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Las Fuerzas Armadas de Ucrania: 25 años de decadencia

La crisis de Ucrania es, posiblemente, uno de los temas de actualidad internacional que más ha sido debatido y analizado en el último año y medio debido a sus connotaciones geopolíticas y a su cercanía geográfica. A pesar de ser una crisis aún abierta, ha sorprendido, sin embargo, la pobre actuación hasta el día de hoy de unas fuerzas armadas que en su día fueron las segundas más importantes –al menos cuantitativamente– en el continente europeo y que actualmente no sólo se enfrentan a extremas carencias básicas sino también a la pérdida de control de buena parte de su componente militar. Todo ello no quita que en este breve lapso de tiempo se hayan realizado importantes esfuerzos a todos los niveles que empiezan a dar resultados. Sin embargo, tanto las reformas de Kiev como la tan prometida ayuda militar occidental no parece que vayan a cambiar la situación en el este de Ucrania a corto y medio plazo.

Independencia de Ucrania y herencia soviética

El fin de la Unión Soviética trajo consigo numerosas controversias entre sus estados sucesores. Una de las más importantes fue precisamente la constitución de unas fuerzas armadas nacionales en cada nuevo Estado sucesor partiendo de las fuerzas armadas soviéticas. De manera general y salvo contadas excepciones, esto se hizo sin incidentes, nacionalizando las unidades militares soviéticas basadas en las diferentes repúblicas socialistas en el momento de la disolución de la URSS. Lógicamente, la Federación Rusa fue el país que más tropas, infraestructura y material bélico mantuvo, seguida de Ucrania, que gracias a su situación fronteriza con los Estados del antiguo Pacto de Varsovia –y por ende con Europa–, heredó un importante número de efectivos, material e infraestructuras y fábricas vitales del extinto complejo militar-industrial soviético.

A pesar de que las estimaciones iniciales sobre el número de efectivos heredados por Ucrania variaron ostensiblemente, el recuento llevado a cabo en enero de 1992 dio una cifra de 726.000 para el total de efectivos de las recién creadas fuerzas armadas ucranianas. Sin embargo, y consciente de su desproporcionalidad, la Rada aprobaría en octubre de 1993 una reducción generalizada de las Fuerzas Armadas hasta alcanzar los 450.000 efectivos, una cifra más acorde al peso demográfico del país, a sus necesidades de seguridad exteriores e interiores y a su situación económica, que dejaba bastante que desear por aquel entonces.

El material bélico heredado también lo fue en cantidades astronómicas. En el momento de la disolución de la Unión Soviética, en Ucrania estaban basados cuatro ejércitos de la Fuerza Aérea (VVS en sus siglas en ruso), uno de las fuerzas de defensa aérea (PVO), seis ejércitos de las Fuerzas de Tierra –incluyendo dos ejércitos blindados– y por último la tan polémica Flota del Mar Negro. En total, más de 6.000 carros de combate, 7.000 vehículos blindados, unos 1.500 aviones de combate y cerca de 300 barcos entre principales y menores. De manera general, la mayoría de todo este abundante material bélico heredado estaba compuesto por modelos avanzados introducidos en la década de los 80 gracias a la propia situación geográfica de Ucrania. En tiempos soviéticos, la república socialista de Ucrania estaba situada en la región más occidental de la URSS, ubicándose en ella –y en otras repúblicas como la bielorrusa o la Rusia europea– las mejores divisiones de tierra y aire. Por eso no es de extrañar que tras el derrumbe soviético Ucrania heredase un importante número de carros blindados de última generación como los T-80B/BV o de aviones de combate como las series del Su-27 o del MiG-29, que nada tenían que envidiar a los últimos modelos occidentales.

