Gastrodiplomacia, el sabor del poder blando

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La gastrodiplomacia, el uso de la comida autóctona para proyectar una determinada imagen nacional en el exterior, se está asentando como una eficaz forma de diplomacia cultural con la que los países tratan de ganar reputación e influencia en sociedades extranjeras. En este artículo repasamos algunas de las sustanciosas campañas que han incentivado su práctica, desde el sudeste asiático a Perú. 

“Tráeme buenos chefs y te conseguiré buenos tratados”. Al diplomático francés al que se le atribuye esta frase dirigida a Napoleón, Charles Maurice de Talleyrand, no se le escapaba que los manjares de la cocina francesa podían constituir la receta perfecta del rédito diplomático al contribuir al entendimiento y reforzar las relaciones entre los gobernantes europeos de la época. No obstante, el sagaz consejero estaba lejos de ser un precursor en la materia por entonces. Ya lo advirtió hace unos años la entonces secretaria de Estado estadounidense, Hillary Clinton: “la comida es la más antigua herramienta diplomática”. Sea esta una exageración o no, lo cierto es que incluso en la antigua Grecia ya el propio Aristóteles argumentaba la importancia de las comidas colectivas con el fin de establecer un vínculo de solidaridad similar al de una familia, algo que cobraba especial importancia entre embajadores de ciudades rivales.

Si bien la tradición e importancia del uso de alimentos con fines diplomáticos están bien arraigadas en la historia de las relaciones internacionales, en los últimos lustros hemos asistido a una revitalización de la práctica, la expansión y diversificación del concepto y una concienciación generalizada de su potencial. De ahí que múltiples países hayan lanzado campañas oficiales de promoción de sus respectivas gastronomías en el exterior y hayan proliferado con celeridad los estudios en el campo de la diplomacia culinaria, un terreno que aún tiene mucho margen de exploración.

Diplomacia culinaria y gastrodiplomacia

Las recientes indagaciones en este ámbito insisten en diferenciar ambos conceptos, por muy similares que parezcan. Uno de sus más afanados investigadores, Sam Chapple-Sokol, que ha trabajado para varias universidades norteamericanas, define la diplomacia culinaria como el uso de la comida para crear entendimiento intercultural con el fin de mejorar las interacciones y la cooperación internacional. Dentro de esta vaga definición se pueden distinguir tres pilares fundamentales: se da en el ámbito privado, es decir, de puertas adentro entre representantes de Gobiernos para promover la interacción y mejorar las relaciones en el plano bilateral o multilateral, como en el caso de las cenas de Estado; los actores estatales no juegan un papel esencial, sino que se desarrolla en el ámbito de la ciudadanía, encargada de promover la gastronomía nacional ante sociedades extranjeras, y no tiene por qué tener el objetivo de fomentar las relaciones exteriores de los países; y por último la denominada gastrodiplomacia.

Esta nació como tal a comienzos de este siglo, en 2002, cuando el Gobierno tailandés decidió lanzar el programa “Global Thai”, lo que lo convertiría en el país pionero de este ámbito. La gastrodiplomacia se ubica dentro de la diplomacia pública como parte de la diplomacia cultural y busca ejercer la influencia en Gobiernos extranjeros de manera indirecta, empleando la comida como medio para introducirse en sociedades foráneas y generar en ellas un mayor entendimiento de la cultura y gastronomía nacionales y, por ende, del país en su conjunto. Por tanto, en la gastrodiplomacia los Gobiernos utilizan la comida como una manifestación cultural tangible fuera de las fronteras nacionales para promover su familiarización e intentar ganar adeptos en el exterior.

Con el programa “Global Thai”, los restaurantes tailandeses en el mundo se multiplicaron en cuestión de años. Fuente: Thailand Day Tours

Esta manera de incrementar la conciencia internacional del patrimonio cultural y gastronómico nacional forma parte de una estrategia de creación de marca nacional por los países que la llevan a cabo, con la que los Estados tratan de ganar una buena reputación internacional proyectando una determinada imagen en el exterior. Con ello, además, los países en cuestión buscan al mismo tiempo incrementar su poder blando o soft power, es decir, la habilidad para conseguir persuadir e incidir en la acción de otros países sin recurrir al uso de la fuerza, la coacción o favores económicos.

