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“Sin frontera no hay Europa”, por Antonio Delgado

BRUSELAS – Cruzar la línea Maginot; el corredor polaco; el paso del Brennero; Hendaya y la Junquera, sin enseñar un papel. Sin pararse siquiera. Sin enterarse. Los puestos fronterizos que intimidaron a millones de emigrantes y exiliados, oxidados junto a la carretera. La libertad de circulación de personas es el logro más evidente de la Unión Europea.  Pero es también su punto débil, el flanco por el que está perdiendo el apoyo de los europeos. Una paradoja.

Las élites política, económica, profesional o cultural -desde los eurodiputados a los estudiantes Erasmus- la ensalzan como un hito de la civilización y la unidad europea. Pero son minoría: apenas el 0,29 por ciento de la población de la UE vive o trabaja de forma regular en un Estado distinto al de origen, según la Economic Survey of the EU, publicada en 2012 por la OCDE.

Para los emergentes movimientos populistas -y su electorado creciente de clases medias venidas a menos-, la Europa sin fronteras no es tan simpática. Es más bien la causa de la emigración sin control que devalúa los barrios; de las correrías de los yihadistas; el fin de la soberanía de los viejos estados nación.

“Queremos controlar nuestras fronteras, como cualquier país normal”, repetía machaconamente el líder del británico UKIP Nigel Farage durante su triunfal campaña por el brexit. “La Europa de Schengen es la Europa de los ladrones”, resume, en un solo dardo, la líder del Frente Nacional francés, Marine Le Pen.

Schengen es un pequeño y coqueto municipio de Luxemburgo, dedicado a la producción de vino espumoso y situado en la civilizada ribera del río Mosela, justo en la intersección entre el Gran Ducado, Francia y Alemania.

El 14 de junio de 1985,  los líderes la entonces la Comunidad Económica Europea firmaron allí el tratado homónimo. Un texto revolucionario que les comprometía a acabar con las controles fronterizos entre ellos y adoptar una política común de visados.

La Europa sin fronteras ya tuvo un parto difícil. De entrada solo cinco de los diez estados firmaron el tratado (Francia, Alemania, Bélgica, Holanda y Luxemburgo).  Reino Unido e Irlanda se desmarcaron desde el principio, lo que hizo de Schengen un cuerpo jurídico extraño, insertado pero sin formar parte propiamente del acervo comunitario. El área Schengen la forman hoy 26 Estados. Cavilando qué hacer.

Porque la crisis de los refugiados la ha puesto contra las cuerdas. El reglamento Schengen permite restablecer los controles de forma temporal por razones de seguridad u orden público. Era habitual hacerlo en caso de acontecimiento deportivo o amenaza terrorista.

Pero, en 2015, la entrada sin control de cientos de miles de personas desesperadas a través de Grecia y los Balcanes hizo saltar por los aires el sistema de asilo europeo, puso nerviosas a muchas capitales y ha converdito la excepción, en norma.  Hungría, Austria, Alemania, Suecia, Finlandia -Francia también, por su alerta antiterrorista- han bajado la barrera y restablecido los controles. En teoría, de forma temporal. Nadie sabe por cuánto tiempo.

“Hoy reintroducimos alegremente los controles en las fronteras, pasado mañana nos preguntaremos para qué una moneda única si no hay libertad de movimiento”, alertaba en enero el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker. La suerte de Schengen es, a su juicio, la suerte de Europa.

Y puede que tenga razón. Pero ojo con el trazo grueso. El rechazo a la Europa sin fronteras –o a la inmigración ‘tout court’- es un sentimiento egoísta e insolidario si se compara con el inmenso drama de las familias sirias huyendo de la guerra. Pero no es una reacción banal. Revela un sentimiento de fondo que lleva años sedimentándose: la desazón de millones de europeos ante la globalización. El miedo a que el viejo Estado nación protector se desvanezca y les deje a la intemperie. Sin que la UE se haya erigido como baluarte alternativo. Sin que ni siquiera haya dejado claro cuál es su límite geográfico. Qué es Europa y qué no lo es.

Las cabezas pensantes de Bruselas se lo han olido. La Unión pondrá en marcha en otoño un embrión de guardia europea de fronteras –con agente, lanchas y aviones prestados por las policías nacionales. Ha desplegado una misión militar frente a las costas de Libia. Y, a la caza del yihadista, ha reintroducido el control de pasaportes también para europeos en las fronteras externas.

La pregunta, como casi siempre, es si será suficiente. El filósofo francés Régis Debray, pesimista ilustrado, daba la batalla por perdida ya en el año 2010: “La miseria mitológica de la efímera Unión Europea, que la priva de toda ‘affectio societatis’, se debe a que no se atreve a saber, y menos a declarar, dónde comienza y dónde termina (…) Europa ha renunciado a tomar forma: al no encarnarse en nada, ha acabado por rendir su alma”. Antes de añadir: “Pero es sólo el primer acto. En el siglo XXII la cosa saldrá probablemente mejor.” (Régis Debray, Éloge des frontières. Traducción al castellano publicada por Gedisa, 2016).

El Orden Mundial en el Siglo XXI no se hace responsable de las opiniones vertidas por los autores de la Tribuna. Para cualquier asunto relacionado con esta sección se puede escribir a [email protected]

Acerca de Antonio Delgado 1 Article

Antonio Delgado es corresponsal comunitario de RNE desde 2009. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. Su carrera profesional arranca en 1998 como redactor en el Diario Jaén. Ya en Bruselas, trabaja para Europa Press y la agencia EFE, siempre como redactor especializado en la Unión Europea y la OTAN. Como corresponsal en Bruselas, ha cubierto el lanzamiento del euro, la ampliación al este de la UE, el proyecto de Constitución Europea y la crisis económica. Ha sido galardonado con el Premio “Salvador de Madariaga” de la Asociación de Periodistas Europeos de este año.

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