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Tensión en Ucrania. ¿Qué está pasando y por qué?

Desde hace unas semanas, venimos asistiendo a las mayores protestas populares en Ucrania desde la independencia del país en 1991. Miles de manifestantes han tomado las calles del centro de Kiev con la firme intención de hacer caer al gobierno de Viktor Yanukovych, y parecen estar dispuestos a todo por lograr ese objetivo. Evidentemente, con la escasa información que nos llega y con los acontecimientos sucediéndose tan deprisa, cualquier ejercicio de análisis sobre la cuestión corre el innegable riesgo de caer en el sensacionalismo, pero creo que resulta importante hacer una breve exposición de cómo se ha llegado a la situación que viven actualmente las calles de Kiev, tiñéndose de la sangre de manifestantes y policías por igual.

La revuelta, bautizada como “Euro Maidan” en referencia a la plaza Maidan Nezalezhnosti, epicentro del movimiento, comenzó el 21 de noviembre de 2013, cuando el gobierno de Viktor Yanukovych decidió abandonar las negociaciones para firmar un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea. Esta decisión provocó que la oposición saliese a la calle a protestar contra lo que consideraban un error en la política exterior ucraniana, que acercaba Ucrania a Rusia y a su pasado más reciente en detrimento de los lazos con la Unión Europea. Tras más de una semana de protestas continuas, en la noche del 30 de noviembre, el gobierno envió a las fuerzas especiales de la policía ucraniana para desalojar a los manifestantes de la plaza, con el saldo de docenas de manifestantes heridos durante una operación que dejaría brutales escenas de represión por parte de la policía y que no lograría su objetivo.

De esta forma, las protestas continuarían constantemente durante el mes de diciembre con altercados y cargas policiales, lo que provocaría que a mediados de enero el gobierno promulgase una serie de leyes que limitaban el derecho de reunión y endurecían las sanciones por participar en manifestaciones ilegales y ocupar edificios gubernamentales. Previsiblemente, este anuncio tan sólo provocaría las iras de la oposición, que volvería a recrudecer los disturbios hasta tal punto que, tan sólo una semana después de haber aprobado este paquete de leyes, Yanukovych daba marcha atrás y aprobaba una serie de medidas entre ellas la derogación de estas polémicas leyes, la aprobación de una amnistía general para todos los detenidos por delitos de menor gravedad, la destitución del primer ministro Azarov y la apertura de una ronda de negociaciones con los líderes de la oposición parlamentaria para intentar dar una salida pacífica al conflicto.

Estas medidas darían lugar a un alto el fuego que se prologaría hasta el pasado martes 18 de febrero, cuando el parlamento ucraniano incumplió la tarea de iniciar los trámites legales para volver a instaurar en Ucrania un sistema de gobierno parlamentario (como hicieron los vencedores de la Revolución Naranja, en una reforma que en 2010 sería declarada inconstitucional) y así limitar los poderes del Presiente. Ante esta noticia, los manifestantes tomaron un edificio cercano a la sede del parlamento. Ante esta ocupación, el gobierno tomaría la decisión de desalojar la plaza Maiden de una vez por todas; y ahí es donde empezaron las violentas revueltas que en los últimos tres días han degenerado en una espiral de violencia que parece hacer que el país se vaya deslizando inevitablemente hacia un conflicto civil abierto. Es decir, lo que comenzó como una crítica a la política exterior de Yanukovych, se ha transformado en un movimiento “anti-Yanukovych”.

Y hasta aquí los hechos. Pasemos ahora a analizar el trasfondo político, tanto interno como internacional, de todo este movimiento.

El principal elemento explicativo de la situación que vive Ucrania es su profunda división étnico-lingüística. Tras la independencia, el país quedaría dividido en dos principales asentadas en un territorio muy definido: rusos (17’3% de la población) al este, ucranianos (77’8%) al oeste, ambas con un referente exterior claro: Rusia en el caso de la comunidad étnica rusa; y Occidente (UE-EEUU), en el caso de la comunidad ucraniana. El idioma oficial del país es el ucraniano, pero desde 2012 el ruso es lengua cooficial en determinados territorios (Odesa, Mykolayiv, Kherson, Sevastopol, Zaporizhya, Donetsk, Luhansk y Kharkiv) todos ellos en la zona este y sur del país. Esta situación, y a pesar de que la gran mayoría de la población es bilingüe en ambos idiomas, ha provocado que la política interna ucraniana haya girado en torno al cleavage étnico-lingüístico en los últimos años.