El buen rendimiento que ha aportado la práctica de esta jugosa forma de diplomacia la hacen ser un terreno propicio para que Estados que carecen de grandes recursos ganen una mayor visibilidad en el escenario mundial. De este modo, no es casualidad que los que han apostado de manera decidida por la gastrodiplomacia hayan sido, en su mayoría, o bien potencias medias o bien aspirantes a ello, en su búsqueda por lograr una mayor influencia y reconocimiento en la arena internacional, con la pretensión de tomar ventaja a la hora de competir por potenciales beneficios llegados del exterior, como inversión, poder político o turismo.

Asia, a la vanguardia de la gastrodiplomacia mundial

El sudeste asiático acoge a la mayoría de los países que se han lanzado de manera decidida a la promoción internacional de sus respectivas gastronomías con fines diplomáticos. Salubridad, diversidad, misticismo, exotismo, respeto al medio ambiente, belleza y patrimonio son algunos de los ingredientes principales de sus campañas, que buscan establecer un vínculo emocional con los consumidores foráneos. Pero, más allá de eslóganes pegadizos e imágenes que abren el apetito, el repertorio promocional suele ser bastante amplio. La organización de eventos dentro y fuera de las fronteras, la captación de líderes de opinión, el reconocimiento de instituciones de prestigio como la Unesco o el fomento de la educación culinaria —que va desde cursos de formación hasta publicaciones de libros— suelen ser parte del variado plan de marketing. Aunque las campañas estén dirigidas al público extranjero, lo cierto es que, como se ha demostrado, también logran el objetivo de contribuir a la economía local —a través del comercio, las remesas y el turismo que atraen, principalmente— e incentivar a las poblaciones expatriadas a continuar con las iniciativas de promoción de la gastronomía nacional de manera privada. A continuación se destacan, por innovadores, ambiciosos o exitosos, algunos ejemplos de campañas gastrodiplomáticas llevadas a cabo por países que han contribuido al desarrollo y difusión de su práctica.

Tailandia y su ascenso a la primera división de la gastronomía

Tailandia fue el Estado que rompió moldes con su iniciativa “Global Thai” en 2002. Por entonces, el objetivo era la expansión del número de restaurantes tailandeses en el mundo, para lo cual se facilitó la importación de productos locales, se incentivó la contratación de chefs tailandeses fuera del país y se concedieron créditos ventajosos para financiar los nuevos establecimientos. Con ello se esperaba extender la presencia de la cultura tailandesa por todo el planeta y persuadir a los consumidores para visitar Tailandia —que entonces era un conocido destino de turismo sexual—, además de profundizar las relaciones y el conocimiento del país. Mal no le iría al Gobierno tailandés cuando decidió expandir esta iniciativa con una segunda campaña llamada “Tailandia: cocina del mundo”, mediante la que incidió en la exposición de la Historia y la excepcionalidad de la gastronomía y la cultura tailandesas. Junto a ello, creó un certificado “marca Tailandia” para distinguir a aquellos restaurantes que cumplían con los estándares de calidad, lo que garantizaba la excelencia de la marca nacional. Como resultado, de los 5.500 restaurantes al inicio de la iniciativa “Global Thai” se pasó a los 9.000 en 2006 y a los 13.000 en 2009, según cifras del Gobierno; en cuanto a la percepción de la marca, la comida tailandesa a día de hoy figura en numerosas clasificaciones basadas en encuestas como una de las más valoradas del mundo.

Corea del Sur, la diplomacia del kimchi

El éxito del modelo tailandés abrió el camino a otras naciones que también aspiraban a mejorar su reputación en el mundo. Es el caso de Corea del Sur, que en 2009 lanzó la campaña “Cocina coreana para el mundo” con el objetivo de incrementar sustancialmente el número de restaurantes surcoreanos y hacer la comida nacional una de las cinco mejores valoradas en el planeta. Como novedad, la iniciativa de Seúl, cifrada en 44 millones de dólares, contaba con la promoción oficial de clases de cocina surcoreana en célebres escuelas internacionales, como el Instituto Culinario de América o el Cordon Bleu de París, con la concesión de becas para estudiantes de cocina surcoreanos en escuelas culinarias y ferias gastronómicas e incluso la creación del Instituto Mundial del Kimchi para promover la investigación, globalización, desarrollo e innovación del plato surcoreano por excelencia, que fue reconocido como patrimonio cultural inmaterial de la Unesco en 2013.

