Mongolia contra los gigantes: Gengis Kan vuelve a la carga

Jóvenes jinetes montan en la estepa mongola. Fuente: Bloomberg

Mongolia no es precisamente un actor estrella en el escenario internacional. Atrapado entre dos de los países más grandes de la tierra —China y Rusia—, sin acceso al mar y con pocas posibilidades de desarrollar sectores económicos fuertes más allá de la minería, sus perspectivas de convertirse en una gran potencia no son muy altas. Sin embargo, su  particular posición en el mapa y sus enormes y casi vírgenes recursos minerales, utilizados con sabiduría, podrían convertirse en grandes fortalezas. Analizamos los retos a los que se enfrentan las autoridades de Ulán Bator para lograr este objetivo. ¿Conseguirán recuperar algo de la gloria que Gengis Kan consiguiera hace siete siglos?

En el año 1206, una horda enfurecida descendió de las estepas al norte del Gobi dispuesta a conquistar el mundo. A su frente se encontraba Gengis Kan, el cual había conseguido unir a las hasta entonces enfrentadas tribus mongolas bajo un mismo estandarte. Los jinetes arrasaron con todo lo que encontraron a su paso entre la península de Corea y el mar Negro y marcaron con terror y muerte la memoria colectiva de todos los pueblos del continente que tuvieron la mala suerte de cruzarse en su camino. No obstante, el que fuera el más extenso imperio que ha conocido la Historia terminó dividiéndose y se diluyó en territorios, lenguas y religiones. Pero la leyenda negra sigue vive en toda Asia y en el ADN de la humanidad, en cuya cadena de cromosomas aún quedan restos genéticos del gran kan.

Mucho ha llovido y cambiado desde entonces en Mongolia, y lo que hace siglos fue la tierra del mayor conquistador de todos los tiempos se ha convertido en un territorio fuera del radar de la política internacional y siervo de los gigantes entre los que la Historia lo encajonó: Rusia y China. La primera ha manejado la batuta de sus asuntos políticos a lo largo del siglo XX y la segunda lo dominó como colonia durante 200 años.

A pesar de todo, Mongolia tiene aún potencial para reforzar su posición relativa en el continente y avanzar posiciones desde su puesto 92 en la clasificación mundial de desarrollo humano, pero para ello los dirigentes de la capital más fría del mundo deben poner toda la maquinaria política en marcha para conseguirlo.

Entre el oso y el dragón

Durante gran parte del pasado siglo, la política y la economía mongolas giraron en torno a Moscú. Las élites del país estudiaban en la URSS o en países de su órbita de influencia, se introdujo el alfabeto cirílico y el ruso era el segundo idioma del país. Aunque las relaciones con Pekín no eran malas, con la ruptura sino-soviética de los años 60, Ulán Bator se posicionó con Rusia. A partir de entonces, Mongolia se tornó un Estado totalmente dependiente de la URSS, la cual terminó responsabilizándose de la mayor parte de proyectos de infraestructuras y de industria del país. Aunque estas inversiones serían sin lugar a dudas beneficiosas para Mongolia, que vio cómo su PIB crecía entre un 5 y un 6% a lo largo de los años 70 y 80, su vulnerabilidad también aumentó, hasta tal punto que un 37% de su PIB procedía de las arcas rusas. Además, la defensa del país estaba supeditada a las tropas que Moscú mantenía en el país.

Monumento a los soldados soviéticos caídos durante la Segunda Guerra Mundial, en Ulán Bator. Fuente: Bloomberg

