¡Lanzamos nuestro crowdfunding! Apóyanos en Goteo ¡Apóyanos! Crowdfunding en Goteo

Obama, historia de una decepción

siria-ataqueFotografía: padres llorando a sus hijos tras un ataque químico. Fuente: AFP

En los últimos días el mundo está dando los primeros pasos hacia una nueva intervención militar en un país miembro de la comunidad internacional. El supuesto ataque con armas químicas del pasado 21 de Agosto (corroborado por organizaciones como Médicos Sin Fronteras) ha generado el más absoluto rechazo internacional y ha provocado una importante movilización en numerosas cancillerías para castigar al responsable de una acción que provocó la muerte de casi 1500 personas.

Pero, ¿quién es el responsable de semejante atrocidad? En este punto, las divergencias han salido a la superficie. Y es que, algunos países, entre ellos Francia, Reino Unido o Estados Unidos no han dudado en señalar inmediatamente al Gobierno sirio de Bachar al-Assad como el responsable del ataque; mientras que, otros países, como Rusia, China o España han pedido cautela y que se deje trabajar a las Naciones Unidas en la determinación de la autoría antes de adoptar una resolución que autorice un ataque contra el responsable del uso de esta clase de armamento. Pero el bloqueo de la situación en el Consejo de Seguridad (donde, no olvidemos, Rusia y China tienen derecho de veto) ha provocado que el Gobierno de Estados Unidos haya tomado la iniciativa y haya anunciado que está dispuesto a intervenir para castigar al Gobierno sirio incluso sin un mandato de la ONU.

Y así, el mundo está asistiendo atónito a una clara demostración de belicismo y desprecio por el derecho internacional más elemental por parte de todo un premio Nobel de la Paz que, a su llegada a la Casa Blanca en 2008, se presentó a sí mismo como impulsor del diálogo multicultural y defensor del multilateralismo; como el hombre que iba a dar un giro de 180º a la errática política exterior de su antecesor, que tanto daño había hecho a la posición de Estados Unidos en el mundo. Cinco años después de ese momento, estamos en condiciones de poder realizar un análisis retrospectivo de ese aserto; y así, poder comprobar si la reacción ante la crisis siria responde a un vaivén de la Administración Obama o a una orientación de política exterior clara y continuada en el tiempo.

INTERESANTE: El conflicto de Siria explicado en viñetas

Obama: historia de una decepción

Tradicionalmente, los Estados Unidos habían disfrutado de una indiscutible influencia sobre la mayor parte del globo, incluido el mundo árabe. Sin embargo –tal y como mostraría el informe Global Public Opinion in the Bush Years (2001-2008) del Pew Global Attitudes Project– las invasiones de Irak y Afganistán darían al traste con la imagen positiva de los EE.UU, que cayó en prácticamente todos los países relevantes para la escena mundial en los diferentes continentes (González, 2009).

En este contexto, se produciría la elección de Barack Obama como presidente de los Estados Unidos, que generaría una gran expectativa de cambio tanto en el país, como en el resto del mundo.

Ya en la campaña presidencial, el candidato demócrata se esforzó en delinear cuáles serían los principios generales que guiarían su actividad en el exterior: una diplomacia robusta, pragmatismo por delante de ideología, y preferencia por el multilateralismo; todo ello expresado en un tono mesiánico que ilusionaría a las masas (y a las distintas cancillerías) y que hacía creer que el senador por Illinois sería capaz de cambiar el mundo.

Con estos principios, Obama trataría de diseñar una política exterior en la que Estados Unidos mantuviera el liderazgo mundial, pero abandonando el unilateralismo autoritario que había caracterizado a la actividad exterior de Bush (con su paradigmático ejemplo iraquí) compartiendo opiniones, y más responsabilidades con otras potencias cuando fuera posible o necesario; así como una apuesta por el diálogo que no excluyera la defensa de los intereses norteamericanos allí donde se vieran amenazados (Samaranch, 2009).

Esta perspectiva, que tendría prácticamente como destinatario único al mundo árabe (y sería respaldada por medios de comunicación y por algunos de los centros de poder mundial) pondría el foco en lograr un acercamiento positivo y constructivo con los distintos actores nacionales con el objetivo de alcanzar una ‘paz exhaustiva’ en la región (González, 2009). Pero para lograr ese objetivo los Estados Unidos debían afrontar una serie de asuntos muy amplios, alguno de los cuales escapaban al control norteamericano.

