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Mozambique, presa de su guerra detenida

Soldados custodian armas capturadas a la guerrilla en Inhambane, Mozambique (1983). Fuente: Jean Gaumy (Magnum Photos)

El proceso de paz de Mozambique, terminado en 1992 en Roma con la firma del acuerdo entre Gobierno y oposición después de quince años de guerra civil y un millón de muertos, se ha presentado frecuentemente como modélico. Sin embargo, el tan prodigado ejemplo nunca fue merecedor del todo y las consecuencias de una guerra mal cerrada entonces tienen sus ecos hoy en una paz que todavía está en entredicho.

Solo hay una bandera oficial de un Estado en el mundo que incluya entre sus símbolos un rifle moderno; en concreto, un Kalashnikov AK-47 con la bayoneta calada. Este modelo de fusil de asalto —que, a riesgo de caer en la obviedad, es un indiscutible símbolo bélico— está ampliamente considerado como el arma más mortífera de la Historia. El arma, icono de las guerrillas de la segunda mitad del siglo XX, es inmortalizada en la tela apuntando hacia el cielo y cruzada con un azadón y un libro sobre la estrella de cinco puntas: toda una loa compositiva al comunismo revolucionario.

La bandera de la que hablamos, como probablemente ya se haya adivinado por el título del artículo, es la de Mozambique, un país que alcanzó la paz tras una larga y cruenta guerra civil en un proceso de negociación que se celebra como ejemplo a seguir.

Bandera de Mozambique. Fuente: Wikimedia

Sirva la imagen del AK-47 en su bandera para ilustrar la paradoja, pues, como se verá, de que ni el proceso de negociación fue tan ejemplar ni la paz ha terminado todavía de llegar a este país. Mozambique vive aún presa de su propia guerra detenida.

Dominio portugués

La isla de Musah al Biq

La bota portuguesa se posó por primera vez sobre las tierras del actual Mozambique a finales del siglo XV. Era una bota navegante y exploradora, la de Vasco da Gama, que bordeó el cabo de Buena Esperanza en 1498 buscando la ruta hacia las Indias.

Así, el Imperio portugués —cuya metrópoli carecía frecuentemente de los recursos necesarios para sacar provecho de sus vastos territorios de ultramar— priorizaría siempre el comercio con el Extremo Oriente, además de la colonización de Brasil, relegando a las provincias africanas a un segundo plano.

Las tímidas incursiones sobre tierra continental en la zona de Mozambique, así como en otros lugares del África portuguesa, como Angola, no pasaron de la costa y no podían servir a la metrópoli para establecer un verdadero dominio militar y político sobre el territorio. De esa manera, Lisboa se serviría de esas plazas, además de para practicar cierto comercio con la población indígena y para el tráfico de esclavos, como puntos de paso en sus largas travesías transcontinentales.

La plaza portuguesa más emblemática de la costa índica de África sería la de Isla de Mozambique, nombre derivado del de un comerciante árabe llamado Musah al Biq, que por extensión acabó por dar nombre a todo el territorio. Siglos más tarde, la tan continuada presencia portuguesa en plazas como esta legitimaría sus reclamaciones en la Conferencia de Berlín de 1885, que institucionalizó el reparto de África. Entonces quedó clara la decadencia de Portugal, relegada a potencia media.

Capilla de San Antonio, en la Isla de Mozambique. Fuente: Wikimedia

Mozambique, provincia portuguesa

Se entiende así por qué cuando llegó el Estado Novo a Portugal a principios del siglo XX, después de haber perdido todas las grandes posesiones coloniales portuguesas, la presencia de la metrópoli en África no fuera tan intensa como al dictador Salazar le hubiera gustado.

Imbuido de nacionalismo y deseando devolver a Portugal a un pasado más glorioso, Salazar obligó a multitud de campesinos alentejanos que carecían de tierras a emigrar a Mozambique, donde las había de sobra para cultivar. Al estilo de la población pied noir en Argelia, la pequeña comunidad de colonos blancos de Mozambique fue creciendo y se hizo con el control de las tierras y medios de producción, mientras que el Estado mantenía el control político.