Esta debilidad se manifestó con el hundimiento del mundo soviético a principios de los 90. Sin su tal vez único aliado económico verdadero, Mongolia pidió inmediatamente ayuda a las organizaciones financieras internacionales y a las grandes potencias del bloque vencedor de la Guerra Fría. La receta occidental para asegurar una adecuada transición al capitalismo fue similar a la de otros territorios desgajados de la Unión Soviética: privatizaciones económicas, recorte del gasto público, liberalización de precios y reducción del aparato estatal. Las consecuencias de este shock económico fueron terribles para la mayoría de herederos de Gengis Kan, que vieron cómo el paro y la pobreza se multiplicaban por todo el país a la vez que una pequeña élite se aprovechaba de su posición ventajosa en las instituciones y de sus básicos conocimientos del sistema capitalista para hacerse con el control de tierras y recursos antes de propiedad colectiva —los denominados negdels—. Los empleados de las empresas públicas recibieron participaciones en forma de cupones y aquellos emprendedores que fueron capaces de comprender su valor consiguieron en poco tiempo amasar enormes cantidades de capital. Mientras tanto, la inflación se disparó y el sistema sanitario colapsó por completo. Aún hoy 30.000 mongoles —los que pueden costearse el desplazamiento— viajan anualmente a Tailandia o Corea del Sur en búsqueda de tratamiento médico.

Paralelamente, mientras Moscú intentaba salvar los muebles entre los cimientos de lo que había sido un gran imperio, los chinos entraron en juego y se convirtieron en el principal socio comercial de la decadente Mongolia y su mayor fuente de inversión exterior. Todo ello muy a pesar de sus habitantes, que siempre han desconfiado de sus vecinos del sur y de sus aspiraciones reales para con el país. A pesar de ello, la potencia del expansivo mercado chino —unido a Mongolia por 4.677 km de frontera— y las necesidades mongolas —sumadas a las facilidades añadidas a los intercambios comerciales por el proceso de liberalización económica— pudieron más que los prejuicios, lo que no hace que los dirigentes mongoles dejen de tener cuidado en sus tratos con los chinos, cuyas prácticas laborales —como contratar solo a obreros chinos— no gustan a los locales. Asimismo, existe la preocupación de que la penetración de las empresas chinas vaya en perjuicio de la autonomía política de Mongolia.

Los líderes de China y Mongolia se estrechan la mano durante una visita diplomática en Ulán Bator (2014). Fuente: Xinhuanet

Este conflicto se manifestó en su plenitud cuando en 2016 el dalái lama, líder de la religión mayoritaria en el país, visitó Mongolia. En esa ocasión el Gobierno de Ulán Bator tuvo que maniobrar de forma inteligente para asegurarse las buenas relaciones con China a la vez que se mostraba como defensor de la fe ante sus ciudadanos. Todo ello es bien sabido por los dirigentes de Pekín, y por ello han puesto en marcha toda su maquinaria de diplomacia cultural para mejorar su imagen entre sus vecinos promoviendo acuerdos de intercambio de estudiantes e inversiones en infraestructuras y medios de comunicación.

De campo de batalla a zona de recreo

Tuvo que pasar una década para que Mongolia se convirtiera de nuevo en un escenario de competición entre los dos grandes de Asia y, por supuesto, el cambio vendría impulsado por un actor fundamental para entender la posición actual de Rusia en el escenario internacional: Vladímir Putin. Lo cierto es que el camino del líder ruso venía ya allanado, pues, a pesar de su retirada del país, los años de buenas relaciones entre ambas potencias siberianas no se quebraron por completo con el fin de la URSS. Así, por ejemplo, Moscú mantuvo hasta principios de 2017 el control —a través de la empresa estatal Rostec— sobre el 49% de las acciones de Erdenet, la mayor productora de cobre mongola y una de las más grandes del mundo.

No obstante, Putin llegaba tras más de un cuarto de siglo sin visitas directas —concretamente, desde que en 1974 Leonid Brézhnev visitara Ulán Bator—. El objetivo de la visita era reavivar los vínculos entre ambas naciones, comenzando por revigorizar el tratado de cooperación bilateral de 1993 y reforzar las estrategias comunes en seguridad y los lazos comerciales a lo largo de los 3.500 km de frontera que los separan. El precio de las exportaciones de hidrocarburos rusos a Mongolia se redujo y diez años después las buenas relacionas llegaron hasta el punto de que el 98% de la deuda que Ulán Bator mantenía con su vecino septentrional fue eliminada. Además ambas naciones firmaron acuerdos de cooperación para la exportación de uranio y para modernizar el sistema ferroviario mongol y extenderlo hasta los principales yacimientos minerales.

