India y Bangladés: el muro invisible

Fuente: The Times of India

La preocupación por el muro que Trump quiere construir en la frontera de Estados Unidos con México está eclipsando otros proyectos que buscan igualmente frenar los movimentos migratorios que emprenden, a menudo familias enteras, en busca de seguridad y oportunidades. Entre ellos, destaca el muro que India levanta frente a Bangladés, un país amenazado por el cambio climático y que tiene uno de los índices de pobreza más altos del mundo.

Cuando la religión manda

India fue mundialmente conocida por ser la joya de la corona inglesa durante la época colonial, que se prolongó durante más de un siglo, concretamente hasta 1947. Pero el proceso de independencia no fue un camino de rosas, y tampoco lo fue lo que vino después. La colonia asiática albergaba los territorios actuales de Pakistán y Bangladés, y su división no pudo escapar de la controversia y la violencia.

Junto a las reivindicaciones por el fin del dominio inglés, empezaron los desacuerdos y los ataques violentos por motivos religiosos y étnicos. Entre los protagonistas políticos, Mahatma Gandhi era partidario de la creación de una India donde convivieran pacíficamente hindúes y musulmanes —mayoritarios en las zonas del Punyab y Bengala—, a pesar de la oposición de los nacionalistas de ambos bandos. En cambio, Muhammad Ali Jinnah —político y fundador de Pakistán— y muchos otros afirmaban que la India sería dividida o destruida. Por este motivo, fue uno de los líderes más destacados del movimiento por la división del territorio, aunque el nuevo Pakistán estuviera dividido por el inmenso territorio indio.

Su deseo era fundar una nación plenamente musulmana, y los esfuerzos de Gandhi —que estaba prácticamente solo en su lucha— no pudieron mantener el territorio unido. Así, el almirante Mountbatten, virrey de la India desde el 24 de marzo hasta el 15 de agosto de 1947, viendo que Jinnah no renunciaría a su objetivo y cediendo a los cada vez más comunes ataques violentos, optó por una salida rápida y asumió la partición del territorio, que resultó en la creación de Pakistán —Oriental y Occidental— e India.

La partición de la India. Fuente: Larousse

Con la fragmentación nos encontramos con un nuevo Estado fundamentalmente musulmán separado por más de 1.600 kilómetros. Debido al papel de la religión en la vida diaria de todos sus habitantes, esta separación derivó en un éxodo de población masivo seguido de ataques violentos escalofriantes. Una vez establecidas las fronteras, alrededor de 15 millones de personas abandonaron sus hogares buscando la seguridad en el país vecino, acorde a sus creencias religiosas. Los escritores Lapierre y Larry describen en su libro Esta noche la libertad cómo los trenes llegaban de un país a otro llenos de cadáveres. El medio millón de víctimas fue el resultado de la tozudez de Jinnah —que murió pocos meses después de cumplir su sueño—, las prisas de los colonos y el radicalismo religioso que imperaba en todo el territorio.

El ignorado Pakistán Oriental

Con la partición no acabó todo. Bangladés era por aquel entonces Pakistán Oriental y, más allá de la religión, poco compartía con el Pakistán Occidental. A pesar de tener un número mayor de habitantes, la inversión económica era inferior, la representación de los bengalíes en el Ejército nacional era menor y la representación política en los espacios de decisión era ridícula. Por si fuera poco, un año después de la independencia, Pakistán estableció el urdu como lengua oficial, pese a que en la parte oriental la lengua mayoritaria era el bengalí. El conjunto de estas acciones políticas aceleró la creación de la Liga Popular —Awami— en 1949, que se convirtió en la principal formación política nacionalista del Estado. En 1952 una protesta estudiantil por la controversia lingüística acabó en una masacre, lo que incrementó el descontento social y la violencia en las calles. El miedo al descontrol hizo que Pakistán estableciera un régimen dictatorial que no fue capaz de mitigar la oposición.

Finalmente, en 1971 las tensiones desembocaron en la guerra de liberación de Bangladés, iniciada el 25 de marzo, cuando el Ejército pakistaní asaltó la universidad de Daca y las calles de la ciudad. El 10 de abril la Liga Awami, que había ganado las elecciones regionales de ese año, declaró la independencia del país de forma unilateral. Aun así, la guerra se prolongó nueve meses más, durante los cuales fueron asesinados más de 300.000 —según algunas fuentes, hasta tres millones— de bengalíes. El Gobierno de Indira Gandhi aprovechó la ocasión para dar apoyo al ejército bengalí y aumentar así su influencia en el nuevo país vecino, además de mostrar de nuevo su hostilidad frente a Pakistán, imperante desde la guerra de Cachemira de 1948. La venganza de los bengalíes significó el asesinato de más de 150.000 pakistaníes que no pudieron huir hacia la zona occidental

Para ampliar: “Guerra de liberación de Bangladés” (en inglés), Alchetron

Necesidades percibidas como amenazas

Bangladés es un país con tan solo 46 años de Historia y con un recorrido conflictivo que influye en su presente. Este pasado marcado por la violencia y la inestabilidad explican que hoy, con más de 161 millones de habitantes, sea uno de los países menos desarrollados del mundo —se sitúa en la posición 140 del Índice de Desarrollo Humano a nivel mundial—, con un 40,7% de su población viviendo en una situación de pobreza multidimensional, agravada en las zonas rurales y en las áreas hiperdegradadas de las grandes ciudades.

