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Cómo sobrevivir siendo un microestado europeo

Basta con mirar atentamente al ya de por sí fragmentado mapa político de la Europa actual para percatarse de la existencia, un tanto anómala, de territorios soberanos tan minúsculos que fácilmente pasan desapercibidos a simple vista. Estados que con el tiempo se han consolidado como entidades independientes y que han sabido convertir lo que a priori es un hándicap, su tamaño liliputiense, en un acicate estratégico para su supervivencia a lo largo de la historia. El viejo continente alberga a cinco de los diez estados más pequeños del mundo, incluyendo a los dos primeros. Para explicar la perdurabilidad en el tiempo de estos territorios diminutos hemos de atender a las circunstancias históricas particulares de cada uno, si bien guardan características comunes que persisten y siguen siendo visibles en nuestros días. Algunos de ellos son reliquias medievales, de un tiempo en el que ser pequeño era la norma en Europa, y todos ellos comparten unos intereses propios de su propia condición de microestados, lo que implica también compartir unos desafíos y amenazas comunes para sus respectivas supervivencias como entes estatales.

Pero la primera pregunta que hemos de plantear es: ¿Qué es un microestado? Esto mismo se han cuestionado durante décadas tanto internacionalistas como geógrafos sin llegar a dar una respuesta concluyente, o al menos, que genere un férreo consenso. Ni siquiera hay una plena conformidad en que los microestados sean un grupo separado de los llamados estados pequeños o small states, y tampoco existe una única definición que sirva de referencia para abordar a estos últimos. Por tanto, surgen otras preguntas recurrentes: ¿Qué diferencia a un estado pequeño de otro no pequeño? ¿Cuáles son los parámetros que determinan que un estado es pequeño y cuáles son aquellos que establecen qué es un microestado? Los criterios son muy variados. Hay quien tiene en cuenta los aspectos económicos, el área geográfica, la densidad poblacional, la posición o relevancia del estado en el escenario internacional, mientras que otros académicos combinan varios de ellos, y así encontramos un largo etcétera. Pero tal vez el criterio más utilizado sea el demográfico, esto es, el número de ciudadanos que habitan en esos estados en términos absolutos. Y llegados a este punto, vuelve la discordia.

Para algunos analistas un microestado no alberga a más de trescientos mil habitantes, mientras que otros sostienen que la cifra límite es cien mil, y otras cifras oscilan desde el millón y medio a los tres millones como tope. Sin embargo, la cifra más empleada para delimitar a los microestados suele ser el millón de habitantes, lo que significaría que en la actualidad habría cuarenta y tres microestados en el mundo, y nueve de ellos se encontrarían Europa: Andorra, Islandia, Liechtenstein, Luxemburgo, Malta, Mónaco, Montenegro, San Marino y la Santa Sede –o Ciudad del Vaticano. En este artículo tomaremos como válido el criterio del millón de habitantes a sabiendas de que no todos coincidirán en catalogar a los nueve estados anteriormente mencionados como microestados, especialmente en los casos de Islandia, Luxemburgo y Montenegro, que se distinguen fácilmente del resto por su mayor extensión territorial, población, relevancia internacional y autonomía respecto a sus vecinos. No se consideran en esta lista aquellos territorios europeos que gozan de un alto grado de autonomía pero que no se reconocen como estados soberanos, como Gibraltar, la Isla de Man y las Islas del Canal –pertenecientes a Reino Unido–, el monte Athos (Grecia), Transnistria (Moldavia) o el norte de Chipre.

