posible las letras y las pasiones rockeras hacia donde fuese conveniente. El bloque oriental sería uno de esos lugares. En el plano internacional, las cartas estaban encima de la mesa; el tira y afloja de la disuasión y la distensión. A nivel interno, era evidente que en aquel segundo mundo había disensiones y la adscripción total con los regímenes no existía. Sectores de la población, especialmente durante los sesenta, reclamaban ya cierto aperturismo en la censura existente. Buena parte de los libros, la música o el cine occidental estaban prohibidos salvo autorización —dada con cuentagotas— estatal. La generación joven, aquella que había nacido después de la guerra, no se sentía tan identificada con los valores que se les transmitían desde las instituciones; nada que no ocurriese ya en el lado oeste del Telón de Acero.

Aunque el cuarteto de Liverpool no fue la primera música occidental —de la época— en causar cierto impacto en el bloque comunista, sí fue el momento en el que se generó la primera ola de consumo musical de contrabando a gran escala. La Unión Soviética nunca distribuyó su música, y, sin embargo, pocos jóvenes soviéticos habían quedado al margen de conocer quiénes eran John Lennon, Paul McCartney, Ringo Starr y George Harrison. Dentro del relativamente bien conseguido nivel de hermetismo del bloque oriental, los escasos puntos que conectaban con el exterior eran, lógicamente, los canales por los que la influencia occidental fluía a chorros. Puertos como el de Leningrado o la ciudad de Berlín eran los lugares por los que entraba aquella perniciosa música occidental. Sus responsables, normalmente, eran marineros extranjeros —del Báltico—, las tripulaciones de la aerolínea estatal Aeroflot o los diplomáticos y agentes soviéticos que andaban transitando entre un lado y otro del Telón.

La música importada, además de ser un bien codiciado entre aquella privilegiada élite que tenía contacto con el exterior de la URSS, era el punto de partida para la difusión del rock occidental. Sin conocer con exactitud cómo se origina, lo cierto es que en los cincuenta comenzó a popularizarse grabar sobre placas de rayos X los sencillos musicales, una canción por cara. Luego, en el tocadiscos de casa, la juventud soviética escuchaba los últimos éxitos musicales en un protovinilo con un costillar, un cráneo o una fractura impresos. Aquel nivel de picaresca era imposible de detener. Las láminas se podían esconder fácilmente y una radiografía, en líneas generales, no era un soporte difícil de conseguir. La única contrapartida era que el material se desgastaba con rapidez, por lo que las grabaciones no sobrevivían a muchas reproducciones.

Cualquier radiografía era buena para sacar un disco. Estos vinilos se recortaban a mano, mientras que el agujero central solía hacerse con un cigarro encendido. Fuente: lavozdelmuro

Ya en los setenta, con la proliferación de las cintas de casete, la difusión de esta música se disparó. No había más necesidad de conseguir radiografías y esconderlas de las autoridades: con comprar una cinta de cualquier tema autorizado —discursos de Lenin, por ejemplo— y regrabar encima era suficiente. Si con la música a través de radiografías la difusión ya había alcanzado un nivel notable de descontrol, con las cintas directamente se vieron sobrepasados. Sin embargo, el mayor problema soviético no eran las placas o los casetes, sino que de manera clara estaban perdiendo la batalla cultural con el bloque occidental. Los soviéticos tenían sus armas en este campo, como el deporte, pero en el terreno musical se estaban revelando totalmente inermes, un factor que años después sería fundamental en los cambios políticos que propiciaron la caída del bloque.

De hecho, la indecisión entre confrontar totalmente el problema o normalizar aquella situación generó extrañas respuestas. Así, las autoridades soviéticas idearon poner en circulación cintas falsas en las que después de un breve momento musical se exhortaba al oyente a abandonar sus aficiones occidentales, pero también sovietizar los éxitos extranjeros cantándolos en ruso y con la estética de los setenta, de tonos pastel. Hoy dan lugar a imágenes algo cómicas, lo cual deja entrever el limitado impacto que tuvo este intento de contención de la influencia occidental.

Este Let it be emitido en la televisión soviética en 1970 da buena muestra de cómo entendían las autoridades del país la cultura extranjera. En algunos discos se llegaba a nombrar grandes éxitos occidentales como “canción popular”.

No obstante, más que un conflicto ideológico entre potencias, el problema que trataba de combatir la URSS era interno y se trataba de un conflicto generacional. La gerontocracia soviética no quiso saber nada de la nueva música, como tampoco entendió su poder por la casi obsesión durante muchos años en supeditar cualquier expresión o fenómeno cultural a las directrices del partido. Sin embargo, las juventudes del Partido Comunista eran absolutamente favorables a la difusión del rock occidental e incluso se puede decir que fueron sus mayores promotores a través de discotecas —legales— en las que se pinchaban los éxitos musicales del momento.