Con todo, no se permitía a los colonos permanecer permanentemente en el territorio, lo que hizo que estos perdieran el interés en desarrollar sus infraestructuras o en construir una industria potente, a lo que la metrópoli, con su malograda economía, tampoco pudo ayudar demasiado. Trabajando en condiciones de semiesclavitud, los nativos apenas se beneficiaron de los réditos comerciales de los años 40 y 50, que sí tuvieron gran impacto en la comunidad colona.

Al mismo tiempo, Salazar procuró traer jóvenes nativos a estudiar en la metrópoli y atraerlos hacia el nacionalismo portugués, que defendía que “Blancos o negros, todos portugueses”; muchos de esos jóvenes acabarían por ser líderes de las independencias de las colonias. Por si fuera poco, declaró a todos los territorios de ultramar provincias portuguesas y trató también de esquivar las críticas internacionales en un contexto descolonizador.

Independencia

Sin embargo, el Estado Novo no pudo evitar la independencia de Mozambique —ni la del resto de territorios africanos—, como tampoco pudo evitar su propia desaparición, precipitada en gran medida por los esfuerzos bélicos que la metrópoli hizo para mantener los territorios.

El partido guerrillero Frente de Liberación de Mozambique (Frelimo), fuerza paramilitar que se había enfrentado a las fuerzas armadas portuguesas operando desde la ya independizada Tanzania, se haría cargo de un país destrozado por una guerra de independencia que había durado una década y había sido escenario de terribles atrocidades y masacres.

Alrededor de 250.000 colonos portugueses —la inmensa mayoría— huyó a Portugal. Con ellos se iba la clase preparada y enriquecida de Mozambique, que además había perdido la poca industria e infraestructuras que tenía a causa de la guerra. Era 1975 y había nacido un nuevo país, uno de los más pobres del mundo. La recuperación habría de ser difícil.

Mozambique independiente

Anticolonialismo y revolución

Alineado con los movimientos anticolonialistas del continente y de ideología marcadamente comunista, el Frelimo, dirigido por el ahora presidente del país Samora Machel, se posicionó enseguida en el lado de la URSS en ese mundo de bloques que había creado la Guerra Fría.

Machel implementaría una agenda con dos grandes prioridades: alcanzar la unidad nacional en torno a un proyecto común en un territorio extenso, desvertebrado y rico en etnias y confesiones, e implementar un buen sistema de educación pública que supusiese la llave del progreso.

Ello lo acompañaría de políticas económicas inspiradas en el comunismo que trajeron la nacionalización de los sectores clave. Machel, muy consciente de las limitaciones de su país —al iniciar su andadura, apenas contaba con una decena de médicos, un par de economistas y ningún juez—, buscó colaboraciones con sus aliados y pronto empezó a mandar a jóvenes a formarse en Cuba, la URSS, Checoslovaquia o Alemania del Este.

Puerto de Maputo, 1984. Fuente: Jean Gaumy (Magnum Photos)

Además, tal y como hizo Tanzania con ellos, el Frelimo acogió en su territorio a guerrillas de ideología afín, como el Congreso Nacional Africano de Mandela o la Unión Nacional Africana de Zimbabue (ZANU por sus siglas en inglés), que luchaban contra las fuerzas gubernamentales de Sudáfrica y Rodesia —la actual Zimbabue—, respectivamente.

La contra del apartheid

Ambos países, fronterizos con Mozambique, mantenían hacia el final de los años 70 un régimen racista donde una minoría blanca tenía la absoluta supremacía sobre la mayoritaria población negra. Salvo el hecho de que estos Estados eran independientes y Mozambique una colonia portuguesa, el estatus de sus poblaciones no habría sido muy distinto antes de la independencia de Mozambique.

Es por esto —y por los tímidos avances que la economía planificada de Machel estaba trayendo— que los regímenes del apartheid se dieron cuenta de que el inflamable ejemplo de Mozambique ponía en cuestión su modelo y apoyaron y financiaron en 1977 —solo dos años después del fin de la guerra contra Portugal y la independencia— la creación de una guerrilla contraria al Gobierno con la que combatirlo desde dentro: la Resistencia Nacional Mozambiqueña o Renamo.