Asimismo, debe tenerse en cuenta que el actual territorio ucraniano no se corresponde con el de la “Ucrania histórica”. En efecto, la región de Galitzia formó parte durante siglos del Imperio Austrohúngaro y, por lo tanto, nunca estuvo en contacto con el resto del país, y no recibió las influencias culturales rusas que sí se hicieron sentir en el resto de lo que hoy es Ucrania. Esto explicaría, que en esta zona del país hayan tenido origen los más importantes movimientos nacionalistas ucranianos que se oponen a cualquier tipo de acercamiento con Rusia; de hecho, Andrei Parubiy Oleg Tiagnibok, los dos líderes políticos que se han mostrado más activos en la plaza Maidan proceden de la ciudad de Lvov, capital de la actual Galitzia ucraniana.

Ethnolingusitic_map_of_ukraine

Y esto tiene su traducción en términos de política de partidos. No en vano, los dos principales partidos de Ucrania pivotan sobre este cleveage: el Partido de las Regiones, liderado por Yanukovych, fue fundado en 1997 para representar los intereses de los rusohablantes de Ucrania en el sur y este del país; mientras que el partido-bloque Patria, engloba a los sectores de la sociedad ucraniana étnicamente ucranianos y claramente prooccidentales, cuyos líderes (Yulia Timoshenko y Arseni Yatseniuk) adquirieron gran notoriedad pública durante la Revolución Naranja de 2004 que expulsó a Yanukovych del poder. Asimismo, los partidos más minoritarios como UDAR, Partido Comunista de Ucrania y, sobre todo, el partido ultraderechista Svoboda, se mueven también en esta dinámica.

En los siguientes mapas, que representas gráficamente los resultados de las elecciones de 2004, 2007, 2010 y 2012 pueden verse claramente la polarización el voto en Ucrania.

2004-ukraine-presidentialMapa elecciones 2004

2007-ukraine-legislative-rayonsMapa elecciones 2007

2010-ukraine-presidential-first-raions-englishMapa elecciones 2010

Ukr_elections_2012_multimandate_oblastsMapa elecciones 2012

Pero la situación de división interna en Ucrania no puede comprenderse sin analizar el teatro internacional. Ucrania es un país estratégico tanto para la Unión Europea como para Rusia. Su situación geográfica a orillas del Mar Negro (donde se encuentra la base de Sebastopol, clave para la flota rusa), su riqueza en recursos naturales y, sobre todo, el hecho de que por su territorio pasen importantes gaseoductos, hacen de Ucrania una pieza esencial del tablero geoestratégico europeo. Una pieza a la que nadie quiere renunciar.

ARTÍCULO RELACIONADO: Tiempos de definición para Ucrania (Diego Telias, Septiembre 2013)

La Unión Europea ha tenido tradicionalmente una posición más bien ambigua ante Ucrania, fruto de las propias divisiones en el interior de la Unión con respecto a este país ex soviético. Por un lado, hay quienes apuntan hacia el tremendo potencial económico de un mercado de 45 millones de consumidores con amplios recursos mineros y agrícolas, motivo por el cual la UE siempre ha visto con buenos ojos la firma de acuerdos de libre comercio con Ucrania; por otro, quienes en aras de una mejor relación con Rusia (sobre todo a partir de la crisis del gas en el año 2005 que provocó una crisis de suministro energético en todo el este comunitario), ven con reticencias la entrada de Ucrania en la UE. Sin embargo, a día de hoy la UE sigue siendo uno de los principales socios comerciales de Ucrania (el intercambio comercial entre la UE y Ucrania en 2008 fue de 40.000 millones de dólares), acumulando una cuarta parte de las exportaciones ucranianas y un tercio de las importaciones que hace el país eslavo; eso sí, sin eliminar ninguna de las restricciones existentes a la entrada de productos ucranianos en sus mercados. Y a esto, ha de sumarse la postura de Estados Unidos, muy interesado en que Ucrania entre a formar parte de la OTAN para aislar a Rusia y disminuir notoriamente su presencia en el Mar Negro, limitando así su influencia sobre la región caucásica, extremadamente importante en materia de hidrocarburos.

