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La pelota y el fusil: tambores de guerra en las gradas

La pelota y el fusil: tambores de guerra en las gradas
El exfutbolista croata Zvonimir Boban se enfrenta con la policía. Fotos como esta se convirtieron en símbolos para los croatas durante la guerra. Fuente: Sportske Novosti

El fútbol es algo demasiado importante para ser solo fútbol. Catalizador de conflictos y perfecto espejo de las pasiones políticas que han sacudido el siglo XX, hay partidos que bien valen para explicar una guerra. De Centroamérica a los Balcanes y Egipto, repasamos aquellos partidos que demostraron todo el poder de la pelota.

Bill Shankly, mítico entrenador del Liverpool, dijo una vez la que quizá sea la cita más sabia sobre este deporte: “El fútbol no es una cuestión de vida o muerte. Es mucho más importante que eso”. Este comentario, aunque en su momento pudiera parecer intrascendente, describe a la perfección lo que para millones de personas significa el conocido como deporte rey.

Un negocio de millones de dólares. Un espectáculo que, bien en los campos o ante el televisor, concentra durante 90 minutos la atención de miles de millones de personas. Se calcula que 700 millones presenciaron la final del pasado Mundial de Sudáfrica. Seguro que muchos más se congregaron frente al televisor durante la pasada final de Maracaná. Con una carta de presentación que aúna negocio, espectáculo y una atención planetaria, sería bastante ingenuo considerar al fútbol como un mero juego o deporte. El filósofo marxista Antonio Gramsci resumió bien esta idea refiriéndose al fútbol como “el reino de la lealtad al aire libre”.

Basta con acudir a un estadio cualquiera un domingo cualquiera para entender que, aparte del resultado, están en juego muchas otras cosas. Veremos cómo distintas personas expresan y dirimen sus identidades; es curioso, por ejemplo, cómo uno puede conocer la filiación religiosa de un escocés simplemente preguntando por su equipo de fútbol. El Celtic de Glasgow siempre será un club católico y el Glasgow Rangers, protestante y unionista ,aunque fichara al mismísimo papa Francisco. ¿Sería igual Cataluña sin el FC Barcelona? ¿Habría cicatrizado Argentina sus heridas de la misma manera tras la guerra de las Malvinas sin aquel histórico doblete de Diego Armando Maradona? Probablemente no.

Por tanto, es necesario entender el fútbol como una realidad que trasciende el propio campo y su condición de mero juego para convertirse en un fenómeno total, con vertientes económicas, sociales, políticas e incluso culturales. El resultado de un encuentro significa muchas veces más que ganar o perder; tanto es así que, utilizando el término de Ryszard Kapuściński, a lo largo de los siglos XX y XXI encontramos verdaderas “guerras del fútbol”, momentos en los que un partido sirvió para canalizar todo el resentimiento de una sociedad contra sus élites u otro enemigo considerado exterior.

Honduras y El Salvador van a la guerra

En julio de 1969 dos países de América Central protagonizaron un conflicto armado que no se puede entender sin echar un vistazo a los campos de fútbol. En aquel momento Honduras y El Salvador luchaban por clasificarse para el Mundial que tendría lugar en México al año siguiente.

El primer partido se disputó el domingo 8 de junio en Tegucigalpa, capital de Honduras. El equipo salvadoreño había llegado al lugar un día antes y, según cuentan los periódicos, ninguno de los jugadores pudo dormir aquella noche. Miles de hinchas hondureños rodearon el hotel donde se encontraba la expedición salvadoreña y durante toda la noche no dejaron ni por un momento de arrojar piedras contra los cristales y hacer el mayor ruido posible mediante cláxones, petardos y todo lo que pudiera producir escándalo. Como era de esperar, al día siguiente los salvadoreños, nerviosos y cansados, perdieron el partido por uno a cero.

Pero este no fue el único hecho que agitó El Salvador ese día. Los diarios del país contaban que una joven llamada Amelia Bolaños se suicidaba de un disparo al corazón mientras veía el encuentro. Evidentemente, no está claro que el suicidio tuviera algo que ver con el partido, pero eso no importaba en un clima ya enrarecido. Al día siguiente, El Nacional, uno de los principales periódicos salvadoreños, titulaba en su portada: “Una joven no pudo soportar la humillación a la que fue sometida su patria”. Tanto revuelo causó la noticia que el entierro de la joven fue retrasmitido en directo por la televisión nacional y acudieron el propio presidente y todos sus ministros. El mensaje era claro: ganar a Honduras era ya una cuestión de Estado.