A pesar de que por lo general el reparto de las Fuerzas Armadas Soviéticas se hizo sin incidentes entre los diferentes Estados sucesores, sí hubo algunas excepciones. El destino de la Flota del Mar Negro y de sus bases operacionales fue una de ellas. Y no sería para menos, ya que tanto Rusia como Ucrania deseaban tener el control de la por entonces segunda flota en importancia en la Armada Soviética, tan solo por detrás de la Flota del Norte. Se llegaría a una decisión definitiva después de numerosos decretos y de la apertura de diferentes procesos de negociación entre ambos países, culminados en el Tratado de Partición de 1997, por el cual ambos países se repartían en un 50% la Flota del Mar Negro a la vez que Ucrania aceptaba venderle a Rusia el 31,7% de su respectivo porcentaje. De esta forma, Ucrania pasó a tener el 18,3% y Rusia el 81,7%, además de concederse a esta última el alquiler del puerto de Sebastopol así como de otras facilidades militares en la península de Crimea hasta el año 2017. Sin embargo, y como todos sabemos, la disputa entre ambos países por el estatus de Sebastopol y de toda Crimea no haría más que empezar realmente.

Comparativa de las dos flotas en Sebastopol antes de la crisis del 2014
Comparativa de las dos flotas en Sebastopol antes de la crisis del 2014

Otro punto de fricción inmediatamente posterior al derrumbe soviético fue el tema de la desnuclearización de Ucrania, aunque a diferencia del anterior, éste se resolvió de manera relativamente rápida y eficaz. El país se convirtió de la noche a la mañana en la tercera mayor potencia nuclear por detrás de la Federación Rusa y de los Estados Unidos al heredar un tercio del arsenal nuclear soviético. Rusia, sucesora legal de la Unión Soviética, no podía cumplir con las responsabilidades acordadas previamente en el Tratado de Reducción de Armamento Estratégico (START en sus siglas en inglés) firmado en 1991 si el resto de países sucesores de la URSS que habían heredado armamento nuclear no lo transferían a Rusia primero.

Esto se solucionó con el Protocolo de Lisboa de 1992, acordado por Rusia, Ucrania, Bielorrusia y Kazajistán, todos herederos –desiguales– del armamento nuclear soviético. En el caso ucraniano, sin embargo, la Declaración Trilateral de 1994 puso fin a varios desacuerdos con los rusos, permitiendo finalmente el traspaso del armamento nuclear ucraniano a cambio de garantías sobre su soberanía (Memorando de Budapest, diciembre de 1994) por parte de Estados Unidos, Rusia y el Reino Unido. El primero de ellos, Estados Unidos, también asistió económicamente a los ucranianos a desmantelar parte de su flota de bombarderos nucleares –la mayoría de ellos fue transferida también a Rusia–, silos y demás infraestructura nuclear.

Por último, la herencia del complejo militar-industrial soviético también trajo varios problemas. Según varias estimaciones, en la Ucrania soviética se produjo cerca de un 25% de todo el armamento soviético, lo cual, y teniendo en cuenta el reducido tamaño del país en comparación a la extensión territorial de la URSS, es mucho. Sin ir más lejos, sólo de los astilleros de Mikolayiv en el Mar Negro –los más grandes de la región– salieron la práctica totalidad de los portaaviones soviéticos, mientras que en el año 1991 la planta de locomotoras de Járkov produjo más de 800 carros de combate. La industria aeroespacial soviética también bebía en buena parte de la enorme infraestructura que la República Socialista de Ucrania acogía y repartía entre las regiones de Kiev, Járkov y sobre todo, Dniepropetrovsk, dando familias de lanzaderas espaciales tan importantes como los Zenit o a fabricantes de aviones como la compañía Antonov.

