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El nuevo Israel: la batalla por la identidad judía (1/2)

Barrio judío, en la Ciudad Vieja de Jerusalén (2016). Fuente: Esther Miranda

Autores/as: Esther Miranda y Daniel Rosselló

El Israel actual ya no se parece en nada a aquel Estado que auspiciaron las élites socialistas lideradas por Ben-Gurión. En este primer artículo exploramos las formas en que el Estado judío está cambiando, desde su demografía hasta la propia naturaleza del Estado, lo que está dando lugar a una verdadera batalla por la identidad nacional.

“En virtud de nuestro derecho natural e histórico y basados en la resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas, proclamamos el establecimiento de un estado judío en Eretz Ysrael [Tierra de Israel], que será conocido como el Estado de Israel”.

Fuente: Biography.com

Con estas palabras, el entonces líder del Consejo Nacional Judío (CNJ), David Ben-Gurión, proclamaba la creación del Estado para los judíos. La multitud congregada aquella tarde del 14 de mayo de 1948 en el Museo de Arte de Tel-Aviv rompió en lágrimas y aplausos ante el discurso del viejo líder. La comunidad judía tendría al fin su anhelada Tierra Prometida.

El Estado de Israel debe su origen al movimiento sionista, iniciado a finales del XIX por los judíos del Imperio ruso. En 1896, el austríaco Theodor Hertzl publicó un panfleto político que llamaba a la creación de un Estado que protegiera a la comunidad judía del antisemitismo. La obra se tituló El Estado judío (Der Judenstaat). Tras una larga y desafortunada historia de invasiones, diásporas y persecuciones en sus diferentes tierras de acogida, los judíos vieron en el sionismo una vía para la consecución de una tierra a la que llamar hogar. Desde entonces, judíos de Rusia y Europa del Este —askenazíes— comenzaron a emigrar a Palestina y a asentarse y organizarse en pequeñas comunidades de corte socialista denominadas kibutz.

Con el fin de la I Guerra Mundial, el Imperio británico relevó al otomano como potencia ocupante en Palestina. Los ingleses hicieron un movimiento que marcaría las relaciones entre judíos y árabes para siempre: apoyaron la creación del Estado judío en Palestina en la Declaración de Balfour, de 1917. Las tensiones entre ambas comunidades no tardarían en aflorar y en 1929 tuvieron lugar los primeros enfrentamientos abiertos por el acceso al Muro de las Lamentaciones, en Jerusalén.

Fuente: EIPA

Así comenzaron los problemas para el Imperio británico, que se vio incapaz de apaciguar la situación y ponerle solución. Durante el Holocausto, se produjo una entrada masiva de judíos en Palestina; para 1947, la situación se había vuelto tan imposible que los británicos remitieron el problema a Naciones Unidas y estas votaron por la partición —Resolución 181—, para lo cual otorgaron a los judíos más de la mitad del territorio palestino, un territorio que estos se aseguraron de ocupar.

En 1948 los británicos renunciaron al mandato y se retiraron del país. Ese mismo día, apenas unas horas después, Ben-Gurión leía su discurso de proclamación del Estado de Israel. Y lo hacía en plena guerra con los palestinos, que ya estaban luchando en algunas zonas, incluida Jerusalén. Se declaró el estado de excepción. Al caer la tarde del día siguiente, el recién proclamado Estado se vio invadido por tres ejércitos árabes —Egipto, Siria y Jordania—. NN. UU. trató de mediar, pero las fuerzas israelíes, equipadas por Francia y Checoslovaquia, probaron su superioridad y los poderes árabes se vieron forzados a negociar un armisticio en 1949.

La nación start-up

Ben-Gurión era un líder marcial y como tal supervisó la victoria del Estado embrionario en la guerra de independencia. Como líder del CNJ, se encargó de gobernar la comunidad y el nuevo Estado hasta la celebración de las primeras elecciones a la Knéset —Parlamento israelí— en enero de 1949, poco antes del alto al fuego. A partir de ese momento, el nuevo Gobierno quedó oficialmente al mando del partido Mapai, de Ben-Gurión, en coalición con el Frente Unido Religioso y otros partidos más minoritarios. Esta sería la formación predecesora del actual Partido Laborista Israelí.

