Una mirada al abismo maorí

Parte frontal de una canoa tradicional maorí. Fuente: New Zealand: Maori Culture (Steve Evans )

Las costumbres maorís son consideradas todo un emblema para el estado neozelandés. Sin embargo, la convivencia entre colonizadores y colonizados amenaza con resquebrajar el mantenimiento de muchas formas de vida originarias de estas islas. Esta desvinculación con sus orígenes, junto con la desigualdad económica de partida, afecta especialmente a la población maorí urbana y amenaza con convertir el biculturalismo del que presume el Estado en una suerte de ciudadanía de segunda. 

La laborista Nanaia Mahuta lleva desde 1996 trabajando como parlamentaria en Wellington. En 2016 pasó a convertirse en la primera mujer en llegar a las puertas de la Cámara con un moko kauae, el tatuaje de barbilla que exhiben tradicionalmente las mujeres con cierto estatus en las tribus maorís. Toda una insignia cultural que fue celebrada por todos en el Parlamento y que representa un elemento central de la identidad neozelandesa.

A pesar de que el tatuaje de Mahuta fue aparentemente aplaudido por la inmensa mayoría de la sociedad, para ella se trató de una decisión reivindicativa; muchos alabaron el gesto como uno de valentía. Esto ejemplifica bastante bien la ambivalente situación de la población maorí en el país: por un lado, se festejan y alaban sus costumbres culturales; por otro, se temen los estereotipos asignados y las desventajas que pueden seguir a estos.

Nanaia Mahuta. Fuente: Maori Television

El legado cultural maorí se enarbola como un elemento clave en la construcción del Estado que es hoy Nueva Zelanda. Institucionalmente, se autodefine como bicultural, y el Te Reo —‘la lengua’— o maorí es, junto con el inglés, el idioma oficial del país: todos los órganos del Estado tienen su nombre en ambas lenguas. Sin embargo, algunas sombras asoman en este reluciente retrato oficial.

Los hijos de la anarquía de la Polinesia

Tatuajes faciales, Harleys, heridas de guerra y chaquetas de cuero: Nueva Zelanda tiene su propia versión de los Ángeles del Infierno que burlan la ley y dan cuenta de los límites del Estado. El espacio que deja la falta de oportunidades es ocupado por la violencia y el enfrentamiento entre bandas; priman las lecturas torcidas de lo que significa ser un hombre, pero sobre todo ser un hombre maorí.

Fuente: Daily Mail

No cabe duda de que el Estado neozelandés sirvió como ejemplo por sus políticas progresistas en varias ocasiones históricas —no está de más recordar que fue el primero en conceder el sufragio femenino, en 1893— y hoy en día sigue siendo reverenciado como paradigma de biculturalismo y tolerancia. Sin embargo, bajo esta imagen modélica se esconden algunas tensiones que reflejan el largo camino que aún tiene por delante el país para alcanzar la idílica proyección que hace de sí mismo.

La población maorí fue disminuyendo en proporción a los pakehas o descendientes de europeos desde finales del siglo XIX hasta llegar a representar algo más del 14% de su población hoy. Pero este dato contrasta con la sobrerrepresentación del grupo en las prisiones, donde el número está por encima del 50% del total de los encarcelados —por encima del 60% en el caso de las mujeres maorís—. Al margen de las acusaciones que se hacen contra la policía y el poder judicial por actuar con mayor severidad contra esta minoría, el hecho de que los jóvenes maorís recurran más a la criminalidad esconde un desigual acceso a los recursos en el país.

Población neozelandesa encarcelada según su origen étnico (2016). Fuente: Gobierno de Nueva Zelanda

Para llegar a la explicación económica se hace necesario un análisis con un recorrido más amplio, que englobe los factores sociales y culturales con que contextualizar este fenómeno. El crecimiento de la inclusión en bandas de muchos jóvenes maorís comenzó en los años 70, coincidiendo con el crecimiento de la población urbana. El éxodo rural suponía una ruptura con la whanau —‘familia’— y con las raíces culturales. Sin redes de apoyo y viéndose obligados a abandonar los aspectos más comunitarios de la vida en el campo, el acervo cultural empezó a desvanecerse a un ritmo acelerado.

Las dos bandas más conocidas —enfrentadas entre sí— eran Mongrel Mob y Black Power. La primera comenzó entre los pakehas, aunque después se iría extendiendo entre la población maorí, y la segunda nace y se desarrolla desde el principio entre las comunidades maorís y polinesia. No son las únicas bandas, pero sí las más famosas; el odio que se juraban entre ambas ha sobrevivido más de dos décadas.