La Renamo —a la que también llegó a apoyar Malaui— no tenía una ideología clara, y en los primeros años su objetivo primordial fue desestabilizar al Gobierno tratando de boicotear sus iniciativas. Estaba compuesta en su mayoría por disidentes del mismo Frelimo y campesinos descontentos y en un principio ni siquiera tenía apenas un territorio que controlar.

Sin embargo, su campaña de sabotaje de infraestructuras fue muy exitosa —en especial la de las líneas férreas, claves en la economía mozambiqueña, puesto que permiten acercar los productos de Malaui, Zambia, Zimbabue y el noreste de Sudáfrica a los puertos de Maputo o Beira para su exportación— y puso en apuros al Gobierno. Había estallado la guerra civil.

Guerra civil en un país sonámbulo

Durante esos quince años, Mozambique pareció, en palabras del escritor mozambiqueño Mia Couto, una “tierra sonámbula”. Se sucedían las atrocidades sin sentido. Renamo prefería no enfrentarse al mejor equipado y más numeroso Frelimo directamente, pero ambos hicieron estragos entre las poblaciones rurales sospechosas de apoyar al bando equivocado en cada momento.

Con el avance de la guerra, Renamo, que no había tenido apenas control territorial al principio, acabó dominando amplias zonas del centro del país y, sobre todo, del norte, mientras que Frelimo quedaba en el sur, en torno a la capital, Maputo. Las ciudades grandes, como Beira, quedaron aisladas.

Cuando en 1980 el régimen racista de Ian Smith en Rodesia cayó y llegó al poder Mugabe en la recién rebautizada Zimbabue, Machel pasó de tener a un enemigo irreconciliable a un buen aliado en su frontera oeste. Viendo una oportunidad de terminar con la guerra, el revolucionario Machel decidió sacrificar su apoyo al Congreso Nacional Africano —que entonces peleaba por terminar con el apartheid— firmando en 1984 un acuerdo de no agresión y buena vecindad con Sudáfrica. Renamo había perdido sus apoyos internacionales.

Sin embargo, Machel no viviría para ver el final del conflicto. Murió en 1986 cuando el avión en el que viajaba se estrelló en extrañas circunstancias que siguen hoy sin esclarecerse. Los rumores acusaron siempre a los servicios secretos sudafricanos.

Fin de los bloques, fin de la guerra

El nuevo presidente, Joaquim Chissano, revirtió la economía dirigida de Machel y la liberalizó abriendo la puerta a la inversión extranjera y haciendo importantes privatizaciones; la promesa de más animó a la comunidad internacional a presionar por la apertura del régimen y la paz. Así, Chissano impulsaría una nueva Constitución, aprobada en 1990, que terminaba con el sistema de partido único y establecía una democracia pluripartidista parlamentaria.

Al mismo tiempo, el fin de la Guerra Fría restaría sentido a un enfrentamiento que en cierto modo era otro de los escenarios de la confrontación entre los bloques y, ante la pérdida de apoyos internacionales de los dos bandos, que a duras penas podían ya sostener el esfuerzo bélico, se decidió intentar la paz.

Después de una década, de un millón de muertos y más de cinco millones de desplazados, la paz se negoció, con importante mediación de la Iglesia católica, y se firmó en Roma el 4 de octubre de 1992. Para añadir motivos a la celebración, las detonaciones se detuvieron verdaderamente con la firma de la paz, algo que desgraciadamente no suele ocurrir tan fácilmente.

Mural de Maputo con el presidente Samora Machel. Fuente: Christopher Torchia (AP)

La paz no es simplemente guerra detenida

En consonancia con esa ilusión inocente de que las urnas son la prueba única de la salud democrática de un país, cuando Renamo, reconvertido en un partido político, concurrió a las elecciones convocadas en 1994, se hablaba ya de Mozambique como la historia de un éxito en la construcción de un país gracias a la gestión de la paz y la recuperación económica. Sin embargo, ambos se han acabado probando falsos y la normalidad democrática que se presumía en el país no lo es tanto.

Los beneficios de un crecimiento que no se reparte

Lo cierto es que la fortaleza económica de Mozambique ha sido puesta en duda por los organismos internacionales, como el FMI o el Banco Mundial, de los que pasó a formar parte a final de los años 80.