La élite sionista socialista dominaría la política desde entonces hasta 1977, cuando serían derrotados por primera vez por Menachem Begin, el fundador del ala derechista israelí. Durante ese periodo, la política y la economía israelíes se llevarían a cabo bajo líneas socialistas. El esfuerzo económico causado por la guerra precisó de austeridad en el plano nacional y la ayuda económica desde el exterior: del Gobierno de EE. UU., préstamos de bancos norteamericanos, contribuciones de judíos de la diáspora y reparaciones alemanas.

El armisticio puso fin a las hostilidades, pero nunca a la amenaza de una nueva ofensiva árabe. El nuevo Estado nacía inmerso en un constante dilema de seguridad, lo que llevó a sus líderes a construir un Estado con un sistema de seguridad y un Ejército muy desarrollados. Eso incluyó una militarización de la vida política y social que persiste hasta nuestros días, en cuyo centro se sitúan las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF por sus siglas en inglés). Con el tiempo, las IDF resultaron ser una eficaz herramienta de aglutinamiento y cohesión de una sociedad tan diversa y facilitaron la extensión del hebreo y de la identidad del nuevo judío. Fueron el foco de transmisión de la ideología del Estado, lo que incluía una determinada visión del conflicto con Palestina y de la posición de Israel en la región. El Ejército israelí ha llegado a ser tan importante que no hay mayor garantía de estatus social o vía más rápida de entrada a la política y el Gobierno.

Con todo, la élite askenazí se las arregló para fundar un Estado fuerte y desarrollado en un territorio hostil, rodeado de naciones enemigas que lo consideraban como un intruso en la región, un infiltrado aliado con los estadounidenses. Las tensiones con sus vecinos directos no empezaron a relajarse hasta después de la guerra de Yom Kipur, en 1973.

Soldados israelíes durmiendo al lado de un vehículo acorazado cerca de la Franja de Gaza. Fuente: IBT

Los fundamentos del Estado israelí

Israel se define a sí mismo como un Estado judío y democrático, en ese orden. Desde el inicio, los judíos gozaron de plenos derechos, mientras que las minorías —como los árabes israelíes o los drusos—, pese a haberse beneficiado en ciertos aspectos del desarrollo del país, son tratados como ciudadanos de segunda y bajo actitudes discriminatorias y excluyentes. Una bandera donde aparece la estrella de David y un himno nacional que clama la vuelta a la tierra de Sion son una pequeña muestra de este nacionalismo exclusivista.

Para ampliar: “Israel’s second-class citizens”, As’ad Ghanem en Foreign Affairs

Israel se reconoce como un Estado democrático. Efectivamente, es un sistema inspirado en las democracias liberales occidentales: se basa en los principios del Estado de Derecho, la separación de poderes, tiene instituciones propias de un régimen democrático, elecciones y pluralismo en la representación. Esto no quiere decir que no sea un sistema libre de fallas —siempre hablando hacia el interior—, sobre todo en relación a la falta de integración y reconocimiento de sus minorías.

Israel se inspira en las democracias occidentales y crea un modelo diferente a partir de sus particularidades geográficas, históricas y culturales. Como dice el sociólogo de la Universidad de Haifa Sammy Smooha, Israel es una “democracia étnica” en la que los judíos, los “observantes”, se han apropiado del Estado para garantizar sus intereses, entre ellos la seguridad, la demografía o el espacio público.

Con todo, la mayoría judía no es una masa social unitaria u homogénea. Existen grandes fracturas y luchas internas entre las tribus constitutivas por el poder y el control estatal. El resultado de estas luchas ha puesto en evidencia las contradicciones entre el componente judío y el componente democrático del Estado, lo cual ha comenzado a echar por tierra los ideales progresistas y socialistas que imaginaron sus fundadores.

Para ampliar:How Israel’s Jewishness is overtaking its democracy”, Shibley Telhami en The Washington Post

La diversidad de la sociedad israelí, una fuente de conflictos más que una fortaleza

Si algo caracteriza al Estado de Israel es la diversidad. Esta es producto de la aliyá, la migración de los judíos de la diáspora a la Tierra Prometida, que atrae a gentes de todos los colores y latitudes, desde Etiopía hasta Boston, pasando por Yemen o incluso la India. Dentro de la población judía cabría destacar los originarios del espacio postsoviético, que conforman hasta un 20% del total de la ciudadanía israelí. Asimismo, la religión judía, como cualquier otra confesión, reluce por la multiplicidad de facetas, heterodoxias y acercamientos a la fe. Y, aunque comparten multitud de tradiciones y conviven en un territorio verdaderamente reducido, sus espacios de socialización son radicalmente distintos y, en muchos casos, impermeables entre sí, de modo que se promueven los matrimonios intracomunitarios. A pesar de todo, una fuente de unidad sigue viva: la concepción de Israel como una patria necesaria para luchar contra el antisemitismo prevalente en todos los rincones del mundo como un refugio sagrado.