Las bandas emergían como clanes protectores y suplían unas necesidades identitarias cada vez más profundas. Algunas empezaban a reclutar a niños de seis años, edad a la que ya comenzaban una biografía marcada por la violencia. La falta de contacto directo con las costumbres ancestrales llevaba a que se construyese una identidad maorí a partir de interpretaciones torcidas de lo que esta significaba. Así, muchos pandilleros crecieron creyendo que ser maorí equivalía a “tomar por la fuerza lo que uno quiere” y asemejaban su lealtad a la banda con aquella que en otro tiempo habrían consagrado a la  tribu o iwi. En suma, muchos reclusos llegan a prisión con un fuerte sentimiento de pertenencia maorí pero un profundo desconocimiento de lo que ello significa.

Este desarraigo cultural tiene consecuencias más allá de la alta criminalidad, y es un diagnóstico compartido por buena parte de la sociedad neozelandesa. Prueba de ello son las políticas que han ido poniendo en marcha los diferentes Ejecutivos para reconstituir ese lazo cultural perdido. Una de las últimas fue el programa Te Tirohanga, que busca revertir la falta de reinserción de los exreclusos a través de proyectos de formación laboral complementados con una inmersión en la cultura maorí. El objetivo es dotar a los presos de referentes culturales más cercanos a los orígenes y alternativos a la violencia de las bandas urbanas.

Comparte parte del diagnóstico cultural la alta tasa de suicidios, también encabezada por hombres maorís; entre jóvenes es casi dos veces respecto a los no maorís. En esta pesa, además, otro factor: la descarriada relectura cultural supone la exaltación de lo que se entiende por masculinidad. Muchos jóvenes maorís asumen un rol protector y de fiereza que no deja hueco para la tristeza, el miedo o la inseguridad. Desesperados por no estar a la altura de las expectativas marcadas por sí mismos, muchos saltan al vacío.

La frustración por no alcanzar este ideal de masculinidad explosiona asimismo en forma de violencia machista; las cifras de maltratadas y asesinadas alcanzan niveles espeluznantes. Según las estadísticas oficiales, una de cada tres mujeres sufre violencia y abusos de su pareja en el país, y en el caso de las maorís es el doble de probable que entre pakehas.

Para saber más: “Wāhine Māori, Wāhine Ora, Wāhine Kaha: preventing violence against Māori women”, Ministerio de la Mujer (N. Zelanda), 2015

Wellington contra las cuerdas

La Corona británica firmó en 1840 un acuerdo con los principales jefes maorís por el que las islas neozelandesas pasaban a ser formalmente una colonia. El acuerdo, conocido como tratado de Waitangi, es discutido aún hoy por haber existido dos versiones, una en maorí y otra en inglés, con un contenido considerablemente diferente.

Antes de la firma del tratado, habitaban en la isla comerciantes, gobernadores y misioneros británicos que, si bien estaban convencidos de la superioridad de su civilización, quedaron fascinados y admirados con muchas de las costumbres culturales de las islas. Convivieron con las tribus y algunos desposaron a sus mujeres. Esto contrasta con la situación en la vecina Australia, donde los británicos despreciaron desde el comienzo la cultura aborigen.

No obstante, la llegada de más migrantes británicos y la labor civilizadora ahogaron la posibilidad de una convivencia armoniosa, y no fue hasta 1970, con la aparición de un fuerte movimiento urbano por los derechos maorís, que se puso en valor la cultura maorí y se peleó por un Estado bicultural.

La población maorí en Nueva Zelanda tiene hoy una presencia notable, especialmente en la isla norte. Fuente: Cartografía EOM

Si bien la victoria del movimiento por los derechos maorís fue fundamental para el reconocimiento cultural de este grupo desde las instituciones, no debe obviarse que la llegada de muchos de ellos a las ciudades fue fruto de un éxodo rural forzado. El informe Hunn, publicado en 1961, proponía que se tomaran medidas para llevar a la población maorí a las ciudades, donde “podrían adaptarse mejor” a la cultura pakeha.

Forasteros en sus propias tierras, muchos comenzaron una nueva vida en la ciudad y fueron olvidando gran parte de su bagaje cultural. Sin recursos y obligados a adaptarse, hoy seguimos encontrando problemas heredados de entonces. Un buen ejemplo de ello es el caso de muchas familias sin techo que habitan en ciudades como Auckland o Wellington. Al no poseer bienes inmuebles, la población maorí y la migrante se ve especialmente afectada por la burbuja de los alquileres: el nivel al que han llegado los precios fuerza a muchas familias enteras a vivir en la calle o depender de ayudas estatales aun con dos trabajos de jornada completa.

