La caída del último sha

Manifestación a favor del sha en Teherán (1979). Fotografía de A. Abbas.

¿Fue la Revolución islámica iraní una respuesta tardía al golpe de Estado promovido por la CIA —y apoyado por los ingleses— en 1953? Más aún: ¿fue la participación de EE. UU. el factor determinante en la caída de Mosaddeq? Este artículo toma este episodio como punto de partida para explicar las causas que llevaron al levantamiento persa de 1978 y la caída de Mohammed Reza Pahlaví, el último sha de Irán.

Es de sobra conocido el hecho de que EE. UU., a través de la Agencia de Inteligencia Central —más conocida como CIA—, conspiró con los ingleses para derrocar en el año 53 al primer ministro persa, Mohammed Mosaddeq, para consolidar el Gobierno del sha Mohammed Reza Pahlavi. Pero no fue hasta hace cuatro años, en agosto de 2013, cuando las sospechas se volvieron hechos: la CIA reconocía entonces públicamente su rol en el golpe de Estado.

Para ampliar: “The Battle for Iran”, CIA, 2014

Es curioso cómo aquel episodio ha marcado la relación entre ambas potencias al dar lugar a un conflicto que hoy se encuentra más que latente. Y es curioso porque, tanto desde EE. UU. como desde Irán, se ha oficializado una versión de los hechos que no está del todo bien fundamentada. La CIA participó en el golpe de Estado a un presidente elegido democráticamente apenas dos años antes, pero este no fue el factor principal de la caída de Mosaddeq, sino la guinda final de un pastel que había estado preparándose desde el día uno de su mandato. Por tanto, aquellos que han sugerido —y sugieren— que la Revolución islámica fue una respuesta tardía a la injusticia perpetrada por la CIA y el MI6 no son del todo fieles a la verdad, porque no reconocen las verdaderas causas del golpe ni el papel de otros de actores involucrados en él.

Esta versión de los hechos, tan instaurada en los discursos políticos y la cultura popular de ambos países —también de otras partes del mundo—, no solo difumina la realidad, sino que no adjudica bien las responsabilidades. Lo que pasó en Irán va mucho más allá de la mera intervención estadounidense y es necesario aclarar —misión última de este artículo— qué ocurría en Irán en aquel entonces y el porqué de lo que ocurrió un cuarto de siglo después.

La TP-AJAX y el contragolpe

Mosaddeq llegó al poder en 1951, empujado por el nacionalismo antibritánico. Por aquel entonces, el Reino Unido ejercía un enorme control sobre el país a través de la Anglo-Iranian Oil Company, encargada de explotar su principal fuente de riqueza: el petróleo. Y, aunque nunca fue una colonia o un protectorado, la oleada anticolonialista que recorría el mundo en desarrollo durante aquella década inspiró a una sociedad iraní que comenzó a rebelarse contra la influencia extranjera.

Mossadeq, Primer Ministro elegido democráticamente en Irán y que gobernó entre 1951 y 1953.Fuente: Pinterest

Tal era el deseo de recuperar el control sobre los recursos nacionales que la causa unió a liberales reformistas, clérigos del establishment, profesionales de clase media y servicios de inteligencia en un cohesionado movimiento político. Al frente de él se hallaba Mossadeq, un abogado de clase alta con una larga trayectoria política a sus espaldas. Mossadeq no era un revolucionario: respetaba las tradiciones de su clase social y apoyaba la idea de la monarquía constitucional, pero sí buscaba la modernización de la democracia iraní y reformas tales como la de la educación pública, la libertad de prensa o el sistema judicial. Sin embargo, el primer punto de la agenda de su partido, el Frente Nacional, no era otra que la nacionalización de la industria petrolera iraní. Esta fue su condición al ser nombrado primer ministro, votación que ganó de forma unánime, con lo que desató una crisis que acabaría con su mandato tan solo dos años después.