Durante su discurso de El Cairo, pronunciado el 4 de junio de 2009, Obama trató de abordar estas cuestiones que, en opinión de su Gobierno, impedían el desarrollo y la estabilidad en Oriente Medio; e identificó siete fuentes de tensión entre el Islam y Occidente: la violencia extremista, el conflicto entre israelíes y palestinos, la proliferación de armas de destrucción masiva, promoción de la democracia, libertad religiosa, derechos de la mujer y, por último, desarrollo económico.

En este discurso, pronunciado en la Universidad Al-Azhar, centro intelectual por excelencia del pensamiento árabe situado en una de las potencias regionales más representativas, Obama emitió una auténtica declaración de buenas intenciones que sería considerada como la hoja de ruta de la política exterior norteamericana en los próximos años; y para ello se centró sobre todo en los tres temas más candentes en las sociedades musulmanas: violencia terrorista, conflicto palestino-israelí y promoción de la democracia en el mundo musulmán. Estos tres temas han sido además, los más afectados por el devenir de los acontecimientos posteriores a la declaración de El Cairo.

Era evidente que con el bagaje de los últimos años, con los atentados del World Trade Center aún reciente en la memoria colectiva norteamericana, y tras la invasión de Afghanistan y el estancamiento del conflicto, la violencia terrorista iba a marcar un punto crucial en la agenda exterior de Obama. Sin embargo, el antiguo senador por Illinois, abandonando las tesis de Huntington (que tanto éxito habían tenido entre los “halcones” neocons de Bush) rechazaría la inevitabilidad del conflicto con el mundo islámico, intentando por el contrario incluir a los pueblos musulmanes en la lucha contra el integrismo islamista. Así, Obama afirmaba en su discurso que “mientras nuestra relación sea definida por nuestras diferencias, les otorgaremos poder a quienes siembran el odio en vez de la paz, y a quienes promueven el conflicto en vez de la cooperación que puede ayudar a todos nuestros pueblos a lograr la justicia y la prosperidad. Este ciclo de suspicacia y discordia debe de terminar”. (Obama, 2009, p. 1)

Y es que el nuevo presidente norteamericano, como él mismo afirmaba al comienzo del discurso, es un gran conocedor del mundo islámico, debido a sus raíces familiares y a su estancia en distintos países; y como tal no caería en el tremendo error estratégico en que había incurrido la Administración Bush, que había organizado su política exterior bajo la idea de que las tesis salafistas contaban con un amplio respaldo en las sociedades musulmanas, y que, por lo tanto, la mejor vía para combatirla era apoyar regímenes autoritarios amigos que persiguieran a estos grupos dentro de sus fronteras nacionales y los mantuvieran a raya, o incluso los eliminaran con el apoyo norteamericano. Obama, por el contrario, y en una clara apuesta por el multilateralismo, buscaría la colaboración de las sociedades musulmanas para erradicar la violencia extremista y así, afirmaría que “cuanto antes se aísle a los extremistas y no se les acepte en las comunidades musulmanas, más pronto estaremos todos seguros” (Obama, 2009, p. 5).

Asimismo, en la declaración de El Cairo, Obama trataría el problema del conflicto árabe-israelí, y lo haría, por un lado, calificando abiertamente el vínculo entre EEUU e Israel como “irrompible” y afirmando que éste “se basa en lazos históricos y culturales”, y en “el reconocimiento de que la aspiración de una patria judía se basa en una trágica historia que no se puede negar” (Obama, 2009, p. 5); y por otro, reafirmando el compromiso de su Administración con las demandas palestinas, a las que califica como “legítimas”. Así, Obama defendería en El Cairo la solución de los dos Estados, pero ahondaría mucho más en esta línea y, por primera vez, el mundo oiría a un presidente norteamericano defender la tesis de que las fronteras del futuro Estado palestino deberían corresponderse con las líneas fijadas en 1967, dejando a ambas partes el reconocimiento y seguridad de las mismas (Lorca Corrons, n. d.). Terminaría Obama anunciando su voluntad de “perseguir este resultado personalmente con toda la paciencia y dedicación que la tarea requiere” (Obama, 2009, p. 6).

