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Asia-Pacífico en 2017: el dragón, el islam y la ley del plomo

Los entrenamientos del Ejército chino son de los más duros del mundo. Fuente: Kotaku

Las aguas del Pacífico y el Índico vinculan de manera directa mundos muy dispares: EE. UU. con China, la India con Australia, Japón con el golfo Pérsico. La región se sitúa en los puestos superiores en la carrera mundial por el desarrollo económico y todas las grandes potencias ya se han puesto manos a la obra por asegurarse una parte del botín. Todo ello hará que la zona sea escenario de grandes conflictos internacionales, pero también el nuevo centro de gravedad de la economía mundial de este siglo. Asimismo, todos los grandes cambios en el escenario global, desde el auge de los populismos hasta la crisis del mundo islámico, se vivirán de primera mano aquí. Nos adentramos en esta interesante región y analizamos los principales elementos y contextos que la definirán en 2017.

Las aguas del Pacífico amanecieron turbulentas el día 1 de enero de 2017 y las tempestades que se acercan por el horizonte prometen fuertes vendavales. Desde Filipinas hasta el valle de Cachemira, el sudeste asiático ha visto aumentar las tensiones sociales y los conflictos regionales a lo largo y ancho de sus archipiélagos, lo que ha amenazado los logros en materia de derechos humanos alcanzados tras décadas de lucha por parte de los actores políticos y sociales y multiplicado los ataques a activistas de todo tipo y periodistas. Pero quizás haga falta algo más de detalle para comprender el cuadro al completo.

Sobre gigantes y matones

Las cárceles filipinas están ya desbordadas y siguen acumulándose inquilinos a medida que avanza la guerra de Duterte. Fuente: Daily Mail

Iniciamos el viaje en Manila, donde las calles llevan meses tiñéndose de sangre. Rodrigo Duterte, quien ocupa el cargo de presidente desde junio, prometió acabar con el narcotráfico a toda costa y para ello ha elegido la ley del plomo. Son ya más de 6.000 los filipinos supuestamente vinculados al tráfico de estupefacientes asesinados a manos de la policía y escuadrones de la muerte. Y, a pesar de que el terror amenaza en cada esquina, la popularidad del carismático e irreverente líder se mantiene incólume aun con una insurgencia islamista en el sur del país que por ahora no ha podido derrotar. Por ello, Duterte sigue en sus trece y se atreve incluso a insultar sin tapujos a los líderes internacionales. Aunque ciertamente ello le está costando gran parte de las excelentes relaciones mantenidas a lo largo del siglo XX con actores como EE. UU., la mirada de Filipinas, como de otras naciones regionales, ha dejado de dirigirse hacia el otro lado del océano para posarse continente adentro, concretamente en Pekín.

El gigante asiático no deja de crecer ni por tierra —con proyectos como la nueva Ruta de la Seda, con la que poco a poco va penetrando en las economías del centro de Asia— ni por mar —empecinándose en sus reivindicaciones insulares del mar de China meridional—, consciente de que quien domina los suculentos recursos que se esconden en las profundidades marinas y las rutas comerciales de la zona controla gran parte del tráfico desde Corea hasta el golfo Pérsico. Mientras tanto, los halcones de Washington se llevan las garras a la cabeza, desesperados por salir del lodazal de Oriente Próximo y dirigirse al Pacífico. Pero, tras más de dos décadas de intervencionismo, el barro sigue llegando hasta las rodillas y no es tan fácil huir. A su vez, Xi Jinping sonríe, tejiendo tranquilamente y sin molestas injerencias externas —quitando los obstáculos puestos por Hong Kong y la cuestión de la soberanía sobre Taiwán— sus buenas relaciones con los actores regionales emergentes. Frente a ello, el otro coloso, India, mira más hacia dentro de sus fronteras que hacia afuera mientras se asienta como potencia internacional y dirige sus ojos hacia los mercados al oeste de Karachi.