Pero sin duda, estratégica e históricamente, Ucrania es mucho más importante para Rusia que para la Unión Europea. La relación entre Ucrania y Rusia ha sido definida en numerosas ocasiones como de “rivalidad fraterna”, una expresión que encierra a la perfección la dinámica de relaciones entre ambos países. A pesar de estar unidos por la fe ortodoxa, la gran similitud en el idioma y una larga historia en común, Rusia y Ucrania han protagonizado fuertes tensiones, debido principalmente a los reiterados intentos rusos por influir políticamente en el país. En efecto, Rusia ha mantenido una línea constante, de considerar a Ucrania como parte de su zona estratégica. Y no sólo por el mencionado legado histórico y cultural común, sino también por motivos estratégicos. Como ya se ha dicho, en Ucrania está situada la importantísima base de Sebastopol, clave para el comercio ruso por el Mar Negro y que durante siglos ha acogido a la flota rusa. Tras la independencia de Ucrania en 1991, Sebastopol quedó bajo soberanía ucraniana, motivo por el cual Rusia y Ucrania han firmado sucesivos contratos de arrendamiento de la base, convirtiéndose este asunto en central en las relaciones entre ambos países. A esto se suma la intención rusa de crear una unión aduanera con Bielorrusia, Kazajistán y Ucrania a la que posteriormente se incorporasen otros miembros de la Comunidad de Estados Independientes que deseen hacerlo, algo a lo que Ucrania se ha venido hasta ahora resistiendo pese a las presiones rusas, puesto que eso significaría renunciar a futuros acuerdos comerciales con la UE.

Queda, pues, claro el gran interés que suscita la cuestión ucraniana tanto en Bruselas (y, en menor medida, en Washington) como en Moscú. Y cada bando juega sus cartas.

Así, Rusia juega constantemente la carta energética, ligando rebajas en el precio del gas que vende a Kiev a contrapartidas como la firma de acuerdos comerciales (en agosto de 2012, el presidente Yanukovich firmó el documento que ratifica el acuerdo de libre comercio de la Comunidad de Estados Independientes), la ampliación y mejora de las condiciones de arrendamiento del puerto de Sebastopol (el último acuerdo de ampliación data de 2010, y en él Ucrania se comprometía a ampliarlo hasta 2049) o la firma de acuerdos de colaboración entre empresas rusas y ucranianas para la gestión de la red de transporte hacia Europa del gas ruso. Además, Moscú ha venido ofreciendo ayudas económicas al gobierno ucraniano, aunque siempre en la misma línea de condicionamientos políticos y económicos que suele tener la ayuda al desarrollo.

Por su parte, la UE ha anunciado que está preparando junto a los Estados Unidos un paquete de ayudas económicas para la maltrecha economía ucraniana, y que constituiría para el gobierno de Kiev una alternativa a los 15.000 millones de dólares en créditos que Moscú puso recientemente sobre la mesa. Asimismo, la Unión Europea ha reiterado ante el gobierno y la opinión pública ucraniana su voluntad de alcanzar acuerdos comerciales y de asociación; y numerosos líderes políticos comunitarios han visitado el campamento en la plaza Maidan, haciendo llamamientos públicos al respeto de las libertades civiles en Ucrania y presionando para la aprobación de sanciones al gobierno prorruso de Kiev, tal y como sucedía en la tarde de ayer, cuando la UE aprobaba unas tímidas sanciones contra el gobierno de Yanukovych.

Así pues, vemos que aunque a la ola de protestas en Ucrania se le siga llamando “Euro Maiden”, la cuestión europea no es el pilar único sobre el que pivota toda la situación, sino que está claramente relacionada con multitud de factores internos y externos a la política ucraniana. Mientras escribo estas líneas, los medios de comunicación anuncian que el presidente ucraniano ha decidido convocar elecciones presidenciales anticipadas para tratar de dar una salida política a un conflicto civil que ya dura tres meses y que se ha cobrado demasiadas vidas. Quien resulte elegido tendrá por delante la tarea de reconciliar a una sociedad civil enfrentada y de afrontar, de una vez por todas, la cuestión de la reforma del sistema político ucraniano, y de definir las prioridades de política exterior. Y, por supuesto, el resultado de esas elecciones constituirá un nuevo capítulo en el gran juego geoestratégico europeo.

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Acerca de Adrian Vidales 11 Articles

Nacido en 1990 en Zamora. Licenciado en Ciencias Políticas, especialidad de Estudios Internacionales, por la UCM. Estudiante de Derecho en la UNED. Miembro de ‘Con Copia a Europa’ (CC/Europa). Trabajando como becario en la consultora Atrevia.

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  1. La crisis de Ucrania, una cuestión de geopolítica global – juanperezventura

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