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Ser diminuto, desafíos y oportunidades

No obstante, parece claro que el hecho de ser un microestado no es solamente una mera cuestión de tamaño o de tener a un mayor o menor número de habitantes residiendo dentro de las fronteras. Implica del mismo modo compartir una serie de patrones de conducta en materia de política interna, exterior y de seguridad, lo que conlleva tener que hacer frente a una serie de desafíos inherentes a su propia condición de estado liliputiense y relativos a la posición de vulnerabilidad e inferioridad de éstos con respecto a otros estados más poderosos. Por norma general, los microestados son perfectamente conscientes de sus limitaciones a nivel de recursos y capacidades, así como de su insignificancia política en el contexto internacional. No obstante, también son conocedores de las potenciales virtudes que poseen y mediante las cuales han sido capaces de revertir esta situación a priori desfavorable para hacer valer unas determinadas ventajas estratégicas que otros países de mayor tamaño desearían tener, como puede ser una ubicación clave, facilidad para atraer inversiones extranjeras, la posesión de recursos naturales estratégicos, formar parte de una alianza militar con uno o varios estados poderosos, pertenecer a ciertas organizaciones internacionales, una sociedad cohesionada, etc. El rendimiento obtenido de la gestión estratégica de estos factores ha permitido a los microestados conservar, en mayor o menor medida, un cierto grado de independencia a nivel político y económico y preservar su libertad de acción frente a los condicionantes relativos al entorno geoestratégico en el que se desenvuelven.

Y es que los desafíos a los que un microestado ha de hacer frente en materia de seguridad son muy variados y por tanto pueden ser abordados desde diferentes perspectivas. Desde un enfoque de seguridad en su sentido más tradicional y realista –la llamada en el argot internacionalista hard security– un microestado es una entidad muy vulnerable militarmente y sin capacidad para defenderse de posibles agresiones de otros estados con mayor potencial, mientras que si tenemos en cuenta el punto de vista de la seguridad económica, la escasez de recursos naturales y/o estratégicos y el escaso potencial productivo hacen a estos estados raramente viables por sí mismos. Es fácil intuir pues, dada esta tesitura, que los microestados son unos entes muy dependientes del exterior, y en consecuencia éstos suelen adoptar un enfoque proactivo en sus respectivas relaciones internacionales con el objetivo de garantizar su supervivencia. Para ello, buscan la protección de uno o más estados, sean colindantes o no, en materia de seguridad. Bien sea mediante acuerdos bilaterales y/o multilaterales, o formando parte de organizaciones de seguridad colectiva –o combinando ambas opciones– los microestados suelen ser territorios protegidos por un ente de mayor capacidad militar que decide dotarles de protección por motivos históricos y/o estratégicos. Junto a ello, del mismo modo que buscan la salvaguarda de su seguridad, también anhelan ganar visibilidad, peso e influencia en el escenario internacional, para lo cual se les antoja muy conveniente formar parte de organizaciones internacionales en las que tengan posibilidad de representar sus intereses e influir, en mayor o menor medida, en la toma de decisiones de la organización. De paso, a través de la membrecía están en disposición de beneficiarse del concepto de seguridad cooperativa presente en las organizaciones internacionales de nuestros días y, en algunos casos, del acceso a mercados más amplios, lo que acaba traduciéndose en mayores oportunidades económicas. De este modo los microestados buscan paliar sus desventajas económicas reorientando su economía al exterior, alcanzando acuerdos comerciales que les permitan mitigar la escasez de recursos básicos e intentando atraer a las inversiones extranjeras, a menudo recurriendo a la polémica estrategia de ofrecer beneficios fiscales.

Cómo sobrevivir siendo un microestado europeo

Podemos constatar lo anteriormente expuesto en el caso de los microestados europeos. Los nueve anteriormente citados intentan buscar refugio político en diferentes instituciones, para lo cual tratan de diversificar su presencia en distintas organizaciones internacionales. Todos ellos forman parte de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), lo cual es un paso esencial para el reconocimiento de su soberanía, y con la excepción de la Santa Sede, que figura como estado observador, todos los microestados europeos son miembros de pleno derecho. Otra organización en la que todos comparten membresía es la Organización para la Seguridad y Cooperación de Europa (OSCE) y, de nuevo con la excepción del Vaticano, todos estos países también forman parte del Consejo de Europa.

