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Un sistema-Mundo dividido en Centro y Periferia

Sistema Mundo: Centro-Periferia. Fuente: Cartografía EOM.

¿Cuántas veces nos hemos sentado ante el televisor, hemos contemplado la desagradable visión del estómago de un niño afectado por kwashiorkor y hemos pensado “¿cómo es posible que en pleno siglo XXI sigan sucediendo estas cosas?”. La respuesta a esta pregunta es que vivimos en un sistema-mundo.

¿Pero qué es un sistema-mundo? Siguiendo siempre la teoría esbozada por Wallerstein en los años 70 del siglo pasado, un sistema-mundo es un tipo de sistema social, (actualmente el único existente a nivel planetario) basado en la existencia de una única división del trabajo a escala mundial y, al mismo tiempo, de múltiples sistemas culturales (que podrían ser equiparados a civilizaciones, países…). Así, el concepto de sistema mundo, entendiendo éste como una totalidad, constituye una “unidad de análisis” para comprender las relaciones internacionales actuales. Y en función de que el sistema-mundo disponga (o no) para su organización de un sistema político común, la geografía política actual distingue entre imperios-mundo y economías-mundo. Pero como cualquier persona sabe, la época del los grandes imperios (Roma, China, o Egipto) ya ha pasado y el planeta se encuentra dividido en numerosos estados soberanos. Así pues, creo que debemos centrar nuestros esfuerzos en la comprensión de la otra variedad de sistema-mundo: la economía-mundo.

Podemos afirmar, sin riesgo a caer en el simplismo, que economía-mundo y capitalismo son hermanos gemelos, caras de la misma moneda; y por ello, las claves del funcionamiento del capitalismo como sistema de organización socioeconómico nos darán las claves del funcionamiento de la economía-mundo actual, y por ende, de cómo funciona en la actualidad el mundo en el que vivimos.

La característica esencial del sistema capitalista es la producción de bienes y servicios destinados a su compraventa en un mercado para obtener el máximo beneficio posible. En base a esto, la producción se aumentará constantemente en la medida en que puedan cosecharse beneficios, y los individuos (o empresas) inventarán paulatinamente nuevas formulas para maximizar dichos beneficios. Esto es lo que los marxistas denominan la acumulación incesante de capital.

Ahora tengamos en cuenta un hecho indudable: la Tierra, el planeta en el que vivimos y al que explotamos para garantizar nuestro desarrollo y supervivencia, cuenta con unos recursos naturales determinados y, en muchos casos, limitados. Así pues, y pensando en términos económicos, estos actores del mercado que buscan maximizar sus beneficios en la compraventa de bienes y servicios, lo hacen en una “situación de escasez”. ¿Y cuál es la consecuencia inevitable de este razonamiento? Que siempre llega un punto en que esta acumulación incesante de capital se convierte en un juego de suma cero. Es decir, que, inevitablemente, para que unos actores del mercado puedan continuar enriqueciéndose, otros deben empobrecerse, puesto que la matriz generadora, en última instancia, de este crecimiento (la Tierra), ya no puede satisfacer de forma equitativa la demanda de recursos de todos sus demandantes.

INTERESANTE: Crecimiento económico y conservación del medio ambiente

Así llegamos a otro de los pilares básicos del capitalismo: la necesidad de contar con una “superestructura” política que vele por la protección y correcto funcionamiento de la “estructura” económica (el mercado). Dicha superestructura no es otra que los Estados-nación. Así pues, y en base a la aproximación por analogía hecha previamente entre capitalismo y economía-mundo, podemos afirmar que las unidades políticas básicas que interactúan en el sistema mundo actual son Estados, que velan por la supervivencia de las empresas (unidades económicas básicas de la economía) radicadas en su territorio, y de esta forma entran en el juego de la acumulación incesante de capital.