En este particular clima de exaltación nacional tuvo lugar el siguiente partido. Esta vez era la selección de Honduras la que se desplazaba a El Salvador y, como les había ocurrido una semana atrás a sus rivales, tampoco pegarían ojo en toda la noche. Miles de hinchas salvadoreños encolerizados lanzaron piedras y desperdicios al interior del hotel. Tan grande era el revuelo en la capital salvadoreña que por la mañana los jugadores hondureños tuvieron que ser escoltados por el Ejército hasta el estadio. Una vez dentro, tuvieron que soportar cómo se abucheaba a su himno y se quemaba su bandera. En este ambiente, El Salvador venció por tres a cero. Son ilustrativas las declaraciones del seleccionador hondureño: “Menos mal que hemos perdido este partido”. Sin embargo, para muchos hinchas salvadoreños esto no era suficiente: los jugadores de Honduras tuvieron que ir hasta el aeropuerto nuevamente escoltados por el Ejército y los aficionados hondureños que no abandonaron rápidamente el estadio fueron apaleados —dos de ellos murieron—.

Las repercusiones de lo ocurrido no se hicieron esperar: el 16 de junio, un día después del partido, la frontera entre los dos países estaba cerrada. Ninguno de los dos Estados trató de rebajar la tensión existente y el 14 de julio estalló la guerra.

Para ampliar: La guerra del fútbol, Ryszard Kapuściński, 2006

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Fuente: Tundama Stereo

El fútbol acababa de demostrar toda su fuerza, aunque, siendo honestos con la Historia, habría que añadir otras cuestiones latentes tras este conflicto. Para comprenderlas, nos tenemos que remontar a los principios del siglo XX en Honduras, cuando las empresas estadounidenses United Fruit Company y Standard Fruit Company desembarcaban en el país con la esperanza de encontrar un lugar de tierras fértiles donde pudieran cultivar bananas al menor coste posible. Tan rentable resultó el negocio que a los pocos años las plantaciones ya se habían extendido por la mayor parte de Honduras y la mano de obra local resultaba escasa para satisfacer la demanda. Las compañías agrícolas, que aparte del control de la tierra se habían hecho también con el control del poder político, empezaron a contratar campesinos salvadoreños de las zonas fronterizas. El Salvador es uno de los países más pequeños de América Central, pero tiene una de las densidades de población más altas del continente, por lo que era difícil encontrar tierras libres para los campesinos, máxime cuando la mayor parte del país estaba ocupada por unos pocos grandes terratenientes —como reza el dicho popular: “El Salvador es propiedad de catorce familias”—. Honduras era casi seis veces más grande, pero contaba con la mitad de población. Los campesinos salvadoreños empezaron así a moverse y a principios de los 60 unos 300.000 se encontraban viviendo en territorio hondureño.

Para ampliar: El Salvador: historia general, Óscar Martínez Peñate, 2002

La migración fluía y, aunque ilegal, era tolerada por el Gobierno de Tegucigalpa hasta que los campesinos hondureños mostraron los primeros síntomas de malestar. Y, aunque en su momento llegó a prever una reforma agraria, al haberse convertido paulatinamente el Estado en el mayordomo de los poderosos terratenientes, no decretó la repartición de los grandes latifundios. En su lugar pretendía entregar a los hondureños las tierras que los campesinos salvadoreños habían ido ocupando durante años. El cambio, como era obvio, no solucionaba el problema, ya que ni los salvadoreños estaban dispuestos a abandonar sus tierras ni el Gobierno de El Salvador aceptaba readmitir a los cerca de 300.000 inmigrantes. La tensión entre los dos países no hacía más que crecer y en estas circunstancias les tocó jugar a las selecciones. La guerra estalló al final, pero, como bien definió Eduardo Galeano, “la violencia que desemboca en el fútbol no viene del fútbol, del mismo modo que las lágrimas no vienen del pañuelo”. El fútbol fue la chispa perfecta que hizo saltar por los aires los rencores acumulados.

La clasificación del Mundial se acabó resolviendo en un tercer partido en el estadio Azteca de México. El Salvador venció por tres a dos.

