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Jordania, ¿oasis de paz?

Fotografía: Esther Miranda

Entre las ancestrales arenas del desierto jordano se levanta la ciudad de Petra, la que se conoce como el Tesoro. Sus rosadas formaciones montañosas sirvieron de abrigo en tiempos remotos a la civilización nabatea en su huida de los reyes seléucidas. Es solo una de las múltiples civilizaciones que han dejado sus huellas en Jordania, colonizada por griegos, egipcios, asirios, persas o turcos. Hoy, el moderno reino hachemita ha retomado su vocación de refugio: ha acogido desde hace décadas a oleadas de migrantes, primero de palestinos, ahora, desde el conflicto sirio y el surgimiento del Estado Islámico, de refugiados sirios e iraquíes. Por el contrario, el Tesoro de Petra, la joya turística del país, antaño siempre concurrida, se alza más sola que nunca: los turistas que la visitaron el pasado 2015 son un cuarto de los que lo hacían cinco años antes.

Los atentados perpetrados por Al Qaeda en 2005 en hoteles internacionales pretendieron socavar la boyante industria turística del reino jordano, uno de los destinos turísticos más populares de la zona. No obstante, el éxito de las medidas antiterroristas puestas en marcha desde entonces, que han logrado una década libre de terrorismo, parece indiscutible. Jordania pudo mantener a raya esta amenaza hasta el pasado Ramadán, cuando sufrió dos atentados que se sumaron a la lista de ataques del Estado Islámico en el mes sagrado del Islam. Ambos dirigidos a objetivos militares del General Intelligence Directorate o GID, los servicios de inteligencia jordanos, estos nuevos ataques han desatado temores de que la capacidad de Jordania para mantener el terrorismo bajo control se esté disipando. Las promesas del monarca Abdalá II de responder con puño de hierro a estos ataques y el corte del paso de refugiados a través de la frontera no tardaron en sucederse.

Índice de impacto del terrorismo en 2014. Fuente: Statista
Índice de impacto del terrorismo en 2014. Fuente: Statista

En mitad de la vorágine de ataques terroristas que ha sufrido el mundo en el último año, el caso de Jordania no resulta especialmente alarmante ni mediático. Sin embargo, puede que nos dé las claves de los múltiples problemas que afectan al frágil equilibrio de un país encajado entre conflictos vecinos: ¿Cómo han afectado estos y la afluencia de refugiados a la estabilidad del reino? ¿Cuáles han sido hasta ahora los ingredientes de la receta jordana para evitar grandes atentados en masa como los que se han producido en países como Iraq o Líbano?, y sobre todo, ¿de verdad la principal amenaza que afecta al reino hachemita surge de los conflictos que tienen lugar a sus puertas o existe una amenaza latente en el oasis de paz de Oriente Medio?

El superviviente pragmático: una política exterior maniatada por problemas internos

Jordania, rodeada de conflictos y sin los recursos naturales de sus vecinos del Golfo, es considerada uno de los interlocutores más válidos en la esfera internacional por su moderación y su afán pacifista. La que se ha ganado el sobrenombre de “la Suiza de Oriente Medio” ha afrontado cada reto con la estabilidad como objetivo y la hábil gestión de sus alianzas como estrategia.

Así, la convicción de que la supervivencia ya era un objetivo lo suficientemente ambicioso ha marcado las decisiones de estado entre los monarcas hachemitas desde que Abdalá I conspirara con Israel para anexionarse Transjordania. Las consecuencias de la reacias participaciones de Jordania en la Guerra de los Seis Días y en la Guerra del Golfo del lado de Iraq –la anexión de Cisjordania por parte de Israel en el primer caso y unas perjudicadas relaciones diplomáticas con Estados Unidos y el resto del Golfo en el segundo– confirmaban las sospechas de que el reino no podía permitirse el lujo de apoyar a esta o aquella causa si eso suponía perder el favor de sus aliados más poderosos, especialmente de Estados Unidos. Así, Jordania ha sustentado su posición estratégica internacional basándose en la defensa de la estabilidad nacional y, en la medida de lo posible, regional, a través de la adopción de posturas cautelosas en cualquier tipo de situación y de su disposición para ser el aliado clave de Estados Unidos e Israel en Oriente Medio. Su posición en la guerra de Siria, que ha supuesto la mayor amenaza a esta estabilidad en mucho tiempo, ha confirmado esta política. A diferencia de otros estados del Golfo o de Turquía, que se han permitido apoyar una solución más favorable para sus intereses en Siria –en muchas ocasiones, de forma independiente de las necesidades del país–, Jordania ha actuado forzosamente desde la flexibilidad ante los temores de contagio: abierta a cualquier solución que pudiera minar al Estado Islámico, minimizar el conflicto o disminuir la oleada de refugiados sirios. A pesar de su escepticismo ante la idea del derrocamiento del  régimen de Assad  como solución para el conflicto sirio, Jordania ha pedido que abandone el poder de acuerdo con los intereses de Estados Unidos, aunque sin cerrar las puertas a una discreta comunicación e incluso colaboración con Rusia.

