Tailandia, la ‘democracia’ de los militares

Un soldado tailandés hace guardia en Bangkok frente a un retrato del rey Bhumibol Adulyadej. Fuente: The Independent.

La situación de Tailandia en los últimos años se ha caracterizado por una elevada polarización política entre los Camisas Rojas, seguidores del movimiento thaksinista, y sus detractores, los Camisas Amarillas. La crispación y división entre ambos bandos se ha visto profundizada por la institucionalización de los golpes de Estado en el país, lo que hace cada vez más complicada una reconciliación nacional y democrática.

Tailandia siempre se ha caracterizado por su elevada inestabilidad política e institucional. Desde que en 1932 lograse dar el paso durante el reinado de Rama VII de la monarquía absoluta a la constitucional, el país ha sufrido más de una quincena de golpes militares y ha contado con hasta 19 constituciones nacionales diferentes. Solo en los 2000 hemos podido observar dos golpes de Estado en menos de ocho años, acompañados por una elevada polarización política que aún hoy se deja sentir en las calles de la antigua Siam.

La consecuencia ha sido la regresión de Tailandia a una espiral de desequilibrios políticos y sociales que parecía superada tras los avances democratizadores cosechados durante la década de los 90. Sin embargo, la realidad es que dos décadas más tarde el espíritu progresista simbolizado en la Constitución de 1997 —a menudo referida como “Constitución del Pueblo”— parece haberse diluido en los vaivenes de la Historia.

La revolución silenciosa de Thaksin

El punto de partida para comprender el actual laberinto político tailandés se debe situar en la controvertida figura de Thaksin Shinawatra. Thaksin es un empresario multimillonario, antiguo dueño del Manchester City y de la ShinCorp, que logró acceder al poder democráticamente con su plataforma Thai Rak Thai en 2001 y revalidar su mandato —algo inédito en la política tailandesa— en 2005. Su gobierno se caracterizó por implementar medidas de corte redistributivo que le permitieron alcanzar unos elevados índices de popularidad entre las clases más desfavorecidas del país. Debe recordarse que en 1997 la crisis financiera del este asiático había azotado con especial virulencia a Tailandia y había dejado tras de sí un reguero de desigualdad y pobreza que se hizo sentir especialmente en las zonas rurales. Thaksin hizo de este electorado su caballo de batalla a través de unas políticas sociales —facilitación del acceso a la sanidad, condonación de deudas rurales, concesión de créditos, ayudas para viviendas, etc.— diseñadas para impulsar un mayor desarrollo de las capas sociales campesinas y empobrecidas.

La desigualdad —medida por los ingresos— en Tailandia muestra una clara fractura norte-sur. Fuente: Asian Correspondent

Sin embargo, su Gobierno mostró también un lado más oscuro. Una vez en el poder, Thaksin ejerció su mandato envuelto en escándalos de nepotismo y corrupción, aderezados con una línea política profundamente autoritaria y represora con la disidencia. Thaksin no solo buscó dominar los medios de comunicación nacionales; también reprimió con dureza las insurrecciones musulmanas de las zonas meridionales del país, con lo cual dejó un legado de sangre y matanzas como las de Krue Sae y Tak Bai. Las campañas antidroga de su Gobierno se llevaron por delante las vidas de miles de personas a través de la institucionalización de los asesinatos extrajudiciales.

Todo ello sirvió para ahondar en la polarización social entre thaksinistas y una oposición que poco a poco se fue articulando a través de una coalición variopinta de clases medias altas urbanas, poblaciones del “sur profundo” de origen malayo-musulmán, militares, aristócratas y tradicionalistas que temían el cuestionamiento de la monarquía. La confluencia de estos elementos de oposición más derechistas se canalizó en la articulación de la Alianza Popular por la Democracia (APD), capaz de aglutinar el descontento de estos estratos sociales y proveerles de una cierta coherencia. El nuevo movimiento de los Camisas Amarillas pasó a representar así a los antithaksinistas como oposición a los partidarios del régimen, mayoritariamente afincados en las áreas más deprimidas —y pobladas— del norte y este del país.