Cuando el Hombre de Negro cruzó el Telón

En aquel segundo mundo fue habitual que, a medida que pasaban los años de la Guerra Fría, el control sobre los cantantes extranjeros que podían actuar en suelo comunista fuese relajándose. Eso sí, hubo grupos que hasta el colapso último del bloque permanecieron vetados, ya fuese por tener símbolos que recordaban a las Schutzstaffel nazis —las conocidas SS—, como AC/DC o Kiss, o por tener letras que incitaban sexualmente a los oyentes, caso de Tina Turner. Siempre queda la duda de hasta qué punto estas restricciones venían dadas por una firme creencia en que estos cantantes y bandas realmente representaban los valores y actitudes por los que eran prohibidos o eran meras excusas para mantener alejadas todo lo posible sus canciones de los ciudadanos del bloque oriental.

Una circular interna —traducida al inglés— del Partido Comunista con los grupos prohibidos en 1985 y el motivo. Fuente: Bandalismo

Quien no tuvo demasiados problemas para recalar al otro lado del Telón fue Johnny Cash, por aquel entonces ya una leyenda de las seis cuerdas. Llegó a Praga en abril de 1978 para tocar ante una audiencia que, se suponía, no tenía demasiada idea de quién era el Hombre de Negro. Paradójicamente, la Policía checoslovaca hizo un masivo acto de presencia en aquel Sportovní hala ante la posibilidad de que el público se entregase en exceso a los encantos musicales del arkansés. No era habitual que músicos de la talla de Cash se dejasen caer por Checoslovaquia; ni que decir tiene que estos conciertos también eran una prueba para medir hasta qué punto la situación social se podía descontrolar ante la aparición de una estrella occidental. De hecho, desde que los Beach Boys tocasen en la misma capital en 1969, ninguna banda o grupo de perfil similar había aparecido por allí.

Para ampliar: “Johnny Cash en Praga: más que un concierto”, podcast en Radio 3

Johnny Cash liberó toda la artillería musical que llevaba consigo. Sus letras no eran excesivamente políticas, o al menos no en una línea que las autoridades checas considerasen perjudicial. Así, la leyenda del country rock dispuso como quiso: quince canciones que incluían sus éxitos del momento, empezando por un doblete de Ring of Fire y el Folsom Prison Blues, que sería complementado más adelante por I Walk the Line o Hey Porter. No hace falta decir que Cash se ganó al público desde el primer minuto, con un concierto que hasta el propio embajador estadounidense en Checoslovaquia reconocería como más fructífero para las relaciones entre ambos países que cualquier acción diplomática. El poder blando, esta vez musical, volvía a imponerse.

Así dio comienzo el concierto de Cash en Praga. La propia televisión checoslovaca estuvo retransmitiendo aquel momento. Lo único que faltó fue el habitual “Hello, I’m Johnny Cash” que utilizaba para saludar.

No obstante, el Hombre de Negro había conseguido abrir una brecha en la percepción cultural del bloque oriental respecto de la música occidental. Era, además, una brecha peligrosa, ya que exponía a los Gobiernos orientales a un profundo dilema. Por un lado, que se naturalizasen estas apariciones equivalía a hacer ver que, si los ciudadanos del este eran tan devotos de la música rock como los del oeste, prohibir el acceso a sus gustos musicales era enormemente contraproducente para fomentar la adhesión al régimen político y al socialismo en general. Sin embargo, abrir más la mano en cuanto a conciertos de grupos extranjeros chocaba de bruces con el mensaje de la superioridad moral y cultural del bloque soviético frente a la decadencia occidental. Tampoco era sensato, por tanto, permitir que grupos del estilo de Pink Floyd —prohibidos en la Unión Soviética desde que lanzasen su famoso The Wall en 1979— actuasen en los escenarios de Praga, Varsovia, Bucarest o Moscú.

Con el tiempo, más y más grupos fueron apareciendo poco a poco en estadios y parques de los países del este y, éxito tras éxito, la Unión Soviética y sus Estados satélites se volvían más amables con la música occidental. Llegados los ochenta, ya habían sobrepasado el punto de no retorno, y el aperturismo político que se produjo en aquella década no hizo sino amplificar el poder de la música como espacio político y altavoz privilegiado para expresar mensajes que hasta hacía pocos años eran prácticamente impensables.

