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La espada nacionalista: el doble juego turco

Nos movemos entre la muchedumbre del barrio estambuleño de Fatih, al sur del Cuerno del Oro. Barbas mahometanas y banderas de la República de Turquía inundan las calles. Por donde quiera que miremos, uno va a ver ese símbolo en algún lugar, desde vehículos y ventanas hasta algún que otro instrumento musical. Nos dirigimos a un ultramarino próximo al puente Atatürk. La pared frente a la entrada está dominada por la imagen de Mustafa Kemal, padre de la república. El dueño nos atiende. Tras él, una imagen con letras árabes reza: “En el nombre de Allah, el clemente y misericordioso”.

Este contraste de símbolos no es algo único de esta parte de la gran Estambul, más bien un ejemplo de lo que se puede encontrar si uno se da una vuelta por sus calles y comercios menos turísticos. No podemos dejar de preguntarnos qué es lo que hace que se asocien dos elementos aparentemente tan dispares como puede ser la imagen de Atatürk, defensor del secularismo, con el Islam. Y nos damos cuenta de que no es una situación única de esta ciudad, sino que se da a lo largo y ancho de Turquía.

Los sultanes caen y los dioses permanecen

Cuando viajamos por el país no podemos evitar pensar en lo presente que está la religión en todas las actividades que se desarrollan. No obstante, si es un estado secular, ¿de dónde le viene esa presencia religiosa? ¿Cómo se ha mantenido tan afianzada?

Para entender el porqué tenemos que remontarnos a la última etapa del Imperio Otomano. El Imperio, allá por el siglo XVIII, se encontraba en una situación difícil; había perdido su poder y presencia a nivel internacional, y en el plano interno comenzaba a tener serios problemas.

La amplitud de grupos étnicos existentes en el Imperio hacía muy difícil gobernarlos a todos. Un territorio que abarcaba desde Iraq a Bosnia requería de un motivo de unión; los sultanes eran conscientes de esa necesidad y desde el gobierno central se iniciaron políticas de fortalecimiento de ese sentimiento de comunidad. A finales del siglo XIX esas políticas se centraron en la unión a través de la religión. Puede que en algunas zonas orientales y de Anatolia tuvieran algún tipo de éxito, pero en la parte oeste acrecentaron, en la mayoría de los casos, el sentimiento de rechazo. Muchos no sentían una conexión con los sultanes ni con la religión que se intentaba imponer, y si a esto le sumamos el surgimiento de los movimientos nacionalistas de Alemania e Italia, nos encontramos a un sultanato en una situación cuanto menos complicada.

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Los movimientos políticos se trasladaron a la parte central del Imperio. En la región de Anatolia los intelectuales educados en las capitales europeas empezaron a darse cuenta de que aquel ente político no funcionaba y comenzaron a traer ideas nuevas. Este surgimiento de grupos anti gubernamentales se desarrolló sobre todo entre la clase burguesa, que poco a poco iba adquiriendo mayor presencia en la vida económica y social del sultanato.

Estos intentos de reforma han dejado su marca en muchas de las regiones del Imperio; no solo porque el Islam fuera su religión, sino porque en los últimos años de vida del gigante otomano sus sultanes se aferraron a ella para unir un ente que comenzaba a quebrarse. En Anatolia uno no necesita más que salir a la calle para apreciar esa herencia cultural. De hecho, será la religión, y en especial su papel en la vida pública, en torno a lo que girarán muchos de los cambios que se sucedieron en el siglo XX en estas zonas.

El guía del cambio

No habría una Turquía si no fuera por ese hombre de mirada penetrante que vemos por doquier en Estambul; aquel al que todos conocen por Ataturk, que traducido literalmente significa “el padre de los turcos”. No vamos a entrar en una descripción biográfica de este personaje tan relevante para la independencia y conformación del país, mas cabe destacar que no se puede pasar por una calle en la capital del país sin que uno no se tope con la imagen hierática que mira hacia el horizonte, como aquel que busca el camino para guiar a su pueblo.

Captura de pantalla 2015-10-06 a la(s) 19.52.52Una de las cosas que más llama la atención cuando se estudia a este individuo es su relevancia dentro del ejercito otomano y su estrecha relación con grupos de nacionalistas turcos. No se puede decir que toda la teoría kemalista derive directamente de él, incluso cuando lleva su nombre. Mustafa Kemal sabía que lo importante no es ser inteligente sino rodearse de ellos.

Durante todo el tiempo que estuvo en la academia militar se mantuvo en contacto con intelectuales, grupos de jóvenes turcos que traían ideas desde las capitales europeas, habían leído a los clásicos y comenzaban a ver que el Imperio no podía mantenerse. Entre ellos se fue fortaleciendo la idea de que el cambio que el Imperio necesitaba debía de ser radical; no les convencían los intentos que se habían llevado a cabo. El fortalecimiento del sentimiento religioso no caló entre ellos y, como a muchos otros, les alejó del gobierno central.

Kemal lideró el cambio centrándose en su idea de la nación turca, alejándose de la unión mediante la religión y dotando a esa raza de una historia por la que unirse. La retórica de sus discursos instaba a los jóvenes turcos a unirse por su nación, a expulsar a los enemigos internos y a esos poderes extranjeros que quieren ocupar el lugar de los anteriores opresores.

