Geopolítica Europa

Historia de un desasosiego imperial: España y la II Guerra Mundial

Historia de un desasosiego imperial: España y la II Guerra Mundial
Portada del libro Leyenda del César visionario, de Francisco Umbral. Fuente: 4archive

Uno de los principales mitos legitimadores del franquismo fue haber evitado la Segunda Guerra Mundial. Aunque España mantuvo entre 1939 y 1945 una postura basculante dentro de la neutralidad, el apoyo a Alemania fue una realidad, así como los deseos tanto de Franco como de algunas familias del régimen para participar activamente en el conflicto dentro del Eje. Más que por no querer, España no entró en guerra por la incompatibilidad de sus pretensiones y la desastrosa situación del país tras la Guerra Civil.

Juan Vigón entrega en junio de 1940 a Adolf Hitler una carta de Francisco Franco, recién estrenado caudillo de España:

“Querido Führer:

En el momento en que los ejércitos alemanes bajo su dirección están conduciendo la mayor batalla de la Historia a un final victorioso, me gustaría expresarle mi admiración y entusiasmo y el de mi pueblo, que observa con profunda emoción el glorioso curso de una lucha que ellos consideran propia. […]

No necesito asegurarle lo grande que es mi deseo de no permanecer al margen de sus cuitas y lo grande que es mi satisfacción al prestarle en toda ocasión servicios que usted estima como valiosos”.

 

Unos meses después, en octubre, el caudillo y el Führer se encontrarían en Hendaya, de donde Franco quiso volver a España diciendo “fui sin nada y os traje un imperio”, siguiendo las directrices que el testamento de Isabel la Católica había legado: expansión, África, imperio y unidad. ¿Pudo, quiso o evitó la dictadura franquista la entrada de España en la II Guerra Mundial (IIGM)? ¿Cuáles eran las verdaderas ambiciones de Franco y su régimen surgido de la Guerra Civil? ¿Qué era lo que pensaban las otras potencias al respecto? Muchas otras preguntas se derivan de estas y, a pesar de la existencia de una prolija bibliografía al respecto, la labor propagandística del franquismo está aún muy presente. Todas estas imágenes falaces, ampliamente difundidas y enraizadas en el imaginario colectivo de los españoles, se mezclan a la vez con rumores ideologizados, pruebas documentales y estudios serios sobre lo que realmente sucedió en una nebulosa en la cual es difícil separar el mito del hecho. Abordemos aquí, modestamente, esta necesaria labor de separación.

El doble juego diplomático de Franco: arriba, con los dictadores Mussolini y Hitler y el colaboracionista filonazi Pétain; abajo, con los presidentes Eisenhower, Nixon y De Gaulle.

Para comenzar, no hay que olvidar la apremiante necesidad de contextualizar el franquismo de inicios de los 40, años de euforia y sentimiento de éxito del Eje y el fascismo en Europa, máxime tras la guerra civil española. En estos éxitos se tendía a ver un castigo divino a los creadores de un orden europeo y colonial injusto: Gran Bretaña y Francia. Esta efusividad belicista pro-Eje de la que hizo gala el franquismo, puesta en relación con las postreras reuniones de Franco con Eisenhower (1959), Nixon (1970) y De Gaulle (1970), entre otros, y los acuerdos resultantes, pueden contribuir a alimentar la confusión sobre la verdadera naturaleza política e histórica del franquismo, que a esas alturas proclamaba la idea de que Franco había conseguido mantener a España lejos de la guerra. Estos encuentros con mandatarios de los aliados tras los años 50 deben ser entendidos e interpretados en un contexto absolutamente diferente al de la IIGM: el de la Guerra Fría, el fin de la autarquía, el tardofranquismo y el posfranquismo.

Queda así invalidada la utilización de estas reuniones como justificación de una supuesta convergencia histórica desde el inicio de la España franquista con el bloque occidental, cuyo centinela decía ser Franco, campeón del anticomunismo. Esta manipulación, que deforma y elimina partes de la Historia reciente, daba como resultado una lectura romántica: un Franco patriota que odiaba a Hitler, al cual hizo esperar más de dos horas en Hendaya —en realidad fueron ocho minutos—, la supuesta admiración del general Patton y otros militares estadounidenses por sus homólogos españoles, la sobredimensión de las muestras de reconocimiento internacional al lugar estratégico que España jugaba y podía jugar en la guerra —mundial y fría— o las simpatías hacia Franco por parte de personajes como Churchill. Todo ello eran retales de una reescritura minuciosa y laboriosa de la Historia de España, al igual que de la biografía e imagen de Franco, reproducida por los recién creados medios de comunicación y enseñada en la escuela como Historia.

