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El papel de China en África: el caso de Sudán

2012.03.30.china-africa

Algo de historia

Decía Napoleón Bonaparte que “cuando China despierte, el mundo temblará”. Doscientos años más tarde, parece que la predicción del general francés comienza a cumplirse.

En efecto, en los últimos veinte años, hemos asistido a la re-emergencia de la que, durante siglos, fue la gran potencia asiática. Un gigante que, durante siglo y medio, se vio sometido a la humillación de verse doblegado por potencias extranjeras que pugnaban por decidir su destino. La llegada al poder de Mao Zedong terminaría de forma definitiva con dicha situación, si bien su política de aislamiento y autosuficiencia con respecto a un exterior, del que los dirigentes chinos recelaban, haría que, durante los treinta años siguientes, China permaneciera encerrada en sí misma.

Tendríamos que esperar hasta la muerte de Mao, en 1976, para que la política exterior china rompiera con la idea del autoabastecimiento como clave preservadora de la seguridad y soberanía nacional. Los dirigentes chinos, encabezados por Deng Xiaoping, se darían cuenta de que la principal amenaza para China no provenía del exterior, sino del propio atraso económico chino, que agrandaba cada vez más la brecha con el resto de potencias mundiales y regionales; y que, por lo tanto, era necesario dar un golpe de timón en la política y la economía chinas. Y así fue: de la mano de Deng Xiaoping, China acometería un proceso de apertura económica e internacional que le llevaría a apostar por la globalización económica -en un orden internacional multipolar- como mecanismo para crear riqueza. Pero, para crear una riqueza fruto de un proceso de industrialización, se precisan materias primas para las industrias clave, algo de lo que China carecía casi por completo. Conscientes de ello, los dirigentes chinos pronto volverían sus ojos hacia la mayor reserva de recursos naturales sin explotar del planeta: África.

Los países africanos, tras sus respectivas independencias, habían puesto en marcha políticas económicas de intervención estatal en la industrialización; políticas que, si bien en los primeros años dieron buenos resultados, a partir de los setenta provocarían un proceso de deterioro y estancamiento económico -como consecuencia de la obcecación por el desarrollo industrial, sin prestar atención a las potenciales posibilidades que ofrecía el sector primario- que forzaría a estos países a endeudarse enormemente para sostener sus estados rentistas. Así, África se vería, de forma generalizada, inmersa en programas de ajuste estructural de corte liberal impuestos por las instituciones del “consenso de Washington” que, tras veinte años, han fracasado estrepitosamente, provocando el aumento de la pobreza y del desempleo, la desindustrialización, y el estancamiento de la producción agrícola en todos estos países. El fracaso de los planes de desarrollo impuestos desde el exterior y la insuficiencia de la ayuda externa procedente de los países desarrollados, así como la defensa china de los principios de respeto a la soberanía, no injerencia, pacifismo y multilateralismo en las relaciones exteriores, han provocado que numerosos dirigentes africanos muestren cada vez más interés en fomentar las relaciones con China, que les ofrece otras alternativas y la posibilidad de eludir las improductivas condicionalidades políticas y económicas occidentales.

China no ha dudado en aprovechar este caldo de cultivo para desarrollar una estrategia global hacia el continente africano. Una estrategia dirigida fundamentalmente al establecimiento de relaciones estables con los productores de hidrocarburos del continente; así como de otros recursos naturales (como el cobalto, el níquel o la madera), a través de inversiones millonarias para la adquisición de los derechos de exploración, extracción y distribución; convirtiéndose, al mismo tiempo, en el segundo socio comercial del continente. Para ello, China se ha servido de una política ambivalente basada en el pragmatismo, la inversión como sustituto de la ayuda al desarrollo, y la negociación con las élites gobernantes sin intromisión en cuestiones de gobernabilidad interna. En este sentido, es paradigmática la actuación de China en Sudán.

ARTÍCULO RELACIONADO: China y África (Juan Pérez, Octubre 2012)

El caso de Sudán

En efecto, la defensa que China hace de los principios de respeto a la soberanía de los estados y de no injerencia en cuestiones internas explica que Pekín haya venido mostrando un apoyo firme al régimen de Al-Bashir (con lo que ello conlleva de beneficio para Sudán en cuestiones como la imposición de sanciones internacionales) a pesar de sus violaciones constantes de los derechos humanos en Darfur, que han traspasado fronteras y provocado la condena unánime de la comunidad internacional hasta el punto de que, por primera vez, la Corte Penal Internacional ha solicitado el arresto y extradición de un gobernante en activo; algo a lo que, por supuesto, China se opone.

Así, China se limita a encauzar y asegurar unas buenas relaciones que garanticen la actividad de sus industrias extractivas, en especial, de las petrolíferas -con la China National Petroleum Corporation como única compañía extranjera en el país, tras la expulsión del resto, después del embargo internacional decretado contra Sudán en 1997- al ser este hidrocarburo el principal atractivo económico de Sudán. Y es que ningún objetivo estratégico tiene actualmente una prioridad mayor en Pekín que la garantía de fuentes de petróleo a largo plazo. Prueba de ello es la ayuda financiera y el apoyo diplomático al gobierno sudanés, al que China compra el 25% de su petróleo, y del que provienen, al menos, el 7,5 % del total de importaciones chinas. A ello es preciso añadir la participación china en el desarrollo de las infraestructuras energéticas del país africano, con proyectos como la construcción de un oleoducto de 1.600 km, entre la cuenca de Melut (yacimientos petroleros del centro-sur) y la importante ciudad portuaria de Port-Sudan (a orillas del Mar Rojo, y del que salen la inmensa mayoría de las exportaciones sudanesas), y de una refinería en Jartum de copropiedad sino-sudanesa. En total, se estima que China ha invertido unos 20.000 millones de dólares en Sudán en los últimos quince años, englobando casi todos los sectores de la economía del país, desde la construcción de presas y centrales eléctricas a la industria agrícola y textil, sin obviar la industria armamentística. Todos estos intereses explican el veto chino a la mayoría de iniciativas y sanciones occidentales contra Sudán en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

En definitiva, podemos ver cómo el matrimonio China-África genera incentivos para ambas partes: por su parte, China neutraliza la debilidad estratégica de carecer de recursos naturales que garanticen su crecimiento, a la vez que amplía su zona de influencia, gana aliados políticos y resguarda sus intereses geoestratégicos como potencia emergente; y por otra, África consigue, a través de China, la satisfacción de muchas de sus necesidades, a través de fuertes inversiones en maquinarias, dotación de equipos electrónicos, tecnología, asistencia técnica, desarrollo de infraestructuras y la financiación de proyectos; permitiéndole, asimismo, sacudirse la retórica y las recetas económicas occidentales, percibidas por los países africanos como inútiles -cuando no perjudiciales- para su desarrollo político, económico y social.

China ha despertado, y con sus actuaciones comienza a cambiar la fisonomía de un continente que, durante décadas, fue abandonado a su suerte por las potencias occidentales, inconscientes de su tremendo potencial estratégico.

 

Acerca de Adrian Vidales 11 Articles
Nacido en 1990 en Zamora. Licenciado en Ciencias Políticas, especialidad de Estudios Internacionales, por la UCM. Estudiante de Derecho en la UNED. Miembro de 'Con Copia a Europa' (CC/Europa). Trabajando como becario en la consultora Atrevia.

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