Respecto a la Unión Europea, sólo dos microestados son miembros actuales: Malta, que se incorporó en 2004, y Luxemburgo, que no solo es uno de los seis miembros fundadores de la Unión sino que además alberga varias sedes, como el Tribunal de Justicia o el Tribunal de Cuentas. A sabiendas de las oportunidades económicas que podría suponer el ingreso en la UE, Montenegro solicitó la adhesión en 2008 y figura como estado candidato, mientras que Islandia hizo lo mismo en 2009 pero canceló su solicitud cuatro años más tarde. Este último es además, junto con Liechtenstein, miembro de la Asociación Europea de Libre Comercio (AELC), lo que les otorga también el estatus de miembros del Espacio Económico Europeo (EEE) y del mercado común de la UE, así como del área Schengen. De esta última también forman parte, aunque solo ‘de facto’, Mónaco, San Marino y la Santa Sede, dadas sus políticas de fronteras abiertas con sus vecinos Francia e Italia, respectivamente. Además, Mónaco y San Marino, junto con Andorra, forman parte de la Unión Aduanera de la Unión Europea y están en proceso de negociación con la UE para un acuerdo de asociación, del que ya dispone Montenegro (Acuerdo de Asociación y Estabilización).

Junto a ello, Luxemburgo e Islandia, ambos situados en enclaves estratégicos, son miembros fundadores de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), así como de la OTAN, con lo que aseguran su protección ante posibles agresiones externas atendiendo al artículo 5 de la carta fundacional de la Alianza Atlántica. Islandia, además, posee un acuerdo bilateral de defensa con Estados Unidos desde 1951. Otros microestados europeos no forman parte de la OTAN pero se benefician indirectamente de ella, dado que tienen acuerdos de defensa con países miembros. Este es el caso de Andorra, que se encuentra protegida por Francia y España mediante el Tratado de Buena Vecindad, Amistad y Cooperación, así como el de San Marino y la Santa Sede, a los cuales les protege Italia del mismo modo que Francia lo hace con Mónaco. Por su parte, Malta, que tampoco es miembro de la OTAN, tiene un estrecho vínculo en materia de seguridad con el Reino Unido, antiguo administrador del archipiélago y que además posee bases militares en territorio maltés. Por su parte, Montenegro, en medio de una zona tradicionalmente convulsa, aspira a convertirse en miembro de la OTAN en los próximos años, y en el caso de Liechtenstein, éste se configura como un estado neutral rodeado por otros dos estados neutrales, Austria y Suiza.

En cualquier caso, más allá de las alianzas defensivas que hayan podido concertar a lo largo de su existencia, es preciso considerar que a favor de la seguridad de algunos de estos microestados ha jugado el factor de ser un territorio insignificante a nivel estratégico, con pocos recursos de los que lucrarse y por tanto, poco propenso a sufrir agresiones externas. No resulta aplicable este factor a Islandia, Malta o Luxemburgo, y por poner un ejemplo este último fue invadido por Alemania en las dos guerras mundiales –por entonces era uno de los mayores productores de acero del mundo. Dadas las circunstancias de protección e improbable agresión externa, muchos de estos estados optan por no mantener un ejército formal, como es el caso de Islandia, la Santa Sede, San Marino, Mónaco, Andorra y Liechtenstein.

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La pertenencia a organizaciones internacionales también aporta beneficios a nivel económico, especialmente en aquellos países miembros de la Unión Europea, con acceso a un gran mercado y a fondos comunitarios, que en el caso maltés han servido para mejorar la infraestructura del archipiélago en los últimos años. Por su parte, Luxemburgo cuenta con el aliciente de ser sede de varias instituciones con toda la entrada de dinero que eso supone para el país. Otros países no son miembros de la UE pero se benefician del libre mercado, como mencionamos anteriormente, y varios microestados adoptaron el euro como moneda en aras de facilitar las inversiones extranjeras y no quedarse aislados con divisas obsoletas. Junto con los miembros comunitarios Luxemburgo y Malta, que además son miembros de la Eurozona, Andorra, Mónaco, San Marino y el Vaticano utilizan el euro como divisa nacional merced a un acuerdo con la Unión Europea. Todos estos países usaban antes del euro divisas propias de países que hoy son miembros de la Eurozona; si en Andorra eran igualmente válidos la peseta española y el franco francés, en Mónaco también utilizaban éste último mientras que en San Marino y en el Vaticano circulaba la lira italiana. Llamativa puede resultar la anomalía de Montenegro, que desde finales de los noventa y sin ser un país independiente venía empleando el marco alemán como moneda nacional, por lo que también acabó adoptando el euro a partir de 2002, si bien lo hizo de manera unilateral y sin llegar a un acuerdo con los países de la Eurozona. Del resto de países, Islandia conserva su propia moneda, la corona islandesa, mientras que Liechtenstein maneja los francos suizos de su vecino.