Para ampliar: Jordan’s pragmatism in Syria, Muhammad Hamed en Foreign Affairs

No es de extrañar su interés en apoyar cualquier posible alivio al conflicto sin contrariar los intereses de su gran aliado. Al fin y al cabo, Jordania tiene sus propios problemas.

El primero de ellos es una economía perpetuamente estancada. A pesar de que su crecimiento evolucionó positivamente en el pasado 2015 y de las reseñas positivas del Fondo Monetario Internacional, existen una serie de problemas estructurales que lastran su desarrollo. Un paro endémico del 16% –aunque se estima que es realmente mayor– es uno de los más preocupantes. La situación alcanza proporciones desesperantes entre los jóvenes, entre los que llega al 30% a pesar del elevado índice de educación universitaria. La dependencia energética, una creciente deuda pública, que ha alcanzado alrededor del 90% del PIB y la dependencia de instituciones internacionales para la construcción de infraestructuras impiden que la economía consiga dar el salto de lentas mejoras al crecimiento necesario para paliar la situación. El declive del sector turístico, marcado por la inestabilidad de la zona, tampoco ha ayudado.

Incidencia del desempleo en la población joven en el mundo árabe. Fuente: The Economist
Incidencia del desempleo en la población joven en el mundo árabe. Fuente: The Economist

Para ampliar: Jordan’s economy surprises, David Schenker en The Washington Institute

La gestión de las oleadas de refugiados ha representado otro reto considerable. Según ACNUR, Jordania es el segundo país del mundo que acoge a más refugiados, entre los que se cuentan 1,4 millones de sirios, además de aquellos procedentes de Iraq y de oleadas previas de Palestina. En total, los refugiados constituyen alrededor de un 13% de la población y suponen un gasto equivalente al 17,5% de los presupuestos del Estado, aunque gran parte del mismo es asumido por ayudas internacionales. A pesar de ello, la gestión del flujo de refugiados provenientes de Siria ha sido difícil no solo por la carga que añade a una ya de por sí ahogada economía, sino también por la respuesta social al fenómeno: aunque la presencia de refugiados es en general aceptada, una parte de la población les culpa de empeorar la situación laboral y de suponer una carga para los servicios sociales y recursos públicos. La ayuda internacional ha contribuido en gran medida a que la situación resulte social y económicamente soportable, aunque no está tan claro cómo hará frente Jordania a los costes que los refugiados supondrán a largo plazo. A ello, se añade la potencial amenaza de la filtración de integrantes del Estado Islámico: se calcula que entre aquellos que esperan para entrar en la frontera se escondían unos 2000 miembros del grupo yihadista. El cierre del paso de refugiados que ha seguido a los atentados ha convertido la acumulación de personas desplazadas en la frontera en una situación inhumana, puesto que ha cerrado las vías de acceso a la ayuda humanitaria.

Número de refugiados por mil habitantes en 2014. Fuente: Statista
Número de refugiados por mil habitantes en 2014. Fuente: Statista

Para ampliar: Jordan’s refugee crisis, Alexandra Francis en Carnegie Endowment for International Peace

Consecuencia de ambas situaciones es el descontento social, al que se añade la promesa de una democratización que nunca acaba de materializarse. Jordania vivió su propia versión de la primavera árabe, que se saldó con reformas modestas que apaciguaron a una población amilanada por las consecuencias de revueltas en Siria y Egipto. Estas circunstancias, junto con una gestión de corte relativamente suave, evitaron que las manifestaciones tomaran tintes revolucionarios. Si bien el reino hachemita oficialmente es una monarquía constitucional, el rey aún atesora amplios poderes ejecutivos y legislativos, entre los que cuenta la capacidad para deshacer el gobierno, convocar elecciones y designar a un nuevo primer ministro. Aun con todo, el monarca recalca a menudo su deseo de efectuar una transición hacia una democracia plena y alega no hacerlo por la frágil situación económica y el miedo a que la inestabilidad regional se extienda al reino hachemita, una decisión que le ha merecido recriminaciones de no valorar en su justa medida al pueblo jordano o de simplemente ser una excusa para no alejarse del poder y privilegios que le otorga su condición actual.

Para ampliar: The Modern King in the Arab Spring, Jeffrey Goldberg en The Atlantic

La amenaza de la inestabilidad: ¿externa o interna?

Sea esta la verdadera razón o no, lo cierto es que la situación dista de ser ideal. A pesar de ello, Jordania ha sabido mantener su particular equilibrio evitando la inestabilidad y, lo que se antoja aún más meritorio, esquivando con relativo éxito el terrorismo del Estado Islámico. Tras las tragedias que han asolado frecuentemente a otros países vecinos como Líbano o Turquía, incluso tras los recientes atentados a objetivos militares, la habilidad de Jordania para evitar atentados a gran escala resulta cuando menos llamativa.