El Festival Internacional del Kimchi congrega cada año a miles de personas en Seúl. Fuente: Turismo de Corea

Otra original iniciativa, en este caso auspiciada por el Ministerio de Agricultura, fue “Bibimbap Backpackers”, un camión de comida dirigido por cinco jóvenes surcoreanos que ha recorrido más de una docena de países ofreciendo bibimbaps y otros platos típicos de la gastronomía surcoreana. En el caso de Corea del Sur, se ha podido ver con claridad la importancia de la población emigrante en la promoción de la marca nacional a través de la gastronomía. En Estados Unidos, la diáspora surcoreana ha aprovechado el tirón de la comida surcoreana en el país para expandirla e incluso transformarla con el fin de hacerla más accesible y popular, lo que ha resultado en la creación de los exitosos tacos coreanos, los tacos kogi, especialmente célebres en camiones de comida.

Taiwán, reconocimiento internacional que se gana en los estómagos

Dar a conocer la comida taiwanesa por el mundo fue considerado por el expresidente taiwanés, Ma Ying-jeou, una prioridad política para su país. Razones no le faltaban: como reconocía, la comida era una manera de diferenciarse de su vecino e histórico antagonista, la República Popular de China, y de paso acabar con la percepción de que Taiwán es poco más que uno de los talleres de producción masiva del mundo. Es precisamente su peculiar situación en el escenario internacional lo que espoleó a este país a explotar su gastrodiplomacia. Para Taiwán, reconocido por solo veintiún Estados, cobra especial importancia hacer uso de vías menos convencionales para establecer vínculos con el exterior, por lo que la apuesta por su gastronomía ha constituido un ingrediente más en su afán por ganar visibilidad y reconocimiento en sociedades extranjeras.

Un chef taiwanés da una demostración en el Festival Internacional de Fideos de Ternera de Taipéi. Fuente: Gobierno de Taipéi

De esta manera, con el fin de incrementar la sensibilización internacional hacia su marca, el Gobierno taiwanés lanzó en 2010 la campaña “Todo de buen gusto: degusta los sabores de Taiwán”, valorada en más de 34 millones de dólares, destinados, entre otras cosas, a fomentar la extensión de los restaurantes taiwaneses por el mundo, la organización de festivales gastronómicos internacionales, el envío de cocineros locales a competiciones de prestigio a nivel internacional o el establecimiento de puestos con aperitivos taiwaneses en aeropuertos internacionales. Además, se fundó un think tank culinario de carácter público y se apostó decididamente por la promoción oficial de determinados platos y establecimientos taiwaneses, como la cafetería 85°C —apodada “el Starbucks de Asia”—, el té de leche con perlas —también conocido como té de burbujas— o la sopa de fideos de ternera.

Otras iniciativas en Asia-Pacífico

Otras naciones que han apostado por la gastrodiplomacia en el continente asiático han sido Malasia, Japón, Australia o China, estas dos últimas como parte de otros programas de diplomacia cultural que también incluían iniciativas para promocionar la comida en determinados países en el exterior. En el caso malasio, sus primeros esfuerzos gastrodiplomáticos, en 2006, fueron dirigidos al mundo islámico y consistieron en hacer ver al país como centro mundial de la comida halal. Cuatro años más tarde, el Gobierno se lanzó de manera decidida con la campaña “Cocinas malasias para el mundo”, que ayudaba a financiar nuevos restaurantes malasios en el exterior y envió a reputados chefs del país a ferias y eventos internacionales.

Cabe destacar igualmente el establecimiento de mercados nocturnos con comida malasia en Londres, Los Ángeles o Nueva York. Por su parte, Japón destacó por la creación de la Organización para Promover los Restaurantes Japoneses en el Extranjero, que ha establecido sedes en ciudades como Bangkok, Shanghái, Taipéi, Ámsterdam, Londres, Los Ángeles y París, y por su apesta por la educación al abrir un centro de cocina japonesa en Reino Unido que ha organizado cursos y seminarios en otros países europeos. La promoción tanto pública como, sobre todo, privada de la comida japonesa, especialmente el sushi, cosechó el fruto de ser catalogada como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco en 2013.