También trataría Obama el tema de la promoción de la democracia en la región. Consciente de que la cuestión del régimen de gobierno era un punto de fricción constante entre Occidente y el mundo islámico, el presidente norteamericano no realizaría en su discurso ninguna crítica individualizada a ninguno de los numerosos regímenes autocráticos de la región. Sin embargo no dudaría en afirmar que “tengo una convicción inquebrantable en que todas las personas anhelan ciertas cosas: la posibilidad de expresarse libremente y tener voz y voto en la forma de gobierno; la confianza en el estado de derecho e imparcialidad de la justicia; un gobierno transparente que no le robe a su gente; la libertad de vivir según escoja cada uno”. Y terminaría su alegoría de la democracia dejando claro al auditorio, y al mundo entero, que consideraba estos principios como derechos humanos universales, y que por lo tanto EEUU apoyaría su promoción en todo el mundo, en una clara aceptación del principio de responsabilidad de protección, que junto con la idea kantiana de la “paz democrática”, (defendida por Michael Doyle y los seguidores del liberalismo republicano) determinaría la política exterior de Obama en los acontecimientos que estaban por venir (Lorca Corrons, n. d.).

De esta forma vemos cómo, desde sus inicios, el tono del nuevo presidente fue radicalmente diferente del de Bush, quien había vertebrado su política exterior en base a su idea del “eje del mal”, construyendo así un discurso que podría describirse como dicotómico, maniqueo y amenazante. Resulta evidente pues, que el discurso de El Cairo desafía cualquier paralelismo entre la política exterior de Bush y la de Obama, a pesar de que ambos compartían ciertos puntos en común como son el aumento de los recursos destinados a la guerra en Afganistán o la idea de promoción de la democracia (Murphy Lewis, 2009). Sin embargo, el propio e inesperado devenir de los acontecimientos pondría a prueba los compromisos adoptados por Obama en su mesiánica declaración de El Cairo, dejando patente que, antes que líder del mundo, el flamante Nobel de la Paz era (es) gobernante de un país con sus propios intereses estratégicos.

Obama y el conflicto entre Israel y Palestina

Comencemos con el conflicto palestino-israelí. Como hemos visto, Obama asumió la resolución del conflicto como un objetivo personal, y buscó este objetivo a través de las negociaciones directas entre las partes, si bien marcando dos asunciones básicas que darían un giro de 180 grados a la posición de la anterior Administración sobre la cuestión: el reconocimiento de las fronteras de 1967 y la oposición frontal a los asentamientos. Ambas exigencias fueron expresadas en El Cairo y puestas como condición para el apoyo norteamericano a la postura de Israel sobre Irán durante el proceso de negociación que durante 2009 y 2010 tendrían lugar entre palestinos e israelíes bajo los auspicios de la administración norteamericana (Hanelt y Qualmann, 2011).

Y es que, tal y como señalan Hanelt y Qualmann “mientras que la anterior administración Bush estableció la pauta de las negociaciones en sintonía con la parte israelí, exigiendo el cese de cualquier atentado terrorista por parte de los palestinos como condición previa a unas negociaciones directas, la administración Obama invirtió esa formulación. De acuerdo con el presidente Abbas, Barack Obama insistió en que no debían iniciarse negociaciones directas hasta que la parte israelí hubiera interrumpido la construcción de asentamientos” (Hanelt y Qualmann, 2011, p. 51). Pero, a pesar de todos los esfuerzos, Obama tan sólo logró arrancar a Netanyahu una moratoria parcial del programa de asentamientos, puesto que el gabinete israelí se opuso desde el principio a volver a las fronteras de 1967, al considerarlas indefendibles e incompatibles con la seguridad de Israel. Es más, ambas condiciones tensarían las relaciones entre Obama y Netanyahu hasta el punto de que este terminaría levantándose de la mesa de negociaciones y desafiando abiertamente a Obama, quien, a pesar de lo hecho y dicho en los dos años anteriores –en el discurso de El Cairo había llegado a afirmar que “los Estados Unidos no aceptan la legitimidad de los asentamientos israelíes (…) Es hora de detener estos asentamientos” (Obama, 2009, p. 6)– terminaría por plegarse a los planteamientos israelíes y a alinearse de nuevo con Israel.