Localización de la industria militar ucraniana en Crimea. Fuente: www.janes.com
Localización de la industria militar ucraniana en Crimea. Fuente: www.janes.com

Sin embargo, la política soviética de evitar que una sola empresa o bureau del complejo militar-industrial pudiera ser completamente autónoma en cuanto a la producción de sistemas militares se refiere provocó que tras la desaparición de la URSS muchas líneas logísticas se interrumpieran y/o abandonaran o bien se forzase una cooperación entre los nuevos Estados sucesores, como fue el caso de Ucrania y Rusia en diferentes proyectos y campos. La dependencia ucraniana de componentes fabricados en Rusia se hizo extensiva a casi toda su industria militar, forzándose una cooperación necesaria y una constante importación crónica de componentes que no se podían fabricar localmente, bien por falta de fondos o bien porque las oficinas de diseño habían quedado en manos de otros Estados ex-soviéticos.

Dos décadas de abandono, negligencia, y corrupción

Uno de los esfuerzos de los primeros gobiernos ucranianos, liderados por Kravchuk y después por Kuchma, fue precisamente el de intentar reducir la dependencia de Rusia del complejo militar-industrial nacional, ya que éste en 1991 representaba entre el 50% y 60% del total de empresas localizadas en Ucrania, empleando a un 40% de la fuerza laboral del país. Con estos datos, no resulta difícil entender la dificultad de tal empresa, así como la necesidad de disponer de importantes fondos para llevarla a cabo. Sin embargo, la Ucrania de los años 90 se sumió, al igual que la mayoría de sus vecinos ex-soviéticos, en una profunda crisis económica que lastró el país hasta reducir en un 60% el Producto Interior Bruto que éste disponía en 1990. Muchas empresas del sector perdieron competitividad, quebraron y cerraron. Otras muchas lo hicieron debido a la falta de actividad; ni el gobierno ucraniano adquiría nuevo material o modernizaba el existente por falta de fondos ni se recibían importantes pedidos para la exportación. En este último aspecto, Ucrania casi siempre quedó eclipsada por su vecino oriental –segundo en el ránking mundial–, que disponía de más reservas militares para la exportación y de un complejo militar-industrial más potente en términos generales.

No se consiguió, pues, romper esa dependencia –mutua, cabe decir– con Rusia, que siguió supliendo hasta el mismo año pasado de importantes componentes vitales para el funcionamiento operacional de la mayor parte del material bélico de las fuerzas armadas ucranianas. El conflicto entre ambos países iniciado el año pasado ha supuesto una interrupción casi inmediata de la cooperación técnica y logística, con todas las consecuencias que ello ha comportado. No obstante, y a pesar de su declive a lo largo de 25 años, el conglomerado ucraniano ha conseguido hitos importantes, como el desarrollo local de carros de combate mejorados –si bien basados en modelos soviéticos– como el T-84 Oplot o de nuevos aviones como el An-70, conjuntamente desarrollado con Rusia. Sin embargo, ningún nuevo desarrollo local ha conseguido importantes pedidos ni dentro ni fuera del país.

Centrándonos en las Fuerzas Armadas, estas han sido sin lugar a dudas la principal víctima del ocaso económico de los años noventa y de la corrupción generalizada en el país. Antes del conflicto en el este de Ucrania, éstas contaban con apenas unos 130.000 efectivos –tan solo un cuarto del tope aprobado por la Rada en 1993– y la mayoría del material militar teóricamente operacional estaba desfasado o dudosamente operativo, bien por falta de modernizaciones, bien por falta de repuestos o por pura negligencia. Un ejemplo claro de ello nos sitúa en marzo de 2014, cuando la base aérea de Belbek, en Crimea, se pasó al bando ruso junto a todos los aviones que albergaba: 46 cazas MiG-29 y 4 entrenadores L-39, todos ellos operacionales sobre el papel. La disponibilidad real, sin embargo, era muy distinta; tan solo 4 MiG-29 y un L-39 estaban en condiciones de volar. Tras alcanzar un acuerdo, todos ellos fueron desmontados y devueltos por los rusos a Ucrania dos meses después. Otro ejemplo claro que dio de qué hablar fue el del único submarino “operacional” de la armada ucraniana, el Zaporizhzhia, un obsoleto sumergible de la clase Foxtrot – años 70– que se pasó una década en grada siendo reparado para después seguir acumulando óxido en el puerto de Sebastopol.