La nueva identidad turca

La nueva Turquía tenía que romper con el pasado, no podían seguir en un entorno tan alejado de todo aquello que ocurría en Occidente. Al mismo tiempo, tenían que encontrar un modo de protegerse del intrusismo colonial. Como se suele decir, si no puedes con ellos, únete. Para frenar a los poderes occidentales debían intentar no ser vistos como una amenaza u objetivo, y para eso se perfiló una Turquía mucho más cercana a Europa. Se inició un proceso de occidentalización.

Kemal basó la república en una serie de principios que hoy en día siguen presentes en mayor o menor medida. El kemalismo se puede estructurar en torno a seis principios básicos. El primero es el republicanismo, la idea romántica de que el poder corresponde al pueblo, dejar de ser gobernados por alguien que no era un representante la voluntad de los turcos. Otro de sus seis pilares será el estatismo; la importancia del estado turco como ente de unión entre sus ciudadanos, centrado en las necesidades de estos. De manera próxima está el nacionalismo. Los nacionalistas tuvieron dificultades a la hora de crear esa idea; el sentimiento nacionalista era tan reducido que tuvieron que crearlo de la nada, desarrollaron toda una cultura, lengua e idioma en cuestión de años. Lo principal era alejarse de la idea teocrática del sultanato para que otra fuerza mayor, un sentimiento de identidad turca, fuera lo que los uniera. Pero también el populismo es otro de los pilares del kemalismo. El pueblo tiene voz y opinión, los individuos son libres.

Esta concepción de populismo se aleja de la definición tradicional; es más próxima a la búsqueda de la libertad del individuo. El penúltimo de los principios y probablemente el que se encuentra en mayor debate en la actualidad política de Turquía es el secularismo, fundamental en la teoría kemalista; significó la ruptura con el pasado, la separación del sultanato y el califato. La religión dejó de poseer la capacidad de ser una religión civil: llegó la separación Iglesia-Estado. Por último encontramos el reformismo. Este era el faro guía de los nacionalistas; Turquía tenía que ser el cambio con respecto a los demás territorios del Imperio Otomano, debían reformar el sistema por completo.

Una nación del mañana

Viendo el cambio que llevaron a cabo los nacionalistas nos damos cuenta de que tendía a un avance democrático en Turquía, una aproximación a valores más occidentales. Sin embargo, pese a desarrollar un sentimiento nacional y a lograr que Turquía, como estado, se posicionara a nivel internacional, existen hechos que nos llevan a dudar sobre si el cambio fue en realidad tan profundo como Ataturk deseaba.

Al principio sí se mantuvieron los principios del kemalismo. En particular el sentimiento nacionalista se acrecentó mucho, pero como probaría la historia, uno no puede acabar con algo que lleva años intrínseco en la vida de tanta gente como es la religión; en especial cuando la revolución nacionalista turca fue un fenómeno burgués que, de algún modo, acabó sin penetrar tanto como debería en las clases bajas que no estaban educadas en costumbres occidentales como gran parte de las burguesía. Sin embargo, el nacionalismo sí que surtió efecto, porque les otorgó a los turcos algo que les identificaba como grupo y les diferenciaba de ese sultanato que tanto les había oprimido anteriormente. En cambio, el secularismo sería algo que, como se ve en la actualidad, no acabaría de ahondar tanto en estos grupos, especialmente en la zona central del país, como lo hizo en las grandes ciudades burguesas.

Pero si nos fijamos bien en Turquía se da una situación que hace de su política algo único. Encontramos que hay un gran sector de la población, por no decir la mayoría, que es musulmán a favor de una penetración de la religión en la vida política. Y, por otro lado, tenemos un sector más reducido que defiende la idea kemalista de la secularización. Así, no podemos dejar de preguntarnos qué es lo que une a estos grupos y qué hace que no surjan conflictos mayores; este punto común es el sentimiento de nación. Los cambios que Ataturk llevó a cabo consiguieron que la nación, Turquía, estuviera por encima de todas las cosas.

Aun así, desde la independencia del país, han ido surgiendo grupos políticos de tendencia islamista, hecho nada extraño en un país con una base musulmana tan grande. El dato a destacar aquí es cómo el secularismo está atrincherado en las instituciones, y en particular cómo enarbolando la bandera nacional se ha frenado el avance de partidos, en su mayoría de corte islámico, que, según se decía, pretendían atentar contra la unidad nacional.

La nueva política nacionalista

Vemos por tanto que el nacionalismo juega un papel muy importante en la vida política del país, no por ser el símbolo de identidad de un sector de la población sino porque bien utilizado puede inclinar la balanza hacia un lado o hacia otro. Hasta finales del siglo XX, este nacionalismo había sido utilizado por los defensores del kemalismo, principalmente el ejército, que, amparado por la constitución, se veía con autoridad para frenar a partidos islamistas en su avance político.

