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El equilibrio nuclear de la Posguerra Fría y sus desafíos actuales

El final de la Guerra Fría estuvo marcado por una serie de tratados internacionales de limitación y/o reducción de armamento tanto convencional como no convencional –nuclear, biológico y químico – que dibujaron un equilibrio estratégico en el nuevo orden internacional surgido en los años noventa. Debido a que el principal escenario de rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética fue precisamente el continente europeo, buena parte de los tratados firmados a finales de los años ochenta y principios de los noventa tuvieron como límites geográficos dicho continente.

Uno de ellos fue el Tratado INF (Intermediate-Range Nuclear Forces, por sus siglas en inglés), el primero en ir más allá de la mera limitación al desarrollo de armamento nuclear. Más adelante tuvo lugar el todavía más ambicioso Strategic Arms Reduction Treaty (en adelante, START) y sucesores. A pesar de no ser los únicos, ambos tuvieron una importancia capital en los procesos de desarme nuclear durante la última etapa de la Guerra Fría y en su contribución a la estabilidad y a la desnuclearización no solo del continente europeo sino de buena parte del globo en los años posteriores.

El Tratado INF

El primero de ellos, el Tratado INF, fue un acuerdo bilateral entre Estados Unidos y la por entonces Unión Soviética firmado en diciembre de 1987. En él se estipulaba la eliminación de todos los misiles balísticos de alcance intermedio (MRBM) y de crucero estratégicos, con carga nuclear, y tácticos, de carga convencional, que comprendieran un alcance de entre 500 y 5.500 kilómetros, así como sus respectivas infraestructuras. Para la limitación y eliminación de misiles balísticos con más alcance, ambas superpotencias ya negociaban otros acuerdos como el START, y que sería firmado pocos años después. La firma del Tratado INF supuso el punto final a numerosas negociaciones y crisis como la de los Euromisiles, así como la destrucción en un plazo récord – junio 1991 era la fecha límite – de todo el armamento dispuesto en el acuerdo, sumando un total de 2.692 misiles y lanzadores desmantelados bajo un estricto régimen de inspecciones mutuas. Su firma supuso pues, el primer acuerdo en reducir efectivamente una categoría entera de armamento nuclear, más allá de limitar su producción tal y como contemplaban tratados previos, como por ejemplo el SALT.

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Este tratado también fue pionero en cuanto a los procesos de verificación de desarme se refiere. No sólo incluía inspecciones in situ por ambas partes, sino también chequeos de instalaciones en desuso, supervisiones en la destrucción de los sistemas de armamento e inspecciones con escaso margen de aviso previo. También se estableció un sistema de monitoreo permanente sobre fábricas de misiles en cada país para comprobar el cese definitivo de la producción de sistemas y de misiles ya prohibidos bajo el Tratado.

Tratados START-1, 2 y 3

El segundo de ellos, el START, no sólo significó un paso de gigante en el proceso de desarme nuclear iniciado con el Tratado INF, sino que puso fin a casi diez años de difíciles negociaciones entre ambas superpotencias. Firmado en julio de 1991 por Mijaíl Gorbachov y George H.W. Bush pocos meses antes de la disolución de la Unión Soviética, el tratado contemplaba la reducción de entre un 30% y un 40% de los respectivos arsenales nucleares, incluyendo posteriormente a los estados que heredaron armamento nuclear soviético, es decir, a la propia Rusia pero también a Kazajistán, Ucrania y Bielorrusia. Esto significó un problema añadido ya que el START pasó de lidiar con una reducción nuclear entre tan solo dos estados nucleares a hacerlo entre cinco. Esto se solucionó con el Protocolo de Lisboa, concluido en mayo de 1992 y que acordaba la devolución de todo el armamento nuclear kazajo, ucraniano y bielorruso a Rusia. Más de 3,000 cabezas nucleares estratégicas y 3,000 tácticas fueron transferidas a lo largo de cuatro años, finalizando en noviembre de 1996.

El Tratado START, que se hizo efectivo en 1994 debido a la demora que supuso el colapso de la Unión Soviética y a la problemática de la difusión de su armamento nuclear entre cinco estados, estipuló el límite de armamento nuclear tanto estratégico como táctico en 6,000 cabezas. Además, también limitaba en 1.600 los sistemas de lanzamientos, incluyendo misiles intercontinentales (ICBM), misiles balísticos de lanzamiento submarino (SLBM) y bombarderos nucleares. De la misma forma que en el Tratado INF, en el START también se incluía un régimen de verificación in situ – de hasta doce tipos diferentes –, con intercambio de información y monitoreo constante de las actividades de desarme de todas las partes. Se dio un plazo de 15 años – hasta el año 2009 – para alcanzar los objetivos, pero ya en 2001 ambas partes habían cumplido sobradamente con los límites estipulados por el tratado.