Aunque es cierto que a partir de este momento Pekín y Moscú podrían ser considerados competidores por los tesoros que Mongolia esconde, pronto se dieron cuenta de que los acuerdos eran mutuamente más beneficiosos que los enfrentamientos y el país centroasiático se convirtió rápidamente en un nexo entre las dos potencias. Prueba de ello fue la propuesta —aún pendiente de cumplir— de construir un oleoducto entre la Siberia rusa y China a través de Mongolia, y hasta se ha planteado la construcción de un canal de agua entre el lago Baikal y las secas regiones del norte de China. A pesar de ello, no debe olvidarse que el 75 % de las exportaciones y el 35% de las importaciones mongolas dependen de China —frente a un 1,5% y 27%, respectivamente, de Rusia—, con lo que el poderío económico chino en el país sigue claramente por encima del de los rusos, los cuales deben seguir explotando sus buenas relaciones con la población mongola para mantener el equilibrio. Está aún por ver si esta delicada relación se mantendrá en el tiempo o si en algún momento escalarán las tensiones, teniendo en cuenta además que enfrentamientos similares se están produciendo en toda la región de Asia central.

Adicción minera

La alianza con China y el posterior regreso de los inversores rusos hizo de Mongolia uno de los campeones del crecimiento económico de la década de los 2000, con una subida de más del 17% del PIB en 2011. Pero el sueño dorado duró muy poco, pues al crear dicha dependencia de Pekín el país se vio directamente afectado por el declive en el crecimiento de la economía china a partir de 2007. A la dependencia de dos grandes mercados exteriores su unió la baja diversificación de la propia economía mongola, basada en más del 86% en recursos mineros y extractivos, con lo que el crecimiento mongol se redujo hasta un 0,1 % en 2016. En resumen, la bajada en el precio mundial de las materias primas en 2014, junto con el retroceso de la demanda china, supusieron una catástrofe para los mongoles; aún está pendiente de ver si sabrán reaccionar para revertir el rumbo.

Mongolia cuenta con unas increíbles cantidades de cobre, oro, carbón y uranio —entre otros— prácticamente intocadas, y más allá de la posibilidad de desarrollar una relativa industria textil la realidad es que el clima y la orografía mongolas hacen muy difícil potenciar industrias como el turismo o los servicios. La cuestión alrededor de la mina de Oyu Tolgoi ejemplifica perfectamente el interés de Mongolia en seguir potenciando este sector. Este yacimiento de cobre y oro constituye el proyecto más grande de la Historia del país —se encuentra en manos de la segunda compañía minera más grande del mundo, Rio Tinto, desde 2010— y fue responsable prácticamente al completo del apabullante crecimiento económico del país en su momento álgido; si se explota su capacidad al máximo, podría llegar a aportar un tercio del PIB mongol. La mina sigue en expansión a pesar de diversos momentos de tensión con inversores y compradores de material, pero su capacidad sigue capada por las deficiencias en infraestructuras.

Principales minas de Mongolia y vías férreas. Fuente: Cartografía EOM.

La minería está consolidada como el único sector capaz de encaminar al país en el sendero del desarrollo económico. El verdadero reto de Ulán Bator es, por tanto, conseguir aprovechar estos recursos del subsuelo de la manera más óptima, así como la particular posición de Mongolia en el mapa. Para lograrlo, Mongolia debe solucionar lo antes posible dos grandes fallas: el transporte y el limitado número de socios comerciales.

El reto: convertir las debilidades en fortalezas

Cuando en el siglo XIII los jinetes de Gengis Kan descendieron hacia el sur de Asia, pocos esperaban que semejante ejército pudiera derrotarlos. Sus caballos eran más pequeños, prácticamente carecían de armaduras y su número era abrumadoramente inferior al de muchos ejércitos a los que se enfrentaron. Su poderío se basaba en un inteligente uso de los recursos, el desarrollo de creativas estrategias de combate, una férrea disciplina y un excelentísimo sistema de comunicaciones. Tal vez, para encaminarse en la senda del crecimiento, los mongoles de hoy en día deban recuperar la memoria de los compañeros de Kan.