Un factor determinante en este éxito ha sido la efectividad de sus servicios de inteligencia. El GID jordano se cuenta entre las agencias más respetadas del mundo y cuenta con una dilatada experiencia en la lucha contra el terrorismo, así como en cooperación con sus equivalentes occidentales. Cabe destacar que, a pesar de los problemas económicos, Jordania es el séptimo país del mundo en gasto militar en porcentaje del PIB, lo que se traduce en un ejército efectivo y con un alto nivel de profesionalidad. Detrás de parte de este éxito se encuentra Estados Unidos, que ha jugado un papel transcendental a la hora de reafirmar la seguridad del reino: en 2015, aumentó su ayuda base anual a Jordania de 660 millones de dólares a 1.000 millones, además del cuantioso apoyo económico destinado a la gestión de los refugiados. El interés norteamericano en mantener la estabilidad en Jordania no es menos apremiante que el del mismo reino: es su principal aliado en la lucha contra el Estado Islámico, contra el expansionismo iraní y uno de los defensores de una visión conciliadora del conflicto árabe-israelí.

Previsiones de ayuda internacional de Estados Unidos en 2016. Fuente: Statista
Previsiones de ayuda internacional de Estados Unidos en 2016. Fuente: Statista

Aun teniendo en cuenta la pericia militar de Jordania lo cierto es que resultaría ingenuo, tras comprobar el alcance de los actos terroristas del Estado Islámico, creer que contar con fuerzas de seguridad efectivas es suficiente. Jordania, como estado árabe y musulmán aliado de potencias occidentales y parte de la coalición contra el Estado Islámico, podría parecer a simple vista el objetivo perfecto para el Estado Islámico. No obstante, y a pesar de que se han desarticulado varios intentos de ataques terroristas a objetivos civiles y militares, existen razones que invitan a creer que, simplemente, Jordania no había sido un objetivo prioritario para el grupo terrorista. A diferencia del Líbano y Yemen, la población chiita de Jordania, a menudo objeto de ataques del grupo terrorista, es insignificante; además, Jordania carece de las reminiscencias de potencia territorial y religiosa que tienen Arabia Saudí o Iraq. Si bien Jordania formaría parte de la llamada Gran Siria que el grupo terrorista pretende unificar bajo su califato, en un momento en el que el Estado Islámico está perdiendo posiciones en Siria parece resultar más rentable centrarse en otros objetivos menos preparados o más mediáticos.

¿Ha logrado entonces Jordania limitar los efectos de los conflictos vecinos en el interior de sus fronteras? En cierto modo, aunque no totalmente. La población jordana condenó en masa al Estado Islámico tras el brutal asesinato del piloto del ejército Moaz Youssef al–Kasasbeh. Fue un momento definitorio para el país. Incluso los grupos islamistas como los Hermanos Musulmanes y las figuras salafistas más destacadas del país condenaron el ataque. Según las encuestas realizadas por el Centro de Estudios Estratégicos de la Universidad de Jordania, tras el trágico suceso un 92% de la población creía que el Estado Islámico era la mayor amenaza para la estabilidad del país, cuando seis meses antes solo el 65% compartía esta opinión.

Estimación de combatientes extranjeros procedentes de países cercanos en Siria. Fuente: Statista
Estimación de combatientes extranjeros procedentes de países cercanos en Siria. Fuente: Statista

A pesar de este rechazo, Jordania es el tercer país con más nacionales integrados en el Estado Islámico, con alrededor de 2.000 combatientes estimados. Como en otros países árabes, la impotencia ante una situación económica perpetuamente estancada y un elevado paro juvenil ha empujado a muchos jóvenes a la radicalización; se teme que suceda lo mismo con aquellos refugiados que se amontonan en la frontera. El mayor peligro para la estabilidad en Jordania podría no provenir de la inestabilidad regional, sino del riesgo de radicalización de su propia juventud ante el futuro sin perspectivas que ofrece el país. No es una excepción: el desempleo y la falta de oportunidades se citan como la primera razón por la que los jóvenes del mundo árabe podrían considerar unirse al Estado Islámico. Conocedores de la situación de Jordania, el Estado Islámico y Al–Qaeda saben que las áreas más pobres y las zonas rurales son el caldo de cultivo ideal para los 10.000 militantes leales a grupos salafistas que se calcula que hay en el país. Ante tal perspectiva, los llamados “lobos solitarios”, individuos que urden ataques terroristas en solitario –aunque su ideología pueda responder a los de un grupo terrorista concreto– constituyen una amenaza latente difícil de controlar.

Acerca de Sandra Ramos 5 Articles
Alicante, 1993. Graduada en Traducción e Interpretación por la Universidad de Granada. Máster en Gestión Internacional de la Empresa de ICEX-CECO. Con vocación por todo tipo de cuestiones internacionales y especialmente interesada en las zonas de Asia y Oriente Medio.

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