En efecto, tras la negativa palestina a reconocer el Estado de Israel a cambio de una nueva moratoria en la construcción de asentamientos, Israel reemprendería su programa de construcciones, sin que EEUU ejerciera de nuevo las presiones que había ejercido en 2009. Por otro lado, la reconciliación, en abril de 2011, entre Al-Fatah y Hamás, y el intento de Abbas de lograr el reconocimiento de Palestina en la ONU, provocarían que Obama se comprometiera con la seguridad de Israel en su discurso pronunciado, en marzo de 2012, ante el AIPAC (principal lobby pro-israelí en EEUU) en el cual dejaría claro el compromiso militar y diplomático de su Administración con Israel, llegando a afirmar públicamente que “no hay voto en las Naciones Unidas que pueda crear un estado palestino independiente. Estados Unidos se levantará contra los esfuerzos para aislar a Israel en las Naciones Unidas o en cualquier foro internacional” (Obama, 2012, n.p.).

Así, el otrora valedor de la causa palestina, pondría en marcha una auténtica campaña de presión sobre Naciones Unidas y la Autoridad Nacional Palestina para impedir este reconocimiento, con acciones como la retirada de apoyo financiero a la Unesco tras el reconocimiento de Palestina como miembro de la agencia, o el bloqueo de parte de la ayuda financiera a la ANP. Y cuando en 2012, Abbas trató de conseguir para Palestina el estatus de miembro observador permanente, EEUU movilizó sus contactos diplomáticos para que la iniciativa fuera rechazada en la Asamblea General, aunque sin éxito. De esta forma, Obama perdió toda legitimidad, a los ojos de los palestinos y de la comunidad internacional, para seguir erigiéndose como el mediador objetivo del conflicto que había prometido ser.

Obama y la Primavera Árabe

Por su parte, los acontecimientos de la Primavera Árabe han tenido una relevancia fundamental para la administración Obama. En primer lugar, porque ha demostrado que el yihadismo no tiene cabida en las sociedades musulmanas que, en sus revueltas y reivindicaciones (con un protagonismo destacado del clamor por los derechos de la mujer), han aislado a los elementos radicales, desprestigiando y debilitando a organizaciones como Al Qaeda, tal y como pedía el presidente norteamericano dos años antes en El Cairo, marcando así un punto de inflexión en la “guerra contra el terror”. Por otro lado, la Primavera Árabe ha permitido a Obama llevar a la práctica sus nuevos planteamientos en política exterior siguiendo los tres pilares anteriormente mencionados. De esta forma, sus ideas sobre promoción de la democracia y multilateralismo explicarían en buena medida el cariz de la intervención norteamericana en Libia, conflicto en el que EEUU participó dentro del esquema de la OTAN y sólo en base a un mandato de la ONU, cediendo todo el protagonismo a sus socios europeos, especialmente a Francia. El mismo planteamiento se aplicaría en el caso egipcio, si bien en este caso el pragmatismo y la defensa de los intereses norteamericanos harían tambalear brevemente el compromiso de Obama con la democracia. En efecto, Mubarak era una pieza muy importante en el tablero del mundo árabe, una potencia regional muy cercana a los intereses norteamericanos, cuya influencia además era esencial para mediar en el conflicto árabe-israelí. Dejar caer a Mubarak significaba perder a un aliado muy importante en la zona; de ahí la vacilación norteamericana en pedir la cabeza del “rais”, que sólo tendría lugar de forma firme y decidida cuando la violencia hizo su aparición en la plaza Tahrir de la mano de los matones del régimen.

Y si Libia representaba la lucha por la democracia, y Egipto el equilibrio entre idealismo y pragmatismo, el caso bahreiní representa el pragmatismo en estado puro. Bahrein constituye un enclave de una crucial importancia estratégica para el despliegue de la capacidad militar de EEUU en la zona del Golfo (de hecho, el país acoge la base de la V Flota), y más concretamente, para el dominio del Oceáno Índico y la entrada a los estrechos de Malaca y Ormuz, claves para el abastecimiento energético norteamericano, así como para China, principal rival de EEUU por la hegemonía mundial. (Lorca Corrons, n. d.). Por todo ello, en Bahrein, la defensa de los intereses norteamericanos primó sobre la promoción de la democracia; quedando el apoyo de Obama a los manifestantes barheiníes en una tímida petición de respeto de los derechos humanos cuando los tanques saudíes aplastaron las revueltas en las calles de Manama; dejando patente hasta dónde estaba dispuesta a llegar la Administración Obama en su defensa global de la democracia y los derechos humanos.