Asia-Pacífico es la región con mayor densidad de población del mundo. Así sería el mapamundi si la población y el tamaño de los Estados fueran proporcionales. Fuente: Business Insider

¿Podrá India hacer frente en algún momento al poderío chino? Lo cierto es que lo tiene cada vez más difícil, pues los tentáculos de China se extienden por Malasia, Indonesia, Filipinas, Myanmar, Camboya —si bien su presidente, Hun Sen, ha mostrado su afinidad con Trump—, Tailandia, Laos y Vietnam, aunque parece que este último por ahora ha conseguido salir victorioso sobre las aspiraciones chinas sobre sus aguas orientales, para alivio de los pescadores vietnamitas. Con ello, el país de Ho Chi Minh ha sido el único en aguantarle —en parte— el pulso a la vez que ha mantenido su postura de querer resolver las disputas regionales por medios pacíficos y el Derecho internacional. A pesar de todo, el ‘reino del medio’ está logrando que los países del Sudeste Asiático sean cada vez más dependientes de su poderío económico y deban apoyarse en Singapur como centro financiero puente de sus operaciones para dominar la economía regional y con ambiciosas empresas como el proyecto Puerta Malaca. En definitiva, China goza ya de suficiente hegemonía militar, económica y política sobre la región como para defender con confianza sus aspiraciones territoriales de la zona, lo que también está fomentando posturas radicales por parte de los nipones.

Si volamos hasta Tokio, vemos cómo la derecha y la incesante militarización y aumento de la capacidad ofensiva de su Ejército avanzan sin descanso, empujados por la presión del avance impune de China en lo económico y territorial, con diversas islas en disputa a las que ninguno de los dos va a renunciar fácilmente. Japón es otro actor que, aunque hasta la fecha pacífico —o, más bien, pacificado—, se torna ahora beligerante y aviva la tempestad de un posible futuro conflicto regional entre los japoneses y sus competidores regionales, que aún tienen grabadas en la memoria la política imperialista llevada a cabo en el pasado por los hijos de la revolución Meiji. Ello contradice además la postura de su gran aliado estratégico, EE. UU., que había fomentado el pacifismo de Japón a cambio de animarle a ahondar en su capacidad defensiva, si bien Trump ya ha afirmado que los japoneses deberán comenzar a pagar más de sus propias facturas armamentísticas.

El huracán regional también se cierne sobre las dos Coreas. Corea del Sur seguirá hasta nueva orden en la peor crisis política desde las manifestaciones prodemocracia de los años 80 tras el impeachment realizado contra la presidenta Park Geun Hye a raíz de un escándalo de corrupción, una situación que Pyongyang no ha desaprovechado para acelerar la manivela de la propaganda a la vez que sigue desarrollando poco a poco sus capacidades nucleares y amenaza con tener en sus manos un misil balístico intercontinental con el que podría alcanzar territorio estadounidense. Aunque Trump afirmó durante su campaña que estaba dispuesto a dialogar con Kim Jong Un, lo cierto es que el nuevo ocupante de la Casa Blanca ha dejado claro que no permitirá ningún tipo de amenaza.

Terrorismo, refugiados e islamismo

Nos desplazamos a las zonas continentales de la región para encontrarnos con uno de los elegidos por los herederos de Mao: Myanmar, la antigua Birmania, que recientemente se iniciaba en el juego democrático. La nación asiática, escenario de un complejo conflicto civil que dura ya más de 60 años y cuyas ramificaciones parecen no acabar nunca, parece haber desterrado a los militares del poder y se dirige hacia la cima del desarrollo a golpe de liberalización económica. No obstante, al igual que cuando las luces se encienden las sombras se alargan, a medida que las excavadoras chinas y las multinacionales penetran en el suculento mercado birmano, las desigualdades no dejan de crecer y la degradación del medio ambiente se muestra imparable. Aung San Suu Kyi, presidenta electa, Nobel de la Paz, hija de un histórico héroe nacional y en arresto domiciliario durante 15 años por su activismo contra el régimen militar, parece estar decepcionando a la comunidad internacional: la que prometió traer la paz a la población birmana no ha conseguido aún resolver los conflictos étnicos del país, incluida la cuestión de la minoría roginyá.

