Uzbekistán, esclavo de su geografía

Estatua de una caravana comercial tirada por camellos en Samarcanda, capital uzbeka de la Ruta de la Seda que cumple más de dos mil años. Fuente: National Geographic

En el corazón de Asia central, rodeado por los ríos Amu Daria y Sir Daria, al norte de las montañas Tian Shan y al sur del mar de Aral y compuesto de desiertos de arena roja, se encuentra Uzbekistán. Apodado “la tierra de los libres”, bajo su subsuelo se esconden billones de dólares, una riqueza que no ha pasado inadvertida y que conforma el binomio batallante característico de esta antigua república soviética: corrupción contra radicalismo islámico.

Uzbekistán se encuentra en una de las zonas más desérticas del mundo; el 80% de su territorio son dunas del Kyzyl Kum. No obstante, atravesando el país de norte a sur se encuentra el eje de la Transoxiana, una región fértil que comprende toda la cuenca del Amu Daria desde su nacimiento en la cordillera de Pamir, en la frontera con Afganistán y con Turkmenistán y Tayikistán al sur, hasta su desembocadura en el mar de Aral en el norte. Al este del país destaca el valle de Ferganá, a los pies de las montañas Tian Shan, que lo conectan con China, Kirguistán mediante. Aquí es donde se encuentra la capital, Taskent, la ciudad más poblada.

La orografía uzbeka, aunque seca en su mayoría, siempre ha tenido un gran potencial estratégico y por ello ha formado parte de algunos de los más vastos imperios de la Historia universal. Fuente: Wikimedia

El contraste de las zonas fértiles con las zonas desérticas hace que los principales problemas derivados de las dispares condiciones naturales que sufre el país sean la escasez de agua, el calor extremo, los incendios y, sobre todo, las inundaciones. Tras los terremotos debidos a las fallas del Ferganá, causantes también de desprendimientos — comunes en el país centroasiático—, las inundaciones afectan de manera constante a ocho de las doce provincias que componen Uzbekistán, incluida Karakalpakstán, una república autónoma dentro del territorio uzbeko ubicada al extremo norte, en torno al mar de Aral.

La posición de Uzbekistán en el mapa hace que se encuentre en una de las zonas sísmicas más intensas del planeta. Fallas se abren paso en la cordillera de Tian Shan, donde se encuentra el valle de Ferganá, zona clasificada por el Banco Mundial como de alto riesgo sísmico. Esto significa que hay más de un 20% de probabilidad de que en los próximos 50 años se produzca un terremoto potencialmente dañino en la zona.

Las fracturas que dividen el Ferganá. Las líneas rojas representan las fallas sísmicas, zonas de gran intensidad en Asia central. Fuente: ResearchGate

Cómo hacerse rico en una región pobre

A pesar de ser un territorio inestable a cuanto a riesgos derivados de su geografía, Uzbekistán también es rico en recursos naturales, además de miembro de Gazprom, en parte por herencia de la Unión Soviética, a la que perteneció; en parte por mérito propio, ya que cuenta con depósitos de gas natural y petróleo significativos, concentrados principalmente en la meseta de Ustyurt, la gran explanada desértica.

Aunque cuenta con grandes reservas de petróleo, el envejecimiento de la infraestructura y la escasez de inversión hacen que desde 2003 la producción haya disminuido consideradamente; hoy ya se produce en torno a un 60% menos que a principios de la década de los 2000. No obstante, la situación es más alentadora en lo que respecta al gas. Por Uzbekistán pasan tres gasoductos, uno de ellos desde China con dirección Turkmenistán. Además, con la ayuda de Moscú se han puesto en marcha nuevos proyectos, ahora temporalmente paralizados.