Para ampliar: Franco, caudillo de España, Paul Preston, 1993

Comienza la guerra

Septiembre de 1939. La IIGM acaba de comenzar y un decreto oficial declara la neutralidad española. Unos meses antes había terminado la Guerra Civil, y las estructuras del poder del nuevo Estado de Franco, apoyado en la Falange, el Ejército y la Iglesia, aún se estaban desarrollando. Tan pronto como la maquinaria exterior del régimen ya funcionaba con Juan Luis Beigbeder en el ministerio y las victorias alemanas empezaron a sucederse, el posicionamiento político de España cambia. Uno de los sucesos claves, poco señalado, es la entrada de Italia en la guerra y la derrota de Francia con el armisticio de 1940. España cambia entonces su estatus de neutral a “no beligerante”. La dictadura franquista y adyacentes no esconden su emoción por unas victorias que sienten como suyas y de las que quieren participar.

La no beligerancia, noción extraña al Derecho internacional, también fue adoptada por Italia justo antes de su entrada en la guerra, durante la invasión de Polonia y la declaración de guerra de Francia y Reino Unido a Alemania. En ese período de no beligerancia Italia se preparó para atacar Francia y Grecia; unos meses después, el 10 de junio de 1940, Italia declara finalmente la guerra a Francia y Reino Unido. Este paso sería interpretado por los observadores de la época, junto a la toma de Tánger el día 16, como la lógica repetición del proceso italiano. España acababa de llegar al estadio inmediatamente anterior a la entrada en la guerra, lo que hizo que las alarmas se encendiesen en Londres. La toma de Tánger, irrelevante en el conjunto de la IIGM, fue todo un hito en el imaginario franquista de la época; era, junto con Gibraltar, el Dantzig o el Trieste del militarismo español: una ciudad gobernada por un consejo multinacional y que mutilaba el Protectorado de Marruecos. La ocupación de Tánger se convertía así en la primera conquista hispánica en mucho tiempo, la primera piedra de un prometedor futuro imperial en África.

Un imperio a la carta

Esta idea imperial, aunque vista desde el presente puede parecer estrambótica y ridícula, era común entre los jerarcas franquistas. Tras la victoria en la Guerra Civil, los militares y especialmente los africanistas, con Franco a la cabeza, detentaban buena parte del poder de las instituciones. No por ello se debe pensar que otra de las facciones más importantes en el régimen, la Falange, no tuviera relevancia, pero ya no era la misma que en los años de la República y la Guerra Civil, durante la cual Franco promulgó el Decreto de Unificación (1937), con la que desaparecieron los carlistas y quedaron unificados en un mismo movimiento Falange Española y de las JONS y Comunión Tradicionalista.

Con no pocos problemas faccionales internos, Franco no quería tener más frentes abiertos y se afanó poco a poco —especialmente tras la IIGM— en domesticar el partido eliminando sus elementos más revolucionarios e introduciendo a tradicionalistas y conservadores para volverlo más heterogéneo, controlable y útil en su cultivo de su imagen de nuevo Felipe II. Por otra parte, existía una junta militar y varios generales —con el general Aranda a la cabeza— sobornados por los británicos que planearon en varias ocasiones un golpe militar, dada la influencia de Ramón Serrano Suñer y la Falange sobre un Franco muy pro-Eje. Existieron también confabulaciones en Alemania para acabar con Franco y sus dilaciones. Una vez derrotada la URSS, Hitler pretendía enviar a Agustín Muñoz Grandes, visto como el hombre de futuro de España, con la cruz de caballero con corona de roble y diamantes, una División Azul victoriosa y un puñado de generales rusos como trofeo para que el pueblo lo aclamara y su prestigio lo convirtiera en el hombre del momento, el hombre de Hitler en España.