El pueblo roginyá ha sido perseguido durante generaciones y ni Myanmar ni Bangladesh parecen querer hacerse cargo de ellos. Fuente: Vulcan Post

Este pueblo, de más de un millón de individuos y concentrado en la región de Rakáin, en la frontera con Bangladés, está cayendo presa del fuego de los soldados del Ejército nacional. Las alarmas de limpieza étnica resuenan en los pasillos de las organizaciones de derechos humanos y una comunidad que hasta ahora había reclamado simplemente su derecho a residir en el territorio de sus antepasados ha dado luz ahora a otra guerrilla islamista en la región, con lo que ha plantado la semilla de la amenaza yihadista en un rincón nuevo de Asia. Aún bajo control, la misma amenaza ha clavado sus garras en la vecina Bangladés, donde se ha cobrado la vida de varios extranjeros. La amenaza del terrorismo ha sido utilizada además por el Gobierno para ahondar en sus políticas represivas contra las voces disidentes a la vez que las condiciones de la industria textil siguen sin mejorar y con la memoria de la catástrofe del Rana Plaza aún muy fresca.

Sin duda alguna, es más hacia el este —y arriba, hacia el Himalaya— donde la llama del conflicto ha vuelto a encenderse. Cachemira ha revivido sus peores días con el Ejército indio ocupando los principales núcleos urbanos, lo que ha avivado las tensiones entre las eternamente enfrentadas Delhi e Islamabad, y con unos hospitales y morgues que no dejan de recibir cuerpos. No deberemos apartar la vista de este punto caliente, pues seguramente seamos testigos de un aumento de las tensiones entre ambas potencias nucleares.

A mediados de 2016 escalaba de nuevo el conflicto en Cachemira. Fuente: FT Photo Diary

Desde el subcontinente saltamos a Indonesia. El gigante archipelágico parece oscilar entre la inestabilidad y los constantes terremotos políticos: el país podría ver su sueño democrático derrumbarse bajo el peso de un incipiente radicalismo islámico. A mediados de noviembre de 2016, unas multitudinarias manifestaciones se organizaron en Yakarta para pedir la inmediata detención de su alcalde, de confesión cristiana, por blasfemia. Su falta, haber pedido a los electores que no se dejaran guiar por una cita coránica particular a la hora de votar. La crisis política indonesia es también una crisis de identidad nacional, en la que se debate si los habitantes se sienten más ciudadanos de Indonesia o musulmanes. Hasta la fecha, el país ha sabido enfrentar el problema del radicalismo islámico —sobre todo teniendo en cuenta que alberga a la población musulmana más grande del mundo—, pero la situación podría cambiar. Si las posturas fundamentalistas acaban triunfando —ya se han multiplicado los ataques a minorías por todo el país—, el Estado asiático podría convertirse en el piso franco de yihadistas de toda la región, incluido el propio Dáesh, que, ante la pérdida de terreno en Oriente Próximo, buscará otros enclaves para continuar con su proyecto de califato islámico.