Perú, el boom gastronómico que conquistó al mundo

A pesar del indudable potencial que las naciones latinoamericanas tienen en este ámbito diplomático, dada la popularidad de sus respectivas cocinas —sin ir más lejos, la comida mexicana está también reconocida por la Unesco— y a sus numerosas poblaciones asentadas en el exterior, el único país que ha destacado por su decidida apuesta gastrodiplomática ha sido Perú. La gastronomía de este país andino sigue sin pasar de moda. En 2016 el país fue elegido por quinto año consecutivo como mejor destino culinario por los World Travel Awards. Los restaurantes peruanos, en cuestión de años, se han expandido por todo el mundo y sus afamados manjares, con influencias asiáticas y europeas, cuentan con el reconocimiento de los paladares más exigentes. Perú, el pionero latinoamericano, comenzó su andadura en el terreno de la gastrodiplomacia con una primera campaña presentada como “Perú, mucho gusto”, que debutó en el festival Madrid Fusión 2006. A raíz de esta primera iniciativa se incrementó la oferta de restaurantes peruanos por el mundo y se creó la Asociación Peruana de Gastronomía (Apega), que nació para “darle a la gastronomía peruana el lugar que se merece en el mundo y hacer de ella una fuente de identidad, innovación y desarrollo sostenible para los peruanos”.

Los célebres cocineros Ferrán Adriá y Gastón Acurio lanzaron el documental Perú sabe. La cocina, arma social en 2012. En la imagen se les ve en su visita al festival Mistura. Fuente: Dining Lovers

Esta organización ha sido desde entonces la encargada de auspiciar anualmente el evento gastronómico más importante de América Latina, el festival Mistura, y tenía el objetivo de hacer que la cocina peruana fuese reconocida por la Unesco. Para este propósito, el Gobierno peruano, a través del Ministerio de Cultura y el de Asuntos Exteriores, la propia Apega y junto con otros socios privados lanzaron en 2011 la campaña “Cocina peruana para el mundo”, que fue el detonante de lo que en Perú comenzó a conocerse como el boom gastronómico. El esfuerzo mereció la pena. La Unesco declaró la gastronomía peruana como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad ese mismo año y a partir de entonces los productos, platos y restaurantes peruanos no han parado de crecer en el mundo, como tampoco lo ha hecho su reputación. Las visitas turísticas al país andino desde que comenzara la campaña de 2006 se han duplicado y Lima, su capital, se ha consolidado como una de las capitales gastronómicas del mundo; de hecho, es la única ciudad que alberga dos de los mejores diez restaurantes a nivel mundial. La suculenta estrategia culinaria ha ido en consonancia con las campañas de modernización del país, reducción de la pobreza y apertura internacional, que tanto éxito ha otorgado al país andino en esta última década, en la que Perú y su gastronomía se han hecho definitivamente un hueco en el escenario internacional.

Aún mucho por degustar

Aunque todavía incipiente y con mucho por experimentar, la gastrodiplomacia se ha demostrado un método eficaz y razonablemente asequible de proyección internacional, especialmente para aquellos países que carecen de grandes recursos para ejercer con vigor otras formas más tradicionales de diplomacia. Por tanto, se espera que cada vez sean más Estados los que añadan a su estrategia de diplomacia cultural un fuerte componente gastronómico que, aprovechando la universalidad de la comida y la asentada tendencia de globalización alimentaria, consiga al mismo tiempo satisfacer los paladares y seducir las mentes de sociedades y Gobiernos extranjeros en beneficio propio. La iniciativa pública, además, acaba resultando un acicate para dinamizar la actividad privada, principalmente por parte de la población expatriada, que juega un papel esencial en la diversificación y extensión de la estrategia de promoción, lo que ayuda a fortalecer la marca nacional y, por ende, la presencia y reputación de las naciones que la llevan a cabo en el mundo.

Acerca de Pablo Moral 17 Articles
Écija (Sevilla), 1992. Graduado en Relaciones Internacionales por la Universidad Complutense de Madrid. Trabajando en la Universidad de William & Mary, Virginia. Interesado en asuntos de seguridad internacional, especialmente en países en vías de desarrollo. Ha colaborado con el IEEE.es.

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