Expongamos teóricamente esta afirmación. Siguiendo los planteamientos de Taylor y Flint, los Estados-nación están insertos en una estructura geográfica dividida en tres escalas: escala local (asociada a la experiencia), escala nacional (asociada a la ideología) y escala global (asociada a la realidad). La escala local se identifica con nuestra vida cotidiana, en la cual surge la necesidad de acumular capital para que los ciudadanos puedan cubrir sus “necesidades fundamentales” (alimento, vestimenta, trabajo…). ¿Y dónde se realiza en última instancia esta acumulación? En la escala global; es decir, en el mercado mundial de esta economía mundo en la que vivimos, y en la que se determinan los valores que terminarán por imponerse en la vida cotidiana. Pero esta influencia del mercado global en las vidas de los ciudadanos, antes de llegar a ellos, atraviesa un filtro constituido por los Estados-nación, que, al pretender velar por el bienestar de sus ciudadanos, llevan a cabo una labor de reinterpretación de estas decisiones globales, presentándolas en términos de beneficio para los habitantes de su territorio. De esta forma, el Estado-nación actúa como una escala intermedia que impide el choque entre dos polos opuestos: las comunidades locales, que se rigen por el deseo de cubrir necesidades básicas; y la economía-mundo, basada ante todo en la acumulación de capital, un deseo de acumulación que desdeña lo que se refiere a cubrir las necesidades de amplios sectores de la población. Así, podemos ver que la interacción entre las tres escalas se produce en un único proceso asociado a la existencia de un único sistema: el sistema-mundo capitalista.

MÁS INFORMACIÓN: Political Geography: World-economy, Nation-state and locality (Flint, C. y Taylor, P. 2007, 5ªEd.)

Centro, periferia y semiperiferia

Acabamos de ver que los Estados-nación no son entes aislados de los que les rodea, sino que están en permanente contacto con sus semejantes. Esto nos lleva a la otra estructura fundamental presente en el sistema-mundo, enunciada por Wallerstein y definida por Taylor y Flint como “estructura geográfica horizontal tripartita”. Antes hemos afirmado que la “estructura” económica no puede funcionar sin una “superestructura” que la proteja, y que ésta estaba formada por los Estados-nación. Es decir, que el capitalismo a nivel global no puede funcionar sin un sistema interestatal. Este conjunto de Estados insertos en una única economía global capitalista, pueden ser clasificados en tres grupos o zonas económicas en función del rol que ocupan en la división internacional del trabajo: centro, periferia y semiperiferia.

Los países del centro son aquellos que dominan el sistema-mundo a nivel político y económico, y en ellos los niveles de eficiencia en la producción agroindustrial y de acumulación de capital son los más altos. De esta forma, los Estados del “centro” están especializados en la producción de bienes fabricados mediante altos niveles de tecnología y mecanización, y que, debido precisamente a esto, tienen un mayor precio en los mercados internacionales. Europa Occidental, Estados Unidos y Japón son las zonas económicas consideradas “centrales”.

En el otro extremo del sistema mundo se sitúan los países “periféricos”. Están caracterizados por tener un sistema de producción menos sofisticado y mecanizado que los países del “centro” y por lo tanto, su producción, basada fundamentalmente en la exportación de materias primas y productos agrícolas, está menos valorada en los mercados internacionales. Buena parte de los Estados de Asia, África y América Latina estarían incluidos en este grupo.

ARTÍCULO RELACIONADO: Centro, periferia y centralidad (Juan Pérez Ventura, Mayo 2013)

Para los teóricos del sistema-mundo, la relación que se establece entre ambos grupos es fundamentalmente de explotación del “centro” sobre la “periferia”, y basan esta explotación en lo que ellos denominan intercambio desigual. Este concepto gira en torno a la idea de que al tener un menor precio los productos “periféricos” en los mercados mundiales con respecto a los producidos por el “centro”, cuando éstos son intercambiados, la mayor parte de la plusvalía generada por los trabajadores de los Estados periféricos termina en manos de los grandes productores de los Estados del “centro”. Esto, unido al hecho de que los Estados periféricos están gobernados en su mayoría por gobiernos títeres al servicio de las grandes multinacionales de los países ricos (o del “centro”) que dan trabajo a buena parte de sus poblaciones, hace que la relación de explotación antes mencionada se estabilice y perpetúe.