Para ampliar: Franco y Hitler: España, Alemania, la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, Stanley G. Payne, 2008

Ante la prioridad que para Franco y los africanistas tenía Marruecos y, por ende, la creación de un imperio colonial africano, estos asuntos eran para la Falange algo secundario. A pesar de que la Falange no tuviera un plan imperial y colonial concreto, sí planteó recuperar Hispanoamérica. Las naciones latinoamericanas lanzaron una declaración conjunta en la que acordaron que se defenderían mutuamente en caso de guerra contra España, acuerdo auspiciado por EE. UU. Esto originó un continuo enfrentamiento entre la Falange y su servicio exterior —apoyado por Alemania— y los diplomáticos franquistas. Pero este plan diseñado tardíamente era bastante vago; prueba de ello es que el anterior dictador José Antonio Primo de Rivera utilizara los problemas coloniales solo para atacar al parlamentarismo — por ejemplo, defendiendo a Italia en la cuestión abisinia—, pero nunca fue una cuestión relevante en su discurso. Ello no quiere decir que el “imperio” no estuviera presente en la retórica falangista; lo estaba, pero de una forma muy diferente a como la entendían los africanistas, que llegaban a decir que “los españoles somos todos moros”, afirmación algo difícil de digerir para los falangistas y sus tesis racistas, que denunciaban la “africanización del hombre europeo” y pretendían una revolución nacional. Para la Falange, el imperio tenía una connotación más espiritual y de comunión en lo universal que de adquisición inmediata y obsesiva de territorios coloniales determinados.

Los símbolos del fascismo: la esvástica nazi —en el estandarte del partido, luego convertido en bandera nacional—, el fascio italiano —en el logo del ultraderechista Movimiento Fascismo y Libertad— y el yugo y las flechas falangistas —heredados de los Reyes Católicos—.

Franco y el Ejército, derrotado en no pocas ocasiones en los últimos siglos, pretendían resarcirse de desastres como los de Cuba o el Rif, de los que culpaban a la debilidad e incompetencia de los Gobiernos liberales españoles —“las ratas de Madrid”— y a las conspiraciones de las potencias enemigas, que impedían a España alcanzar su misión universal y realizar sus derechos históricos. Con estos mismos derechos históricos era con los que Franco se presentaba en octubre de 1940 ante Hitler en Hendaya y en febrero de 1941 ante Pétain en Montpellier y Mussolini en Bordighera —que, en contra de lo que se suele decir, no tenía mucho aprecio por Franco; durante la Guerra Civil, el Duce comentaría a su ministro de Exteriores: “escribe en tu diario que hoy, 29 de agosto, profetizo la derrota de Franco. O el hombre no sabe cómo hacer la guerra o no quiere”—. El franquismo estaba resuelto a crear un imperio; como escribió el belicoso Muñoz Grandes: “Gibraltar, Portugal y Marruecos son necesarios, vitales para España, pero no se lograrán sin guerra”. La entrada en la guerra de España parecía la consecuencia lógica de esta ardorosa voluntad.

Para ampliar: El imperio que nunca existió: la aventura colonial discutida en Hendaya, Gustau Nerín y Alfred Bosch, 2001

La discusión sobre España, sus reivindicaciones y su entrada en la guerra fue discutida en numerosas reuniones que culminarían con el encuentro de Hendaya. En las anteriores, protagonizadas por Beigbeder, Vigón y Serrano Suñer, entre otros, se perfilan las posturas alemana y española. Entre las prioridades de España estaba Gibraltar, que también interesaba a Alemania, especialmente a raíz del fracaso de la batalla de Inglaterra, pero existían divergencias sobre quién debía llevar a cabo la ocupación del peñón. La operación, por la cual se convertiría al Mediterráneo en un gran lago a la espera de la conquista del canal de Suez, tenía por nombre en clave Félix e incluía la toma de algunas islas del Atlántico como base de submarinos, para cortar las comunicaciones del Reino Unido por el Mediterráneo y el Atlántico de un plumazo y como puesto avanzado de una penetración en África. En este punto Serrano Suñer y Franco se negaron en rotundo: no iban a ceder las islas Canarias y bases en Marruecos a Alemania; unas eran territorio nacional y las otras, parte de su espacio vital.

