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“Misiones de paz: del papel a la realidad”, por María Fuentenebro y Glòria Pallarès

Las operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU trabajan para ayudar a países en conflicto y posconflicto a sentar los cimientos de una paz duradera. Son operaciones de gran envergadura en cuanto a recursos, pero también en cuanto a complejidad y riesgo. Las 16 misiones actuales suman 118.700 uniformados y civiles de más de 120 países y suponen una inversión de unos 8.000 millones de dólares anuales. Más de 3.500 de sus profesionales han perdido la vida en acto de servicio desde 1948. La creciente complejidad de los conflictos, con ataques contra la población y humanitarios como estrategia de guerra, aumenta las dificultades en la protección de civiles y de los derechos humanos. Por ello, ahora más que nunca, comprender los retos de las misiones en su día a día sobre el terreno será la clave para fortalecerlas.

Las misiones cuentan con personal civil que cubre las áreas de asuntos políticos, civiles y derechos humanos, entre otros, y de personal uniformado. La ONU no tiene su propio ejército o policía y, por tanto, depende de las contribuciones de efectivos que hagan los Estados. Identificar a tiempo las capacidades necesarias, tanto de personal como de equipamiento y servicios, y conseguir las contribuciones correspondientes de los Estados es uno de los grandes retos. El comportamiento de algunos cascos azules también ha evidenciado la importancia de contar con cuerpos entrenados, equipados, respaldados e íntegros. Lograr que más mujeres cascos azules y civiles tengan puestos de responsabilidad es otra asignatura pendiente en la que está trabajando la organización.

Un ejemplo es la Misión de la ONU en Sudán del Sur (UNMISS en inglés), que tras la independencia de este país en 2011 sucedió a su predecesora en Sudán (UNMIS) y que cuenta con un avanzado mandato de protección de civiles. Desde el estallido de la guerra civil en 2013, dos de sus principales logros han sido proteger a más de 200.000 civiles de la violencia, acogiéndolos en seis de sus bases hasta el día de hoy, y la rapidez con la que adaptó su labor tras el inicio del conflicto, pasando de apoyar el desarrollo institucional del nuevo Estado a primar la protección de los civiles y la distribución de la ayuda humanitaria. Este trabajo lo sigue desempeñando, a pesar de numerosas dificultades, en uno de los contextos más complicados del mundo.

Carrera de obstáculos

Sudán del Sur está asolado por un conflicto que, desde diciembre de 2013, enfrenta al presidente de etnia dinka Salva Kiir con el exvicepresidente nuer Riek Machar. La falta de voluntad política de los líderes sursudaneses es el primer obstáculo para la consecución de la paz, y también para una misión que, de forma paralela, debe mediar en decenas de conflictos tribales y luchas ancestrales, libradas ahora con armas de fuego y vinculadas al robo de ganado, la lucha por recursos naturales cada vez más escasos, como el agua y los pastos, y el rapto de menores.

A los escollos políticos se suma la dificultad de desplazarse por un territorio sin apenas infraestructuras. Sudán del Sur tiene el tamaño de Francia, pero solo unos 300 kilómetros de carreteras asfaltadas, y la mayor parte de su población vive en zonas rurales que quedan aisladas por las lluvias cada año y a las que solo se puede acceder por aire. Un cometido clave de la Misión es prevenir y documentar los abusos a civiles; por ejemplo, mediante patrullas integradas por los componentes civil, militar y policial de la ONU. No obstante, un convoy de diez vehículos que pretende desplazarse treinta kilómetros —hasta dos horas de ida— puede convertirse en una carrera de obstáculos difícil de imaginar desde la distancia.

En ocasiones, un soldado impide pasar el primer punto de control, aunque la ONU goce de libertad de movimientos según lo acordado con el Gobierno anfitrión. Tras una larga negociación, el convoy continúa por caminos embarrados hasta la rodilla, parándose diversas veces para desatascar los vehículos. Lograr algo de intimidad para ir al baño es una complicación añadida para la única mujer de la patrulla: el sendero está flanqueado por militares y fuera del camino puede haber minas. A seis kilómetros del destino, unos operarios están desmontando el único puente disponible y hay que persuadirlos para que lo ensamblen de forma provisional. Finalmente, se llega a una aldea ubicada en el epicentro de diversos conflictos tribales, de difícil acceso y sin cobertura telefónica en kilómetros a la redonda. Por ello, no siempre es posible avisar con antelación a las autoridades locales para asegurarse de que estarán todas presentes. A la hora de regresar, la lluvia obliga a tomar una ruta alternativa y el convoy pasa cerca de poblados con los que también sería conveniente hablar. Sin embargo, el traductor ya no domina estas lenguas, totalmente diferentes a las de sus vecinos, en un país con más de 60 tribus que no siempre disponen de una lengua común para comunicarse entre ellas. De este modo, los planes trazados sobre el papel deben adaptarse a realidades operativas complejas a diversos niveles.

Entorno exigente

Los profesionales de las misiones, sobre todo los que trabajan en lugares remotos realizando labores como monitorear violaciones de los derechos humanos, deben estar preparados para vivir y rendir en entornos difíciles. Son muchas horas de trabajo en condiciones duras, sin comodidades ni caprichos, coordinando operaciones complejas con contrapartes en su propia organización, ONG, Gobiernos y cuerpos diplomáticos, con jefes tribales y organizaciones sociales y con personal civil, militar y policial procedente de docenas de países que debe acordar cómo utilizar los recursos disponibles. Unos recursos limitados frente a unas necesidades que, en países como Sudán del Sur, van en aumento de la mano de los conflictos y el desplome de la economía.