Asimismo, el país centroasiático es rico en recursos minerales. Carbón, cobre, molibdeno, oro, plomo, tungsteno, uranio y cinc comprenden el grueso más importante de las exportaciones uzbekas. Las minas de estos materiales, localizadas sobre todo en el centro desértico del país y cerca de la frontera con Afganistán, le reportan cada año más de 2.000 millones de dólares. En 2015 constituyeron el 45% de sus exportaciones, sobre todo dirigidas a Suiza y Turquía; 2.635 millones de dólares que se unieron a las arcas uzbekas, una cantidad cercana al PIB de Burundi entonces. El petróleo y el gas natural, no obstante, representaron el mismo año un 10%; dentro de esta cantidad, pequeña en comparación con los metales, el primero tuvo una proporción insignificante —6%—.

Los textiles ocupan también una proporción importante en la gran tarta de las exportaciones uzbekas. Ya desde tiempos de la Unión Soviética el algodón tenía una posición privilegiada en la economía de Uzbekistán. Hoy sigue siendo una piedra angular en torno a la cual gira su economía. China, el principal consumidor de las granjas de algodón de Asia central, desembolsa casi 550 millones de dólares al año para poder abastecer sus fábricas en la región.

Dinámicas exportadoras del país durante la década posterior a la disolución soviética. Fuente: Visual.ly

Demoliendo el gigante soviético

Hasta 2016 y desde los años 80, cuando Uzbekistán era otra república socialista soviética de la Unión, el país estuvo gobernado con mano de hierro por Islam Karimov, quien siguió a la perfección la fórmula soviética de una economía planificada. Su relevo, el ingeniero Shavkat Mirziyoyev, a pesar de haber prometido continuar con la fórmula de Karimov, muestra cierta voluntad de reformar el sistema, aunque aún no se hayan dado grandes pasos hacia ese fin.

La agricultura y la ganadería siguen siendo esenciales para la economía del país, aunque el porcentaje que representa en la economía nacional se ha ido reduciendo a pasos agigantados desde 2005 hasta llegar al 17,60% en 2016. Por su parte, la industria ha tomado impulso en ese tiempo hasta llegar a valores históricos: en 2015 representaba un 34,5% del PIB. En 2016, no obstante, su porcentaje en la economía bajó, con una posible nueva tendencia a la baja al estarse reorganizando orgánicamente en torno al sector servicios, que desde 1991, con la independencia de la URSS, ha ido creciendo hasta conformar casi el 50% del PIB uzbeko.

Otros indicadores macroeconómicos como el PIB per cápita o su crecimiento anual —8,1% de media en los últimos cinco años— muestran que el país se encuentra en alza. Sin embargo, la enorme dependencia económica en las importaciones y exportaciones —43% del PIB—, la naturaleza y concentración de estas últimas a unos pocos destinos, junto con la resistencia del sistema a ser reformado, hacen que, de no tomarse medidas adecuadas, el crecimiento económico pueda resultar afectado negativamente.

Los sectores de la economía uzbeka se han ido redefiniendo con el paso del tiempo, pero el crecimiento económico se encuentra estancado en la actualidad, a la espera de reformas. Fuente: Gazette of Central Asia

Corrupción, el mal endémico de la región

156 es un número muy grande. Un número que en muchos casos equivaldría a decir que se ha hecho un buen trabajo. No obstante, no lo es tanto cuando esa es la clasificación en la que emplaza tu país Transparencia International (TI). Mucho menos cuando lo mejor es uno y lo peor, 176.

Tristemente, la situación de Uzbekistán no es única en la región. Sus vecinos —los otros cinco istanes— lo rodean en el ranking, con Kazajistán como el percibido como menos corrupto, en el puesto 131. Sin embargo, el caso de Taskent es más acusado. El Banco Mundial corrobora el índice de TI al colocar el país entre el 10% de los más corruptos del mundo y Freedom House directamente le da su peor puntuación posible.

Informes de diversas entidades públicas y privadas coinciden en señalar la corrupción como inherente al sistema uzbeko. Se encuentra arraigada en la breve Historia política del país, en el cual las redes de poder, apoyadas por el clientelismo, sustentan la vida pública y, por consiguiente, se extienden como un virus por todas las instituciones políticas y grandes empresas, con el consiguiente recorte en el ejercicio de las libertades básicas, censura y violaciones sistemáticas de los derechos humanos.