Yugoslavia, del campo de juego al campo de batalla

La segunda historia en la que un simple partido de fútbol ayudó a desatar las iras y rencores guardados durante años nos sitúa en los Balcanes, concretamente en Zagreb, capital de la actual Croacia. Si alguno ha visitado esta ciudad, puede que haya pasado por casualidad frente al estadio del Dinamo de Zagreb, donde se erige un peculiar monumento, un grupo de soldados esculpido en bronce con una corta inscripción: “A los aficionados de este club, que el 13 de mayo de 1990 iniciaron en este mismo campo la guerra contra Serbia”. Puede que esto suene exagerado, pero ¿qué ocurrió aquella tarde para que haya quien afirme que la guerra de los Balcanes empezó en aquel modesto estadio?

Fuente: CityPal

El 13 de mayo de 1990 el Dinamo de Zagreb se enfrentaba al Estrella Roja de Belgrado. El partido tenía una gran carga simbólica: en una Yugoslavia en plena hemorragia política, el fútbol se había convertido en un alumno aventajado de las variadas aspiraciones nacionalistas. Antes que los políticos, los hinchas ya enarbolaban las banderas independentistas y se habían declarado odio eterno. Cada filiación nacional tenía su equipo; por ejemplo, en Bosnia el FK Sarajevo era el club de los bosníacos —bosnios musulmanes— y su afición ultra, los Horde Zla, engrosaría durante la guerra las milicias bosnias. En el país también estaban el Zrinjski Mostar, apoyado por los bosniocroatas, y el Borac Banka Luka, apoyado por los serbobosnios. Los enfrentamientos entre estos equipos a finales de los noventa fueron el ejemplo perfecto de lo que más tarde sería la guerra; palizas, altercados y heridos eran la tónica común.

En Croacia, el ambiente en los campos de fútbol no era muy diferente. Los dos principales equipos, el Hajduk Split y el Dinamo de Zagreb, tenían un claro espíritu independentista. Cada partido iba más allá de lo que pudiera ocurrir sobre el verde del terreno de juego y se convertía en una auténtica expresión de fervor nacionalista croata. El fútbol era el medio de expresión más directo y los ultras no dudaban en recorrerse Yugoslavia cada jornada de liga peleándose con los hinchas serbios o bosnios. Cuando comenzó la guerra, los ultras del Dinamo de Zagreb, los Bad Blue Boys, fueron de los primeros en ingresar en el joven ejército croata. Tampoco es casualidad que el último presidente del Dinamo antes del estallido de la guerra fuera el líder nacionalista y futuro presidente Franjo Tudjman.

También en Serbia se daba este fenómeno que mimetizaba fútbol y política yugoslava. Destacaba el Estrella Roja de Belgrado, equipo que, a pesar de haber sido considerado durante muchos años el más popular de Yugoslavia a finales de los 80, pivotó cada vez más hacia la identificación con el nacionalismo serbio más radical. Los Delije, sus ultras, defendían la idea de la Gran Serbia, en la que el resto de pueblos yugoslavos debían subordinarse a Belgrado. Tanto es así que su líder, Željko Ražnatović —que pasaría a la Historia por su apodo, Arkan—, pasó de organizar su grupo ultra, en connivencia con las autoridades serbias de Belgrado, a crear la llamada Guardia Voluntaria Serbia, más conocida como los Tigres de Arkan, que llegaría a contar con más de 10.000 combatientes y durante el conflicto fue usada por el Gobierno serbio como unidad paramilitar. Masacres como las de Bijeljina o Zvornik llevarían la firma de esta organización.

Panfleto de Arkan y los Delije durante la guerra. Fuente: Cazador de Narvales

Cada jornada de liga los yugoslavos veían por televisión lo que sus políticos se empeñaban en negar. Las gradas mostraban la composición de las futuras trincheras y el odio mutuo en cada partido no se podía ocultar. El 13 de mayo de 1990 fue la prueba más sólida. Al partido se habían desplazado desde Belgrado unos 3.000 delijes del Estrella Roja y, aunque desde que habían puesto un pie en Zagreb habían sido escoltados por la policía, esto no impidió que se produjeran altercados y reyertas camino del estadio; cánticos como “Muerte a Tudjman” o “Croacia es Serbia” habían acompañado a la comitiva. La tensión aquella tarde era evidente y ni el más optimista de los policías esperaba una jornada tranquila. Los Delije fueron situados en la grada norte del estadio, rodeados tanto por arriba como por los laterales de aficionados croatas. Esto demostró ser un error fatal: a falta de diez minutos para el inicio del encuentro, los ultras serbios lograron romper las vallas que los separaban del resto de la afición. En este momento comenzó el verdadero caos: cientos de ultras serbios invadían sectores ocupados por aficionados croatas y en cuestión de segundos empezaba una multitudinaria pelea. Golpes, carreras y cuchilladas se sucedieron en la parte norte del estadio. Desde el césped, la policía observa impasible la situación y al otro lado del campo los ultras del Dinamo entran en cólera. La mayoría de los jugadores deciden retirarse a los vestuarios; algunos del Dinamo aguardan en el césped señalando a la policía la situación.