 Para ampliar: Reino Unido contra Irán (1952), dipublico.org

El Reino Unido respondió con el boicot y el bloqueo de las exportaciones de petróleo iraníes. Y EE. UU. decidió actuar como mediador: instó a su aliado británico a reconocer la legitimidad de la expropiación y a Irán a ofrecer una compensación económica por ella, todo mientras le enviaba ayudas destinadas a frenar el impacto del bloqueo. Sin embargo, Mossadeq no cedió ni un ápice ante los ingleses; consideraba cualquier acuerdo planteado por los estadounidenses como una pérdida de soberanía que nunca llegaría a permitir.

Imagen de la novela gráfica “Operation Ajax:
The Story of the CIA Coup that Remade the Middle East”. Fuente: Operación Ajax, Mike de Seve.

El conflicto llevó a la economía iraní al borde del colapso y Washington ­—así como algunos líderes religiosos en Irán— comenzó a temer los efectos que esto podría tener sobre el apoyo popular a Tudeh, el partido comunista iraní. Lo cierto era que Mossadeq estaba perdiendo apoyos, y su respuesta ante las críticas fueron el autoritarismo y la concentración de poder. Aquello fue lo que desató las primeras protestas, y pronto la oposición se extendió tanto dentro como fuera del Majlis —Parlamento iraní—.

El aumento de las protestas fue visibilizando cada vez más el apoyo popular al sha. Pronto, la CIA comprobaría que si el monarca mostraba su descontento con el primer ministro encontraría el respaldo de numerosos civiles y militares, pero el movimiento aún carecía de un líder. De esta forma, Mossadeq decidió disolver el Parlamento y convocar un referéndum para decidir el destino de su mandato, un referéndum que acabó ganando a costa de su legitimidad, ya que la votación estuvo plagada de irregularidades.

Los temores de Washington se afianzaban a medida que Mossadeq presionaba para recibir más ayudas con la baza de virar hacia Moscú en un movimiento cuando menos contraproducente. Fue entonces cuando EE. UU. comenzó a considerar los planes británicos relativos a un golpe de Estado.

Los ingleses habían descubierto una red de antimossadequistas dispuestos a actuar con el apoyo de los occidentales, al frente de la cual se encontraba el general Fazlollah Zahedi. Zahedi había pertenecido al gabinete de Mossadeq hasta que el descontento le hizo cambiar de bando. Así, EE. UU. Comenzó a diseñar lo que se llamó operación AJAX —oficialmente, TP-AJAX—, cuya piedra angular eran Zahedi como líder de la oposición y el sha Pahlavi como fuente de autoridad que gozaba de la lealtad del ejército y el poder de destituir al primer ministro.

La operación consistía, por un lado, en una campaña propagandística contra Mossadeq mediante el pago a periodistas para que escribieran historias sobre él, y por otro, en instigar las protestas y la violencia para abrir la puerta a su destitución. El sha firmó el decreto en agosto y nombró a Zahedi para sustituir al primer ministro. Sin embargo, Mossadeq se negó a aceptarlo e hizo que arrestaran a los mensajeros del sha. Además, decidió proclamar su victoria frente al golpe, pero no mencionó una palabra sobre el decreto destinado a su destitución.

Imagen de la novela gráfica “Operation Ajax: The Story of the CIA Coup that Remade the Middle East”. Fuente: Operación Ajax, Mike de Seve.

La situación en la calle era totalmente incendiaria, ahora con los miembros más radicales del Frente Nacional y las banderas comunistas de Tudeh, que había estado esperando su momento. Dos cosas habían cambiado para entonces: la visibilidad de la oposición al sha, que se encontraba ahora en el exilio, y la inconstitucionalidad de la permanencia en el poder de Mossadeq. Tanto Washington como Londres aceptaron los hechos como una derrota, pero Zahedi y los suyos continuaron con una resistencia, a la que se unieron también los mulás.

Mossadeq ordenó al ejército la restauración del orden; sin embargo, muchos militares se unieron a las protestas a grito de “¡Larga vida al sha!”. Había perdido totalmente el control del país. Fue entonces cuando decidió entregarse, y pocos meses después fue sometido a un juicio que lo llevó a su reclusión durante los 14 años que le restaban de vida. Así fue como Mossadeq, un político que siempre había respetado las instituciones y el orden constitucional, acabó siendo víctima de su propia causa. La presión de gobernar durante la crisis potenció aspectos de su carácter que lo llevaron de cabeza al autoritarismo y a Irán, al borde colapso. A pesar de la intervención estadounidense, Mossadeq estaba destinado a caer y el sha, a reforzar su poder, al menos durante las dos décadas que siguieron.