El 57,8% de los que trabajan lo hacen en condiciones precarias debido a la gran ocupación que generan los sectores agrícola —el 47,5% de los trabajadores— y textil. Con un índice de alfabetización de tan solo el 61,5% entre la población mayor de 15 años, las alternativas son limitadas y fomentan el mantenimiento de prácticas de explotación laboral que benefician a los que buscan el mayor rendimiento económico. Por si fuera poco, Bangladés se señala como uno de los países del mundo que más sufrirá los efectos del cambio climático, ya que se sitúa a unos pocos metros sobre el nivel del mar y es altamente vulnerable a los ciclones y a las inundaciones. Desde el año 2000 ha vivido más de 70 desastres naturales de grandes dimensiones  y se calcula que a finales de siglo un cuarto del país se encontrará inundado, lo que obligará a más de 15 millones de personas a desplazarse.

Riesgo de desastres naturales en Bangladés. Fuente: Researchgate

Con un contexto así, no sorprende que en 2015 hubiera más de 426.000 movimientos migratorios. Muchos de ellos se desplazan de las zonas rurales —que han tenido que abandonar debido a las consecuencias del cambio climático— hacia Daca, uno de los peores lugares para vivir: el río Buriganga, que cruza la capital del país, recibe diariamente 60.000 metros cúbicos de desechos, la contaminación del aire causada por las industrias provoca una media de 15.000 muertes prematuras al año y la densidad de población es una de las más altas del mundo. Además, muchos de los recién llegados acaban malviviendo en suburbios y lidiando con problemas como la inexistencia de infraestructuras sanitarias, la dificultad para desplazarse, la contracción de enfermedades debido a la contaminación y la suciedad, el abandono por parte de las autoridades, etc.

El resultado es que en 2015 el 34,3% de los bengalíes vivían en grandes urbes, generalmente en condiciones como las descritas, y esta cifra seguirá creciendo. Aquellos que buscan mano de obra a precios ridículos se benefician directamente de la urbanización de la población y de los desplazamientos internos, ya que la mayoría de las personas que emigran se encuentran en una metrópolis grande y caótica donde la única vía de salida es entrar en la industria textil. La mayoría son mujeres y niños que trabajan en talleres sin ningún tipo de seguridad —recordemos el accidente de Rana Plaza— por un salario ridículo y en condiciones de explotación.

Para ampliar: “Made in Bangladesh”, Inés Lucía en El Orden Mundial, 2016

Una niña trabajando en una fábrica textil. Fuente: Emaze

Con semejante entorno social, económico, político, ambiental y laboral, muchos bengalíes se arriesgan todavía más y, percibiendo la vecina India como un pozo de oportunidades, emprenden un viaje que difícilmente será exitoso. Porque ¿quién iba a pensar que una de las promesas del desarrollo y del crecimiento económico acogería a personas sin recursos económicos y sin formación?

El muro de la muerte

Desde la independencia de Bangladés, las relaciones entre ambos países han sido positivas. Tienen lazos económicos y culturales, además de ser aliados durante la guerra de Liberación de 1971. Pero no todo es positivo. India y Bangladés comparten la frontera más extensa del mundo, de 4.094 kilómetros. Históricamente, India había acogido a los emigrantes, pero en la actualidad percibe a los inmigrantes económicos como una amenaza y considera que la frontera con Bangladés es un coladero para ellos, junto con el contrabando e incluso los terroristas. Estos argumentos podrían recordar a los utilizados por Trump para justificar su proyecto en la frontera con México.

Es cierto que Bangladés se ha convertido en el punto de entrada de sustancias ilegales provenientes de Birmania y en 2007 era la ruta principal utilizada para el tráfico de heroína desde el sureste asiático hacia Europa, pero India también utiliza la frontera para comerciar de forma ilegal bienes como el ganado, que se puede vender a un precio mucho más elevado en el país vecino. Para los bengalíes, esta frontera es la puerta a las oportunidades y al estado indio de Bengala, con el cual tiene infinitos lazos culturales que se remontan a la época precolonial.