Para ampliar: “Israel’s Religiously Divided Society”, Pew Research Center

Sin embargo, dicha diversidad no es solo fuente de riqueza, sino también de conflictos, y, si las autoridades israelíes no consiguen canalizarla de manera adecuada, será sin duda uno de los factores de desestabilización interna del Estado judío. Un hecho motivado por la intrínseca y cada vez más aguda contradicción entre un ente político que se concibe a sí mismo como exclusivamente judío, pero que debe hospedar a una miríada de pueblos en su seno. Además, los ideólogos de Israel deberán con cada vez más frecuencia hacer frente a las divisiones internas de una sociedad que, si bien pretende ser igualada bajo la vara de la religión, está repleta de jerarquías de raza y procedencia, con la élite askenazi, blanca y de origen europeo en la cúspide y otros grupos sufriendo claros procesos de exclusión social. Asimismo, las posiciones respecto de la fe influyen, por supuesto, en sus opiniones referentes a la democracia, a la inclusión de las minorías, las fuentes del Derecho, las normas sociales y el papel del Estado.

Por otro lado, las tensiones sociales de los israelíes se ven alimentadas por una percepción de Israel como un territorio rodeado por enemigos hostiles imposibles de reconciliar. Y, a pesar de que Israel nunca había tenido menos amenazas de guerra, hace perseverar una atmósfera de inseguridad, desesperanza, miedo y beligerancia contra toda oposición al Estado y frente a luchas de sus críticas. Todo ello pretende legitimar la vertiente militarista de Israel y conseguir, entre otras cosas, satisfacer la voluntad de la actual élite política de hacer permanente la ocupación de Cisjordania.

Una guerra demográfica

Dos grupos que crecen más rápido, por una mera cuestión de natalidad, son los haredíes —‘temerosos de Dios’, judíos ultraortodoxos— y los árabes. Los primeros resultan ser el grupo más favorable a priorizar el carácter judío frente al democrático, pero acoge en su seno a los más fervientes opositores a la concepción de una entidad estatal judía. Los árabes, en cambio, son los más favorables a que el carácter democrático prevalezca sobre el religioso.

Solo en los últimos veinte años la población haredí se ha triplicado, y se calcula que, al ritmo actual de 7,7 hijos por mujer, para 2018 los menores de 14 años israelíes serán ya un 25% de la población de Israel y un 33% de la población judía. El disfrute de beneficios fiscales y presupuestarios en cuanto a la prestación de servicios a esta comunidad es clave para entender este proceso y, dada la creciente importancia electoral del grupo para los aspirantes a gobernar Israel, todo apunta a que la tendencia se incrementará. Los problemas derivados de esto son obvios: en 20 años, un 25% de la población israelí gozará de exenciones fiscales, tendrá derecho a no participar en el Ejército y concentrará una enorme cantidad de los servicios sociales israelíes, algo que se alimentará, pues será garante de victorias electorales, pero que sin duda supondrá una enorme carga económica para el Estado. Por otra parte, las escuelas ultraortodoxas basan su temario en la religión casi al 100%, lo que imposibilita una plena integración en la vida política y, especialmente, económica del mundo actual. Saber gestionar estos privilegios y este crecimiento poblacional haredí será clave para asegurar la estabilidad, el desarrollo y la viabilidad del Estado de Israel en el largo plazo.

Fuente: David N. Goldstein

En el lado opuesto de la balanza poblacional se encuentran los árabes israelíes, descendientes de los palestinos que permanecieron tras la guerra del 48, que suman un total de 1,7 millones de habitantes del pequeño Estado orientemedino, es decir, un 21% de la población total de Israel. A ellos se suman los alrededor de 100.000 trabajadores que cada día cruzan los checkpoints —‘puestos fronterizos’— de Cisjordania para participar de la economía israelí. Su importancia en la economía es innegable: son claves en la provisión de servicios y como mano de obra no cualificada, pero también crecientes en presencia en las universidades —20.000 estudiantes árabes, de los cuales dos tercios son mujeres— y en ámbitos cualificados. Aparece así en escena una creciente clase media con mayor nivel de vida y donde la mujer tiene un mejor estatus; aun así, en 2013 el 47% de las familias de árabes israelíes vivían en el umbral de la pobreza.