En primer lugar, Mongolia debe superar su déficit en infraestructuras de transporte para poder reducir costes de producción —especialmente para las exportaciones— y mejorar la rentabilidad de sus yacimientos minerales. La modernización y expansión de las redes ferroviarias del país son prioritarias en este proceso, así como la creación de un entorno legal transparente y estable —Mongolia sigue muy atrás en transparencia internacional y cuenta con altos niveles de corrupción— que motive las inversiones extranjeras.

En segundo lugar, Mongolia debe diversificar sus mercados de exportación. La dependencia del gigante asiático es una vulnerabilidad que debe atajar antes o el país se verá abocado de manera irremediable a la inestabilidad cada vez que se produzcan temblores en el mercado de los vecinos. Las cercanas repúblicas de Asia central u otros grandes mercados en expansión como Indonesia o India podrían ser excelentes nuevos fichajes para el equipo de socios comerciales de Mongolia, que deben explotarse al máximo.

Atacando estos dos frentes, el Gobierno mongol lo tendría mucho más fácil para atacar otros tantos problemas que azotan al país, entre ellos la preocupante población de la capital, que acumula ya más del 40 % de los habitantes de todo el país, algo más notable todavía si consideramos que se trata de uno de los lugares más pobremente poblados del mundo. Estos desplazados terminan en barriadas periféricas de la capital sin acceso a servicios básicos y terminan sumándose a los denominados ninjas, trabajadores ilegales o participantes de una precaria y extendida economía informal.

Trabajadores irregulares —ninjas— en la mina de carbón de Nalaij. Fuente: Sven Zellner

El problema de la superpoblada capital enlaza con otro de los retos de Mongolia para este siglo: el cambio climático. Ulán Bator ostenta ya el dudoso honor de estar entre las ciudades con más polución del mundo y los ya de por sí duros inviernos mongoles se han visto recrudecidos por los desequilibrios climáticos derivados de la contaminación mundial. Apostar por las ya prometidas energías limpias —el proyecto hidroeléctrico apoyado por China es un buen ejemplo de ello—, establecer criterios legales de protección medioambiental y mejorar las instalaciones de las plantas extractivas —también responsables de la expulsión de los pastores de las zonas rurales— ayudaría también a proteger el medio y a los mongoles. La necesaria mejora de las infraestructuras sería también enormemente beneficiosa para estas poblaciones, pues les facilitaría el acceso a servicios y a centros urbanos alternativos a la capital, lo que a su vez ayudaría a descentralizar la actividad económica del país y fomentar un reparto mayor de la riqueza. Asimismo, con mejores vías de transporte, sistemas de agua corriente y tendido eléctrico, los pobladores de las estepas podrían mantener su estilo tradicional de vida sin por ello renunciar a los beneficios tecnológicos del siglo XXI ni caer en la pobreza y la exclusión.

En definitiva, Mongolia debe evolucionar hacia un modelo económico más diversificado y que cuide a sus habitantes y recursos para sacar el máximo partido de los mismos y asegurar su rentabilidad en el largo plazo. Mientras tanto, iniciativas como la de crear una zona de libre comercio con China o el pacto tripartito de asociación económica con Pekín y Moscú —que integraría el proyecto de desarrollo de infraestructuras de Mongolia con el proyecto chino de la nueva Ruta de la Seda y el deseado Cinturón de Desarrollo Transasiático de Rusia— van sin duda en la buena dirección, pues fomentan la cooperación y el desarrollo de una fructífera relación con los dos gigantes vecinos a la vez que se potencia el papel de Mongolia como nexo entre el sudeste asiático y Europa.

Acerca de Daniel Rosselló 20 Articles
Daniel Rosselló. Palma de Mallorca, 1992. Graduado en Relaciones Internacionales por la UCM. Actualmente cursando el Máster de Estudios Árabes e Islámicos contemporáneos de la UAM. Interesado en temas de conflictos religiosos y territoriales, en migraciones y en movimientos sociales.

1 comentario en Mongolia contra los gigantes: Gengis Kan vuelve a la carga

  1. Me parece increíble todo el análisis de la situación de Mongolia, gran trabajo! Ojalá pueda lograr este desarrollo que le hace falta, especialmente en el campo de polución

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