A pesar de ser un país rico en recursos naturales —en especial pesca, carbón, gas, metales y maderas preciosas—, que podrían estimular su economía y alimentan las esperanzas de propios y ajenos, la populosa clase baja no ha notado los continuados crecimientos de en torno al 7% anual en lo que va de siglo.

Esta figura enmascara además los réditos de las privatizaciones de los últimos años, amén de que Mozambique es todavía hoy un país enormemente dependiente de la ayuda económica que recibe del exterior y, consecuentemente, todavía necesitará años para desarrollar una economía autónoma.

Democracia dirigida

La abultada desigualdad fomenta el descrédito de un Gobierno, el del Frelimo, que ha operado ininterrumpidamente desde las primeras elecciones en 1994. A pesar de que el Frente de Liberación de Mozambique ha vencido a su contrincante en todas las citas electorales desde entonces, lo ha hecho entre acusaciones —también internacionales— de fraude, ante lo que Renamo frecuentemente ha respondido con el boicot.

Mientras que Frelimo se ve como una red de burócratas anquilosada y corrupta, la Resistencia Nacional Mozambiqueña conserva su apoyo social y explota la impresión popular de que el desarrollo económico solo ha beneficiado a la élite del partido gobernante, que además emplea la violencia generosamente en la represión de los críticos.

El dominio de Frelimo sobre todas las instituciones del Estado legitima para hablar más de una democracia dirigida que de una verdaderamente libre, lo que resulta frustrante para la oposición y limita las posibilidades democráticas de respuesta.

¿Desarme y desmovilización…?

Pero si en algo ha fallado el proceso de paz mozambiqueño es en el necesario desarme de las guerrillas, su desmovilización y su reintegración social y en unas nuevas Fuerzas Armadas nacionales.

Renamo no solo nunca fue desarmado ni desmovilizado, sino que sigue entrenando nuevos guerrilleros —muchos de ellos niños— para responder al monopolio que su contrincante ejerce sobre el Ejército, que sigue actuando como el brazo armado del partido en el poder. Lo mismo podría decirse de la Policía, partidista, centralizada e ineficaz, en palabras del exembajador español en Maputo José Eugenio Salarich.

Tanto es así que podría decirse que si los dos contendientes no vuelven a la guerra abierta no es más que por la dificultad que les traería mantener el esfuerzo bélico. El conflicto en Mozambique nunca acabó; se ha mantenido en pausa durante años.

Rescatar los tambores de guerra

Los conflictos inconclusos que se mantienen vivos a baja intensidad después de haberse dado por terminados suponen una amenaza constante y silenciosa de que en cualquier momento la chispa pueda brotar de nuevo. Los acuerdos de 1992, que habrían de haber servido para establecer unas reglas de juego justas, institucionalizaron en realidad una pantomima democrática en la que Renamo sirve como oposición figurante legitimadora del sistema. Así, limitado su acceso al poder, el histórico líder del grupo, Afonso Dhlakama, ha recurrido con frecuencia a la retórica belicista y a la amenaza de la vuelta a las armas… hasta que en 2013 la violencia escaló y los mismos acuerdos de paz se dieron por rotos.

Entre la incertidumbre y el miedo de un pueblo que a lo largo de su existencia ha conocido más guerra que calma, el esfuerzo negociador se puso de nuevo en marcha para alcanzar un acuerdo en 2014, solo para verse roto en la primavera de 2015 con tiroteos sobre funcionarios, abogados y figuras políticas de ambos partidos, incluido el secretario general de Renamo, Manuel Bissopo, en enero de 2016.

Como en los peores momentos de los años 80, las poblaciones del norte de Mozambique huyen de nuevo hacia Malaui mientras Dhlakama y el presidente Filipe Nyussi negocian, mediados por la UE, puntos en común para una paz que solo será duradera si se construye sobre la base de unas reglas democráticas honestas, la desmovilización de las guerrillas y el reparto de la riqueza. Cualquier otra cosa podría hacer sonar otra vez los tambores de guerra en Mozambique.

Acerca de Blas Moreno 8 Articles
Madrid, 1994. Estudiante de Relaciones Internacionales y Derecho. África, Latinoamérica y sobre todo Mediterráneo. ¿Para qué llamar caminos a los surcos del azar? Twitter: @Blas_More
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