Submarino Zaporizhzhia antes de ser reparado
Submarino Zaporizhzhia antes de ser reparado

Por otro lado, y con apenas un presupuesto de tan solo 1.700 millones de dólares invertidos en las fuerzas armadas en el 2013, no es de extrañar que los accidentes militares hayan sido también un continuo a lo largo de los últimos 25 años, como el tristemente famoso incidente del aeródromo de Sknyliv en el año 2002 o el derribo por error de un avión de pasajeros ruso sobre el Mar Negro en el 2001. A ello se le suma la escasez –por no decir nulidad– de ejercicios militares tanto internos como externos con los que mantener preparada a la tropa así como a sus pilotos, que por lo general apenas vuelan un puñado de horas al año de media. Además, la poca experiencia en combate de algunas unidades individuales se ha ceñido en todo este tiempo a las misiones de paz de la ONU desplegadas en África o en los Balcanes.

La situación para la armada ucraniana deja si cabe aún más que desear; de los cerca de 100 buques que el país heredó del reparto de la Flota del Mar Negro en 1997, apenas ha podido mantener en servicio operacional de 15 a 20 buques principales ya obsoletos así como el ya citado submarino. Con este panorama general, alimentado además por la desidia, el desinterés y la corrupción de prácticamente todos los gobiernos ucranianos –desde Kravchuk hasta Yanukovich– llegamos a la crisis del 2014, a la subsiguiente secesión y anexión de Crimea por parte de Rusia y al estallido del conflicto bélico en las provincias orientales de Lugansk y Donetsk.

Operatividad y problemática de las fuerzas armadas ucranianas durante la crisis del Donbass

Una de las primeras decisiones que tomó el nuevo gobierno tras el derrocamiento de Yanukovich para hacer frente al alzamiento en el este del país fue el de volver a crear una Guardia Nacional –inexistente desde el año 2000–, formada inicialmente por voluntarios y miembros de las Tropas del Interior. Sin embargo, la llamada a filas de los reservistas, con tan solo un 2% de asistencia, fue un completo fracaso en sus inicios, dejando entrever la poca autoridad del recién formado gobierno tanto en las regiones del este y sur como en las del centro. Pero sería en marzo de 2014, con la ocupación por parte de tropas rusas de Crimea, cuando la problemática arrastrada en las fuerzas armadas durante las dos últimas décadas saldría a relucir. No sólo hubo una deserción masiva de tropas ucranianas –se cifró en un 77%– al bando ruso –o crimeo, por aquel entonces– sino que el nuevo gobierno ucraniano asistió impotente a la pérdida de toda una región del país y a la privación de numeroso material bélico –si bien desfasado y en buena parte no operativo– valorado en unos 1.700 millones de dólares. Bien es cierto que posteriormente Rusia devolvería la mayor parte de dicho material por serle de poca o nula utilidad en sus propias fuerzas armadas, pero una buena parte sí fue incorporado a las mismas.

Tropas rusas frente a una base de la armada ucraniana en Crimea
Tropas rusas frente a una base de la armada ucraniana en Crimea

No es de extrañar que el estrepitoso fracaso en Crimea y el creciente conflicto en el Donbass provocaran una reacción inmediata en Kiev, como por ejemplo el incremento del presupuesto de Defensa: desde entonces y hasta el día de hoy, el presupuesto se ha visto casi quintuplicado hasta superar los 5.000 millones de dólares en el 2015. A pesar de ello, y debido al progresivo recrudecimiento del conflicto en el este, el gobierno se vio incapaz de financiar por sí mismo no solo las operaciones de guerra y la logística necesaria, sino también a buena parte de sus fuerzas armadas. Comenzaron a proliferar batallones de voluntarios, a menudo afines o directamente financiados por grupos como Pravy Sektor u oligarcas vinculados. Cuanto menos chocantes resultaron por otro lado las campañas SMS o en redes sociales como Facebook destinadas a ayudar a financiar el envío de tropas al este del país.