Para ampliar: “What really happened in Iran”, Ray Takeyh en Foreign Affairs, 2014

El principio del fin de la monarquía

Cuando el sha fue repuesto en el trono, tomó las medidas necesarias para que aquel episodio no volviera a repetirse. Lo primero que hizo fue asegurarse el apoyo de EE. UU. y Reino Unido resolviendo la disputa por el petróleo con un acuerdo que otorgaría a Irán el 50% de los beneficios. Luego desmanteló el Frente Nacional y el partido Tudeh y encarceló a todos sus líderes. Solo quedarían dos partidos en el Majlis: el Partido del Pueblo y el Partido del Nuevo Irán —sarcásticamente rebautizados por el historiador Ervand Abrahamian como “el partido del ‘sí’” y “el partido del ‘sí, señor’” —.

Con ayuda de EE. UU. e Israel creó la SAVAK (en persa, Organización de Inteligencia y Seguridad Nacional), una organización que utilizó para perseguir y torturar a la oposición; a cambio de más de 500 millones de dólares estadounidenses, dirigió su política bajo las líneas marcadas por Washington. En el año 78, la compra de armas a EE. UU. devoraba cerca del 30% del presupuesto iraní.

Martin Ennals, secretario general de Amnistía Internacional, declaraba: “Ningún país en el mundo tiene un récord tan terrible respecto de los derechos humanos”. Para 1977 tenía más de 20.000 presos políticos en condiciones deplorables y sometidos a torturas sistemáticas, a las que se sumaban los cientos de ejecuciones y asesinatos de aquellos que “combatían a las fuerzas del orden”. Fuente: All That Is Interesting

Durante los 60, sin embargo, el sha se vio obligado a reducir los excesos del régimen: Washington comenzaba a presionar para que ampliara los márgenes de las libertades políticas y civiles a cambio de mantener la ayuda económica y militar. Así se revirtieron algunos cambios, que permitieron, por ejemplo, la reconstitución del Frente Nacional y la vuelta de las manifestaciones a las principales ciudades. También emprendió otras reformas, como la redistribución de la tierra, la creación de los Cuerpos de Alfabetización o la concesión del voto a las mujeres. Durante aquella década, la situación de las mujeres en Irán mejoró considerablemente en un intento del sha de asemejarse a las potencias occidentales. De esta forma, las mujeres vieron aumentar sus oportunidades de acceso a la educación y al trabajo, así como su estatus dentro del matrimonio.

Para ampliar: Mujeres iraníes en los 60 y 70, Fundación de Estudios Iraníes

Estudiantes de la Universidad de Teherán en 1971. Fuente: Daily Mail

Con todo, eran muchas las personas que llenaban las calles para protestar contra el régimen del sha y demandar la aplicación de las leyes constitucionales, únicas garantes de las libertades públicas e individuales. Escritores y artistas se reunían públicamente para reclamar la libertad de expresión y asociación; se crearon comités de defensa de los derechos humanos y de los presos políticos. Por primera vez en más de una década, el sha parecía tolerar cierto grado de cuestionamiento. Este episodio revela lo tremendamente politizada que estaba la sociedad iraní.

Para ampliar: Iran Through The Looking Glass: History, Reform, and Revolution, Choices Program, 2012

Pero las reformas en pro de la modernización de Irán tampoco contentaban a todo el mundo. Si bien el clero se había posicionado en el bando del sha durante los años del golpe, ahora se alzaba como uno de los principales sectores de la oposición. Las reformas suponían para los clérigos un asalto al islam y su papel como guardianes de la moral en la sociedad iraní.