Para ampliar: “El fin de la URSS y ‘el fin de la historia’”, Adrián Albiac en El Orden Mundial, 2016

Bruce Springsteen en la RDA

La perestroika de Gorbachov supuso un antes y un después para el bloque oriental. En cierto sentido, permitió una válvula de escape a las considerables tensiones sociales —especialmente en cuanto a reclamaciones políticas— que se estaban produciendo en los países de la órbita soviética, pero ese aperturismo también dio pie a que estas demandas fuesen cada vez más visibles.

En aquellos días, algo caldeados, de julio de 1988 apareció por el Berlín oriental Bruce Springsteen. Era una parada más en su gira The Tunnel of Love Express Tour. Venía de un concierto en Múnich y todavía le quedaba otro en el Berlín occidental, y por medio recaló en la República Democrática Alemana (RDA) para un supuesto concierto benéfico en favor de Nicaragua, una excusa organizada por las Juventudes Libres Alemanas tanto para atraer a The Boss como para autorizar el festival de cara a las autoridades del país. En definitiva, otro de tantos ardides de los jóvenes de la época para poder escuchar rock de una estrella norteamericana de manera legal.

Por el velódromo de Weibensee Renilbahn ya habían pasado ilustres como Bob Dylan, Depeche Mode, James Brown, ZZ Top y Joe Cocker, que habían llegado a reunir sus 100.000 asistentes en alguna ocasión; otra muestra más del nivel de penetración de la música del oeste. Sin embargo, el de Nueva Jersey consiguió congregar en un principio a 160.000 personas, cifra que se amplió como consecuencia de la masiva falsificación de entradas y que aumentó todavía más cuando, ante la marabunta de berlineses que se agolpaban, las autoridades decidieran abrir las puertas y permitir la entrada libre. En total se calcula que al menos 200.000 personas, incluso 300.000, estaban allí aquel 19 de julio.

La RDA había presentado a Springsteen como “un héroe de la clase trabajadora”, cuyas letras “atacan la miseria social y la injusticia de su país natal”. Aunque todo esto era absolutamente cierto, esta leyenda del rock nunca fue demasiado afín a la utilización propagandística de su persona, algo que ya había sufrido cuatro años atrás durante la campaña de Ronald Reagan. Así, empezó el recital con su conocido Badlands y se alargó el concierto durante más de tres horas. Sin embargo, a la mitad, tuvo un momento para dedicar unas palabras. En un imperfecto alemán, el Boss alcanzó a decir: “Es un placer estar en Berlín Este. Quiero deciros que no estoy aquí ni a favor ni en contra de ningún Gobierno. He venido aquí para tocar rock and roll para los berlineses del este con la esperanza de que algún día todas las barreras sean derribadas”.

Para ampliar: “Bruce Springsteen, al otro lado del muro”, crónica de J. Pérez de Albéniz en El País, 1988

La televisión germana, que emitía el concierto, censuró este momento. No pudo ser censurado para el probable cuarto de millón de personas que lo habían escuchado en directo. Springsteen no había pronunciado la palabra muro —no se sabe con certeza si se le prohibió o se pactó no referirse explícitamente al mismo—, pero todo el mundo allí presente sabía de qué hablaba. Acto seguido a su discurso, comenzó a tocar Chimes of Freedom, de Bob Dylan. El velódromo enloqueció. Y, por si fuera poco, cerró su concierto con Born in the USA, una canción que, si bien es enormemente crítica con su país, era un símbolo inigualable para aquellos que reclamaban mayores libertades políticas en el bloque oriental. Y se estaba cantando allí, en Berlín Este, en la RDA, a diez kilómetros del Muro de Berlín.

El pequeño discurso de Springsteen, seguido del Chimes of Freedom

Ante este panorama, una cosa parecía clara: el bloque comunista había perdido la Guerra Fría cultural. Especialmente entre la juventud, aspirar a los valores del mundo occidental capitalista se había impuesto claramente frente a la aspiración de los valores que representaban los países socialistas soviéticos; ante esta situación, el futuro político estaba absolutamente hipotecado para dichas repúblicas.

Las palabras de Springsteen se hicieron premonitorias: dieciséis meses después de su proclama en Berlín, eran los propios berlineses —muchos probablemente asistentes a aquel concierto— quienes pasaban al lado occidental para aquella misma noche comenzar a derribar el muro. No había sido el Boss quien provocó todo aquello; el goteo de artistas y grupos occidentales había ido erosionando lenta pero firmemente aquel sistema a lo largo de los años. El rock también hizo caer la URSS.

Acerca de Fernando Arancón 76 Articles

Nacido en Madrid, en 1992. Graduado en Relaciones Internacionales en la UCM. Máster en Inteligencia Económica en la UAM. Analista de Inteligencia. Especialista en geopolítica y entornos estratégicos. Twitter: @Feraru92

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