Uzbekistán, que siempre fue parte de grandes imperios como el aqueménida, el mongol de Gengis Kan o el ruso desde 1865 hasta su independencia de la Unión Soviética en 1991, lleva en el punto de mira de organizaciones como Amnistía Internacional o Human Rights Watch muchos lustros bajo el mandato del anterior líder, Islam Karimov, y su reciente relevo.

En 2015 Karimov, primer presidente de la República de Uzbekistán y exlíder del país, sale del hospital y comienza su campaña electoral para unas elecciones que sabe que ganará. El póster exhibido en las calles de Taskent trata de mostrar la afinidad del público al Gobierno autoritario de Karimov. Fuente: Uzbekistan on political map today

No obstante, el poder está tendiendo a concentrarse cada vez en más manos, lo cual podría generar una descomposición paulatina del poder central y dar paso a la inestabilidad política. El sistema se encuentra polarizado en dos ejes: la competición entre las élites políticas y económicas del país y la corrupción resultante. La interrelación entre estas dos variables es la que define la estabilidad del régimen.

Desde tiempos de la URSS, las luchas de poder entre las élites tenían como objetivo el control de las materias primas uzbekas. Comenzando con el algodón en la década de 1980, las décadas del nuevo siglo han metido en esta bolsa minerales y capital extranjero ávido por invertir en el país. El comportamiento de estas élites es definido como el propio de un clan, donde los lazos de sangre, contactos empresariales y afiliación regional crean el compuesto en el cual se mueven las relaciones del poder y se teje el revestimiento político.

Para ampliar: “Tackling corruption in Uzbekistan: a white paper”, David G. Lewis, 2016

Fundamentalismo religioso

En 1996 el profesor Samuel P. Huntington publicó su libro El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, cuya tesis principal —que el orden mundial se reconfiguraría en civilizaciones hostiles— preveía un renacimiento religioso muy acusado en aquellos países de lo que conformaba para él la “civilización islámica”. Si bien es cierto que recibió muchas críticas por varias afirmaciones muy polémicas, acertó en ver que la religión cobraría popularidad más rápidamente en zonas con un Gobierno autoritario preexistente, donde los movimientos religiosos aparecerían como un modo de oposición y de vuelta a unos valores tradicionales identificados como más éticos. Estos, por supuesto, no son los únicos motivos del fuerte arraigo del fundamentalismo islámico en las tierras de Asia central, pero explican en parte la deriva hacia las posturas radicales de muchos jóvenes en una región con los índices de corrupción más altos del mundo.

Para ampliar: “Huntington y el nuevo orden mundial”, Alejandro Salamanca en El Orden Mundial, 2017

Debido al dinamismo demográfico de estas sociedades, la radicalización se ha vuelto un verdadero problema. La Historia del radicalismo en Uzbekistán se divide en dos fases. Durante la primera fase, la lucha de los muyahidines afganos contra los soviéticos inspiró a los jóvenes estudiantes uzbekos, quienes establecieron en la década de los 70 el Grupo de Taskent, una organización que tenía como fin el establecimiento de un Estado islámico. Debido a la geografía del país y la tendencia de la población a concentrarse en las grandes urbes del Ferganá, este valle, compartido por otros Estados vecinos, se convirtió en un foco desde donde estas ideas se extendieron a las repúblicas colindantes. Descubierto en los 70 el poder de su emplazamiento geográfico, el Ferganá sigue siendo una zona delicada hoy en día.

En la segunda fase, el Grupo de Taskent evolucionó al Movimiento Islámico de Uzbekistán (IMU por sus siglas en inglés), que prestó apoyo logístico a los nacientes movimientos de ideología afín en los países de alrededor y fue protagonista de bombardeos en Taskent y otras ciudades. El IMU se volvió un quebradero de cabeza para los estados centroasiáticos a raíz de la emergencia del autollamado Estado Islámico. Se calcula que más de 4000 jóvenes han emigrado hacia regiones en conflicto para unirse a las filas de Dáesh.

