La amnesia del Líbano

Un manifestante levanta una pancarta durante una manifestación en Beirut. Fuente: lorientlejour.

Siendo las guerras episodios crueles que dejan marca en una sociedad, se hace necesario un proceso de recuperación y reconciliación, sobre todo en países donde el conflicto ha sido entre sus diferentes comunidades. En el Líbano, estos procesos han sido prácticamente inexistentes, en un intento del Gobierno por imponer el olvido sobre lo ocurrido y hacer de la guerra un tema tabú. Las consecuencias han sido nefastas y claramente visibles. 

Líbano es un país complicado. Con una población solo de seis millones, es un país conocido por recibir inmigrantes, desplazados y refugiados de cualquier comunidad. Armenios, sirios, kurdos y palestinos han llegado al Líbano en los últimos años, lo que añade ingredientes al caldo de cultivo de minorías en el país, que se compone de 18 grupos confesionales. Las comunidades más grandes son la musulmana —54%—, la cristiana —40%— y la drusa —5,6%—. Los palestinos componen una gran proporción de la población, con aproximadamente un 10%.

Para ampliar: “Middle East: Lebanon”, CIA en The World Factbook, 2017

Esta amalgama de comunidades ha sido peculiar de los diferentes hechos históricos por los que ha pasado el país, como la pasada guerra de quince años. Asimismo, es la característica fundamental de la sociedad libanesa hoy en día, que marca el ritmo al que se producen el desarrollo y la agenda política de la nación.

Quince años de guerra

Entre 1975 y 1990, el Líbano vivió una guerra que configuró lo que es el país a día de hoy y dejó huellas sin calcinar. Las causas fueron diversas. El Líbano, volviendo al Pacto Nacional de 1943, ya configuró un sistema de división de poder entre las diferentes confesiones en el que otorgaba más representación gubernamental a cristianos que a musulmanes. Esto se hizo basándose en el censo de 1932, el último que se ha hecho en el país. A comienzos de 1970, las tensiones crecieron debido a que los musulmanes pedían una reforma que fuera más equitativa en el reparto de poder alegando que la demografía del país había cambiado. A esto se le sumaba la creciente presencia e importancia de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en territorio libanés, que dividía a las élites políticas entre el apoyo a la causa palestina y el miedo de que esta presencia sirviera de excusa a Israel para entrar en el país.

En el camino a la guerra, se podían distinguir dos facciones claramente diferenciadas: la derecha de la alianza cristiana, formada por el Frente Libanés y dirigida por las Falanges Libanesas, y la izquierda de la alianza musulmana, el Movimiento Nacional Libanés, representado por el Partido Socialista Progresista. Mientras que el primero veía al movimiento palestino como una amenaza para el statu quo y para el acercamiento a Occidente, el segundo lo apoyaba y lo percibía como una oportunidad para acercar al Líbano a una identidad más panarabista.

La guerra comenzó el 13 de abril de 1975, cuando la OLP accionó una bomba en un grupo de cristianos que salía de la iglesia. La respuesta por parte de los falangistas cristianos fue un tiroteo dirigido a un autobús que se dirigía a un campo palestino, que mató a 26 personas. En el conflicto participaron todos los grupos confesionales y desplazó a unas 700.000 personas, de las cuales muchas fueron forzadas por las milicias a trasladarse donde estaba la zona de seguridad de su comunidad. Así, el país y sus ciudades quedaron divididos en zonas confesionales. Esto se acentuó con las masacres, que acabaron con la convivencia de diferentes comunidades que caracterizaba a muchas poblaciones del Líbano. Ejemplos de ello son la masacre de Karantina en 1976, que borró a palestinos, musulmanes y kurdos del área cristiana; la de cristianos en Damour en respuesta a la anterior, o la palestina en el campo de refugiados de Tel al Zaatar.

Todos los grupos fueron víctimas y perpetradores. El resultado es bastante claro cuando comprobamos que en 1975 el 55% del oeste de Beirut lo formaba la comunidad cristiana, mientras que en 1980 solo quedaba el 5%. Igualmente, el número de musulmanes que residía en el este de Beirut decreció de un 40% en 1975 a menos de un 5% en 1980. La utilización de la capital como referencia se debe a que esta ciudad y sus alrededores corresponden a la zona más poblada del país y la más ejemplificadora.

Para ampliar: “El legado de violencia política en el Líbano” (en inglés), ICTJ, 2013

Demografía de Beirut. Fuente: Mappery

A los conflictos internos tenemos que sumar también la intervención de Siria e Israel, que prolongaron la inestabilidad y perpetuaron los años de la guerra. El conflicto acabó con los acuerdos de Taif, los cuales establecían reformas políticas y regulaban las relaciones entre Siria y el Líbano con miras a la retirada de las fuerzas sirias del país. Taif reguló de nuevo la división de poder entre las tres comunidades mayoritarias, lo que acentuó nuevamente la división sectaria. Además, dejó el poder en manos de muchos de los comandantes que habían cometido crímenes durante la guerra, como Elie Hobeiqa. Si bien reguló las relaciones con Siria, no trató el futuro de las relaciones del país con la causa palestina y los campos de refugiados ni un plan para acabar con la ocupación israelí.