En su día a día, el personal de la Misión mantiene reuniones con autoridades locales bajo el árbol que ofrezca más sombra a la hora de la cita o explica a las contrapartes los conceptos de cuenta de correo electrónico y de hoja de cálculo mientras trabaja en territorios donde raramente hay electricidad. En las cárceles, como parte de evaluaciones de género, habla con niñas de 15 años allí confinadas por haber rechazado convertirse en la cuarta esposa de un anciano de su tribu.

En los hospitales es frecuente ver niños ingresados en cajas de cartón y sin la medicación necesaria para salvar sus vidas. En alguna de las zonas más remotas del planeta, la única carretera de tierra disponible puede ser el bulevar Bin Laden, bautizado así por la población en referencia a quien lo financió. En todos estos lugares, son muchos los profesionales que hacen prueba de tesón e inventiva para aportar soluciones. Y, aunque agotados al final del día, no podrán regresar a casa.

Capacidad de adaptación

El personal reside en bases que, dependiendo de la zona geográfica, albergan entre una docena y un millar de personas de culturas diferentes, que viven en contenedores prefabricados de doce metros cuadrados. Dentro hay espacio para una cama con mosquitera para prevenir la malaria cerebral, una mesita y un armario-taquilla. Debajo, encuentran cobijo lagartos de hasta dos metros —varanos—. Cuando falla la climatización, temperaturas de hasta 56 grados centígrados al sol los convierten en hornos. Las duchas, lavabos e inodoros suelen estar en contenedores comunitarios. Caminar hasta el baño por la noche, algo más frecuente de lo habitual debido a las afecciones gastrointestinales, implica dos maniobras rutinarias: protegerse de los mosquitos antes de poner un pie en el exterior y portar una linterna para evitar picaduras de víboras y cobras.

Otros retos cotidianos pueden ser la imposibilidad de salir de la base en el tiempo libre por la inseguridad, la escasa conectividad a internet y una cobertura de telefonía móvil pobre o del todo inexistente, que dificulta el contacto con los allegados. A veces se pierde la cobertura de un operador porque el camión que transportaba combustible para la antena cae en una emboscada. Cuando desaparece la señal de todos los operadores simultáneamente, hay que ponerse en guardia: se avecina un ataque.

Para mantener el rendimiento en estas condiciones, el personal civil dispone de unos días de descanso y recuperación —rest and recovery— fuera del país cada cuatro, seis u ocho semanas, según el contexto. Los contingentes militares permanecen hasta un año en la base de forma continuada. El personal civil cuenta los días para reunirse con su familia, comer de forma variada y disfrutar de algo tan sencillo como andar por la calle. Sin embargo, sabe que debe estar preparado para cualquier imprevisto. Cuando llega el día de viajar —y solo se puede salir de las bases que están fuera de la capital en helicóptero—, puede que las plazas deban destinarse a un personal más prioritario. O que el vuelo no despegue por las lluvias, la inseguridad o la llegada inesperada de una visita VIP. Viajar con muy poco equipaje y estar habituado a los cambios es otro atributo de los profesionales civiles de una misión.

La última vuelta de tuerca en la capacidad de adaptación la dan las mujeres. Ya de por sí minoritario, el personal femenino supone solo un uno o dos por ciente de los residentes en algunas bases, pobladas mayoritariamente por contingentes militares y policiales masculinos. El personal civil procede, sobre todo, del continente donde trabaja la misión, mientras que los países que más uniformados aportan a las operaciones de paz son Etiopía —7.798 hombres y 528 mujeres—, India —7.432 y 39—, Pakistán —7.140 y 21—, Bangladesh —6.576 y 196—, Ruanda —5.906 y 240—, Nepal —4.959 y 172— y Senegal —3.532 y 85—. UNMISS, por ejemplo, cuenta con 13.723 uniformados de 62 países y 1.973 civiles. En este contexto, el personal femenino procedente de todo el mundo no solo ejerce de modelo en comunidades fuera de las bases, sino también dentro de ellas.

Las operaciones de mantenimiento de la paz dependen de muchos factores para llevar a cabo con éxito su cometido: de los países que las aprueban, las dotan de respaldo político y les aportan puntualmente los medios humanos, técnicos y financieros para que puedan trabajar; de los Gobiernos que las acogen en su territorio; de la voluntad de las partes en conflicto, y de la fortaleza de la sociedad civil. Las misiones se ven condicionadas por factores como el clima, la falta de infraestructuras y la capacidad de las contrapartes locales. En última instancia, también dependen de la preparación, integridad, salud y motivación de cada uno de sus profesionales.

En un momento de sufrimiento humano sin precedentes, la ONU de Ban Ki-moon ha emprendido reformas para mejorar la eficacia de las operaciones de paz. Corresponderá al próximo secretario general, pero también a todos los actores que influencian el desempeño de las misiones, consolidar estos avances a partir del 1 de enero de 2017.

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Acerca de María Fuentenebro y Glòria Pallarès 1 Article

María Fuentenebro es experta de Naciones Unidas en prevención y gestión de crisis. Sobre el terreno, trabajó en Sudán y Sudán del Sur con UNMIS y PNUD en el período 2008-2011. Glòria Pallarès ha trabajado como analista de información de UNMISS en Sudán del Sur en el período 2014-2016. Como tal, ha orientado la toma de decisiones a alto nivel y la planificación de misiones integradas por civiles y militares, dirigidas a investigar la situación política, de seguridad y derechos humanos en áreas remotas e inestables.

1 comentario en “Misiones de paz: del papel a la realidad”, por María Fuentenebro y Glòria Pallarès

  1. Interesante artículo, es bueno conocer la labor que realiza la ONU en estos países en conflicto y saber lo difícil que es para las personas militares y civiles que se comprometen con la paz

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