Ejes de acción de la Operación Félix. Fuente: Fuerza Naval

Por aquel entonces, España ya había hecho suya la idea desarrollada por los geógrafos alemanes del espacio vital y Franco consideraba que la entrada de España en la guerra debía tener contrapartidas territoriales favorables para España; además, el Reich debía suplir los suministros de grano y petróleo que llegaban a España por el Atlántico. España consideraba, con variaciones a lo largo de la guerra, que todo el Marruecos francés debía pertenecerle; tenía una misión histórica que cumplir, por lo que debía ampliar el Sáhara español hacia el interior —y ocupar una buena parte de lo que ahora es Mauritania—. España y Marruecos formaban para Franco y los africanistas una unidad, un todo separado por la presencia francesa. Tanto Marruecos como el Oranesado eran innegociables e incluso se proyectó el plan de construir un túnel para mejorar las comunicaciones y unir las dos orillas del Estrecho.

Para ampliar: Reivindicaciones de España, J. M.ª Areliza y F. M.ª Castiella, 1941

Aunque más tímidamente, también se habló de la ampliación de las posesiones españolas en el golfo de Guinea. Entre las peticiones más exageradas se encuentran las del gobernador en Guinea Ecuatorial de incluir todo Camerún, la parte oeste de Nigeria, Gabón y territorios interiores del Congo, Centroáfrica y Chad, es decir, ampliar las posesiones españolas de 28.000 km² a 1.628.900 km² sólo en el golfo. Estas últimas reivindicaciones nunca fueron presentadas a Hitler y Mussolini, pero permiten hacernos una idea de cómo de entusiasmada estaba la élite franquista con la IIGM y su previsible desenlace positivo hacia 1940. También se habló de Portugal —muy presente en el discurso falangista—, del Rosellón y la Cerdaña y de la Baja Navarra, estos dos últimos propuestos por Hitler y Von Ribbentrop a sugerencia de Serrano Suñer como contrapeso a las irrealizables ambiciones africanas. En la literatura franquista se llegaba incluso a utilizar argumentos del nacionalismo catalán tradicional —que se remontan a la Corona de Aragón— para mostrar los derechos de España sobre territorios tan variopintos como la ciudad de Alguer, en Cerdeña, en la que se habla una variante del catalán.

Marruecos podía ser negociable para Alemania siempre y cuando España cediera los puertos de Agadir y Mogador, en la costa atlántica, y hubiera preferencias económicas para Alemania, pero Franco se negaba, porque en ese condominio marroquí predominaría Alemania, y España sería una mera comparsa en su propio imperio. Serrano Suñer comenzaba a impacientarse y sus viajes a Alemania no cesaban; quería ver a España unida finalmente al Pacto Tripartito —Alemania-Japón-Italia— y en guerra con Reino Unido y la Unión Soviética, hecho que parecía inminente por el envío de la División Azul al este y ante el avance de las tropas italo-alemanas en 1941 hacia el canal de Suez. España sí se adheriría al Pacto de Acero y el Antikomintern, por los que acordó su entrada en la guerra sin fecha y pasó a ser aliada “no en guerra” del Eje, a pesar de la propaganda posterior.

Franco, Hitler y Mussolini: “Ellos vencen y luchan por la patria y el pueblo”. Fuente: Clamor Republicano

A finales de 1941, el escenario mediterráneo pierde importancia para Hitler a favor de Europa Oriental. Hitler consideraba que el África colonial francesa estaría mejor defendida por Vichy, y Mussolini también concluyó que España serviría mejor a la causa como no beligerante, porque la defensa de la Península distraería muchas fuerzas de África y el frente soviético. La cuestión española y la Operación Félix quedaron aplazadas; era preferible mantener a Francia del lado del Eje y proseguir con la lucha contra los soviéticos. España no podía aportar nada salvo preocupaciones y pérdida de recursos, a pesar de la insistencia de Serrano Suñer de que había “dos millones de veteranos soldados que España podía aportar al Eje”. Eso sí: era necesario prever un desembarco aliado en España y que los británicos lograran penetrar al continente desde las mal defendidas costas españolas. Así nacerían las operaciones Isabela e Ilona, las cuales movilizarían una ingente cantidad de unidades para invadir la península y echar al mar a los británicos.