La pregunta lógica que todos nos haríamos en este punto sería: ¿y cómo es posible que estos pueblos explotados no reclamen sus derechos y derriben a sus explotadores?. Según Wallerstein, hay tres mecanismos fundamentales que permiten al sistema-mundo gozar de una relativa estabilidad política: la concentración de la fuerza militar en las áreas céntricas, la difusión entre la población de los Estados del centro de la convicción de que su propio bienestar depende de la supervivencia del sistema como tal y, finalmente, la división de los explotados en un gran estrato inferior y un estrato intermedio más pequeño. Este estrato intermedio es lo que se conoce como semiperiferia, cuya función principal es, pues, dividir a los explotados para que no hagan frente común contra los privilegiados del centro del sistema mundo. Para ello se le da un papel en la división del trabajo que hace que las economías de estos Estados estén basadas en sistemas de producción que mezclan componentes de las otras dos zonas económicas y que les permiten desempeñar, al mismo tiempo, un papel de explotado (por el centro) y explotador (de la periferia). Ejemplos de Estados semiperiféricos serían Brasil o Argentina. Dentro del esquema de intercambio comercial que se da entre centro y periferia (bienes de capital intensivo por materias primas y productos agrícolas) los países semiperiféricos intervienen en el mercado mundial exportando al centro bienes procedentes de sectores deslocalizados (por ejemplo, la industria del automóvil) y, al mismo tiempo, vendiendo a las áreas periféricas productos semejantes a los del centro (pero con un menor nivel de capital intensivo).

Una vez divididos los Estados miembros del sistema interestatal en zonas económicas y señaladas las interacciones económicas que se dan entre ellos, ahora se impone la necesidad de averiguar cómo se relacionan estos Estados a nivel político en el sistema-mundo. Estas relaciones políticas se desarrollan en un marco de competencia permanente por aumentar el poder propio en un juego de suma cero, en un intento por conseguir las mejores condiciones para el desarrollo de las industrias y empresas nacionales. En este contexto la guerra juega un papel fundamental, puesto que permite a los Estados ascender posiciones en el sistema-mundo (pasando, por ejemplo, de país semiperiférico a país central), para reestructurar las relaciones de poder entre “centro” y “periferia” (mediante la creación, por ejemplo de clientelas) y, finalmente, reestructurar las relaciones de poder entre los países del “centro”, de tal forma que ninguno de ellos pueda dominar en solitario el conjunto del sistema mundo.

ARTÍCULO RELACIONADO: La deslocalización empresarial (Juan Pérez Ventura, Abril 2013)

Sin embargo, esto no siempre se ha conseguido y ha habido épocas en las que un Estado (evidentemente de los considerados “céntricos”) ha logrado asumir un papel de potencia hegemónica dentro del sistema-mundo. Un Estado se convierte en hegemón cuando adquiere una ventaja competitiva frente a sus rivales en las tres áreas económicas principales: producción agro-industrial, comercio y finanzas. Esta superioridad económica permite al Estado hegemónico imponer en gran medida sus reglas y deseos en los terrenos político, económico, militar, diplomático y, en ciertos casos, cultural. Esto ha ocurrido en los últimos siglos tres veces y en todas ellas se han cumplido unos patrones que permiten establecer un ciclo hegemónico: primeramente un Estado adquiere ventaja competitiva en producción agro-industrial, luego en comercio y finalmente en el ámbito financiero; a continuación se vive un periodo relativamente corto de tiempo en el que el hegemón mantiene su posición de forma incontestable (entre 30-50 años) para después ir perdiendo su ventaja competitiva en el mismo orden en que la consiguió, lo que hace que paulatinamente su poder se resquebraje y termine siendo sustituido como potencia hegemónica por otro Estado. Los tres casos históricos mencionados anteriormente son los de las Provincias Unidas entre 1625-1672, Reino Unido entre 1815-1873 y Estados Unidos entre 1945-1967.

En resumen

Starved_girlNuestro mundo actual funciona como una economía-mundo globalizada en la que los Estados ya no tienen el control absoluto de lo que ocurre dentro de sus territorios, y que se ha estructurado en el terreno económico conforme a las reglas del capitalismo y en el terreno político-diplomático en un sistema interestatal en el que el principal mecanismo de cambio es la guerra y en el que se han dado sucesivamente hegemonías de vida finita. Además, dentro de este sistema-mundo los Estados se ven divididos en unas zonas económicas que se relacionan entre ellas conforme a un modelo de explotación.

Este es, en última instancia, el diagnóstico pertinente de esas barrigas hinchadas y esas caras atravesadas por mil sufrimientos.

Acerca de Adrian Vidales 11 Articles

Nacido en 1990 en Zamora. Licenciado en Ciencias Políticas, especialidad de Estudios Internacionales, por la UCM. Estudiante de Derecho en la UNED. Miembro de ‘Con Copia a Europa’ (CC/Europa). Trabajando como becario en la consultora Atrevia.

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