Sin embargo, en 2002 hace su entrada un nuevo personaje en la vida política turca, que sabrá cómo reorientar ese sentimiento nacionalista para ir aproximándolo a la religión. Receip Tayyip Erdoğan y su partido, el AKP, surgieron como un ente intermedio que ofrecía soluciones para los problemas por los que pasaba Turquía; ni islámico ni secular. Pero con el tiempo, como se ha ido viendo, su discurso se ha ido radicalizando.

De nuevo en las calles, viendo los contrastes empezamos a debatir sobre cómo ha podido llegar Erdoğan a este nivel de control, de dominio del nacionalismo turco y del Islam, más cuando ese nacionalismo choca de lleno con su retórica alrededor de la Ummah. Cómo ha logrado que se mezclen tan bien los dos polos y que se diluyan los límites entre ambos para originar una nueva corriente nacionalista-islámica que está muy presente hoy en día remitiéndonos inevitablemente a la política del sultanato; un ideal neo-otomano con la bandera turca como baluarte.

Turquía religión portada

Erdoğan ha sabido cómo manejar ese nacionalismo, utilizando una retórica alejada del islamismo y mucho más centrada en el desarrollo de políticas. Es decir, ha fomentado el principio de estatismo en el que Turquía como Nación y Estado son lo más importante. Pero no habría podido obtener el apoyo que le ha mantenido en la vida política turca si no fuera por un discurso que, pese a no ser directamente religioso, sí que se nutre de muchos de sus principios.

Para entender por qué ha actuado de este modo tenemos que ser muy conscientes de que la presencia del ejército como garante de la nación y el secularismo hacen que estos partidos islámicos hayan tenido que cambiar su forma de aproximarse a la política turca. Mezclando el fervor nacionalista del pueblo turco con la idea de unidad musulmana o Ummah, ha logrado que en muchas partes de Turquía religión y nacionalismo se entrelacen.

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Pero el AKP ha aprendido a separar ambas ideologías manteniendo cierta conexión entre ellas. El principal peligro de ese nacionalismo tan fuerte en Turquía es cómo puede ser utilizado. Desde este partido se ha ido lanzando un mensaje que hacía referencia a esos tiempos en los que el Imperio Otomano, en el que los turcos estaban por encima del resto del mundo. Si a ese tipo de afirmaciones le añadimos otras vertidas por el actual Presidente y ex Primer Ministro Erdoğan en las que afirmaba que “sólo tenemos una preocupación. Es el Islam, Islam e Islam. Es para nosotros imposible aceptar el mal en el Islam”, encontramos que si ya el nacionalismo es fuerte de por sí en Turquía, manejándolo bien puede adaptarse y relacionarse con otros elementos muy fuertes a nivel social pero que no estaban tan presentes en la vida política de la nación como es la religión.

El doble filo del nacionalismo

Es innegable que el AKP no sólo ha cambiado el panorama político turco desde su llegada en el 2002, sino que también ha influido en los principios fundacionales del kemalismo. Sin duda ha sabido nutrirse de aquello que hicieron bien sus antecesores históricos.

Un partido islamista no es difícil de imaginar en un país como Turquía, en el que el 99% de su población es musulmana, pero si a esa presencia le sumamos una tradición imperial y una figura que llevó a los turcos de pueblo a nación, nos encontraremos con un nacionalismo muy centrado en la adoración de un líder que nos recuerda a los antiguos sultanes. Se sustituyó la teocracia por una adoración de la nación; no sería preocupante si no fuera porque ese nacionalismo se está cargando de connotaciones religiosas. No se puede huir del pasado cultural tan rápido como se pretendía.

Si a nuestra receta añadimos un control mediático como el que ejerce Erdoğan ahora mismo, veremos cuán fácil resulta manipular una idea y adaptarla a las necesidades de cada situación. En la actualidad, donde el Islam está siendo objeto de críticas, no resulta difícil despertar fervor entre la población, y eso es lo que Tayyip Erdoğan mejor sabe hacer.

Este es uno de los principales problemas del nacionalismo turco, que no se llegó a culminar; era imposible dejar de lado esa presencia religiosa, y ahora el nacionalismo secular está viendo cómo el secularismo se desvanece con políticas pro islámicas. El AKP ha conseguido despertar ese pasado, llegar a las clases nacionalistas musulmanas y atraer hacia ese nacionalismo pro-islámico a los menos satisfechos con el kemalismo; ha utilizado la fuerza del nacionalismo para sus propios intereses. Ese es el peligro de una ideología tan poderosa como la nacionalista; posee mucha fuerza, pero hay que evitar que se enfoque hacia el lado incorrecto.

Mientras tanto, nosotros seguiremos con nuestro té en la compañía del caballero imperturbable, franqueado por la bandera roja de la media luna, mientras dirige su mirada hacia un futuro en el que su ideal nacional está siendo secuestrado por el pasado que combatió.

Acerca de Eduardo Saldaña 18 Articles
Eduardo Saldaña. Madrid, 1994. Estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Rey Juan Carlos y Derecho por la UNED. Máster en Estudios africanos por la UAM. Apasionado de África y Turquía. Especialmente interesado en la geopolítica, seguridad y defensa internacional. Twitter: @EduardoSaldania

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