La guerra en el olvido: ni verdad ni reconciliación

Lo que un país necesita después de una guerra es curarse. Para ello, es necesario que los ciudadanos sientan que hay justicia, que se sabe toda la verdad sobre el conflicto y que se están llevando a cabo reformas para el progreso y la unidad del país. Cuando esta verdad es aclarada y los ciudadanos reciben justicia, es más fácil cerrar el pasado bélico. Sin embargo, en el Líbano esta justicia no ha llegado y la verdad tampoco. El Gobierno ha hecho lo posible por acallar la guerra en lo que llamamos políticas de amnesia: no ha habido ningún debate sobre ella y se ha convertido en algo casi inexistente en el marco institucional del país. Además, los perpetradores de crímenes obtuvieron amnistía a tan solo dos años acabar el conflicto y así muchas de las figuras influyentes de la guerra siguen hoy ejerciendo poder en las instituciones del Estado. Estos han evitado a toda costa cualquier proceso de la verdad, ya que ellos mismos estarían implicados.

En las sociedades que han sufrido una guerra también es importante la creación de una memoria colectiva y de una narrativa común. Cuando se trata de una guerra civil, esto es complicado al haber diferentes narraciones sobre el conflicto según la comunidad o facción a la que se pertenezca. Ello ha supuesto un gran problema para el Líbano, que más de 25 años después del conflicto todavía no ha desarrollado una historia de la guerra unitaria y objetiva para todos. Las consecuencias afectan tanto a los ciudadanos que vivieron la guerra como a las nuevas generaciones, que no tienen ninguna visión objetiva sobre un conflicto anterior a su existencia, pero que afecta a la sociedad en la que viven. La historia de la guerra ni siquiera se imparte en la escuela: el temario acaba en 1943.

Para las generaciones que vivieron la guerra, sin esta historia común es difícil creer en el otro, acercarse a él y convivir sin tener ese sentimiento de reproche, miedo o incluso a veces venganza. Para los segundos, la falta de una historia unificada que les narre lo que pasó a sus padres y abuelos y en general a la sociedad libanesa anterior a ellos recrea los mismos miedos hacia otras comunidades, además de crear un vacío en su identidad. La ausencia de un debate sobre la guerra y una memoria colectiva deja en el vacío las memorias individuales, que, sin poder trasladarse al ámbito de la comunidad, crean emociones traumáticas sobre la guerra que se quedan sin compartir y que además hacen que cada persona retenga recuerdos muy selectivos. Es así como se prolonga también el sectarismo de la sociedad libanesa y se obstaculiza un entendimiento nacional unitario sobre la guerra. La única forma de solucionar este problema moral es abriendo el debate y diálogo entre todas las comunidades de la nación.

En un estudio llevado a cabo por el ICTJ acerca de las visiones sobre lo que la sociedad libanesa necesitaba, las opiniones cambiaban según la generación del grupo. Para los que habían vivido la guerra, era más importante la justicia, acabar con la impunidad y la verdad sobre los crímenes cometidos. Sin embargo, las generaciones más jóvenes abogaban por una historia clara sobre el conflicto y unas instituciones más igualitarias, donde todas las comunidades tuvieran los mismos derechos y donde la estructura del Estado no creara espacios discriminativos o de miedo hacia el otro. La sociedad del Líbano, por tanto, necesita justicia, pero la necesidad más latente para el progreso y la mejora de la vida de los ciudadanos es acabar con el sectarismo.

“El sectarismo mata a los trabajadores”, reza la pancarta de un manifestante libanés durante la primavera árabe. Fuente: Periodismo Humano

La reconstrucción de Beirut: políticas de amnesia en el espacio físico

Los años de posguerra, de la mano de la presidencia de Rafic Hariri, se centraron en la reconstrucción física y económica del país, dejando los asuntos morales aparte. Hariri, conocido por ser hombre de negocios, visualizó una reconstrucción del Líbano —y más concretamente de Beirut— que retratara el carácter mercantil de la ciudad. El líder quería revivir el Líbano económicamente y hacerlo próspero de nuevo en el ámbito del comercio.

La reconstrucción de un país tras la guerra representa la conexión que los ciudadanos tienen con ese espacio. Además, se debe elegir qué espacios y edificios se conservarán y cuáles se eliminarán por completo. En el caso de Beirut, esta reconstrucción debía crear espacios abiertos y unitarios donde todas las comunidades se sintieran bienvenidas, además de guardar aquellos que ayudaran a la creación de una memoria colectiva. Espacios que representaran a la sociedad libanesa y la llevaran hacia un progreso unitario como nación.