Para ampliar: Franco frente a Churchill: España y Gran Bretaña en la Segunda Guerra Mundial, Enrique Moradiellos, 2005

Los intereses del Eje seguirán virando al este y allí también estará España con su División Azul, un claro ejemplo del interés español por entrar en la guerra y jugar un papel relevante para estar en el bando ganador en las negociaciones de una prevista paz germano-italiana. Fue, pues, el desinterés italiano y alemán lo que alejó a España de la guerra, no la falta de voluntad de la dictadura, a pesar incluso de informes como el del ministro de Marina, redactado por Luis Carrero Blanco, que advertía en 1940 de la pésima situación militar y económica española.

El eterno camino hacia la neutralidad

En julio de 1941, Franco demuestra con sus palabras, en un incendiario discurso con motivo del aniversario del día del “glorioso alzamiento”, la voluntad innegable de la España franquista de entrar en la guerra:

“La cruzada emprendida contra la dictadura comunista ha destruido de un golpe la artificiosa campaña contra los países totalitarios. ¡Stalin, el criminal dictador rojo, ya es aliado de la democracia! Nuestro movimiento alcanza hoy en el mundo justificación insospechada. En estos momentos en que las armas alemanas dirigen la batalla que Europa y el cristianismo desde hace tantos años anhelaban y en que la sangre de nuestra juventud va a unirse a la de nuestros camaradas del Eje como expresión viva de solidaridad, renovemos nuestra fe en los destinos de nuestra patria, que han de velar estrechamente nuestros ejércitos y la Falange”.

Para ampliar: Franco, España y la Segunda Guerra Mundial: entre el Eje y la neutralidad, Javier Tussel, 1995

Churchill, alarmado, pone de inmediato en marcha los preparativos de la Operación Pilgrim —renombrada Operación Puma en 1941— y da por hecho la entrada en la guerra de España y la consiguiente captura de Gibraltar. Las islas Canarias se convierten así, junto a Azores y Madeira, en los objetivos e incluso se tentó la posibilidad de incluir un grupo expedicionario de españoles exiliados para establecer así en Las Palmas de Gran Canaria un Gobierno con Juan Negrín y otros republicanos a la cabeza en busca de repetir el ejemplo de la Francia Libre. Finalmente, el embajador británico en Madrid convence a Churchill de no poner en marcha la operación arguyendo que el discurso de Franco, a pesar de su belicosidad, no significaba la entrada inminente de España en la guerra. Era, por tanto, preferible continuar explorando las vías diplomáticas con España y Portugal, ya que su neutralidad —y sus archipiélagos— había sido sumamente útil para Gran Bretaña hasta la fecha.

La diplomacia franquista seguía haciendo énfasis en sus condiciones a Alemania e Italia. En 1941 otros países — Hungría, Rumanía, Eslovaquia y Bulgaria— ya se habían unido al Eje y las operaciones avanzan en el este y el sur —Yugoslavia, Grecia, Egipto y la URSS—. Pero Alemania e Italia desestimaron prestar atención al asunto español por su impotencia y falta de alimentos, carburantes y recursos militares modernos —de cuya provisión dependía en último término de sus aliados del Eje—, sin los cuales no podría afrontar una guerra sin una estrepitosa derrota.

Himmler visita a Franco en 1940: “No hay nada que España pueda aportar al esfuerzo del Eje”. Fuente: InfoLibre

Con una contraofensiva soviética a las puertas de Moscú y con EE. UU. de lleno en la guerra tras Pearl Harbor, 1942 se presenta menos clarividente: derrota italo-germana en El Alamein, Operación Torch de desembarco anglo-estadounidense en el norte de África —que también preveía la Operación Backbone, en la que los aliados atacarían a España a través del Protectorado de Marruecos— y malas noticias desde Stalingrado. Italia y Alemania ni se plantean distraer fuerzas para asegurar y abastecer a España y Serrano Suñer cae en desgracia. Su sustituto, el conde Jordana, sería más prudente y empezaría a contemporizar con los aliados. Franco también colaboraba desde su teoría de las tres guerras en una: la de Alemania contra la URSS, en la que España es moralmente beligerante; la de Alemania contra Reino Unido y EE. UU., en la que es estrictamente neutral, y la del Pacífico, en la cual apoya a EE. UU. Internamente hay importantes divisiones sobre qué se debe hacer ante el nuevo escenario bélico; testimonio de ello son los ataques de falangistas a la Basílica de Begoña cuando un grupo de tradicionalistas salía de misa.