Conclusión

En definitiva, a pesar de que el propio Obama afirmara en su discurso al recibir el Nobel de la Paz que consideraba limitadoras las etiquetas de “realista” o “idealista” y de no haber desarrollado ningún corpus teórico que guíe su política exterior, su prudencia, pragmatismo y defensa de los intereses de Estados Unidos por encima de cualquier otra consideración política o moral, convierten a este presidente en el inquilino de la Casa Blanca más cercano al realismo desde los tiempos de George Bush padre, en una nueva versión -más light, si cabe- de la teoría del “puño de acero con guante de terciopelo”, dada la centralidad que la defensa del multilateralismo tiene en el discurso de Obama (Tovar, 2010). O tenía.

Y es que la postura adoptada por la Administración Obama ante la disyuntiva siria muestra un claro abandono de los principios con los que el antiguo senador por Illinois llegó a la Casa Blanca. Del pragmatismo, defensa del multilateralismo y voluntad de diálogo internacional del que hizo gala en los primeros años de su mandato, Obama ha ido deslizándose hacia un unilateralismo que combina elementos de las corrientes neowilsoniana y jacksoniana; es decir, un unilateralismo que, actuando al margen de las instituciones internacionales, parece apoyarse cada vez más en el músculo militar para la implementación de una política exterior que, amparándose en la defensa de la democracia y los derechos humanos, parece esconder otros intereses de carácter geoestratégico. Lo vimos en la reacción norteamericana ante la crisis en Egipto, primero ante la caída de Mubarak y, más recientemente, cuando Obama se negó a calificar de golpe de Estado la caída de Mursi; respondiendo a la sangrienta represión y encarcelamiento masivo de miembros de los Hermanos Musulmanes con una simple sugerencia de revisión de la ayuda financiera otorgada al ejército egipcio. Lo vimos asimismo en Bahrein. Y todo parece indicar que en Siria también están primando otros intereses menos loables que la defensa de los derechos humanos.

Por todo ello, cualquier analista que quiera evaluar la política internacional de Barack Obama tendrá que tener muy presente que el presidente norteamericano, antes que líder por la paz mundial, es líder de una nación. Y a ella, en buena medida, se debe.

Bibliografía

OBAMA, B. (2009) Discurso de Barack Obama en la Universidad de El Cairo (El País, págs. 1-11) Link al pdf (consultado el 23 de Diciembre de 2012)

OBAMA, B. (2012) Discurso de Barack Obama en la Conferencia del Comité de Acción Política Americano-Israelí (AIPAC) Link al pdf (consultado el 23 de Diciembre de 2012)

GONZÁLEZ, A. (2009) Desafíos de la política exterior de Obama en Oriente Medio (Global Affairs, Nº16 Agosto-Septiembre)

HANELT, C.P., QUALMANN, M. (2011) La situación en Oriente Medio. El conflicto palestino-israelí en 2010: Obama toma las riendas (Instituto Europeo del Mediterráneo, págs. 49-54) Link al pdf (consultado el 23 de Diciembre de 2012)

LORCA CORRONS, A. (2011) La administración Obama y el Mundo Árabe, en LÓPEZ BUENO, J.M. El Mediterráneo tras 2011 (Fundación para el Desarrollo Socioeconómico Hispano-Marroquí, págs. 223-244)

MURPHY LEWIS, P. (2009) La doctrina Obama: un análisis del discurso de El Cairo (Estudios Internacionales, Nº169 ISSN 0716-0240. Instituto de Estudios Internacionales, Universidad de Chile, págs. 129-133) Link al pdf (consultado el 23 de Diciembre de 2012)

SAMARANCH GONZÁLEZ, R (2009) Perspectivas de cambio en la política exterior estadounidense en el Mediterráneo y Oriente Medio (Documentos CIDOB Mediterráneo y Oriente Medio, Nº15, págs, 7-46. Centro de Estudios y Documentación Internacional de Barcelona) Link al pdf (consultado el 23 de Diciembre de 2012)

TOVAR, J. (2010) El enigma de la doctrina Obama: un año de política exterior norteamericana (Documentos de Trabajo, Real Instituto Elcano (pág. 1-36) Link al pdf (consultado el 23 de Diciembre de 2012)

 

Acerca de Adrian Vidales 11 Articles

Nacido en 1990 en Zamora. Licenciado en Ciencias Políticas, especialidad de Estudios Internacionales, por la UCM. Estudiante de Derecho en la UNED. Miembro de ‘Con Copia a Europa’ (CC/Europa). Trabajando como becario en la consultora Atrevia.

1 comentario en Obama, historia de una decepción

Si tienes algo que aportar o comentar sobre este artículo no dudes en hacerlo!