Y no es lo único en común que tiene el pequeño principado con su vecina Suiza. Ambos son considerados paraísos fiscales, al igual que otros microestados europeos como Andorra, Mónaco, y a menudo también San Marino y los miembros de la Unión Luxemburgo y Malta, si bien esta lista varía según la institución que los catalogue. En su afán por atraer a la inversión extranjera directa para dinamizar la economía, los microestados suelen intentar diferenciarse del resto mediante la explotación de una modesta variedad de actividades económicas, dadas sus limitaciones en cuanto a recursos y capacidades. Para la consecución de esta empresa algunos han optado por sacar tajada de su sector bancario recurriendo a una política de fiscalidad baja que incentive la llegada de capital extranjero. El resultado de esta estrategia da lugar a múltiples interpretaciones. Por un lado permite que los estados que recurren a esta polémica práctica lleguen a tener unos niveles económicos por encima de la media –en el caso de Luxemburgo es el país más rico de la UE per cápita. Por otro, la frecuente opacidad y falta de control de este sector degeneran en otras actividades ilícitas como el blanqueo y encubrimiento de capital proveniente de actividades ilegales –el terrorismo, el narcotráfico o el crimen organizado pueden ser ejemplos de ello. Como dato significativo, en Andorra y Mónaco hay formalmente un mayor número de residentes de procedencia extranjera que nacionales, lo que da una idea de lo atractivo que resulta en el exterior beneficiarse de las ventajas que tiene depositar el capital en estos territorios.

Pero no sólo del sector bancario viven estos países. Cada uno ha sabido encontrar sus propias fortalezas económicas y sacarle partido a sus sectores más rentables. Para prácticamente todos los microestados europeos el turismo se ha consolidado como una fuente de ingresos esencial y en los casos de Malta, Andorra y San Marino es la principal actividad económica del país. Para este sector puede suponer un enorme desafío la gestión de la seguridad medioambiental en los próximos años, especialmente para los casos de Malta, Islandia o Andorra, que podrían ser muy sensibles ante la amenaza de la aceleración del cambio climático. También se habrá de tener muy en cuenta los desafíos relativos a la seguridad migratoria, puesto que una entrada masiva de inmigrantes en un país de dimensiones diminutas y con una población muy reducida constituiría una amenaza para la estabilidad de la nación. Ante los desafíos venideros se volverá a antojar necesario que los microestados a los que hemos estado haciendo referencia sigan haciendo un uso sensato de sus instrumentos diplomáticos, preservando el buen entendimiento entre ellos y la comunidad internacional. Especialmente necesario será prorrogar la cooperación con los estados vecinos de los que se abastecen para suplir la carencia de recursos básicos y de los que reciben protección en múltiples ámbitos, incluido el de seguridad. Una economía abierta orientada al exterior y una política exterior dinámica y decidida a velar por el interés nacional han sido y son las claves de la consolidación de estas naciones entre el conglomerado de países que forman el viejo continente, a sabiendas de que el aislamiento supondría para ellas, a buen seguro, la insostenibilidad.

Acerca de Pablo Moral 19 Articles
Écija (Sevilla), 1992. Graduado en Relaciones Internacionales y estudiante del máster euromediterráneo en la Universidad Complutense de Madrid. Interesado en asuntos de seguridad internacional. Twitter: @pabmoral

3 comentarios en Cómo sobrevivir siendo un microestado europeo

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    este artículo por lo bien documentado i su información ayuda situar en el mundo y Europa a una posible Catalunya independiente.

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