Tomar parte exclusivamente por un bando, a tenor de los posibles rápidos cambios, era una estrategia suicida, pero confraternizar resultaba muy complicado. Los aliados empezaron a exigir en 1943 medidas contra el Reich para tomar en serio la neutralidad decretada en ese año. Los suministros a Alemania y el libre acceso de los servicios secretos alemanes a España —donde tenían su mayor base logística en el extranjero— no cesaron, y lo mismo pasó con otras exigencias, implementadas bien tardía, bien parcialmente.

Para ampliar: España, refugio nazi, Carlos Collado Seidel, 2005

Jordana intentaba mantener las relaciones más cordiales posibles con los dos bandos, ya que veía el armisticio como una consecuencia irreversible. Fruto de este pensamiento serían los llamamientos de España a la paz en 1943; aunque rechazados por los dos bandos, situaban a España, en tanto potencia neutral, en un buen lugar de cara al orden mundial de posguerra. Pero el conde no se percató de que para 1943 el Reich comenzaba a dar señales de cansancio y el ascenso de la estrella aliada parecía consolidarse. Desde Washington y Londres, esta diplomacia de meros gestos era interpretada como un engaño, ya que España seguía dando apoyo material y financiero a Alemania y la División Azul seguía en activo.

Del mantenimiento de esta actitud derivó la crisis del wolframio español —suministrado a Alemania—, esencial para la continuación del esfuerzo bélico. EE. UU. propuso actuar con contundencia, pero los británicos pidieron moderación, aconsejados por su embajador en Madrid, que consideraba factible una vuelta de la monarquía con los debidos y sutiles apoyos. Sin embargo, salvo aisladas excepciones, los sectores monárquicos no movieron un dedo y el embajador acabó apoyando una solución drástica, con la negativa de Churchill:

“No deberíamos acceder a atacar a países que no nos han molestado por la mera razón de que nos desagrade su gobierno totalitario. No sé si existen mayores libertades en la Rusia de Stalin que en la España de Franco, pero yo no quiero entrar en jaleos con ninguno de los dos. […] Franco no me gusta, pero después de la guerra no quiero una península ibérica hostil hacia Gran Bretaña. No sé en qué medida podré fiarme de una Francia gaullista. Alemania, por su parte, va a tener que mantenerse subyugada por la fuerza y a nosotros se nos presenta una alianza de veinte años con Rusia”.

Para ampliar: La batalla del wolframio: Estados Unidos y España de Pearl Harbor a la Guerra Fría, Joan María Thomàs, 2010

No fue, pues, la diestra diplomacia de Franco lo que salvó al régimen, sino una mezcla de circunstancias y decisiones tomadas por otras potencias. Aun así, que España no entrara en la guerra sirvió al régimen para divinizar la figura de Franco como el guardián de España y de la paz, aquel que salvó al pueblo español de sufrir las ominosas cargas de la guerra que sí sufrió el resto de Europa, quien mantuvo a raya a las divisiones alemanas más allá de los Pirineos, hizo esperar a Hitler en Hendaya y evitó la intervención de los aliados en la Península. Como explicitó en su carta a Hitler, Franco quería ir a la guerra, pero no sabía cómo ni cuándo; unido a la patente incapacidad material y militar de la España de la época, de la que Franco era consciente, y a la vacilación e inacción propias del dictador, el régimen quedaría a merced de circunstancias históricas y cálculos estratégicos superiores a sus capacidades de control.

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Vicente López

1992. Graduado en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense y actualmente cursando el Máster en Filosofía de la Historia en la Universidad Autónoma de Madrid. Intereses infinitos. Como decía Unamuno: "Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee. Y cuantas menos ideas tenga uno y más pobres sean, más esclavo será de esas pobres y pocas ideas".

19 comentarios

  1. Grandioso artículo!

  2. Me has resumido mi trabajo de fin de Bachillerato de 175 a 4 hojas jajaja. Genial

  3. Un buen articulo. Gracias por colgarlo.

  4. Fantástico artículo, de verdad…. Simplemente genial.

  5. Con diferencia vuestro mejor artículo

  6. Ja,ja,ja…esto será una broma…menuda mezcla de prejuicios, apriorismos, medias verdades y trolas directas que te has marcado, chaval.Has reunidos todos los topicazos del antifranquismo más palurdo y los has volcado en un solo artículo. El franquismo es el mal absoluto sin mezcla alguna de bien. Y solo tienes 23 años; vaya carrerón, macho.