A su vez, en la cercana Malasia, el presidente Najib Tun Razak sigue innovando en estrategias para aferrarse al poder y esquivar la Justicia internacional tras dos años de manifestaciones que pedían su dimisión a raíz de diversos escándalos de corrupción, una ola de protestas que pronto pasó a incluir entre sus demandas críticas al sistema político y económico en su conjunto. La represión y persecución de activistas y opositores políticos ha sido sistemática desde entonces, así como los ataques a periodistas y el cierre de medios, sometidos a una censura para combatir todo tipo de crítica hacia la figura del presidente. Najib ha empezado también a jugar la carta nacionalista: en un país de ampliar diversidad étnica —con los malayos y los chinos como principales grupos—, el presidente, del mayoritario grupo malayo, ha buscado elevar las tensiones tachando a la oposición de china y potenciando las actividades de grupos violentos, como los camisas rojas, lo que ciertamente ha ocasionado una radicalización de las posiciones políticas. A pesar de todo, el 40% de la población malasia votó a la oposición en las pasadas elecciones y, especialmente la facción más joven, es favorable a las posturas multiculturales. Por último, Najib ha dado vía libre para establecerse sin trabas a los movimientos y fundaciones de corte wahabí, financiados por su muy buena amiga Arabia Saudí y aliados del Partido Islámico Panmalayo (PAS por sus siglas en inglés). Esta islamización de la política podría llevar al país a derroteros similares que a la vecina Indonesia y aumentar los enfrentamientos entre secularismo y ley islámica, que concurren en el sistema político malasio en un delicado equilibrio.

Golpes de Estado, autocracias y xenofobia

A la siempre aparentemente tranquila Tailandia también se acercan vientos de cambio. Desde que el príncipe Vajiralongkorn ocupó el trono tras la muerte de su padre, se inició una pugna de poder contra los militares. Los generales del Consejo Nacional para la Paz y el Orden, triunfantes tras su golpe de Estado en 2014, buscan por todos los medios ratificar una Constitución que los perpetúe como un poder omnipresente, objetivo en el que coinciden con el rey tailandés. Todo apunta a que el juego de cambios constitucionales se prolongará de manera indefinida hasta que Corona y Ejército lleguen a puntos de consenso para hacerse con los mandos de las principales instituciones. Mientras tanto, las elecciones seguirán postergándose para el pueblo de Tailandia.

El príncipe Vajiralongkorn con su familia. Fuente: NBC News

Al norte, Laos sigue a la cola en sus capacidades de liderazgo regional, en parte por una sociedad civil en declive, así como por su dependencia de China. Pero se mantiene junto a Myanmar como el país oriental que más verá su economía crecer en 2017. Además, como sus compañeros birmanos en esta carrera hacia el desarrollo, el régimen laosiano deberá actuar de manera inteligente para gestionar el crecimiento sin destruir los ecosistemas del país ni escalar las desigualdades.

Por último, en el extremo suroriental del Pacífico, Australia y Nueva Zelanda permanecen sin duda tranquilos en comparación al resto de la región. No obstante, no debe olvidarse que Australia ha sucumbido también a las ideologías xenófobas con una estrategia para la recepción de los solicitantes de asilo que hizo saltar las alarmas de las organizaciones de derechos humanos, lo que, unido a la retórica antiislámica, parece que alejará al país de sus vecinos más inmediatos. Estas posturas contrastan con las tomadas por el nuevo primer ministro neozelandés, Bill English, quien apuesta por el aperturismo y los tratados de libre comercio con Europa.

La situación de los refugiados en Nauru propició cientos de protestas entre la población australiana. Fuente: Al Jazeera

2017 nos obligará a estar pendientes del Índico y el Pacífico, pues en sus aguas se decidirá el rumbo de la economía y la geopolítica de este siglo. China será sin duda la gran protagonista cuando consiga afianzarse como hegemón regional y mundial. Asimismo, la crisis del mundo islámico y los debates entre la religión de Mahoma y los sistemas democráticos también se batallarán en el continente asiático, con todas las oportunidades y riesgos que ello conlleva. Por todo lo demás, será un año clave para los derechos humanos en la zona y sus defensores deberán, en un entorno claramente desfavorable, saber recuperar el terreno perdido para no sucumbir al incipiente autoritarismo.

Acerca de Daniel Rosselló 21 Articles

Daniel Rosselló. Palma de Mallorca, 1992. Graduado en Relaciones Internacionales por la UCM. Actualmente cursando el Máster de Estudios Árabes e Islámicos contemporáneos de la UAM. Interesado en temas de conflictos religiosos y territoriales, en migraciones y en movimientos sociales.

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