A este caos se sumaron los numerosos derribos de helicópteros y aviones por parte de unos rebeldes ya claramente –aunque no reconocidamente– apoyados por Rusia. Todos los modelos derribados carecían de sistemas de defensa modernos –cuando en el mejor de los casos disponían de alguno–, poniendo en aprietos a una Fuerza Aérea con una operatividad de por sí muy baja, con escasez de efectivos y con pilotos escasamente entrenados. De hecho, el alto mando ucraniano acabó recurriendo cada vez más a la artillería de campaña para apoyar sus ofensivas sobre Donestk y Lugansk en detrimento de la Fuerza Aérea. Para agosto del 2014, el ejército ucraniano tenía desplegados unos 500-600 vehículos de todo tipo, cerca de 270 piezas de artillería y tan solo 21 aeronaves entre aviones y helicópteros. El goteo de pérdidas materiales en el frente y la necesidad de armar a la nueva Guardia Nacional hicieron que el gobierno de Kiev también recurriera a soluciones extremas pero lógicas en su contexto, como la cancelación de pedidos de exportación de terceros países o la aceptación de vehículos defectuosos rechazados por clientes extranjeros. Si bien es cierto que Ucrania dispone de una gran cantidad de material militar en reserva heredado de la Unión Soviética, la realidad ha sido que la puesta a punto y reparación del mismo a menudo se ha vuelto imposible debido al deplorable estado en el que se encontraba, en muchos casos abandonado durante décadas en recintos al aire libre.

Almacén de carros de combate en la región de Slobozhanshchyna
Almacén de carros de combate en la región de Slobozhanshchyna

A pesar de ello, no todo han sido malas noticias en este último año y medio. La guerra en el Donbass ha implicado la necesidad de realizar numerosos pedidos a un complejo militar-industrial que se encontraba con el agua en el cuello financieramente hablando. A día de hoy las principales fábricas recuperan poco a poco un relativo buen ritmo de producción que podrá ser aprovechado para futuros pedidos extranjeros una vez el conflicto civil se enfríe o se resuelva. Por otro lado, las fuerzas armadas han visto un incremento cuantitativo en sus efectivos hasta llegar a los 210.000, disponiéndose por lo general de nuevo equipamiento individual. Quedan sin embargo muchos huecos que llenar: desde la urgente necesidad de equipar más y mejor armamento pesado hasta el desarrollo de una industria nacional más autónoma, competitiva y menos dependiente del exterior.

Innumerables son los retos que Ucrania enfrenta por delante, pero sólo cabe esperar que el conflicto haya ayudado a concienciar a la élite y a la sociedad ucraniana de la necesidad de atender más seriamente a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado para paliar las más de dos décadas de negligencia y abandono. Definitivamente no estamos ante una tarea fácil; Ucrania vuelve a estar sumida en una crisis económica de la que tardará años en salir, mientras que la corrupción, casi crónica en la mayoría de países de la antigua Unión Soviética, tendrá que ser combatida a todos los niveles antes de poder llevarse a cabo un desarrollo económico eficiente y sostenido que permitan no solo el paso a una economía desarrollada y competitiva sino también a una mejora de las instituciones del país, incluidas las Fuerzas Armadas.

Acerca de Alejandro Márquez 4 Articles

Alejandro Márquez. Barcelona, 1987. Graduado en Historia y Máster en Estudios Internacionales a través de la Universidad de Barcelona. Actualmente trabajando como becario en Casa Asia Barcelona. Eslavófilo, altamente interesado en la geopolítica euroasiática y en la seguridad internacional.

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