Tras la independencia, con un movimiento islamista ya maduro, las primeras medidas de contraterrorismo fueron puestas en marcha. Karimov, impresionado por el nivel de autonomía de las regiones donde el fundamentalismo había ganado muchos adeptos y de la agresividad de líderes islamistas —como Tahir Yuldashev— en abierta oposición al régimen, comenzó su guerra personal contra el radicalismo.

Yuldashev, líder del IMU, pidió en 2001 a Karimov el establecimiento de un Estado islámico en la región. Su grupo, con fuertes lazos con grupos de ideología similar, ha sido responsable de varios ataques en el país y de campañas de radicalización. Yuldashev fue declarado muerto en 2009 tras una ofensiva estadounidense. Fuente: The Fergana Information Agency

La estrategia se basó en el exterminio de la ideología a cualquier coste, asimilado previamente el hecho de que su desarrollo llevaría inevitablemente a la violencia. Esta estrategia, cuya implementación continúa vigente en esencia, etiquetó al radicalismo islamista como enemigo principal del Estado y se estructura en torno a dos ejes: encontrar y erradicar los focos de radicalismo y usar el islam para beneficio del régimen en un país donde la mayoría de sus habitantes practican esta religión.

En los últimos años, el número de guerreros que se han marchado a Siria e Irak se ha incrementado en la región; no obstante, Asia central se mantiene pacífica. La gran incógnita reside en que ahora que está a punto de terminar la partida muchos de los jóvenes volverán, y los retornados podrían constituir un problema serio al dirigir la yihad de nuevo hacia el régimen de Miziyoyev.

La fórmula de Karimov: presente y futuro

El verano termina en Uzbekistán con la promesa de una cumbre, en fecha aún desconocida, para determinar los nuevos progresos de la región en materia de cooperación en ciencia y tecnología. Un nuevo atentado golpea Kabul y deja esta vez cuatro muertos. El mundo se alza en contra de Corea del Norte y Estados Unidos dirige su mirada a China. Astaná se convierte en sede de las conversaciones de paz para Siria y Taskent devalúa su moneda un 48% para intentar terminar con el mercado negro y mejorar su competitividad.

Este es el retrato de un septiembre que puede marcar el inicio de una época de cambio, próspero en el largo plazo, en la que se lleven a cabo las esperadas reformas que transformen Uzbekistán de un Estado socialista adaptado a uno liberal capaz de competir en el mercado mundial. Sobre todo, esta iniciativa es la que puede estimular la imposición de medidas contra la corrupción y el abuso de los derechos humanos. En agosto de 2017, Taskent liberó al fin a un trabajador de Naciones Unidas tras once años de aprisionamiento.

Pero, aunque las noticias que desde estas últimas semanas estivales aparecen aventuran que este va a ser un año de grandes cambios, la falta de transparencia y la mediación de agencias estatales para controlar la construcción de una imagen exterior negativa alimentan la razón de que solo la punta del iceberg es discernible desde aquí. Uzbekistán, que ha aprendido a jugar con las condiciones de su especial geografía, tiene por delante el reto de reconfigurarse para poder seguir disfrutando de todo aquello que, siglos atrás, le hizo conformarse como el eje principal del comercio terrestre, a lo largo de la Transoxania, desde China hasta Roma.

Acerca de Andrea G. Rodriguez 3 Articles
Madrid, 1995. Estudiante por pasión y profesión. Próximamente graduada en Relaciones Internacionales después de cuatro años divididos entre Madrid (UCM), Praga (Charles University) y Taiwán (NTU). Interesada en geopolítica y geoestrategia, Asia-Pacífico e Israel.
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1 comentario en Uzbekistán, esclavo de su geografía

  1. no esta mal, pero no se tienen presentes factores externos que pueden condicionar mucho la evolución del país. La política occidental allí no siempre es transparente ni responde a lo que inicialmente dicen, existe bastante filibusterismo en ella con mas intereses en crear tensiones y conflictos con los vecinos e intereses reales de Uzbekistán que de ayudar a su estabilidad. Europa que podría jugar su papel estabilizador tampoco parece que esta por labor haciendo seguidismo e unas políticas que no favorecen sus intereses ni económicos ni políticos.

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