Los ciudadanos de los estados indios colindantes con Bangladés también hacen notar su oposición a los inmigrantes ilegales por motivos laborales y económicos. Para un país como India, donde gran parte de la población tiene trabajos poco cualificados, la llegada de más mano de obra sin cualificación pone en peligro su vía de ingresos. Por todo eso, India no ha tenido que responder a una oposición interna destacable al construir su muro —que va completando por fases— aunque vaya partiendo propiedades y dividiendo poblaciones de forma indiscriminada a su paso. Con los años, Bangladés se ha convertido en un país enjaulado por su gigantesco vecino, lo que provocaba la sensación de vivir en un campo de concentración entre los vecinos del muro. Una vez finalizado, será más extenso que los muros de México, Palestina y Berlín juntos, y a pesar de ello permanece prácticamente invisible en los medios internacionales. Para recibir un mayor apoyo de la opinión pública, el Gobierno indio informa en sus medios de que la cifra de bengalís indocumentados en su territorio es de 20 millones —en realidad se calcula que son diez veces menos— y los señala como delincuentes, lo que empeora la percepción por parte de los indios.

Miembros de la Fuerza de Seguridad Fronteriza de la India. Fuente: EsasCosas

Según el Gobierno, el objetivo del muro es acabar con la inmigración ilegal en la frontera más larga del mundo, pero para los lugareños se ha convertido en el “muro de la muerte”. La frontera está controlada por la Fuerza de Seguridad Fronteriza (BSF por sus siglas en inglés) de la India, cuyos guardias no dudan en matar a cualquiera que intente flanquearla. La organización de derechos humanos Odhikar acusaba en 2012 a la BSF del asesinato de más de mil personas en la última década.

Esta no fue la única respuesta del Gobierno. Para eliminar los incentivos a que los bengalíes abandonaran sus hogares, India limitó la propiedad de las tierras a las comunidades de Asam y Tripura, regiones colindantes con el país vecino. Por otro lado, implementó medidas para identificar y deportar a todos los extranjeros que habían cruzado la frontera ilegalmente y, obviamente, aumentó los controles policiales y la presencia de cuerpos de seguridad como la BSF en la frontera para evitar la entrada de inmigrantes.

Para ampliar: “Inmigración ilegal desde Bangladés” (en inglés), Pushpita Das en IDSA, 2016

Más allá del muro

Los bengalíes huyen mayoritariamente por motivos políticos y económicos, como la falta de un trabajo digno, la persecución religiosa, la inseguridad o la presión demográfica. La disponibilidad de tierras, unas condiciones económicas prometedoras y los servicios sanitarios y educativos hacían de la India una alternativa que sigue siendo muy atractiva. Lo que acaban encontrándose es un muro de más de dos metros que combina alambrados con estructuras de hormigón, además de torres de vigilancia y cuerpos de seguridad que patrullan durante las 24 horas del día. A pesar de sus dimensiones, la esperanza de encontrar unas mejores condiciones de vida los empuja a intentar saltar estas barreras, y algunos lo consiguen.

Hasta hace pocos años, la frontera entre ambos países en la zona de Bengala se caracterizaba por estar sembrada de exclaves. Un factor que evidencia la complejidad de esta zona. Fuente: The Economist

La ironía de todo ello es que India hace creer a sus ciudadanos y al mundo que quiere luchar contra la inmigración ilegal, debido a sus dificultades para absorberla, y garantizar unas condiciones de vida dignas a los que llegan, pero en realidad construir muros acaba sirviendo para controlar los movimientos e imponer pagos a los que intentan cruzarlos, lo que supone un beneficio económico para las redes de tráfico de bienes y personas. Igual que en las fronteras europeas, las mafias también tienen su lugar en Asia y hacen pagar cantidades elevadísimas a los que quieren emigrar con la promesa de una salida exitosa que en muchas ocasiones no lo es.

Si bien es cierto que muchos bengalíes ya han intentado emigrar a la India, en el futuro muchos más lo harán como consecuencia de los efectos del cambio climático en el país. Abandonar el hogar no es la opción fácil, y asumir grandes flujos de migración garantizando unas condiciones de vida digna tampoco lo es. India es una potencia económica, pero no puede caer en la trampa de mancharse de sangre y de xenofobia frente a un vecino con el que comparte territorio y recursos naturales, además de unos lazos culturales históricos. Por lo tanto, la solución reside en trabajar en los países de origen para garantizar oportunidades y seguridad a todas las personas y así evitar que tengan que buscarlas en otros países, además de fortalecer las relaciones entre ambos países.

Si aun así no se puede dar con la solución a las causas de los movimientos migratorios, podríamos plantearnos que, de la misma forma que en situaciones de guerra algunos países establecen amnistías para los inmigrantes ilegales, podría hacerse lo mismo con los refugiados climáticos. Aquellos que no encuentran otra alternativa más allá de abandonar sus hogares seguirán intentándolo aunque haya muros de tres metros separándolos de sus oportunidades.

Para ampliar: “Refugiados climáticos: ¿cómo evacuar un país?”, Abel Gil en El Orden Mundial, 2017

Acerca de Gemma Roquet 6 Articles
Barcelona, 1992. Graduada en Ciencias Políticas por la UB y Máster en Relaciones internacionales, Seguridad y Desarrollo por la UAB. Interesada en conflictos internacionales, principalmente en la región de Asia.

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