Los enfrentamientos entre los miembros de ambos bandos se comenzaron a intensificar en 2006 y derivaron en un recrudecimiento de la violencia por un lado y en un ahondamiento de la fractura territorial, étnica y religiosa por el otro. Las protestas y los disturbios comenzaron a ser cada vez más frecuentes; con este telón de fondo, las fuerzas especiales del Real Ejército de Tailandia darían un golpe de Estado el 19 de septiembre de 2006 para derrocar al primer ministro. Se dio paso así al establecimiento de una junta militar que decretaría la ley marcial, impulsaría una nueva Constitución en 2007 y colocaría al exgeneral Surayud Chulanont al frente del Gobierno provisional con la promesa de restablecer la democracia y el orden al cabo de un año.

Rojos contra amarillos: las dos caras de Tailandia

El período posterior al golpe de 2006 amplió más si cabe la grieta, que hoy aún impide una reconciliación nacional en Tailandia. Los thaksinistas se organizaron durante esta fase como la Unión por la Democracia contra la Dictadura y comenzaron a ser conocidos como los Camisas Rojas. El rechazo a la nueva Constitución y al golpe que había obligado a Thaksin a exiliarse fueron poderosos motores para movilizar a los thaksinistas en las elecciones convocadas en diciembre de 2007 tras la expiración del Gobierno provisional. Los Camisas Rojas lograrían imponerse de nuevo por mayoría simple en las urnas bajo las siglas del Partido del Poder del Pueblo (PPP). Sin embargo, la alegría les duró poco: la reacción de los Camisas Amarillas no se hizo esperar y trajo consigo nuevas oleadas de protesta y acción política que terminaron por desencadenar la caída del primer ministro Samak Sundaravej en 2008 a causa de la incompatibilidad de su programa televisivo sobre cocina y su posición al frente del Gobierno.

Para ampliar: “Tailandia: crisis del sistema y lucha por el poder”, J. M. López Nadal, 2010

La crisis institucional y política continuaría en los meses siguientes. Los Camisas Amarillas prosiguieron con su campaña de movilizaciones sitiando los dos principales aeropuertos de Bangkok durante una semana. La elección en septiembre de 2008 de Somchai Wongsawat, cuñado de Thaksin y miembro del PPP, no hizo sino caldear más los ánimos. La oposición señaló que no cesaría en sus protestas hasta expulsar a Somchai del poder, lo cual consiguió en diciembre de 2008 tras una sentencia de la Corte Constitucional de Tailandia que ilegalizó por fraude electoral al PPP y forzó la dimisión del primer ministro. Este fue automáticamente sustituido, sin pasar por las urnas, por un Gobierno de coalición del Partido Demócrata encabezado por el joven candidato Abhisit Vejjajiva.

Al igual que había ocurrido a la inversa años atrás, los Camisas Rojos buscaron por todos los medios acabar con el Gobierno de Abhisit. Los boicots a actos oficiales, las protestas y los choques entre Ejército y manifestantes fueron la tónica habitual durante el mandato del nuevo primer ministro. Entretanto, las tensiones étnicas y religiosas irresueltas desde finales del siglo XIX en el sur del país siguieron a flor de piel y poco a poco fueron echando raíces movimientos secesionistas como el Frente Nacional Revolucionario o la Organización de Liberación Nacional por la Unidad de Pattani, así como células terroristas islamistas, asentadas en las tres provincias meridionales de Narathiwat, Yala y Pattani.

La violencia política en el sur de Tailandia —mitad derecha— es sustancialmente superior a la de Bangkok —mitad izquierda—. Fuente: ACLED

Abhisit trató de emprender una política de reconciliación nacional, pero su capacidad para traducirla en resultados palpables fue muy limitada. Por otro lado, durante su gobierno Abhsit prometió elevar el salario mínimo nacional, combatir la corrupción y dotar al país de una sanidad y educación pública. Sin embargo, para los Camisas Rojas su ascenso al poder no dejaba por ello de ser menos inaceptable, antidemocrático e ilegítimo. Así, las marchas masivas y los sangrientos enfrentamientos en las calles de Bangkok en 2010 muy pronto se mostraron como el mejor termómetro social para presagiar un cambio de rumbo en el gobierno nacional.