George H.W. Bush y el primer presidente ruso, Boris Yeltsin, firmaron por otro lado un nuevo START complementario, conocido como START-2, en enero de 1993, enfocado a eliminar por completo los MIRV (sistemas de reentrada múltiple independiente) en la categoría de los ICBM. Los MIRV, debido a su capacidad para portar múltiples cabezas nucleares en un solo misil, representaban la piedra angular del poderío nuclear de ambas superpotencias tanto en los años 80 como en los 90, reforzando de esta forma el concepto de la destrucción mutua asegurada (MAD, en sus siglas en inglés). Este tratado, que entró en vigor en el año 2000, tuvo sin embargo una vida corta; dos años después, en junio de 2002, Rusia se retiraba del Tratado como respuesta a la retirada unilateral por parte de Estados Unidos del Tratado ABM (Anti-Ballistic Missile Treaty) con el objetivo de desarrollar un escudo antimisiles. De esta forma, y hasta el día de hoy, ambos países siguen manteniendo o bien sistemas MIRV plenamente operativos, caso de los ya en fase de retirada SS-18 y SS-19, basados en silos o de los recién introducidos RS-24 móviles rusos, o bien sistemas con capacidad potencial MIRV como los Minuteman III estadounidenses.

A pesar del fracaso en la eliminación completa de los sistemas MIRV, el desarme nuclear en términos absolutos entre Rusia y Estados Unidos ha continuado hasta la actualidad. Tan pronto como la vigencia del Tratado START llegó a su final en diciembre de 2009, un nuevo acuerdo se alcanzó en abril del año siguiente bajo el nombre de Nuevo START, o START-3, firmado por Barack Obama y Dmitri Medvedev. El tratado, que entró en vigor en febrero de 2011, define unos objetivos de reducción de armamento nuclear a cumplir desde esa fecha hasta febrero de 2018. Bajo sus términos, ambos países no pueden superar el total de 1.550 cabezas nucleares, que a su vez podrán estar desplegadas en no más de 700 sistemas de lanzamiento operativos – más 100 de reserva –.

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Estas cifras suponen una reducción muy ambiciosa partiendo de los niveles de limitación del START-1, niveles que sin embargo, y a fecha de hoy, ambos países ya han alcanzado o bien están a punto de alcanzar: En marzo de 2015, Rusia disponía de 1.582 cabezas nucleares estratégicas y Estados Unidos de 1.597, estando ambos países unas pocas decenas por encima del objetivo a cumplir. En cuanto a sistemas de lanzamiento desplegados, Rusia disponía en esa misma fecha de 515 ICBM, SLBM y bombarderos estratégicos, estando muy por debajo del límite, mientras que Estados Unidos mantenía en servicio activo 785.

Desafíos actuales a la reducción del armamento nuclear

Dada la magnitud de los enormes arsenales nucleares de los que tanto Estados Unidos como sobre todo la Unión Soviética disponían a finales de los años ochenta, no es difícil imaginar cómo de importantes han sido en los últimos veinte años los tratados previamente descritos. Tanto el INF como el START y sucesores sentaron unas bases de cooperación en materia de seguridad y defensa que se mantuvieron a lo largo de estas dos décadas de manera inalterada, aun cuando los objetivos iniciales y principales de ambos tratados fueron prácticamente alcanzados a finales de la década de los noventa. Sin embargo, dicha cooperación empezó a encontrar obstáculos a principios del siglo XXI coincidiendo con dos presidencias a ambos lados del Atlántico; George W. Bush en los Estados Unidos y Vladimir V. Putin en Rusia. A pesar de las buenas relaciones existentes entre ambos mandatarios durante los dos primeros años de sus respectivas legislaturas, las diversas expansiones de la OTAN hacia el este, los planes para el establecimiento de un escudo antimisiles en Europa por parte de Estados Unidos y de la modernización del armamento nuclear estratégico ruso – consecuencia en parte, de lo anterior –, entre otros factores, dañaron seriamente la cooperación en materia de seguridad entre ambas naciones.

Más recientemente, la crisis de Ucrania y en menor medida la crisis de Georgia surgida en agosto del 2008, han supuesto el retorno a unos niveles de desconfianza entre la OTAN, encabezada por Estados Unidos, y Rusia que no se veían desde antes del final de la Guerra Fría. Junto a la extinción de tratados de seguridad como el ya mencionado ABM o el Tratado FACE sobre fuerzas armadas convencionales en Europa, se le ha unido la retórica agresiva que Estados Unidos y Rusia llevan sosteniendo desde hace varios años entorno al propio Tratado INF y las acusaciones entre ambos de haber violado el acuerdo en diversas ocasiones. Sin ir más lejos, en el último año y medio Rusia ha amenazado con abandonar el Tratado si Estados Unidos sigue adelante con el escudo antimisiles que planea instalar en Europa y que los rusos entienden a todas luces como una clara amenaza a su seguridad nacional. Estados Unidos, por su parte, también ha amenazado en repetidas ocasiones con volver a desplegar en Europa misiles de crucero tanto estratégicos como tácticos.