Se trata además de una población en crecimiento, con más del 50% por debajo de los veinte años de edad —frente al 30% entre judíos israelíes—, a pesar de no contar en la práctica con el mismo acceso a servicios que los segundos y de que sus ingresos por hogar sean un 75% menores que los de los hogares judíos. De la misma forma, están infrarrepresentados en la Administración pública y en la academia, donde solo son un 2% del total. Además, las poblaciones árabes continúan segregadas del resto, con el 90% de la población viviendo en núcleos urbanos exclusivamente árabes.

Niños árabes israelíes en los tejados de la Ciudad Vieja de Jerusalén (2016). Foto: Esther Miranda

Un urgente cambio de perspectiva

La respuesta a este proceso está dividida en dos campos. Por una parte, un segmento de la población árabe considera necesario buscar la plena integración en la sociedad israelí luchando conjuntamente con el resto de ciudadanía, independientemente de su secta o etnia, para potenciar la igualdad a nivel nacional. Otro grupo considera necesario alejarse de la política nacional y aboga por la creación de instituciones políticas, educativas y culturales de carácter autónomo. Tampoco una solución intermedia sería descabellada: apostar por la plena integración en el sistema político israelí a la vez que se establecen áreas con más autonomía en ámbitos como la educación para así participar colectivamente en instituciones que defiendan los derechos de ambas comunidades a la par que se desarrollan de manera autónoma en diversos ámbitos.

Se plantea necesario, como ya han hecho varios grupos de activistas, presentar un Israel alternativo, uno que sea patria de judíos y árabes simultáneamente y en igualdad y oponiéndose a medidas que buscan potenciar el carácter exclusivamente judío del Estado de Israel o aumentar las tensiones y la conflictividad entre ambos grupos poblacionales, especialmente mediante la continuación de la guerra y la ocupación de los territorios palestinos, lo que impide la reconciliación y la integración, una estrategia clave durante los Gobiernos de Netanyahu y que ha demostrado ser tremendamente efectiva. Además, es creciente la solidaridad e identificación de los árabes israelíes con sus hermanos palestinos de Gaza y Cisjordania, con los que conservan lazos familiares, lo que podría aglomerar ambas luchas emancipadoras.

El Gobierno israelí deberá lidiar cada vez más con las frustraciones de una población árabe que disfruta de un nivel de vida cada vez mayor, pero que a la vez debe enfrentarse a políticas que les niegan la plena igualdad y los condenan, en mayor o menor grado, a procesos de exclusión. En una encuesta publicada en 2015, el 54% de los árabes israelíes consideraba la intifada interna una respuesta legítima si la situación no mejoraba y un 19% apostaba por usar cualquier medio, incluida la violencia, para alcanzar la plena igualdad. Si la clase política israelí no toma conciencia y partido en este hecho, la estabilidad y perdurabilidad de Israel tal y como lo conocemos será inviable en el medio y largo plazo y hará que la guerra, que dura ya casi siete décadas, continúe cobrándose vidas y dificultando la paz en toda la región de Oriente Próximo. La visión sionista parece tener fecha de caducidad y la demografía parece empujar hacia el establecimiento de un Estado no democrático o a la aceptación de una realidad binacional árabe-judía.

Leer la segunda parte del artículo

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6 comentarios en El nuevo Israel: la batalla por la identidad judía (1/2)

  1. No me queda claro la vision geopolitica de esta nota! O es q solo hace foco en la estabilidad INTERNA de Israel, y no trata del usurpacion actual de Israel en Palestina?

    Alguien q me explique. Gracias.

    • Y no olvides a los anunakis, los reptilianos y los sionistas voladores, todos judíos que naturalmente desean la destrucción de nuestro universo por ello. Recuerda la ecuación fundamental: Israel+destrucción de la humanidad+?=beneficios.

      Ya me extrañaba un artículo de Israel sin que alguien no soltara la típica paranoia conspi de rigor, con el eterno tufillo antisemita.

  2. Lamentables los comentarios, parece que la ocupación es el tema principal en todo el mundo.
    La vida civil también interesa, que poco tiene que ver con la ocupación.
    Basta ya de gritar ¡asesino, ocupas otra tierra! Cuando los españoles somos responsables de uno de los mayores genocidios y ocupación de tierras más grandes en el continente americano. Menos hablar de política exterior y más centrarse en su propio país.

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