En julio de 2011 ocurrió lo esperado: Yingluck Shinawatra lograba imponerse en los comicios nacionales con el nuevo partido Puea Thai (PT), sucesor del ilegalizado PPP, por una holgada mayoría. La prioridad del nuevo Gobierno fue, en primera instancia, la revocación de la Constitución posgolpe por la Carta Magna de 1997 y la creación de un contexto político estable que favoreciese una reconciliación nacional con la que poner fin a décadas de divisiones. No obstante, el hecho de que Yingluck fuese la hermana menor de Thaksin enfureció a los Camisas Amarillas de la APD, que veían con preocupación un posible Gobierno marioneta teledirigido desde el exilio por el legendario primer ministro.

Los resultados electorales de 2011 muestran la división geográfica entre los Camisas Rojas del PT —en rojo— y los demócratas Camisas Amarillas —en azul—. Fuente: The Economist

Al igual que sus predecesores del PPP, Yingluck trató de poner fin al exilio de Thaksin impulsando una ley en el Congreso para facilitar su amnistía en 2013. Esta medida desató una vez más la violencia en las calles y provocó importantes manifestaciones contra el clan Shinawatra por parte de los movimientos opositores, a pesar de que el Senado terminó rechazando la propuesta de ley. La consecuencia inmediata fue la disolución del Parlamento y la convocatoria de elecciones anticipadas para febrero de 2014. Tres meses más tarde, Yingluck se vio obligada a dimitir a raíz de una sentencia del Tribunal Constitucional que la acusaba de abuso de poder en el ejercicio de sus funciones. Como era de esperar, en las dos semanas siguientes proliferaron las protestas a lo largo y ancho del país. Aprovechando este ambiente enrarecido, el Ejército tailandés declaró una vez más el estado de excepción con la premisa de restablecer el orden y la concordia nacionales.

El golpe de Estado de 2014: vuelta a la casilla de salida

El 22 de mayo de 2014 el general Prayuth Chan-ocha decidió rebelarse contra el Gobierno interino que había asumido Niwatthamrong Boonsongpaisan días después de la dimisión forzada de Yingluck. El Ejército suspendió el Parlamento, disolvió el Senado y estableció un Consejo Nacional para el Mantenimiento de la Paz y el Orden bajo el beneplácito del rey Bhumibol Adulyadej. El toque de queda y la ley marcial se impusieron en todo el país y los militares abolieron la Constitución de 2007 —a excepción del capítulo referente a la monarquía—, bloquearon los medios de comunicación y el acceso a internet y restringieron el derecho de reunión pública. En este contexto, desobedecer las exigencias de los militares o cometer crímenes de lesa majestad podía acarrear penas de cárcel o importantes multas económicas para los infractores.

Si algo demuestra esta situación es que en Tailandia el Ejército sigue actuando como árbitro de la vida política del Estado. En julio de 2014, los golpistas promovieron con el apoyo del rey y bajo el amparo de la “Hoja de Ruta para la Democracia” la redacción de una Constitución interina que les aseguraba considerables parcelas de poder durante su mandato transitorio. Entre las medidas más controvertidas para reinstaurar la normalidad democrática se incluía el establecimiento de un marco temporal de cinco años tras la celebración de los comicios en los que el Ejército gozaría del derecho de intervención si el orden público y la seguridad nacional no fuesen respetados por el nuevo Ejecutivo.

Las protestas contra el golpe fueron reprimidas por el Ejército. Fuente: Chiangrai Times

Tras haber analizado la evolución reciente del sistema político tailandés, la intuición podría llevarnos a pensar que el rechazo a la nueva Carta Magna sería mayoritario. No obstante, hay un factor crucial para entender el comportamiento electoral de los tailandeses: en caso de no haberse aprobado el referéndum, el Ejército continuaría en el poder indefinidamente hasta encontrar una solución alternativa, lo que podría posponer las elecciones sine die. Es quizá por ello —y por la represión ejercida contra los opositores al borrador— que, pese a la controversia y la polarización existentes, el texto fue finalmente aprobado en un referéndum celebrado en agosto de 2016 con un 61,4% de los votos a favor.