Es en este contexto en el que emerge la figura del ayatolá Ruhollah Jomeini, una figura tan carismática como reaccionaria. Principal ideólogo y portavoz de los sectores clericales provenientes de la ciudad de Qom, Jomeini soñaba con un Estado gobernado bajo la ley islámica y alejado de Estados Unidos. Y, aunque la represión del régimen lo llevaría a vivir 15 años en el exilio (1964-79), pronto vería ese sueño cumplido. La dinastía Pahlavi y la propia institución de la monarquía tenían los días contados.

Interesante: “Las relaciones secretas entre EEUU y el ayatolá Jomeini”, S. K. Dehghan y D. Smith en The Guardian (vía eldiario.es), 2016

Exilio y revolución

A principios de 1978, la oposición al régimen del sha ya dejaba entrever dos estrategias distintas —y complementarias— en torno a las cuales se organizaba. Por un lado, estaban aquellos que querían combatir al sha únicamente en cuanto a las libertades democráticas, y por otro, aquellos que buscaban combatir la propia institución de la monarquía y la dependencia nacional de EE. UU. Entre los primeros se encontraban religiosos, marxistas, el Frente Nacional —rebautizado como Unión de Fuerzas del Frente Nacional— y movimientos que podrían calificarse como liberales. Entre los segundos se encontraba el ayatolá Jomeini, en aquel momento exiliado en Francia, pero también marxistas revolucionarios.

Estas diferencias fueron explotadas por el sha, en un intento de romper la unidad de la acción, reservando la represión más dura contra los que querían destruir el régimen y esperando enfrentar a reformistas contra revolucionarios. Pero todas las agrupaciones compartían una misma exigencia: la entrega del poder al pueblo, y este principio fundamental hizo que la oposición permaneciera indivisible. Sin embargo, pese a que el levantamiento era un fenómeno multiclasista y políticamente pluralista, fueron los líderes religiosos chiitas y estudiantes de los seminarios de Qom los que acabaron dirigiendo y tomando el control del movimiento.

Durante aquel año, la resistencia civil no dejó de intensificarse. Las huelgas y manifestaciones paralizaron totalmente el país, hasta tal punto que el sha se vio obligado a huir. En enero de 1979 Pahlavi abandonaba el país a bordo de un Boeing 727 pilotado por él mismo con destino al único país que se prestó a darle cobijo: Egipto. Tan solo un año después fallecería en El Cairo, víctima de un cáncer.

El ayatolá iraní Ruhollah Musaví Jomeini saludando a los manifestantes. Fuente: Le Monde

Mientras tanto, en Irán ya había comenzado la revolución que se había estado fraguando desde hacía dos años. El regreso de Jomeini del exilio el 11 de febrero marcaría el inicio y daría paso a una etapa caracterizada por una incesante lucha de poder entre un Gobierno provisional amplio, secular y tecnocrático y los clérigos chiitas militantes y sus partidarios laicos de dentro y fuera del Consejo Revolucionario, creado ese mismo mes.

Jomeini y Bazargán, miembro del antiguo Frente Nacional y cabeza del Gobierno interino, representarían las distintas visiones del tipo de gobierno que implantar tras la desaparición de la monarquía. Con la caída del segundo como consecuencia de la crisis provocada por la ocupación de la embajada de EE. UU. en noviembre de 1979, el Consejo Revolucionario se ubicaría en una posición central de poder y acabaría dominado por los partidarios de la línea dura de Jomeini. La progresiva eliminación de los sectores nacionalistas, liberales y de izquierda del espectro revolucionario concedió al sector clerical el dominio absoluto de la esfera política y de todos los mecanismos de construcción del nuevo Estado. De esta forma, el ayatolá Jomeini se convertiría en el nuevo líder supremo de la República Islámica de Irán.

Para ampliar: “From the shah to the supreme leader. What the Iranian revolution revealed”, Laura Secor en Foreign Affairs, 2014

Acerca de Esther Miranda 11 Articles
Madrid, 1992. Grado en Relaciones Internacionales y Máster en Gobernanza y Derechos Humanos. Me interesan especialmente las cuestiones de género, identidades y fronteras. Twitter: @EstherMirandaZ

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