“Y no comieron perdices”: la lacra mundial del matrimonio infantil

Foto de Stephanie Sinclair en su propia página.

El matrimonio infantil se erige como uno de los grandes problemas para el desarrollo en el siglo XXI. Las cifras que recogen el número de niñas y mujeres a las que ha afectado esta práctica dejan sin aliento, extendiéndose más allá de cualquier frontera o religión. A pesar de que en la conciencia colectiva existe una idea aproximada de esta situación, no siempre es la correcta. En este artículo abordaremos los factores que continúan perpetuando el matrimonio infantil en los países en desarrollo y repasaremos algunas leyes que cambiarán la percepción que se tiene sobre la posición de los países desarrollados ante esta práctica.

Malati mira con curiosidad las telas que decoran las paredes de la sala, llenas de estampados alegres y coloridos para un día que se le antoja un tanto extraño. En la habitación hace un calor sofocante, pero la treintena de mujeres apiñadas en ella parecen demasiado concentradas como para notarlo. Malati no entiende a qué viene tanto jaleo a su alrededor, pero de momento los cantos y los alegres dibujos de henna que le han pintado en los brazos le resultan muy entretenidos. Es el vestido sedoso, que le pica en las piernas, y las joyas que le han puesto lo que no entiende: ¿no se dan cuenta de que son demasiado incómodas para salir a jugar a la calle?

Malati, de tan solo cinco años, tampoco puede alcanzar a imaginar que, para cuando caiga la noche en el pequeño pueblo escondido en las montañas al norte de India, estará casada con Neeraj, un niño de una de las familias vecinas tan solo tres años mayor que ella. A pesar de que ambos nombres son ficticios, la historia está basada en un hecho real vivido por la escritora Cynthia Gorney y la fotógrafa Stephanie Sinclair, autoras de Too Young to WedDemasiado jóvenes para casarse en español—, un reportaje que recoge las prácticas del matrimonio infantil alrededor del mundo.

Los ficticios Malati y Neeraj representan el aterrador destino que millones de niños sufren alrededor del mundo al verse obligados a contraer matrimonio. Fotografía de Stephanie Sinclair para del reportaje Too Young to Wed. Fuente: National Geographic

Las escenas e historias capturadas en su trabajo muestran una realidad profundamente enraizada en numerosas culturas y mucho más común de lo que cabría esperar en el siglo XXI. Asociarla a una religión concreta o a determinadas áreas geográficas suele inducir a errores a la hora de analizar este escabroso tema, que hace que en Occidente nos llevemos las manos a la cabeza con expresión horrorizada. Sin embargo, ¿nos encontramos libres de pecado? Un vistazo a la situación mundial del matrimonio infantil nos hará comprender pronto que estas prácticas son mucho más complejas de lo que a primera vista parecen y que en numerosos casos lo legalmente permitido en los Estados democráticos dista mucho de lo que cabría esperar.

Para ampliar: Too Young to Wed, Cynthia Gorney y Stephanie Sinclair para National Geographic, 2011

Cifras incompletas

Según los datos de Unicef, si preguntásemos a las mujeres jóvenes de entre 20 y 24 años del mundo, 75 millones de ellas nos contestarían que contrajeron matrimonio antes de cumplir los 18 años. Si ampliásemos el rango de edad para incluir al total de la población femenina, la cifra aumentaría a más de 700 millones. De hecho, si la tendencia actual se mantiene, se estima que para el año 2050 un total de 1.200 millones de mujeres habrán contraído matrimonio durante su infancia.

El hecho de que la mayoría de los estudios se centren en analizar estas prácticas desde el punto de vista de las niñas no es aleatorio. A pesar de que los niños se ven sometidos igualmente de manera forzosa al matrimonio, la proporción es mucho menor. Tomando como ejemplo Níger, el país con la mayor tasa de matrimonios infantiles del mundo, observamos que el 77% de su población femenina contrajo matrimonio antes de cumplir los 18 años frente al 5% de los hombres; en el resto del mundo, la proporción es similar.