Para ampliar: Fútbol contra el enemigo, Simon Kuper, 2012

Por si la situación no fuera lo suficientemente caótica, los Bad Blue Boys, indignados por la actitud policial, logran saltar al terreno de juego con la intención de llegar hasta el otro sector y poner fin a la pelea a su manera. Solo en ese momento la policía reacciona y carga contra los ultras croatas. Dos batallas se producen ahora simultáneamente: una en la grada y otra en el terreno de juego. En el momento de clímax de esta preguerra balcánica llueven piedras y gases lacrimógenos y se llegan a producir pequeños incendios en distintas zonas del estadio. El caos es absoluto, tanto que hasta el capitán del Dinamo, Zvonimir Boban, se ve envuelto en la pelea. La batalla se prolongó durante una hora más, hasta que la policía logró devolver a los hinchas a sus gradas, y para muchos de los telespectadores estas imágenes demostraron aquel día que Yugoslavia estaba condenada. Meses más tarde, Boban ficharía por el Milán y se convertiría en una estrella mundial mientras los ultras iban a la guerra.

La importancia de representar al mundo árabe

La última de estas “guerras del fútbol” es bastante reciente en comparación con las anteriores. El 12 de noviembre de 2009 la selección argelina se desplazaba a la tierra de los faraones para jugar el último y definitivo partido, que decidiría el propietario de la última plaza del grupo para el Mundial de Sudáfrica. Ambos países se jugaban todo a una carta y sus aficiones tenían muy clara la importancia del encuentro. El mismo día de la llegada de la expedición argelina a Egipto su autocar fue atacado por un nutrido grupo de hinchas egipcios. El suceso, que se saldaría con tres jugadores argelinos heridos, no servía más que para aumentar la tensión entre las dos naciones.

Un cruce de acusaciones entre sus federaciones futbolísticas se iniciaría después del incidente. Argelia acusaba a la federación egipcia de haber instigado el ataque y pedía a la FIFA la suspensión del partido que debía disputarse dos días más tarde. Por su parte, el país del Nilo negaba cualquier responsabilidad en lo ocurrido y acusaba a las autoridades argelinas de haber magnificado la situación. Resultan esclarecedoras las declaraciones de uno de los miembros del comité ejecutivo de la federación, Mahmud Taher, que aseguraba a los medios que “Argelia está sacando las cosas de quicio. El autobús fue dañado en su interior, por lo que es obvio que ellos mismos lo hicieron para aumentar la tensión”. A pesar de los requerimientos, la FIFA no hizo uso de su autoridad y el partido siguió fijado para la fecha prevista.

Para ampliar: “FIFA: sobornos, corrupción y poco fútbol”, Adrián Albiac en El Orden Mundial, 2015

El 14 de noviembre se disputaba, como estaba previsto, el encuentro. En un clima tenso, varios jugadores argelinos lucían las secuelas del ataque en forma de vendajes. Con un estadio totalmente volcado con la selección nacional y los argelinos más pendientes de salir de allí ilesos que de conseguir la victoria, el resultado final fue de dos a cero a favor del conjunto local, marcador que dejaba la clasificación del grupo con un empate y obligaba, por tanto, a realizar un partido de desempate.

Los 90 minutos tampoco fueron suficientes para las aficiones y se produjeron altercados en los aledaños del estadio; 12 egipcios y 20 argelinos resultarían heridos. En Argelia a muchos no sentó bien la idea de tener que disputar un partido de desempate y también se produjeron incidentes en la capital que concluirían con varios heridos, coches calcinados y ataques a todo aquello que oliera a egipcio. 35 empleados de nacionalidad egipcia de la empresa Orascom debieron ser evacuados del país con sus familias tras ser atacados sus hogares. Las autoridades argelinas tuvieron que cerrar todos los accesos a la embajada egipcia en Argel en previsión de nuevos ataques. Esa misma noche el presidente egipcio, Hosni Mubarak, advertía: “Egipto no tolera a aquellos que hieren la dignidad de sus hijos. No queremos que nos arrastren a reacciones impulsivas, pero yo también estoy agitado”.