Nueva Zelanda es unos de los países occidentales con más encarcelamientos y cuenta con una elevada tasa de reincidencia, lo que se traduce en un importante gasto para el Estado; datos del 2015 sugieren que seis de cada diez reclusos volverán a prisión durante los cuatro años siguientes. El desigual acceso a los recursos reproduce los esquemas de criminalidad que empezaron hace más de 20 años. La inestable situación de la población maorí se traduce en otro indicador nada alentador: el elevado abandono escolar entre sus adolescentes, su escasa presencia en las universidades y una tasa de desempleo que es casi dos veces la de los pakehas12,4% frente a 5,9% en 2015—. Esta desigualdad, lejos de compensarse, se reproduce y termina desalentando a los jóvenes maorís ante la falta de perspectivas.

El exmonarca Juan Carlos I de España es recibido por el representante maorí Gerrard Albert en Nueva Zelanda con el saludo tradicional maorí. Fuente: El País

Las visitas diplomáticas que llegan a Wellington realizan el saludo maorí y los altos cargos aplauden el haka, baile tradicional durante los casamientos de allegados. Pero estas reverencias simbólico-institucionales corren el riesgo de quedarse en folclore superficial de no abordarse con medidas profundas los desequilibrios bajo cuya sombra conviven los neozelandeses.

La tierra de la nube blanca

Para los maorís fue Kupe, y no Abel Tasman ni el capitán Cook, quien descubrió Aoetearoa —hoy Nueva Zelanda—. Su pueblo, que habitaba en una tierra llamada Hawaiiki, subsistía esencialmente con la pesca; cuando un día sus pescadores llegaron con las manos vacías de vuelta a casa, se mascaba la tragedia. Cuenta la leyenda que un pulpo arrebataba a los pescadores su captura y amenazaba con la inanición del clan completo. El sabio Kupe fue en busca del pulpo y lo persiguió hasta alta mar; terminó llegando a Aoetearoa —‘tierra de la nube blanca’—, donde cesó su búsqueda. Tiempo después, su pueblo seguiría sus instrucciones y se iría en canoa en busca de estas tierras, que terminarían asentando.

Baldosa pintada en la Escalera de Selarón (Río de Janeiro). Fuente: Inés Lucía

Hoy pareciera que el pulpo invisible de la leyenda que roía las cuerdas de los pescadores vuelve a emerger para entorpecer la vida de los maorís contemporáneos. Si bien gran parte del relato histórico del país ensalza el bagaje cultural de este pueblo, son múltiples las tareas pendientes para que ese reconocimiento se materialice positivamente para esta comunidad. Con todo, puede decirse que existe un amplio consenso en que una mayor autonomía maorí y una reconciliación con las costumbres anteriores a los pakehas son un buen camino para seguir. Genealogía y cohesión social contra el desamparado individualismo de la gran ciudad.

Cuando en 1989 se estatalizaron las escuelas en lengua maorí para salvaguardar su lengua y costumbres, el Estado demostró que era posible compatibilizar dos sistemas con un currículum compartido. Los tribunales maorís para menores infractores, conocidos como Rangatahi, están teniendo buenos resultados previniendo la reincidencia. En ellos se involucra a los menores infractores con labores comunitarias que sirvan para reforzar sus vínculos culturales con la whanau y responsabilizarlos de forma consciente para evitar que vuelvan a delinquir.

Antes de 1989, los niños maorís tenían prohibido hablar en Te Reo en la escuela. Fuente: Newshub

Atajar el problema a una edad temprana es una forma muy efectiva de combatirlo, pero dentro de la población maorí hay un grupo especialmente afectado: el de las mujeres. La población de reclusas maorís es aún mayor que la de hombres en proporción a la población pakeha y muchas de las que quedan fuera de la cárcel deben afrontar la crianza de sus hijos solas, con el otro progenitor en prisión. Esta labor se antoja especialmente difícil en las ciudades por el alto riesgo de empobrecimiento y los altos precios del alquiler. Los datos de pobreza infantil son otra gran preocupación de la minoría.

Si bien en Wellington ya se encuentran mujeres maorís con tatuajes faciales, queda conseguir que este avance simbólico en términos de representatividad permee las capas sociales más bajas y limar así para siempre el pico del pulpo que aún hoy roe las redes de los pescadores maorís.

Acerca de Inés Lucía 15 Articles
Inés Lucía Orea (Madrid, 1992). Graduada en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense. Máster en Gobernanza Global y Derechos Humanos por la Universidad Autónoma de Madrid. Ha realizado prácticas en el Institut de Drets Humans de Catalunya. Twitter: @inesorea

Be the first to comment

Si tienes algo que aportar o comentar sobre este artículo no dudes en hacerlo!