Las principales afectadas por la práctica del matrimonio infantil continúan siendo las niñas de los países en vías de desarrollo. Fuente: Unicef

Por otra parte, el matrimonio infantil continúa practicándose casi de forma exclusiva en los países en vías de desarrollo, donde se estima que una de cada tres niñas contraerá matrimonio antes de cumplir los 18 años y una de cada nueve lo hará antes de alcanzar los 15. Actualmente, la región de Asia meridional encabeza la calificación mundial con la mitad de sus niñas casadas antes de los 18 años; la siguen de cerca África subsahariana —aproximadamente el 39%— y la región de Latinoamérica y Caribe —23%—.

El problema que encierran las cifras es que, a pesar de proporcionar una imagen que nos permite hacernos una idea de la sobrecogedora magnitud de la situación, no alcanzan a ahondar más allá de la superficie del verdadero problema. Las causas que motivan estas prácticas y que la perpetúan son demasiado complejas como para incluirse en cifras, y lo mismo sucede con las drásticas consecuencias que lleva consigo intentar ponerle fin.

Tradición y pobreza: perpetuando el ciclo

Al contrario de lo que en muchas ocasiones se cree, el matrimonio infantil no se encuentra ligado a ninguna religión en exclusiva; es más, sí se ha convertido en un mínimo común denominador que relaciona a comunidades que profesan distintos cultos y que se encuentran en lugares geográficos muy dispares. Algunos ejemplos podrían ser las comunidades cristiano-ortodoxas de Etiopía, las católicas en Guatemala, las musulmanas en Yemen o las hindúes en la ya mencionada India.

Fuente: Cartografía EOM

En cambio, el dueto formado por la cultura y la pobreza tiene mucho que ver en la perpetuación de esta práctica. En relación a la primera, las tradiciones y percepciones culturales en la mayor parte de las sociedades en las que el matrimonio infantil es una realidad consolidan la visión de una mujer carente de independencia y en una posición de absoluta desigualdad frente al hombre. Se trata de sociedades fuertemente patriarcales, en las que los hombres tienen poder de decisión sobre las vidas de las niñas.

En ellas, el matrimonio como una opción íntimamente individual relacionada con el amor queda totalmente descartada. En algunas comunidades de Bangladés, por ejemplo, los matrimonios infantiles se conciertan con el fin de evitar el riesgo de que las niñas se enamoren o muestren signos de enamoramiento y también de que sean asaltadas sexualmente. Este último caso nos lleva inevitablemente a otra percepción cultural con un gran peso en muchas de estas sociedades: la virginidad.

El concepto de virginidad en muchas culturas no se encuentra ligado tanto a la intimidad individual de la mujer como al honor de la familia a la que pertenece. Así, en países como la India o Nepal, donde las niñas asumen labores de trabajo lejos de sus casas y corren el peligro de ser agredidas, el objetivo de casarlas a tan temprana edad es evitar el impacto y la marginación que la familia sufriría en el caso de que la niña fuera violada y, por lo tanto, perdiera la virginidad antes de contraer matrimonio.

El rechazo a las relaciones sexuales prematrimoniales y los embarazos no deseados que se producen como consecuencia también conduce a matrimonios forzosos con el objetivo de encubrir dicha situación. En otros casos, estos matrimonios se emplean con motivos mucho más turbios: en varios países, si un presunto agresor sexual contrae matrimonio con la víctima, puede evitar los cargos por violación y, además, la familia evita también el estigma derivado del suceso. Es el caso de Malasia, por ejemplo, donde tampoco se consideran delito las violaciones dentro del matrimonio, o el de Marruecos hasta el año 2014.