Pero, ¿qué razones esgrime cada parte para justificar todas estas acusaciones mutuas? Por un lado, los rusos, y más allá de la polémica en torno al Escudo Antimisiles norteamericano, acusan a Estados Unidos de desplegar sistemas de lanzamiento verticales (VLS, en sus siglas en inglés) basados en tierra con capacidad de operar tanto misiles de crucero estratégicos como tácticos y que tendrían un alcance que quedaría dentro de lo prohibido por el Tratado INF – es decir, todo tipo de misil con un alcance entre los 500 y los 5.500 km –. Estados Unidos, por su parte, acusa también a los rusos de haber desarrollado misiles de crucero, en concreto los Iskander-K, que tendrían un alcance superior a los 500 km, y por lo tanto, violarían el tratado.

Sin embargo, y llegados a este punto, muchos se podrían preguntar cuál es la necesidad de amenazarse mutuamente hasta el punto de poner en peligro un tratado que en su día fue angular para la construcción de un nuevo orden en materia de seguridad internacional y nuclear. La respuesta posiblemente haya que buscarla en Asia. El contexto geopolítico de los años 80 y 90 difiere considerablemente del actual y los límites del Tratado INF a los que se auto-sometieron Estados Unidos y la Unión Soviética/Rusia en su día ya no son de su interés. Mientras estos dos países no pueden desarrollar ni desplegar toda una categoría de armamento estratégico y táctico que en su día era monopolio prácticamente de dos, a día de hoy otros países sí que pueden hacerlo. China actualmente desarrolla y despliega misiles balísticos de alcance intermedio como por ejemplo el DF-21 y misiles de crucero estratégicos y tácticos que suponen un potencial peligro tanto para Rusia en sus fronteras orientales, como para los norteamericanos – y sus respectivos aliados regionales – en el Pacífico Occidental. Otros países emergentes como Pakistán o la India también han desarrollado y puesto en servicio sistemas similares, alimentando así la carrera de armamentos sin precedentes a la que llevamos asistiendo desde hace unos años en Asia. De hecho, y según el último informe del SIPRI, el único continente que ha mantenido intactos o incluso incrementado sus respectivos arsenales nucleares en los últimos años ha sido precisamente el asiático a través de países como China, Corea del Norte, India o Pakistán.

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No es de extrañar pues, que tanto Estados Unidos como Rusia lleven años buscando razones para demostrar que es el otro el que viola el Tratado INF para así presentar sus amenazas como una réplica justa y legal de cara a una potencial salida o reforma en profundidad del mismo. Estas amenazas han llegado incluso a afectar al propio Tratado START en el último año, con insinuaciones por parte de ambos países de no renovar por un nuevo acuerdo de reducción de armamento estratégico cuando el START-3 expire en 2021. Sea como fuere, a día de hoy asistimos a un grave deterioro en el sistema de cooperación internacional en materia de defensa entre Estados Unidos – y por extensión, la OTAN – y Rusia: uumentos en los presupuestos de defensa, especialmente entre los miembros más orientales de la Alianza Transatlántica y Rusia; una modernización sin precedentes en las últimas décadas de la tríada nuclear rusa; el despliegue de efectivos de la Alianza y la realización de ejercicios militares en países fronterizos con Rusia y el fin de la cooperación civil y militar entre ambos bandos a raíz de la crisis ucraniana.

Todo ello plantea un panorama bastante difícil de solucionar a corto y medio plazo, dejando entrever que la mayoría de tratados derivados del final de la Guerra Fría son a día de hoy meramente simbólicos. Tratados como el INF necesitan ser sustituidos o bien profundamente revisados, pero para ello es necesario que previamente se recupere una mínima confianza mutua para volver a establecer poco a poco unos lazos de cooperación en seguridad y defensa duraderos capaces de hacer frente a los nuevos retos que el siglo XXI está desvelando.

Acerca de Alejandro Márquez 4 Articles

Alejandro Márquez. Barcelona, 1987. Graduado en Historia y Máster en Estudios Internacionales a través de la Universidad de Barcelona. Actualmente trabajando como becario en Casa Asia Barcelona. Eslavófilo, altamente interesado en la geopolítica euroasiática y en la seguridad internacional.

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