    Este articulito solo muestra -eso quiero pensar- una ignorancia enciclopédica y que no sabes de qué estás hablando. Ignoras toda la documentación del Ministerio de Exteriores, del DGFP, del CAB y de la FNFF. Te aconsejo diversifiques tus lecturas y curres un poquito en archivos.

    La realidad histórica no tiene apenas puntos de contacto con esta pequeña muestra de miseria intelectual que has escrito. Lo más triste de todo es que este es el nivel de la gente que está saliendo de nuestra universidad. Para llorar.

  7. Demasiadas valoraciones sin comprobación. Lo que pensaba en aquellos días el gobierno de Franco no era tan claro como se expresa en el artículo. Si hubieran querido entrar en la guerra, se habrían dejado de divisiones azules y cosas parecidas. En historia los hechos no penetran tanto en la psicología de las personas y el contexto de tiempos tan impredecibles. Los resultados dejan claro que España no quiso entrar en una guerra después de los recuerdos de la primera mundial.

  8. Un auténtica basura totalmente parcial que un historiador nunca debería permitirse, y lo firma uno de ellos. En general no he visto nada que merezca la pena de esta enésima web “geoestratega” que no sabe ni por donde le da el aire. No me verán más por aquí. Un saludo

  9. Qué bien escrito. Desde luego la juventud no está reñida con la calidad literaria. Soy de tu edad y me ha sorprendido ver el estilo y el rigor que destila el artículo.

    Como señala la propia publicación, es difícil aspirar a la objetividad en la narrativa histórica de este y otros sucesos, largamente oscurecidos por un relato de parte interesada, y sobre todo plagados de una maraña de datos, titubeos y carga ideológica. Y sin duda creo que este artículo, si no logra representar exactamente la verdad, desde luego se queda muy cerca.

    En cualquier caso, se agradece leer un artículo ordenado y bien provisto de fuentes, sujetos (los bandos dentro del franquismo, el Eje, los Aliados…etc.) y de sus perspectivas cambiantes en el transcurso del tiempo.

  10. Me gustó tu articulo!
    Franco jamás hubiera entregado Gran Canaria por territorios en disputa en África.
    Lo mismo le paso a la Francia de De Gaulle. Éste firmó la alianza con Inglaterra para cercar al Régimen de Vichy pero a cambio sacrificó todas las colonias en Africa y el hundimiento de la flota francesa para que no caiga en manos de Hitler. Todo sea por la V República, no?

    • Señalo primero una contradicción interna copio lo que según el autor manifestó Churchill en 1941
      “Si el gobierno español CEDIERA a las PRESIONES ALEMANAS y fuese aliado de Hitler o co-beligerante, haciendo inutilizable la bahía de Gibraltar, tenemos preparada una poderosa brigada y cuatro buques rápidos para capturar u ocupar algunas islas del Atlántico.” Vicente Lopez copio:
      “Es pues el desinterés italiano y alemán lo que aleja a España de la guerra, no la falta de voluntad de la dictadura de entrar en ella ” que pena me da que a Churchill no se le haya ocurrido consultar a Vicente Lopez que evidentemente sabe mucho más que Sir Winston ,o será que Vicente Lopez no comprende ni lo que él mismo escribe ? Ignacio no le va usted en menos ,su ignorancia apena , solo le señalo la contradicción y le recuerdo que las leyes de la pureza de la raza aria , que fueron hechas públicas por Hitler en 1936, no son un detalle menor para entender la rebelión de Franco desde Marruecos y le aclaro que en Junio de 1940, De Gaulle viaja solo a Inglaterra y organiza la Resistencia o usted también sabe más que Churchill a Rooselvet ” NO SE en qué medida podré FIARME de una Francia gaullista” ?? Una guerra que costó tanto dolor y tanta muerte de un lado y del otro no es un juego de video y merece más respeto ,más humanidad , mal se puede opinar acerca de cuestiones que jamás se vivieron si no se entienden ni las propias fuentes y si se pretende hacer historia se requiere muchisimo más !

      Silvia Ponce de Leon
  11. Lo que Paul Preston llamó “el mito de la bravura de Franco”.