Se calcula que una de cada tres niñas en los países en desarrollo contraerá matrimonio antes de los 18 años. En la imagen, una niña nepalí de 14 años preparada para su ceremonia de bodas en el valle de Katmandú. Fuente: Huffington Post

Finalmente, a mitad de camino entre el factor cultural y el económico, encontramos los casos de matrimonios infantiles cuyo objetivo es la unión de dos familias dentro de una comunidad y aquellos relacionados con la dote y el precio de la novia. En el caso de la dote —conjunto de bienes y derechos aportados por la mujer al matrimonio—, esta se reduce cuanto más joven es la novia, ya que el valor de la niña se considera mayor al poder dedicar más tiempo de vida a la crianza de los hijos. En el caso del precio de la novia —tradición en la que es la familia del novio la que debe pagar—, la cantidad aumenta en proporción directa a la juventud de la niña.

Por supuesto, la pobreza y la falta de recursos juegan aquí un papel fundamental. Para muchas familias en estos países, el nacimiento de una niña se considera una carga. Su educación y mantenimiento son percibidos como una inversión a fondo perdido, ya que no serán tan productivas para el trabajo como un varón. El matrimonio aparece como un medio para resolver el dilema, además de erigirse para algunas familias como el único medio para saldar deudas económicas.

En el momento en que estas niñas se convierten en esposas, el círculo vicioso que estanca sus comunidades en la pobreza comienza a dar una vuelta más. Tal y como lo resumía Lawrence Summers, economista del Banco Mundial, lograr la educación de una niña tiene como primer efecto directo la reducción de la mortalidad infantil al dotarlas de recursos y conocimientos para la crianza y la búsqueda de asistencia médica cuando se necesita. Además, la educación reduce la tasa de natalidad al aportar a las mujeres la capacidad de controlar su fertilidad y disminuye considerablemente la mortalidad materna durante el parto.

Para ampliar: From Outrage to Courage, Anne Firth Murray, 2008

Por otro lado, las mujeres que reciben una mayor educación tienen menos probabilidades de contraer enfermedades como el VIH y, por tanto, de transmitirlo. Las tasas de VIH entre niñas y adolescentes casadas son más elevadas que las que se dan entre adolescentes sexualmente activas y no casadas, debido en su mayoría a la incapacidad para evitar relaciones no deseadas, que conduce a abusos sexuales; la inmadurez física y mental, que lleva al desconocimiento de lo que sucede, o evitar el uso de protección por la continua presión para demostrar su fertilidad.

La consecuencia más clara es que, al dejar de atender a la escuela, las niñas pasan a ser totalmente dependientes del marido y su familia, que coartan sus posibilidades educativas y, en consecuencia, su acceso al mercado laboral. Sin capacidad de decisión ni medios para contribuir a una mejora de la situación económica de la familia, las niñas nacidas en el seno de estas familias se encuentran en riesgo de correr la misma suerte que sufrieron sus madres y continuar así el círculo vicioso del matrimonio infantil.

La educación se erige como una herramienta clave en la prevención de los matrimonios infantiles; no solo es beneficiosa desde el punto de vista del desarrollo, sino que en sí misma es un derecho fundamental de las niñas. Fuente: Council on Foreign Relations

Cuando la ley desprotege: el caso de los países desarrollados

En el tema del matrimonio infantil, no todo es lo que parece. Si bien es cierto que la práctica es del todo injustificable, en muchos casos la pobreza y la desigualdad llevan a las familias a creer que concertar un matrimonio es la única manera de proveer de un futuro a la niña. En los países desarrollados, donde esta coyuntura no se plantea ni cultural ni económicamente y, por tanto, apenas se conocen casos, da la sensación de que es un tema que no nos concierne.

Lo cierto es que nada más lejos de la realidad. Si uno tiene en cuenta las leyes de los países a los que se ha hecho referencia, se podrá observar una tajante prohibición a las prácticas de matrimonio infantil y, en general, el establecimiento de una edad mínima de 18 años. Uno debería suponer que este es el caso de los países desarrollados, pero, cuando se observan los textos legislativos y se aplican las excepciones que en ellos se contemplan, el panorama cambia.