La FIFA, al corriente de los incidentes, decidió celebrar el partido definitivo una semana más tarde en Sudán, considerado por la organización como territorio neutral. A regañadientes, ambas federaciones aceptaron, aunque en la recepción que el presidente sudanés les preparó ninguna estrechó la mano a la otra. Estas actitudes y declaraciones como las del defensa argelino Madjid Bougherra —“Todo el equipo está listo para la guerra”— no ayudaban en absoluto a rebajar la tensión.

La tensión era palpable en el partido de desempate en Sudán. Fuente: Al Nadi

El encuentro fue un partido tosco y trabado en el que finalmente logró el triunfo por un gol a cero la selección argelina. La victoria iba unida a un claro sentimiento de revancha; los aficionados argelinos hirieron a 21 egipcios después del choque. También se dieron disturbios en ciudades francesas como Marsella o París, con un alto número de población proveniente de la excolonia. Ante estos sucesos, Egipto mandaba retirar a su embajador en Argel y varios centenares de manifestantes trataban en El Cairo de asaltar la embajada argelina. El nerviosismo iba en aumento y las élites dirigentes, en aquellos momentos muy cuestionadas, no dudaban en echar leña al fuego buscando la legitimación popular. Sin embargo, cuando muchos esperaban ya algún movimiento de tropas, ninguno de los dos países dio el paso definitivo. Una vez más, el fútbol había estado a punto de ser la excusa perfecta para que dos naciones fueran a las armas, pero parece que esta vez primó la cordura.

Finalmente, Argelia disputó el Mundial de Sudáfrica, aunque no fue capaz de anotar ningún tanto en los tres partidos que jugó.

4 comentarios

  1. Me recuerda al partido de water polo entre Hungría y la URSS en 1956, justo después de que Moscú aplastara la revolución de Budapest. Los dos equipos más que pasarse el balón acabaron cambiando puñetazos y patadas en el agua.

  2. No solo fueron causantes de conflictos, también se aprovecho de partidos de fútbol para usar estrategias militares; el sonado caso de la eliminatoria entre Chile y Perú en el 77 antes del mundial en Argentina es un claro ejemplo de cómo fue usado el fútbol por espías de un país en momentos de crisis. Y es que Chile aprovechó que todo Perú celebró la clasificación para violar el espacio aéreo peruano y recabar información vital de la base aérea La Joya (base aérea hasta ese momento secreta). En esos momento había dictadura militar en ambos países, las tensiones entre los dos era muy alta y; mientras Perú había aumentado su potencial militar, los chilenos estaban con una sanción que prohibía a cualquier país vender armas al gobierno de Pinichet. En medio de está crisis se cuenta que la inteligencia chilena aprovechó el partido para investigar a su vecino y prepararse ante un posible conflicto.

  3. uff viejo excelente articulo, gracias por la info.

    Jonathan Villanueva
  4. Excelente artículo y gran información.

    Hay pasajes de Kapusckinski en su “Guerra del Fútbol y otras guerras de los pobres” que deberían ser leídos obligatoriamente en los colegios. Una de las frases más hirientes es la que dice que los países pobres necesitan de guerras, ya sea la razón que sea, para ser vistos en el resto del mundo, y que ambos países quedaron satisfechos por la Guerra del Fútbol.

    Otro episodio que concuerda perfectamente con este artículo es el “no gol” de la selección chilena. Amenazados por Pinochet los jugadores chilenos bajaron al césped del Estadio Nacional a jugar contra nadie y rodeados de soldados. O la dictadura de Videla y el Mundial del 78, el fútbol al servicio de los militares.

    En los últimos años y en particular en la clasificación hacia el mundial otro hecho histórico ha sido malamente recordado en las gradas de fútbol, es la masacre de Srebrenica. Aficionados griegos utilizaron el partido contra Bosnia para recordar aquella frase infame de “Cuchillo, alambre de púas, Srebrenica” recordando cómo fueron asesinados miles de bosnios. Por otro lado los serbios y los rusos siguen ensalzando Mladic, incluso después de su condena de cadena perpetua por crímenes contra la Humanidad en la Guerra de Bosnia, en especial el sitio de Sarajevo. Te dejo el enlace sobre este tema que escribí en mi blog: http://www.victoriasyderrotas.com/la-masacre-de-srebrenica-y-el-futbol-homenajes-a-mladic/

    De nuevo, enhorabuena por el artículo.