Cuando lo esperado sería ver un Beirut reconstruido con monumentos relativos a la guerra y sus víctimas, hoy se encuentra totalmente vacío de cualquier elemento que pueda recordar esa parte de su Historia. Físicamente, es el lugar perfecto para ejemplificar el fenómeno de amnesia llevado a cabo por el Gobierno. Hariri encargó el proceso de reconstrucción del centro de Beirut a la compañía privada Solidère, que borró de la zona más importante de la ciudad todo recuerdo de la guerra, aunque fuera precisamente en esta zona donde más se vivió. Solidère se encargó de convertir toda la zona en una tabula rasa, para lo cual destruyó más edificios incluso que los que ya había destruido la guerra. De esta forma, pretendía borrar todo recuerdo de un pasado no deseado. Por ello tampoco se encuentra en la zona ningún museo o monumento sobre este periodo.

Sin embargo, no todo lo que se construyó fue totalmente nuevo. Se reconstruyeron edificios y ruinas que databan de los años anteriores a la guerra, a las eras de los imperios bizantino, otomano y francés, así como monumentos dedicados a la celebración de la independencia del Líbano. De esta forma, el Gobierno quería evocar un pasado de oro y eliminar de la conciencia la parte más oscura y reciente de la Historia del país.

La respuesta ciudadana

En contra de la respuesta estatal a un diálogo sobre la guerra y una memoria colectiva, fueron diversos grupos de la sociedad los que empezaron a reclamar acciones e incluso llevarlas a cabo, desde películas, teatros y novelas hasta conferencias, debates, proyectos de investigación, concentraciones públicas e incluso la creación de organizaciones para la resolución de conflictos.

Con la masacre de Caná en abril de 1996, cuando los israelíes mataron a 106 refugiados en una zona protegida por la ONU al sur del Líbano, la población supo que ese ataque era inadmisible después de haber declarado la paz en 1990. Así despertaron los recuerdos de una guerra por la que los libaneses no querían pasar de nuevo y se unieron contra la ocupación israelí. La fijación de un enemigo común los ayudó a adquirir la mayor unidad vista desde que acabó la guerra. El 18 de abril se marcó como día nacional para el recuerdo del Estado libanés. Fue con este suceso que comenzó a moverse más intensamente una resistencia cultural a la lógica de amnesia que llamaba al debate sobre la guerra.

En 2001 Al Jazeera lanzó un documental de quince episodios sobre el conflicto, un instrumento muy importante en esa lucha contra el debate asentado. En el mismo año se celebró un coloquio llamado “Memoria para el futuro” que dio lugar a una organización de intelectuales que trataban la memoria de la guerra. Años después, otras iniciativas han incluido la creación de grupos como UMAM, dedicado a crear un archivo de materiales de la guerra, así como libros de Historia y otros proyectos relacionados.

Para ampliar: War and Memory, Sune Haugbolle, 2010

Con respecto al aspecto físico y espacial de la amnesia del país, hasta el día de hoy han sido varias las ocasiones en las que los ciudadanos han protestado contra la reforma del centro de Beirut. En 2015, a causa de la crisis que machacaba el país y las olas de basura que había en la capital, diversos grupos e individuos comenzaron a reunirse en el centro de la ciudad para protestar contra el Gobierno. Cuando un componente del proyecto de reconstrucción de Solidère atacó a los manifestantes clamando que estaban desprestigiando el barrio, estos, junto con más ciudadanos, se propusieron recrear los mercados y la vida en este espacio público antes de la reconstrucción de Solidère. Estas acciones no sufrieron exclusividad ni separación entre comunidades. Todos compartían el mismo mensaje.

Primera recreación de los mercados del antiguo centro de Beirut desde la guerra civil. Fuente: Al Jazeera

Desafortunadamente, aunque los grupos sociales hayan llevado a cabo acciones fuertes, la falta de un abordaje gubernamental que se extienda e imponga en todas las instituciones del país sigue teniendo consecuencias negativas tanto en la sociedad como en el progreso del país, que se encuentra estancado. Las víctimas de crímenes graves no han recibido ninguna compensación, la justicia ha sido limitada con la ley de amnistía, que perpetúa la impunidad de los criminales, la verdad sigue sin saberse y las reformas institucionales siguen incompletas. Con un Gobierno fragmentado, diferentes comunidades segregadas, espacios públicos discriminatorios que limitan la reconciliación, millones de refugiados y la inestabilidad regional que rodea e influye en el país, parece difícil que la nación libanesa tenga un claro futuro estable.

Acerca de Alba Serrano 2 Articles
Manchega de nacimiento, 1994. Graduada en Relaciones Internacionales, con miras a la profesionalización en el campo del Derecho internacional humanitario. Mudanzas como forma de vida allá donde haya algo que aprender. Interesada en todo aquello que busca respuestas, en las minorías y en las situaciones de posconflicto.

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