Aunque en la mayoría de los países el mínimo legal para contraer matrimonio es de 18 años, el mapa varía considerablemente cuando se aplican las excepciones contempladas en las leyes nacionales. Datos de 2013. Mapa interactivo en World Policy Center

Si nos detenemos un momento a analizar los mapas anteriores, observaremos que países donde es frecuente la práctica del matrimonio infantil, como India o la República Democrática del Congo, consideran ilegal bajo cualquier circunstancia que estos se celebren. Por otro lado, en algunos estados y provincias, respectivamente, de Estados Unidos o Canadá sí está permitido celebrar y reconocer matrimonios sin ningún límite de edad en ciertos casos.

En Europa nos encontramos esta misma situación en Francia o Suecia, por ejemplo. También cabe destacar la situación de España, donde la edad legal mínima para contraer matrimonio se reduce a los 16 años —14 hasta 2015— aplicando las excepciones legales. En todos los casos, estas excepciones se basan en las decisiones de un juez, el consentimiento paterno o en leyes consuetudinarias o religiosas.

Las prácticas culturales que se encuentran profundamente arraigadas en las sociedades son difíciles de cambiar, pero las leyes no deberían serlo. Si es cierto que los Estados han aceptado reconocer legalmente como niños a todos los menores de 18 años no emancipados a través de Convención de los Derechos del Niño —con la gran salvedad de Estados Unidos y Sudán del Sur— y, por tanto, se han comprometido a la protección de la infancia y sus derechos, los resquicios legales que permiten el matrimonio infantil se erigen como una incoherencia muy peligrosa.

Objetivo 2030: acabar con el matrimonio infantil

Dentro de los ya famosos Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas, en el número cinco, sobre igualdad de género, encontramos el propósito de “eliminar todas las prácticas nocivas, como el matrimonio infantil, precoz y forzado y la mutilación genital femenina”. A pesar de tratarse de una meta ambiciosa, demuestra mediante su inclusión una toma de conciencia frente al problema, que no se tuvo en cuenta al redactar los anteriores Objetivos de Desarrollo del Milenio.

A pesar de que existen avances en la lucha contra el matrimonio infantil, estos aún no son suficientes. De hecho, el crecimiento continuado de la población obliga a que los progresos deban sucederse a un ritmo mayor para lograr un impacto positivo. La región peor parada si las tendencias actuales continúan será el África subsahariana, donde el ritmo de progreso actual no será suficiente para compensar la tasa de crecimiento de la población. De esta manera, superará a Asia meridional como región con mayor proporción de matrimonios infantiles.

Centrarse en la educación de las niñas y lograr que sea percibida como una inversión de futuro más rentable que el matrimonio es un buen punto de partida. Fomentar la educación no es tan solo la opción más lógica desde el punto de vista del desarrollo, sino que implica reconocer un derecho individual e inherente que todos los niños deberían poder disfrutar.

Por supuesto, establecer medidas legales coherentes que impongan una edad mínima para contraer matrimonio sin excepciones ni resquicios legales que puedan dejar desprotegidos a los niños bajo determinadas circunstancias también es importante, así como concienciar y entrenar adecuadamente al personal encargado de hacer valer estas leyes y fomentar el registro de los matrimonios para controlar su legalidad.

Acabar con la práctica del matrimonio infantil debería centrar los esfuerzos de los Estados y de la comunidad internacional al tratarse de uno de esos cambios sociales que tendría un impacto demoledor en el ciclo de pobreza y desigualdad en el que se ven estancadas numerosas regiones del mundo. Cuando se invierte en la educación y en el futuro de las niñas, todo el mundo gana.

bKakenya Ntaiya, un ejemplo de cómo la educación es un motor de cambio. A pesar de haber contraído matrimonio a los 12 años y haber sufrido una mutilación genital, luchó por continuar su educación. En la actualidad, regenta un internado para niñas masáis en Kenia desde donde se evitan estas prácticas. Fuente: National Geographic
Acerca de Lorena Muñoz 5 Articles
Madrid, 1994. Graduada en Relaciones Internacionales y actual estudiante de Derecho. Interesada especialmente en temas de derechos humanos y asilo. Gente pequeña en lugares pequeños haciendo cosas pequeñas.

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