En teoría, con la adopción de la Constitución se debería abrir la veda para fijar unas nuevas elecciones lo antes posible, aunque para algunos esta no es necesariamente una urgencia dada la estabilidad y paz que ha traído la junta militar. Sin embargo, muchos países y analistas —especialmente occidentales— observan con preocupación la deriva autoritaria de Tailandia. Durante los tres últimos años, los militares han tratado de emprender reformas —véase por ejemplo la ley electoral— diseñadas para facilitar futuras mayorías parlamentarias amarillas, aumentar su poder y asegurar así lo que entienden como “condiciones adecuadas” para celebrar unas elecciones democráticas —pospuestas ya en dos ocasiones— en 2017. Ahora que ya estamos en 2017 y tras la muerte del rey, la junta militar ha insinuado que deberán aplazarse de nuevo hasta la segunda mitad de 2018. Las sospechas, lógicamente, no dejan de ir in crescendo, y las posibilidades de un rebrote de violencia entre los seguidores del PT, tampoco.

El futuro político de Tailandia

A lo largo de sus 70 años de reinado, Bhumibol jugó un rol determinante en el desarrollo político, social y sobre todo económico de Tailandia y se consolidó como un símbolo de estabilidad en un país asolado desde hace décadas por los golpes de Estado y las crisis políticas. Durante años, Bhumibol fue visto como una autoridad moral cuasidivina capaz de aglutinar a su población con enseñanzas derivadas del budismo. Tal vez no sea exagerado afirmar que la institución monárquica haya sido junto al orgullo de nunca haber sido colonia de los imperios— uno de los pocos factores de unión entre los tailandeses. Por esta razón, su fallecimiento el 13 de octubre de 2016 en un hospital de Thonburi causó una verdadera conmoción nacional, que tuvo como resultado inmediato la declaración del luto nacional por período de un año.

En el contexto actual, la sucesión del soberano por su hijo Maha Vajiralongkorn en diciembre de 2016 ha abierto un nuevo foco de incertidumbre para la ya de por sí inestable Tailandia. Vajiralongkorn no es ni de cerca una figura con el prestigio o la admiración popular de su padre; al contrario, su aprobación popular es muy inferior como consecuencia de su vida errática, mujeriega y escandalosa en Europa. Las dudas con respecto a la idoneidad del nuevo rey, más fácil de ver por Baviera luciendo coloridos tatuajes que en Bangkok, están bastante extendidas entre todos los sectores de la población. Incluso hay quienes afirman en tono jocoso que sería conveniente desplazar la capital de Tailandia a Múnich. Bromas aparte, Vajiralongkorn deberá enfrentarse a una situación política interior muy delicada, que requerirá de mucha mano izquierda para armonizar las fracturas étnicas y sociales existentes, combatir el arraigo del terrorismo islamista y evitar una fragmentación del reino en dos Estados diferentes.

El nuevo monarca, Maha Vajiralongkorn, leyendo un discurso en Bangkok. Fuente: El Mundo

Por el momento, Vajiralongkorn ha sancionado el 6 de abril la nueva Constitución, aprobada en referéndum tras haber logrado modificar el texto para aumentar su poder. Algunos afirman en este sentido que Vajiralongkorn está enfocando su reinado desde el miedo y la intolerancia en lugar de hacerlo desde el amor y la cercanía que infundía su padre. Tan solo en el mes de abril, seis individuos han sido condenados por delitos de lesa majestad —con penas de hasta 15 años de prisión— por publicar comentarios críticos con el nuevo monarca en Facebook. Las consecuencias que puede tener este nuevo estilo de liderazgo sobre la vida política tailandesa todavía están por ver. Mientras tanto, a falta de elecciones, el país sigue sumido en su parálisis democrática, sin vistas a que se produzcan cambios significativos, al menos por el momento.

Acerca de Diego Mourelle 7 Articles
Vaduz (Liechtenstein), 1995. Estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid y beneficiario de la beca Erasmus+ en la Universidad de Manchester. Ha realizado prácticas en la embajada de España en Berlín. Interesado en temas de Diplomacia y Seguridad Internacional, especialmente en el área de Asia-Pacífico y Unión Europea.

1 comentario en Tailandia, la ‘democracia’ de los militares

  1. Interesante artículo (como era ya de esperar viniendo de vosotras/os).

    Lo que me gustaría haber sabido leyendo es exactamente de dónde saca tanto apoyo el ejército, y qué movimientos de alta élite apoyan a estos y a las camisas amarillas (habéis nombrado sectores, pero me gustaría saber quiénes son los que dan tal poder a estos para que sigan dictando las normas del país a pesar de ser claramente una minoría frente a los camisas rojas).

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